viernes, 22 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás -9

Pablo se enteró de que su hermano podría por fin adoptar un bebé a las 12.30 del día cuando dejó de trabajar para ir a la casa a almorzar. También a esa hora cuando llegaban del colegio se dieron cuenta los sobrinos de Ricardo. Pablo no parecía estar muy de acuerdo con la idea de adoptar, en su caso no adoptaría nunca, pero como sabía que eso era lo que deseaba su hermano, la noticia le gustaba.

Su hermano dijo que nos esperaba en la casa por la tarde para que conozcamos al niño hoy mismo, dijo Adelaida. Sofía y Cristian almorzaban contentos. Ricardo siempre tan acelerado, todavía no le han entregado el niño y ya quiere que lo conozcamos, dijo Pablo. Es normal, siempre ha querido ser papá, dijo Adelaida. En la mesa solo hablaban ellos dos, Cristian y Sofía comían y escuchaban en silencio.

Después de que Pablo hubiera sacado de la casa a Adelaida para llevársela a  vivir con él y de trabajar mucho en la finca que les pertenecía a él y sus hermanos él también decidió irse del caserío. Cristian, Adelaida y Pablo fueron a dar a Cali y con la poca plata que llevaban compraron una tienda. Trabajaron unos cuantos años hasta que sin explicación alguna las ventas empezaron a disminuir. Adelaida le dijo a su esposo que lo mejor era que vendieran esa tienda y compraran otra que fuera mejor y así lo hicieron pero el cambio no ayudó. Con el paso de los días Pablo se enfermó, la rutina de la tienda, las pocas ganancias y la preocupación de no estar vendiendo lo suficiente para pagar el arrendó y los servicios y la falta de capital para trabajar dejaron a Pablo sin ganas de nada, ni se levantaba abrir el negocio. Adelaida tuvo que hacerse responsable de la tienda además de cuidar a sus dos hijos, ya no era solo Cristian, estaba también Sofía que con dos años de edad no se quedaba quieta, los primeros días en esa ciudad desconocida habían sido difíciles para la pareja pero al cabo de una año ya adaptados el panorama era alentador, fueron buenos años ninguno de los dos se quejó pero en esos últimos meses con Pablo enfermo y dos niños de los que hacerse responsable además de un negocio que iba en caída Adelaida sintió que ya no tenían nada más que hacer ahí y puso la tienda en venta. Ricardo viajó con Ana a Cali preocupado por el estado de su hermano y los animó a vender y a regresar. En menos de una semana vendieron la tienda y Pablo con su esposa y sus hijos regresaron al pueblo. Con los pocos pesos que trajeron casi lo mismo que se llevaron y una plata que le prestaron sus hermanos compraron una finca, la finca en la que ese viernes de buenas noticias para su hermano estaba sentado almorzando.

Los muchachos se fueron a hacer tareas, Pablo tenía que regar un semillero de café que se iba a morir si seguía haciendo tanto calor, Adelaida tomó los platos y se fue a lavarlos, la ruta pasaba por su casa a las 3 de la tarde, todos cumplían con sus deberes antes de dejar la casa para visitar a Ricardo.

Sofía tenía siete años era muy grande para su edad, se parecía mucho a Pablo, Cristian tenía 11 años y un gran parecido a su tío Ricardo, a diferencia de Sofía que era delgada su hermano era gordo y se aburría porque lo molestaban en el colegio. Pero además de gordo Cristian se aburría porque no sabía jugar fútbol y eso era lo único que había para pasar el tiempo en el colegio. Jugaban en una cancha empolvada con una pelota pesada y gastada, zapatos de tela marca Venus que todos utilizaban en azul o negro y los más osados en rojo.  A Cristian como a todos los niños de su edad les gustaba el fútbol el problema era que no lo ponían a jugar porque no era bueno, sus pies eran torpes con la pelota y corría poco y despacio, no estaba bien como volante y tampoco como defensa. Cuando armaban los partidos después de que los dos estudiantes hicieran el pico monto,pico monto, para saber quién escogía primero de entre los muchos que querían jugar Cristian siempre quedaba de último y lo dejaban como el jugador que entraría a jugar para el equipo que hiciera el primer gol, el juego que a la mayoría les daba alegría a Cristian terminaba frustrándolo y llegaba a la casa retraído y cabizbajo 

