Ricardo no sabía qué comprar primero si
los pañales, la cuna, la ropa. Ana caminaba tras él buscando convencerlo de no comprar
nada hasta que no hablaran con la doctora y estuvieran seguros de que tendrían
el bebé pero su marido no la escuchaba y cuando ella se dio cuenta ya estaba en
un almacén pidiendo que le enseñaran cunas.
Cuando Pablo tuvo su primer hijo Ricardo y
Ana lo acompañaron a él y a Adelaida a comprar las cosas para él bebé. El día que
Pablo el hermano de Ricardo consiguió mujer se la llevó a vivir al mismo
caserío donde aún vive Ricardo y por esos días aún tenían una finca en compañía
aunque vivían en casa separadas la de Ana muy cerca de la de Adelaida, Ricardo
congració con su cuñada desde el primer día y se encariñó con ella y con él
bebé al que quería como si fuera suyo, tanto que los padrinos de bautismo de
Cristian que curiosamente tenía un gran parecido con su tío fueron Ana y
Ricardo.
A diferencia de Ricardo que se fue a vivir
con Ana después de casarse como era lo acostumbrado Pablo vivió seis años con
Adelaida antes de casarse, el día del matrimonio su hijo Cristian fue el
pajecito, días después de la boda vendría Sofía la segunda hija de Pablo.
Una noche, después de un año de ser novios,
Pablo fue a la casa de Adelaida que vivía a las afueras del pueblo, llegó en un
jeep con un amigo y compañero de parranda y con un hermano de Ana la mujer de
Ricardo, Adelaida sabía que esa noche se volaría de la casa, empacó todas sus
cosas que no pasaban de ser unas cuantas prendas de vestir en una estopa de las
mismas en las que viene empacado el abono para el café. Adelaida se subió
adelante junto al conductor con Pablo y el hermano de Ana se fue atrás. Con la
carretera destapada que casi siempre estaba en malas condiciones los brincos
del carro hicieron que la estopa con las cosas de la mujer de Pablo empezaran a
salirse quedando regadas por todo el carro, el hermano de Ana tuvo que quitarle
un cordón a uno de sus zapato para amarrar la estopa. Ese detalle se
convertiría con el paso de los años en una anécdota familiar que se cuenta en
donde se presente la oportunidad.
Cuando Pablo y Adelaida empezaron a vivir
juntos los papás de Pablo y Ricardo ya habían muerto. El primero en morir fue
el papá, después la madre, cuando Ana se casó Ricardo la llevó a vivir a su
casa con sus hermanos y su mamá porque en ese tiempo lo único que tenía para
brindarle era amor como si la vida fuera una balada. Ana tuvo que lidiar con su suegra porque
pocos días después de que llegara a vivir con ella la salud de la señora empezó
a deteriorarse, la diabetes la mataba lentamente y fue la esposa de Ricardo
quien se encargó de ella con ayuda de Martha que aún no se había casado.
Esos días no fueron fáciles para Ana que
tuvo que responsabilizarse de la casa mientras Ricardo y sus hermanos
trabajaban. Cuidaba de su suegra aunque esta no se dejara y toleraba las
histerias de Martha que por eso días se comportaba como una adolescente enloquecida
que nadie comprendía, lo único que le importaba era conseguir un marido o mejor
llorar entre el desespero y la envidia porque todas se casaban menos ella.
Martha siempre fue escandalosa y alarmista
además de llorar por cualquier cosa, esa actitud de su cuñada le causó muchos
problemas a Ana pues Martha armaba un alboroto cada que se antojaba porque
según ella Ana no cuidaba bien de su mamá. Antonio José tampoco era un tipo fácil
por esos días, nunca fue fácil. Tenía mal genio y era explosivo, se molestaba
si la comida no quedaba tal cual la quería y cada día la quería de una manera diferente,
los primeros meses que Ana pasó con Ricardo demostraron por completo y si
alguien tenía duda que lo que había
entre ellos estaba hecho para durar.
Cuando Adelaida llegó al caserío y la vida
de Ricardo y Ana ya no había enfermos a los que cuidar, Martha ya se había
casado, Antonio vivía solo, Ricardo y Ana vivían solos también y los hermanos
trabajaban juntos una finca que había comprado en compañía. Al poco tiempo de
estar viviendo con Pablo Adelaida quedó en embarazo y de ahí venia la poca
experiencia que Ricardo tenía con los niños, de sus sobrinos recién nacidos.
Ricardo se lo digo de nuevo, creo que lo
mejor es que esperemos a que nos confirmen si el bebé si va a ser dado en
adopción, no quiero que nos llenemos de cosas para bebés y que en la tarde nos
digan que la mamá ya no quiere dejar a su hijo o que apareció el papá o
cualquiera de los improvistos que se pueden presentar en estos procesos, dijo
Ana con firmeza como si no estuviera dispuesta a discutir. Está bien, está
bien, compraremos solos pañales y leche y una manta para sacarlo del hospital, si él bebé se convierte en nuestro
hijo todo bien y si las cosas son como usted las piensa y espero que no sea así pues le regalamos lo que hayamos comprado a la
mamá del niño dijo Ricardo con una sonrisa y le acarició la cara a Ana y ella
sonrió como si celebrara un triunfo.
