Parquearon la camioneta en la plaza y
fueron a Telecom a llamar a los hermanos de Ricardo. El primero en ser avisado
fue Pablo, el teléfono lo contestó Adelaida la esposa. Habló Ana, le contó a la
cuñada de su marido sobre la llamada que habían recibido, les avisaba temprano
porque Ricardo quería saber si podían estar en la casa de ellos por la noche
para conocer al niño.
Adelaida estaba muy contenta con la
noticia, sabia lo mucho que ellos anhelaban tener un hijo, aparte de ser
familiares eran muy buena amigas, las dos tenía el temple y la decisión
necesarias para echarse al hombro un matrimonio y sacarlo adelante, Ricardo y Pablo eran muy similares, los dos compartían esa tendencia a la depresión que
solo podían controlar mujeres como ellas, que no temían actuar.
La segunda llamada fue para Martha la
única hermana de Ricardo, que vivía en una finca a unos pocos minutos de
distancia de la casa de Ana. En la casa de Martha hay un teléfono de disco
igual al que tiene Ricardo, Eduardo lo compró días después de que lo hiciera
Ricardo. Desde que se conocen los dos iniciaron una competencia silenciosa por
tener lo que el otro tiene o algo mejor.
Ricardo compraba un sombrero se lo ponía
para ir a jugar billar en la noche Eduardo lo veía y al día siguiente era él quien
llegaba estrenándose un sombrero igual o mejor que el de su cuñado. Un día Ricardo
fue a visitar a su hermana y ella le ofreció torta de chócolo hecha en un sartén eléctrico que a Ricardo le
pareció muy práctico y dijo que iba conseguir uno para él.
Marthica mija, y eso de dónde sacó usted
este sartén, mire que belleza como quedan de ricas las arepitas de chócolo ahí,
dijo Ricardo sosteniendo un trozo de arepa en una mano y con la otra examinando
el sartén. Ese lo trajo mi amorcito de Manizales la última vez que fue, usted
sabe cómo es mi amorcito de antojado, lo vio y ahí mismo lo compró, contestó
Martha mientras le servía café a su hermano. Muy buen aparato Marthica muy buen
aparato, me va tocar buscar uno para nosotros porque estas arepas quedan muy
buenas. Dos días después estaba Ana destapando la caja donde venía el sartén
eléctrico y Ricardo estaba pegado a la máquina moliendo el maíz que se había
tardado toda la mañana en desgranar y que había traído Ana desde la finca de
los papás.
Días después una tormenta dejó a Ricardo y
Ana sin televisor y como a los dos les gustaban tanto las telenovelas de la
noche fueron esa misma mañana después de la tormenta a comprar uno nuevo. Buscaron
uno como el que tenían de 21 pulgadas pero no lo encontraron y después de dar
muchas vueltas compraron uno de 32 pulgadas. Esa noche Eduardo arrimó a la casa
de sus cuñado a entregarle unas arepas que mandaba Martha, siempre les mandaba
porque sabía que Ana no era buena haciéndolas, cuando entró Eduardo se encontró
con el nuevo televisor de su cuñado, lo admiró un rato y se marchó como
si apenas lo hubiera visto; Al otro día él que baja del pueblo con una caja
grande era el cuñado de Ricardo que había comprado un televisor de 38 pulgadas.
Esa competencia parecía no desparecer y
cada que uno de los dos iba a comprar algo estaba pensando en su cuñado y en la
cara que este pondría y en alguna ocasión por el afán de descrestar al otro
habían salido estafados. Uno de eso casos fue el de la cafeteras, Eduardo
compró la suya y se la mostró a Ricardo; ese era el momento preferido de los
dos, presumir con su nueva adquisición. Eduardo salió de la casa de su cuñado y
se fue para la suya, Martha recibió la cafetera gustosa y antes de que la
conectara su hermano Ricardo ya había salido en busca de una cafetera de las
mismas.