Los vecinos de Cristian eran muy buenos jugadores y en su casa los regaños y las peleas solían darse por culpa de la pelota: que él es muy cochino para jugar, decía uno. Es que es un perezoso y no corre a buscar la pelota, decía el otro. Que es un individualista y no hace paces. Que le da miedo atacar. Se criticaban el juego entre ellos como si fueran más periodistas deportivos que jugadores y la conclusión era que todos habían cometido errores pero ninguno aceptaba los propios. Cuando los tres hermanos y el papá jugaban en el mismo equipo eran peores los reclamos y las quejas. Jugaban todas las tardes después del trabajo y el estudio en la cancha empolvada de iluminación escasa, cuando ganaban celebraban toda la noche y hablan una y otra vez de los goles y jugadas realizadas, si perdían peleaban toda la noche echándose la culpa los unos a los otros, el papa incluso les pegaba con la correa por motivos deportivos y cuando jugaban cada uno en equipo separado los tres muchachos como si se pusieran de acuerdo le daban duro a su papá, en los partidos le entraban con fuerza para quitarle la pelota y le cometían dolorosas faltas, si los castigan por los partidos esos eran también el camino para saldar cuentas. Cristian jugaba con ellos en las tardes, los tres intentaban enseñarle como ser bueno, no una estrella pero si alguien para tener en cuenta para formar un equipo pero Cristian era muy malo y después de mucho intentar decían que Cristian solo podía estar en un partido de fútbol pero si él era la pelota.

A Pablo también le gustaba el fútbol y cuando era niño había pateado la pelota hasta ya no poder más, jugaba con Ricardo y los demás niños de la escuela lo hacía a pie descalzo porque su papás no tenía con qué comprar zapatos. Pablo decía que los primeros zapatos que se calzó fueron unas zapatillas negras que le regaló su hermano Ricardo, Pablo era el menor de la familia así que cuando Ricardo empezó a ganarse sus primeros sueldos después de jornalear toda una semana lo primero que hizo fue hacerle ese regalo a Pablo.

Jugaba descalzo en el polvo con una pelota de trapo muy pesada que había ido armando entre los que más jugaban, Pablo tenía unos pies grandes, era el patón de la familia y también el más alto de todos, era larguirucho y desgarbado y así se había quedado, tenía unos pies de empeine alto y uñas filosas que más parecían garras. A más de un niño no le gustaba jugar con el porque siempre salían con las pantorrillas lastimadas así que Pablo siempre jugó en el equipo de un muchacho que le tenía tanto miedo a sus uñas que lo pedía para su equipo de primero para evitar que esas filosas armas estuvieran en su contra.

Cristian y Sofía sabían lo de las uñas filosas de su papá y los partidos jugados a pie descalzo porque muchas veces habían escuchado hablar a sus papás de la infancia que les había toca. Existían dos momentos especiales para que Pablo o Adelaida empezaran a narrar los recuerdos de su niñez, uno era cuando se iba la energía eléctrica en esas noches de lluvia y a falta de televisor o radio para entretenerse un rato y no acostarse tan temprano se sentaban en grupo en el corredor a la luz de una vela a hablar y alguno de los dos casi siempre Pablo iniciaba, que cuando él era niño tuvo que vivir en casas donde no tenían energía, que nunca tuvieron un televisor y que cuando quería ver algo debía caminar hasta la casa de una familia pudiente que quedaba muy lejos a ver los programas por una ventana. Adelaida contaba historias parecidas, ella y sus hermanos hacia lo mismo hasta que la dueña de casa se daba cuenta y en lugar de dejarlos entrar a ver el novedosos aparato que por esa época era a blanco  y negro los echaba amenazándolos con una escoba como espantando gallinas. Pablo decía que sus papás nunca tuvieron una casa propia que se la pasaban viviendo de rancho en rancho como administradores de fincas viejas que no daban ninguna rentabilidad, muchas veces les tocó pedir comida. También decía que él siendo el menor de los cuatro hermanos era el que menos historias tenía para contar y que si de niños no los había matado el hambre era gracias a las ayudas de las buenas personas que no les había dado la espalda, entre ellos un reconocido sacerdote de Marquetalia. Por ese tiempo Antonio José, Ricardo y sus hermanos entre niños y adolescentes vivía en una vereda llamada La Tebaida y desde allí subían caminando al pueblo a recibir los mercados que el sacerdote Antonio María recolectaba entre los comerciantes del pueblo para ayudarle a los pobres.

