En
la vía que conduce al corregimiento de La Garza hay una capilla que lleva años en un lento
proceso de restauración que vuelve a iniciar cada que lo dan por terminado,
nunca han tenido plata suficiente para pagar el trabajo completo. En la parte
de atrás de la capilla hay una casa de techo bajo muy ancho y un amplio
corredor sin chambrana en el que se cagan las gallinas, los patos, los gansos y
los piscos cuando la señora no está para espantarlos con una escoba.
El
dueño de la casa vecina sufre cada domingo, la santa misa en la capilla le
genera disgustos incontenibles que sólo pueden imitar los piscos que alborotan las
plumas marchando a sus pies en el patio con las cabezas enrojecidas. Lo que no deja dormir al vecino son diez metros
de largo por tres de ancho de tierra en el lateral derecho de la capilla que son de su
propiedad y en los que se queda la gente que va a misa y no encuentra lugar
adentro.
La
semana pasada la gente que fue a la misa se encontró con una cerca de no más de
medio metro de alto que separaba la propiedad del dueño de la casa de la de la
capilla y la gente que no se pudo ubicar adentro tampoco pudo quedarse afuera o
por lo menos no ahí en ese lateral sino amontonados en la puerta principal.
Aunque
hubiera con que comprar esos metros de tierra el dueño de la casa vecina no los
vendería, no le interesa hacer ningún negocio con la iglesia porque le caen mal
los curas aunque si tuviera con qué compraría la capilla sólo para darse el
gusto de tumbarla. La gente que visita con devoción el lugar mira molesta al
señor y lo tacha de intransigente y el señor dice que si en vez de una capilla
hubiera una escuela o un puesto de salud o algo útil para la sociedad él no
tendría problema en regalar ese trozo de tierra pero que para la iglesia nada, ni chimba.
El
sacerdote dice que no se puede hacer nada porque el vecino tiene derecho a
cercar lo que es suyo. Dentro de ocho días cuando el padre y los feligreses
lleguen a la capilla se van a encontrar con la cancha de tejo que el señor está armando en su propiedad. El señor dice que ojalá el cura no sea nervioso, no sea que se vaya angustiar cuando revienten mecha.
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