Qué pasó cuñado para donde va tan
afanado, preguntó Ricardo recostado en el marco de la puerta. Nada cuña que ese
viejo marica me quiere ver la cara de guevon vendiendo cosas chimbas y voy a
hacerle el reclamo, a mí no me va a robar así la plata ese viejito hijueputa contestó Eduardo mientras alargaba el paso.
Ricardo entró malicioso y le dijo a Ana
que hiciera tinto para ensayar la cafetera y al igual que la de Eduardo se quemó
con solo conectarla, Ricardo la empacó de nuevo y corrió hasta donde el señor
que se las había vendido, uno de esos vendedores de paso. Se apresuró temiendo
que ya se hubiera volado. Cuando llegó donde él se encontró a su cuñado reclamado el cambio del aparato.
Qué pasa cuñado, preguntó Ricardo con su
cafetera inservible bajo el brazo. Pues cómo le parece que este malparido dice
que este aparato no tiene garantía, así que como quien dice perdimos la plata y nos robaron, dijo Eduardo. Como qué no hay garantía si yo
conócete esto y ahí mismo se quemó, dijo Ricardo. A la suya le pasó lo mismo que
a la mía o sea que este viejo hijueputa ladrón vende electrodomésticos de
segunda como si fueran nuevos y le ve a uno la cara de pendejo, dijo Eduardo
mientras miraba al viejo.
Ningún ladrón señor y más hijueputa será
usted, esos aparatos salen buenos, que a ustedes no les hayan funcionado es muy
raro pero eso ya es problema de ustedes porque yo eso no lo cambio, ni regreso
platas tampoco. Les dijo el viejo con voz seria y de pie como si se estuviera
listo para encenderse a tiestazos con el que fuera sin dejar de empacar las cosas en el carro para seguir el camino.
Ricardo no quiso pelear con el señor y dio media vuelta. Para dónde va cuñao es que
usted no va a exigir que este señor nos cambie esto, le dijo Eduardo. Qué vamos
a exigir si él ya dijo que no lo cambia y ni modo de llamar a la policía porque
mientras bajan del pueblo hasta acá tiempo hay de que le terminemos comprando
más cosas al tipo ese, además este señor nos vendió eso sin factura, ahí si más
pendejos nosotros que le compramos, le respondió Ricardo alejándose el carro
del vendedor. Eduardo cayó en cuenta de
su error al no haber pedido factura y abrió los puños que ya le dolían de tanto
apretarlo y levantó la caja con la cafetera que había dejado en el piso y la
tiró con fuerza al parabrisas del carro del vendedor y con el mismo tono de voz
desafiante del tipo le dijo que ahí tenía su cafetera de mierda y que hiciera
lo que quisiera que él tampoco se le corría a nadie. El vendedor de cafeteras
se dejó ir al baúl del carro y se le paró de frente a Eduardo y le mando un
machetazo con todas las ganas, la cara del vendedor decía que lo iba a picar
menudito y Eduardo con una agilidad que no supo de donde le vino esquivó el
primer machetazo y cuando el vendedor le mandó el segundo Ricardo le gritó al
vendedor que se abriera pa la puta mierda si no quería problemas y cuando el
vendedor le fue a tirar vio el cañón de la escopeta apuntándole en la cabeza. El
vendedor bajó el machete y Ricardo en tono conciliador le dijo que se fuera si
no quería problema y el vendedor subiéndose al carro les dijo que eso no se
quedaba así que el volvía y Eduardo le dijo que volviera cuando quisiera.
Mientras caminaban Ricardo le dijo a
Eduardo que él para qué se ponía a buscar peleas viendo que no era sino flojo y
Eduardo le dijo que más flojo él que no había querido ni reclamar ni nada y que
no se las viniera a dar de berraco que fijo no hubiera ni disparado y Ricardo le dijo que
flojo y todo le había salvado el culo.
En la casa Ana los esperaba a los dos con
chocolatico caliente y mientras lo tomaban se miraron hasta que terminaron
riéndose por su estupidez, por haberse dejado robar. De ese día quedaron de
recuerdo la cafetera de Ricardo que todavía rueda por ahí entre tanto chéchere
que guarda
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