Antonio decía que en ese tiempo en casas como la de él no se conocía el arroz y que los que compraban arroz ya era señalados como pudientes. Sin ropa, sin zapatos, sin carne para el almuerzo, o sin almuerzo, sin energía, su infancia y la de sus hermanos no había sido fácil ninguno paso de la primaria porque todos debían empezar a trabajar desde muy jóvenes, la generación que describía Pablo es sus relatos era la de unos hombre y mujeres  sin juegos, sin estudios, sin diversión una infancia llena de necesidades, sufrimientos, y trabajo y a pesar de todo eso Cristian y Sofía veían a sus papás y sus contemporáneos alegres y esperanzados.

El otro momento especial en el que Pablo y Adelaida empezaba recordar esas temporadas de escasez llega cuando Sofía o Cristian se quejaban por no tener lo que querían o cuando les servían algún alimento y ellos no se lo comían porque no les gustaba, en ese momento los dos daban inicio a la comparación entre esos años de infancia vividos y el presente, eso muchachos de hoy en día si son muy desagradecidos bendito Dios y ver uno cómo le tocaba comerse eso sancochos hechos de hueso de res todos lamidos. Cosas como esas decía Pablo en eso momentos en los que hablar de la infancia más que una anécdota para pasar el rato era una queja y un lamento una experiencia traumática que no se superaría nunca.

Solo después de que Pablo que era el menor de sus hermanos empezó a trabajar las cosas mejoraron y la miseria los dejó en paz, los tres, Antonio, Ricardo y Pablo jornaleaban los seis días de la semana y la plata no faltaba y por eso los últimos días de los papás de Ricardo y su hermanos fueron cómodos y tranquilos, para cuando Pablo cumplió veinte años ya sus padres no vivían.

Adelaida era siempre más fiel a los detalles cuando contaba sus historias por ese motivo tardaba más y siempre conseguía agregarle tonos únicos a cada una de las palabras que salían de su boca logrando mayores efectos en los que escuchaban su relato, efecto que no obtenía Pablo que más que buscar conmover a sus hijos con sus anécdotas de la niñez lo que pretendía era entretenerse y recordar un poco, aunque los recuerdos no eran los más gratos.

La esposa de Pablo tenía doce hermanos y ella era de las mayores, de ese hecho dependió en gran parte su atormentada y dramática adolescencia e infancia, desde que Adelaida tuvo uso de razón para recordar su mamá siempre estuvo enferma, cuando no le dolía una cosa le dolía otra, a eso se le sumaban sus embarazos que terminaban por postrarla en la cama por los riesgos de un posible aborto.

A los siete años Adelaida ya debía encargarse de ayudar a cuidar a sus hermanitos y de cocinar, aún no alcanzaba el fogón pero el almuerzo ya estaba a su cargo, subida en una banquita ponía la olla con los frijoles en el fogón, pelaba plátanos hacia sancocho de huesos de res sin carne, asaba arepas y además de eso debía tener la casa limpia. Tenía una hermana que era un año mayor con la que se dividía algunas labores, pero las dos no eran mano de obra suficiente para tanto, para cuidar a una mamá que siempre estaba enferma, y lavar ropas y pañales blancos antes que se curtieran y llenar tendederos que no de desocupaban sino cuando llovía. 

Para contrastar con la mamá enferma Adelaida tenía un papá autoritario y bebedor que convertía cualquier oficio mal hecho en una paliza. Un alimento mal hecho era un plato roto en el piso y su llegada borracho a la casa siempre se convertían en un caos, sus papás peleaban y salían perdiendo ella y sus hermanos.

La familia estaba lista habían empacado una pequeña maleta y estaban preparados para pasar el fin de semana en la casa de Ricardo y chocholear al bebé. Cuando un niño llega a la familia hay nueve meses de preparación y la gente está pendiente de la futura madre, se preocupan por ella le preguntan cómo se siente le preparan una u otra comida le dicen que debe hacer y que no y la encierran en su casa veinticuatro horas para que no se expongan a los eclipséis, la gente se acerca y acaricia la barriga de las gestantes esperando sentir una patada, ponen sus oídos en la barriga con el ombligo a fuera queriendo escuchar algo, todos esos detalles sirven de preparación, todos están esperando que él bebé llegue.Con la adopción es diferente, no se sabe a ciencia cierta cuando llegara el nuevo integrante de la familia incluso cuando se lleva un proceso ordenado como tantos de los que adelantaron Ricardo y Ana este puede fallar al final. Los procesos de adopción son de verdad y ante todo procesos de espera y tramites en oficinas y documentos que remplazan las pataditas y los antojos.

