jueves, 14 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás-5

Parquearon la camioneta en la plaza y fueron a Telecom a llamar a los hermanos de Ricardo. El primero en ser avisado fue Pablo, el teléfono lo contestó Adelaida la esposa. Habló Ana, le contó a la cuñada de su marido sobre la llamada que habían recibido, les avisaba temprano porque Ricardo quería saber si podían estar en la casa de ellos por la noche para conocer al niño.

Adelaida estaba muy contenta con la noticia, sabia lo mucho que ellos anhelaban tener un hijo, aparte de ser familiares eran muy buena amigas, las dos tenía el temple y la decisión necesarias para echarse al hombro un matrimonio y sacarlo adelante, Ricardo y Pablo eran muy similares, los dos compartían esa tendencia a la depresión que solo podían controlar mujeres como ellas, que no temían actuar.

La segunda llamada fue para Martha la única hermana de Ricardo, que vivía en una finca a unos pocos minutos de distancia de la casa de Ana. En la casa de Martha hay un teléfono de disco igual al que tiene Ricardo, Eduardo lo compró días después de que lo hiciera Ricardo. Desde que se conocen los dos iniciaron una competencia silenciosa por tener lo que el otro tiene o algo mejor.

Ricardo compraba un sombrero se lo ponía para ir a jugar billar en la noche Eduardo lo veía y al día siguiente era él quien llegaba estrenándose un sombrero igual o mejor que el de su cuñado. Un día Ricardo fue a visitar a su hermana y ella le ofreció torta de chócolo hecha en un sartén eléctrico que a Ricardo le pareció muy práctico y dijo que iba conseguir uno para él.

Marthica mija, y eso de dónde sacó usted este sartén, mire que belleza como quedan de ricas las arepitas de chócolo ahí, dijo Ricardo sosteniendo un trozo de arepa en una mano y con la otra examinando el sartén. Ese lo trajo mi amorcito de Manizales la última vez que fue, usted sabe cómo es mi amorcito de antojado, lo vio y ahí mismo lo compró, contestó Martha mientras le servía café a su hermano. Muy buen aparato Marthica muy buen aparato, me va tocar buscar uno para nosotros porque estas arepas quedan muy buenas. Dos días después estaba Ana destapando la caja donde venía el sartén eléctrico y Ricardo estaba pegado a la máquina moliendo el maíz que se había tardado toda la mañana en desgranar y que había traído Ana desde la finca de los papás.

Días después una tormenta dejó a Ricardo y Ana sin televisor y como a los dos les gustaban tanto las telenovelas de la noche fueron esa misma mañana después de la tormenta a comprar uno nuevo. Buscaron uno como el que tenían de 21 pulgadas pero no lo encontraron y después de dar muchas vueltas compraron uno de 32 pulgadas. Esa noche Eduardo arrimó a la casa de sus cuñado a entregarle unas arepas que mandaba Martha, siempre les mandaba porque sabía que Ana no era buena haciéndolas, cuando entró Eduardo se encontró con el nuevo televisor de su cuñado, lo admiró un rato y se marchó como si apenas lo hubiera visto; Al otro día él que baja del pueblo con una caja grande era el cuñado de Ricardo que había comprado un televisor de 38 pulgadas.

Esa competencia parecía no desparecer y cada que uno de los dos iba a comprar algo estaba pensando en su cuñado y en la cara que este pondría y en alguna ocasión por el afán de descrestar al otro habían salido estafados. Uno de eso casos fue el de la cafeteras, Eduardo compró la suya y se la mostró a Ricardo; ese era el momento preferido de los dos, presumir con su nueva adquisición. Eduardo salió de la casa de su cuñado y se fue para la suya, Martha recibió la cafetera gustosa y antes de que la conectara su hermano Ricardo ya había salido en busca de una cafetera de las mismas.

