Qué vamos hacer ahora, preguntó Ricardo. El
impacto de la noticia no le permitiría desarrollar sus actividades diarias con
normalidad. Uno no se hace papá todos los días, decía; menos él que
vivía mortificado por su esterilidad. Para Ricardo lo más parecido a ser papá era se tío. Los hijos de su hermano Pablo los visitaban cada que había
vacaciones del colegio y a él le gustaba tenerlos en casa aunque no quisieran
hacer otra cosa que ver televisión.
Ana se levantó de la mesa y recogió lo
platos, Ricardo caminó tras ella. Entonces
qué vamos hacer, preguntó impaciente. Esperar, la doctora dijo que hay que
estar en la oficina de ella por la tarde para que nos explique todo, además debe
tener listos algunos papeles, bueno y además de eso no sabemos cuál es la
historia de la mamá y de eso también nos tiene que hablar, lo mínimo que puede
hacer la doctora es explicarnos porque esa mujer quiere regalar a su bebé. Ricardo la miró con desconcierto. No, Ana no, cómo así que esperar hasta por la tarde Ana, cómo va a creer
una cosas de esas, nos vamos ya para el pueblo y antes de visitar a la doctora
en su oficina compramos las cosas para el bebé, no podemos traernos al niño
para la casa sin tener ropa, pañales, leche. No, no, no, es que mejor dicho
afanemos, mire la hora que es, ya no cogió fue la tarde.
Ricardo se quitó la camiseta y entró al
baño, Ana escuchó el agua de la ducha caer sobre el cuerpo de su marido que
feliz tarareaba una canción, ella lavaba los platos y dejaba impecable la
cocina. La asustaba verlo desbordado de emoción, si las cosas ahora tampoco
salían bien no se quería imaginar lo difícil que iba a ser levantarle el ánimo
a Ricardo.
Pero Ricardo cómo vamos a comprarle la
ropa al bebé antes de conocerlo, a mí me parece que usted se está afanando mucho, qué tal que cuando lleguemos al hospital la mamá del niño ya se haya
arrepentido de darlo en adopción, mire lo que pasó la ultima vez compró un
montón de juguetes y no sé que más cosas sin estar seguro de que nos iba a dar
el niño, y si no se acuerda como se puso después de eso yo si me acuerdo.
Ana no quería decir eso, lo que más
deseaba era volver por la noche a la casa con el bebé en brazos pero quería
ser optimista sin despegar los pies del suelo, no quería hacerse falsas
ilusiones, tampoco que se las hiciera Ricardo. Ella estaría feliz solo
cuando los documentos de adopción estuvieran firmados.
Por Dios Ana pero a usted quién la
entiende, me dice todo el tiempo que soy muy negativo, que debo corregir eso y
hoy nos dicen que vamos a ser papas de un niño que recién nació y quiere que no
me haga ilusiones. Yo no sé yo creo que está vez sí va ser verdad.
Ella tenía razón cuando decía que Ricardo
era negativo. Su vida juntos la habían dedicado al comercio y a los negocios, a
comprar ganado, café, cerdos, caballos, eso era lo que hacían. Les iba bien y la plata no era un problema, pero a pesar de eso el marido de Ana estaba
pensado todo el tiempo que los negocios se podían ir al piso de un día para
otro dejándolo a él y a su esposa sin nada. Y esa mañana era él el que estaba
seguro de que todo iba a salir bien.
Ricardo salió del baño, Ana están lista
para entrar a ducharse, sabía que no tenía sentido nadar contra la corriente, a
su marido ya se le había metido la idea en la cabeza de ir a comprar cosas y
ella sabía muy bien que nadie lo convencería de lo contrario.
Será qué me afeito o me quedo así,
preguntó Ricardo. Ana se rio estaba adentro del baño y lo hizo con tranquilidad
sabiendo que él no la estaba viendo. En veinte años que llevaban de casados aun
se reía de la barba de su marido. La barba de Ricardo era como la pelusa de un
durazno y él decía que era necesario afeitarse todos los días. Tenia maquinas de afeitar de
toda clase, su marido no tenia barba
y ella lo quería así lampiño, pero como él creía que tenia ella le seguía el
juego.
No amor yo creo que así está bien, dijo
Ana mientras habría la llave. Pues yo no creo, lo mejor es que me afeite, que
pena con la doctora que me vea todo barbado como un gamín de esos andariegos
degenerados. Se paró frente al espejo del lavamanos y empezó a afeitarse mientras
que Ana se lavaba el largo cabello negro bajo el agua tibia y se seguía
burlando de la barba de Ricardo.
Ana se terminaba de vestir y Ricardo ya
listo con las llaves del carro en la mano tomó el teléfono y llamó a Isabel una
hermana de Ana para que se encargara de los cerdos y los cuidara mientras ellos no
estaban. Él les lavaba las cocheras de nuevo al medio día y después les picaban
caña y les echaba concentrado. Isabel vivía con los papás en una finca a unos veinte minutos de la casa
de Ricardo, era una año menor que Ana y no tenía esposo ni novio ni nada
parecido, nunca lo había tenido. Ricardo le preguntaba a
Ana por qué Isabel no se había casado y no conseguía respuesta porque su
esposa evitaba hablar del tema. Cuando Ana no estaba, Ricardo y Eduardo su
cuñado hablan de Isabel y Eduardo siempre decía, esa viejita lo que pasa cuñao
es que no le gustan los hombre, o ninguno le ha hecho rico, eso sí que no se
vaya a dejar coger de mí porque ahí si le cuento una cosa, a esa viejita se le quita esa cara de estar comiendo mierda que mantiene.
Ricardo colgó el teléfono. Ana estaba
lista. Salieron de la casa y se subieron a la camioneta, podían irse a conocer
a su hijo. Ambos sabían manejar y por lo regular se rotaban las llaves. Ricardo
prefería manejar cuando estaban en verano porque en invierno la carretera se derretía
y cada cien metros había dos o tres atascaderos con los que Ana se defendía
mucho mejor. Es que ella tiene más paciencia y tiene más mañana, yo no soy
capaz de manejar así y siempre termino metido en unos lodazales de los que no
salgo solo, decía Ricardo como explicándose lo que no hacía falta.
Sigue en la próxima entrada
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