En la casa de Martha pasaba lo mismo, ella se alistaba para estar por la noche donde su hermanito, solía llamar a sus hermanos siempre en diminutivo, la distancia que separa la casa de Martha de la de Ricardo es de uno quince minutos caminado, cuando Martha le contó a Eduardo de la noticia este no reacciono como reaccionaron los demás familiares a él pareció darle lo mismo pero no era así, se alegraba como todos. Eduardo era un hombre de buen corazón sensible y trabajador con un gran desprecio por el dinero y no era que no le gustara ganárselo, el desprecio aparecía en el momento en que los billetes reposaban en sus bolsillos pues los gastaba a manos llenas. A mí la plata me estorba en los bolsillos hermano, decía Eduardo que no tenía problema en prestar el dinero o regalarlo, de gastarlo en prostitutas o en aguardiente para una barra de diez o más bebedores canaleros, hablaba, todo el tiempo hablaba, nada le daba miedo, no conocía la prudencia o la discreción debido a eso muchas personas no lo querían aunque a el que lo quisieran o no le preocupaba  en lo más mínimo.

Después de muchos novios Martha se quedó con Eduardo se enamoró profundamente de él, para ella no tenía defectos y sus comentarios salidos de tono no le importaban. Se casaron y se fueron a administrar la finca de unos amigos ricos, finca en la que permanecían después de 20 años. Con toda la plata que las cosechas anuales dejaban en plena bonanza cafetera Eduardo y Martha habrían podido comprar una finca tan rentable como la que administraban, pero los gastos desmedidos de Eduardo no pasaban de administradores.

Martha no decía nada, como si no tuviera voz como si hubiera renunciado a ella. Eduardo decidía y hacia y ella lo seguía dócil como si llevara una vida entera esperando por eso. Tal vez por eso en su casa con sus papás y sus hermanos fue tan difícil de lidiar, nada le gustaba, nadie la entendía, todo le disgustaba porque la docilidad que había en ella no era para ellos era para Eduardo.

Fue tan difícil Martha en su juventud que incluso unos de sus berrinches casi termina en suicido según contaban Ricardo y Antonio José. Dos días después de que hubiera terminado con un novio según ella el amor de su vida se sentó en el corredor con la escopeta que ellos utilizaban para salir de cacería, la cargó y se la puso bajo el mentón, estaba a punto de jalar el gatillo cuando Pablo que salía del baño envuelto en una toalla que le dejaba media nalga a fuera la vio y se le arrojó  para evitar el disparo, cosa que no pudo hacer pues el arma se alcanzó a disparar aunque ella estaba lejos del cañón y él sobre ella medio desnudo temblando de los nervio sin entender lo que acaba de pasar. La escopeta estaba a unos centímetros de ellos y el tiro se había clavado en extremo inferior derecho de un cuadro del corazón de Jesús que colgaba en el corredor. Ese episodio no se borró nunca de la mente de Pablo y de la de sus hermanos que lo presenciaron inmóviles. Martha parecía no recordarlo pues ella no mencionaba el tema y si alguien quería verla enojada podía hacer dos cosas, hablar de su intento de suicidio o preguntarle su edad. Todos esos arrebatos desaparecieron con Eduardo, después de él se convirtió en una tranquila y resignada esposa inventada por un párroco fanático.

Después del matrimonio a Martha un ermitaño le quedaba chiquito, salía de la finca una o dos veces al año y el resto del tiempo estaba encerrada en la casa y si no hubiera sido porque al lado de su casa frente al corredor de chambranas despintadas y anturios marchitos saboteados por un ejército de patos inquietos que Martha había comprado y que se le iban volando de la casa buscando el río Martha hasta se hubiera olvidado de la gente. Con Eduardo era distinto, iba todas las noches al caserío donde vivía Ricardo a jugar billar o cartas, todos los días  a eso de las 6.30 de la tarde después de comer Eduardo se iba y hablaba mierda con los demás conocidos que al igual que él hacía lo mismo todas la noches, jugaba se tomaba un par de cervezas y regresaba a las once o doce de la noche a la casa donde lo esperaba Martha para ofrecerle café o chocolate.