Mi
mamá siempre decía que a lo niños había que bautizarlos rápido ojalá después de
los cuarenta días de la dieta, decía que uno no se podía dar el lujo de tener
en su casa una criatura porque eso eran los niños antes del bautizo criaturas y
solo después del bautismo empezaban a ser hijo de Dios, eso dijo Ricardo. Llevaban
una cuantas bolsas en las manos producto de las compras y se dirigían al carro
a guardarlas y después ir a buscar almuerzo, la mañana había pasado rápido y la hora de visitar a la doctora se acercaba, Ricardo se ponía casa vez
más ansioso. Ana que iba a su lado lo miró con seriedad y le dijo, pero Ricardo
usted parece que no entendiera, desde que le conté lo que me dijo la doctora le
estoy diciendo que no se ilusiones demasiado y que se controle y que solo
cuando tengamos al bebé en nuestras manos y la última palabra de la doctora sea
que somos los indicados para criarlo en ese momento nos entreguemos a la alegría,
antes no, y ahora ya está también hablando de bautizo.
Ricardo abrió la puerta de la camioneta y
guardó las bolsas, intentaba entender la posición de su esposa, ella tenía la
razón; el que se entregaba a la pena era él, si un negocio salía mal,
si se robaban el ganado en las fincas, si los procesos de adopción no
resultaba, si se moría algún amigo o familiar lejano; todo lo envolvía en los
bejucos de la melancolía y era ella su incondicional Ana la que lo apoyaba
acompañaba y ayudaba a superar sus pequeños intervalos de desasosiego. Se ponía
en el lugar de ella y entendía que el niño tal vez no pudiera ser para ellos, él
escuchaba a Ana perfectamente cuando describía esos escenarios en los que ellos
otra vez se quedaban con las ganas de ser papás, pero no entendía el motivo por
el cuál no podían ser ellos los padres de ese niño que estaba en el hospital esperando
que la vida le diera la oportunidad de tener un hogar que seguro su madre
biológica no le podría dar. Ricardo no dudaba de que el niño estaría con ellos porque
desde el día en que pensó en ser papá se propuso ser el mejor, no dudaba de él
ni de Ana como mamá por eso estaba seguro de que esa noche el niño estaría en
casa con ellos.
Claro que la escucho, siempre lo hago pero
está vez quiero que no esté tan prevenida porque esta vez vamos a ser papás, yo
lo siento aquí adentro como si me lo susurrara el divino niño, por eso hablo
del bautizo, o es que acaso usted no piensa en bautizar a nuestro hijo. Ricardo
caminaba con paso tranquilo y pausado, se alejaban de la camioneta y se dirigían
a buscar un restaurante. Pues claro que hay que bautizarlo pero eso será en uno
o dos meses y parece muy apresurado hablar del tema y es que me enferma esa
idea de hacer planes pensando en el futuro siempre me cuesta más que a usted hacer cuentas con lo que no tengo y después de decir eso Ana abrazó Ricardo, la alegría de la noticia que
la acercaba a la maternidad se convertía en angustia y miedo y de nuevo en
alegría y dicha en el cuerpo de Ana.
Cuando entraron en el restaurante Ricardo
le dijo a Ana, deberíamos ir hoy mismo a fijar la fecha del bautizo con el
sacerdote usted sabe que con él no es el día que nosotros queramos sino el día
que a él le parezca, qué dice. Ana lo miró como si fuera un caso perdido como
brillar el piso en invierno. Y por qué mejor no me hace caso y solo después de
que tengamos al bebé vamos a la iglesia, por ahora después de almorzar vamos a
la oficina de la doctora y después cuando todo esté en orden con ella entonces
vamos a buscar al cura ¿no le parece mejor así? se quedó mirándolo jugar con el
salero, esperando una respuesta. Me parece bien, ojala lo encontremos porque
con eso de dar misa en las veredas ya no para en la iglesia.
Ese sacerdote del que Ricardo y Ana
hablaban era el mismo que años atrás los había casados a ellos y también a
Martha y a Eduardo, también había enterrado a los padres de Ricardo. En esos
días ya era famoso por su mal humor y ahora con el paso de los años y su cuerpo más
viejo su humor también se había hecho peor, por eso Ricardo pensaba que lo
mejor era hablar del bautizo con anticipación para que después no los regañara
por ser malos católicos y demorarse mucho con el niño sin bautizar.