Qué pasó cuñado para donde va tan afanado, preguntó Ricardo recostado en el marco de la puerta. Nada cuña que ese viejo marica me quiere ver la cara de guevon vendiendo cosas chimbas y voy a hacerle el reclamo, a mí no me va a robar así la plata ese viejito hijueputa contestó Eduardo mientras alargaba el paso.

Ricardo entró malicioso y le dijo a Ana que hiciera tinto para ensayar la cafetera y al igual que la de Eduardo se quemó con solo conectarla, Ricardo la empacó de nuevo y corrió hasta donde el señor que se las había vendido, uno de esos vendedores de paso. Se apresuró temiendo que ya se hubiera volado. Cuando llegó donde él se encontró a su cuñado  reclamado el cambio del aparato.

Qué pasa cuñado, preguntó Ricardo con su cafetera inservible bajo el brazo. Pues cómo le parece que este malparido dice que este aparato no tiene garantía, así que como quien dice perdimos la plata y nos robaron, dijo Eduardo. Como qué no hay garantía si yo conócete esto y ahí mismo se quemó, dijo Ricardo. A la suya le pasó lo mismo que a la mía o sea que este viejo hijueputa ladrón vende electrodomésticos de segunda como si fueran nuevos y le ve a uno la cara de pendejo, dijo Eduardo mientras miraba al viejo.

Ningún ladrón señor y más hijueputa será usted, esos aparatos salen buenos, que a ustedes no les hayan funcionado es muy raro pero eso ya es problema de ustedes porque yo eso no lo cambio, ni regreso platas tampoco. Les dijo el viejo con voz seria y de pie como si se estuviera listo para encenderse a tiestazos con el que fuera sin dejar de empacar las cosas en el carro para seguir el camino. 

Ricardo no quiso pelear con el señor y dio media vuelta. Para dónde va cuñao es que usted no va a exigir que este señor nos cambie esto, le dijo Eduardo. Qué vamos a exigir si él ya dijo que no lo cambia y ni modo de llamar a la policía porque mientras bajan del pueblo hasta acá tiempo hay de que le terminemos comprando más cosas al tipo ese, además este señor nos vendió eso sin factura, ahí si más pendejos nosotros que le compramos, le respondió Ricardo alejándose el carro del vendedor.  Eduardo cayó en cuenta de su error al no haber pedido factura y abrió los puños que ya le dolían de tanto apretarlo y levantó la caja con la cafetera que había dejado en el piso y la tiró con fuerza al parabrisas del carro del vendedor y con el mismo tono de voz desafiante del tipo le dijo que ahí tenía su cafetera de mierda y que hiciera lo que quisiera que él tampoco se le corría a nadie. El vendedor de cafeteras se dejó ir al baúl del carro y se le paró de frente a Eduardo y le mando un machetazo con todas las ganas, la cara del vendedor decía que lo iba a picar menudito y Eduardo con una agilidad que no supo de donde le vino esquivó el primer machetazo y cuando el vendedor le mandó el segundo Ricardo le gritó al vendedor que se abriera pa la puta mierda si no quería problemas y cuando el vendedor le fue a tirar vio el cañón de la escopeta apuntándole en la cabeza. El vendedor bajó el machete y Ricardo en tono conciliador le dijo que se fuera si no quería problema y el vendedor subiéndose al carro les dijo que eso no se quedaba así que el volvía y Eduardo le dijo que volviera cuando quisiera.

Mientras caminaban Ricardo le dijo a Eduardo que él para qué se ponía a buscar peleas viendo que no era sino flojo y Eduardo le dijo que más flojo él que no había querido ni reclamar ni nada y que no se las viniera a dar de berraco que fijo no hubiera ni disparado y Ricardo le dijo que flojo y todo le había salvado el culo.


En la casa Ana los esperaba a los dos con chocolatico caliente y mientras lo tomaban se miraron hasta que terminaron riéndose por su estupidez, por haberse dejado robar. De ese día quedaron de recuerdo la cafetera de Ricardo que todavía rueda por ahí entre tanto chéchere que guarda 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...