Ana estaba en la cocina fritando el
chicharrón y los patacones para desayudar. Ricardo no desayuna nada que no esté
inundado en manteca. Mientras ella hacia el desayuno él lavaba las cocheras; tenían
cincuenta cerdos de engorde además de diez cerdas de cría. Todas las mañanas a
las siete Ricardo estaba con manguera y cepillo en mano ahuyentando el fuerte
olor a mierda para que no jodan los vecinos.
Ana corrió a levantar el teléfono un
aparato de un verde desteñido grande y viejo de esos que en lugar de teclas
tienen disco, Ricardo lo había comprado en un mercado de pulgas cuando estaban
recién casados, decía que se enredaba para marcar en esos teléfonos nuevos de teclas apeñuscadas.
Alo, dijo Ana afanada porque en la cocina
se le quemaban los patacones. Habla con Adriana la funcionaria de bienestar familiar
¿cómo amanece doña Ana? dijo la mujer con un dulce tono de voz al otro lado de
la línea. Ana olvido los patacones y el chicharrón. Muy bien doctora, muchas
gracias, qué pasó por qué llamando tan temprano, Ana habló en plural porque las
llamadas de la doctora siempre eran del interés de los dos. Le tengo muy buenas
noticias, en el hospital de Marquetalia hay una mujer que tuvo un bebé en la
madrugada, un baroncito de seis libras, ella quiere darlo en adopción y
teniendo en cuenta el fracaso en el proceso que ustedes venia desarrollando
queríamos saber si están interesados en este bebé Ana no contestó, la alegría
que sintió como un corrientazo no permitía que las palabras salieran de su boca
y pasados unos segundos Ana dijo, claro que si doctora, claro que estamos
interesados, dígame qué hacemos, preguntó Ana. Los espero en la tarde en mi
oficina, supongo que ustedes quisieran estar aquí ahora mismo pero debemos
organizar cierto papeleo que nos va llevar toda la mañana así que los espero en
la tarde. Claro doctora se no va hacer eterna la mañana, por la tarde nos vemos
entonces, muchas gracias doctora. Ana no
cabía en la ropa de la dicha, colgó el teléfono y caminó de nuevo a la cocina.
Huele a quemado dijo Ricardo cuando entró
con los pies descalzos, siempre dejaba las botas de plásticos que se ponía para
lavar las cocheras afuera de la casa para no ensuciar el piso de madera pintado
con cera roja que Ana mantenía como un espejo.
Le encantaba ver el piso así, lo que odiaba era tener que ayudar a
brillarlo los domingos en la mañana cuando Ana se fijaba como meta ver a su
esposo haciendo oficio.
No vio el plato puesto en el comedor como sucedía
todos los días a esa hora y fue a la cocina donde Ana batía el chocolate. Se
le quemaron los patacones amor, dijo Ricardo de nuevo como si ella no lo hubiera
escuchado la primera vez. Ella estaba llorando y él se asustó, qué le pasó, qué
tiene, se quemó, pregunto él. Ella dejó de batir el chocolate y se le acercó, vamos
a ser papas, mi vida vamos a ser papas, dijo Ana. Ricardo no entendía lo que
pasaba, ya había perdido la esperanza de ser papá y ahora su mujer le decía que
tendrían un hijo. Se abrazaron con fuerza y permanecieron así, ella en silencio
y él lleno de preguntas. Pero cómo así, quién le dijo, cuándo le avisaron,
explíqueme bien, está segura que es en serio o es solo por ilusionarnos como la
última vez.
Mientras desayunaban Ana le explicaba a
Ricardo lo que le había contado la doctora minutos antes por teléfono. No
paraban de sonreír. Ricardo siempre había sido de buen apetito pero ese día
comía con unas ganas que no tenían referente,.Ana lo miraba comer divertida mientras le pedía que se calmara porque se iba a ahogar. Ana tomaba chocolate porque ella a diferencia de él los nervios le quitaban las ganas de comer.
Llevaban veinte años de casados y se
conocían desde la escuela, fueron novio tres años y después se casaron, ninguno
de los dos tuvo otro novio o novia. Después de cuatro años de casados quisieron
tener un hijo y no pudieron, el sueño de Ana había sido desde siempre ser mamá,
Ricardo no lo había soñado nunca pero estando casado sentía que un niño hacía
falta, quería tener un heredero como decían sus amigos.
Se sometieron a exámenes, querían saber
por qué Ana no quedaba en embarazo. Confiaban en la posibilidad de que
existiera un tratamiento de fertilidad que funcionara para ellos. Después de
muchos exámenes y visitar a varios especialistas les dijeron que de los dos el
estéril era Ricardo. El médico le explicó las causas pero Ricardo no entendió
muy bien, no quiso; estaba muy frustrado el día en que le dieron la noticia
pero en pocas palabras el especialista le dijo que los espermatozoides eran
insuficientes.
Desde ese día en la casa no se volvió a
hablar de bebés. Dejaron de hacerse ilusiones y a ninguno de los dos se le ocurrió
adoptar. Para Ana el hecho de criar un niño que no era suyo le parecía normal;
Ricardo en cambio pensaba en la adopción y se llenaba de dudas. Habrían podido
recurrir a la inseminación artificial pero nadie se los explicó como algo posible
y a su alcance.
sigue en una próxima entrada.
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