Muchos suelen decir que el amor y la vida en pareja pone fin a la soledad pero en el caso de la hermana de Ricardo parecía ser al contrario su matrimonio la había llevado a mantener sola, se la pasaba sola la mayor parte de día acompañada solo de las gallinas y los patos que cuidaba con esmero, Eduardo trabajaban todo el día todos los días, porque cualquier cosa podrían decir de él, que era fantoche, que era mujeriego, apostador o borracho, que no respetaba el dolor ajeno pero nadie podía decir que fuera vago, por el contrario era toda una máquina para trabajar.  En su juventud cuando trabajó al lado de Antonio, Ricardo y Pablo él era el que más rendía, cuando había que cargar abono por lomas que parecían infinitas bajo el ardiente sol del mediodía y ellos los tres hermanos cargaban cada uno un bulto de cincuenta kilogramos con esfuerzo caminando con lentitud, Eduardo cargaba dos y pasaba por el lado de ellos como si llevara las manos vacías, así era para todo las labores que la finca exigiera, cogía más café que cualquier otro en la región y desyerbaba de manera veloz con machete de veinticuatro pulgadas amolado en esmeril. Cuando empezó a administrar la finca y necesito contratar trabajadores ninguno le serbia porque ninguno le daba la talla, así que la mayoría de las veces los trabajadores que siempre lo acompañaban eran algunos de sus hermanos que al igual de él trabajaban con fuerza desmedida.

En su niñez y adolescencia Eduardo y sus hermanos que quedaron huérfanos de padre muy jóvenes y con una mamá muy enferma se dedicaron acerrar madera, en sus tierras uno terraplenes infértiles no había un solo árbol que acerrar incluso ni el café parecía crecer con vitalidad en aquellos terrenos, Eduardo y sus hermanos al no tener más cómo conseguir plata se dedicaron a cortar madera al bordo del rio en las horas de la noche con serruchos de dos por dos, muchos de esos árboles gigantes no tenían dueño mucho otros si los tenían pero igual no les importaba, salían cuando se ocultaba el sol, con linterna en mano a cortar los árboles, cortar un solo árbol con serrucho les podía significar el trabajo de una semana , lo cortaban y lo trozaban al lado del rio y luego lo embarcaban agua abajo para evitarse la cargada, de ese modo nadaban largas horas empujando los palos por entre los pedregoso causes hasta encontrar un lugar donde poder sacar con facilidad la madera de aquellos montes y venderla a las madereras, muchas de sus noches de adolescencia las dedicó a eso, nadaba como un pez y trabaja sin pereza.

Yo no sé de qué estoy hecho cuñaos, yo creo que soy de piedra porque yo no siento nada cuñaos. Eso era lo que siempre decía Eduardo a Ricardo y a sus hermanos después de terminar un largo día de trabajo, cuando ellos se quejaban de cansancio a los tres solía molestarlos la zalamería de la frase pero no le daban trascendencia  porque lo conocían bien.

Ricardo decía cada que veía a su cuñado trabajando como mula para otro que de tanto esfuerzo no quedaban sino enfermedades y sin equivocarse mucho esa tarde mientras él entraba con Ana a la oficina de la doctora Adriana y Eduardo se alistaba para seguir trabajando después del almuerzo las enfermedades los agobiaban a los dos. Primero fue Ricardo quien tuvo que visitar al urólogo y pocos días después Eduardo tuvo que hacer lo mismo. Estaban sufriendo de la próstata y parecía que la competencia extraña que siempre habían tenido comprando elementos inútiles se había trasladado a la salud y ahora competían por enfermarse primero.


Esa competencia si la ganó Eduardo que poco antes de cumplir los cuarenta se tuvo que someter  a una cirugía para que le extrajeran una hernia y después de eso la fuerza desmedida y le trabajo sin tregua de Eduardo quedó en el olvido, su cuerpo llegó al límite y el hombre que parecía ser de piedra no existió más y el momento de sentir el dolor llegó. Si vio hermano ahora si le llegó la hora a Eduardo para que se dé cuenta de lo que está hecho, quién iba creer que las piedras también se enferman, decían Ricardo y Pablo.

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