Cuando la mamá de Ricardo murió el cura
regañó a Antonio, Ricardo y Ana que
también estaban presente, el cura reclamaba que si la señora llevaba tanto
tiempo enferma por qué a él no le había avisado para haberle puesto los santos óleos
y evitar tanto sufrimiento. La verdad era que la mamá de Ricardo nunca estuvo
reducida a la cama con para que alguno de ellos pensara que era necesaria
acudir a un sacerdote pero al parecer algunas vecinas del caserío le había
contado al sacerdote lo enferma que mantenía la suegra de Ana y por eso el
religiosos interpretado mal las cosas y como papá cantaletoso los vacío a punta
de regaños.
La mamá de Ricardo murió un jueves en la
tarde. Se puso grave de un momento a otro. los médicos les habían advertido a
Ricardo y a sus hermanos que su mamá podría sufrir un coma diabético. Esa tarde
cuando Ana notó que su suegra se quejaba de un fuerte dolor de cabeza que la
hacía llorar además de la náusea y el vómito, buscó a Ricardo que estaba cerca
de la casa cogiendo café con Antonio y después de verla decidieron que lo mejor
era contratar un carro que los llevara
al hospital. Ricardo y su hermano dejaron los canastos con café y en cuestión
de 15 minutos el chófer y amigo de la familia estaba listo para llevar a la mamá
de Ricardo al hospital. Se ponía peor con el paso de los minutos. Ana no tenía
esperanza, la había visto ponerse muy mal en los días que llevaba cuidándola
pero nunca tanto como esa tarde. El chófer conducía a la velocidad que la
carretera le permitía, Martha se había quedado en la casa y Ana, Ricardo y Antonio iban en el carro con
la enferma, Pablo esa semana no estaba en la casa, estaba jornaleando en una
vereda que quedaba lejos del caserío carretera abajo hasta llegar al bordo del
río, la finca en la que trabajaba se llamaba El cañón.
Diez minutos después de haber salido del
caserío la suegra de Ana no respiró más. El coma diabético del que hablaban los médicos se convirtió en realidad. En el carro nadie hablaba y el cuerpo sin vida de la suegra de Ana
reposaba apoyado en sus hombro. No la llevaron al hospital, ya no había necesidad.
Compraron el cajón y coordinaron la hora
del funeral con el padre que en ese momento no supo más que regañarlos, todos
intentaba ser fuertes pero las lágrimas estaban presentes en el rostro de los
tres.
Después de hablar con el sacerdote
pusieron un aviso en la radio informándoles a los familiares y amigos el fallecimiento
de la mamá de Ricardo y la hora del entierro. Como Antonio y Ricardo conocían a su
hermana antes de salir de nuevo para el caserío a velar a su madre entraron a
un droguería y compraron unos tranquilizantes para darle a Martha, se
imaginaban los gritos y el llanto cuando se enterara así que preferían estar
prevenidos y tener con que controlarla un poco.
Cuando llegaron a la casa Martha estaba en la cocina y Eduardo estaba en el corredor de la casa sentado en una banca
esperado a que regresaran. La reacción de Martha fue peor de lo que se
imaginaban al conocer la noticia empezó
a gritar y a manotear con una fuerza sobrenatural, le pegaba a las paredes
mientras que Antonio y Eduardo trataban de controlarla sin lograrlo, cuando por
fin consiguieron detenerla tenía las manos lastimadas de golpear a la pared; se quedó
quieta unos segundos y después dio un grito, uno solo largo desgarrado y fuerte y después se desmayó. la
llevaron a la cama y cuando recuperó el conocimiento Eduardo le dio las
pastillas antes de que se repitiera el suceso, Ricardo se sentó en un viejo
tronco de madera que estaba a unos cuantos metros de la casa no habla y tenía
la mirada puesta en la nada, la reacción de su hermana no podía haberla
asustado más. Antonio José y el amigo de la familia que conducía
el carro organizaron el ataúd, Ana les colaboró, dejaron todo listo para velar
el cuerpo, Ana caminó hasta donde estaba su esposo y lo abrazó, no le dijo
nada, solo lo abrazó y él la abrazó a ella sabiendo que era lo que más quería.
Lo sucedió hizo que todo el mundo se
alejara de la realidad, tanto que se habían olvidado de Pablo. De una una otra
forma tenían que avisarles. Ricardo y Antonio José estaban muy afectados así que el elegido para caminar hasta donde estaba Pablo fue
su cuñado Eduardo que por eso días era solo el novio de Martha.
Pablo estaba
paleando las cascara del café a una fosa. Eduardo llegó muy agitado, caminó tan rápido como su cuerpo se lo permitió, tomó aire y después de
saludar dijo, se puso grave su mamá cuñado. Eso fue lo primero que Pablo se imaginó
cuando lo vio porque a menos de que fuera urgente nadie hubiera ido a buscarlo hasta
allá. Antes de que Pablo preguntara algo Eduardo agregó, y la viejita ya no
está más con nosotros cuña… Pablo no dejó de palear, escuchó a la perfección lo
que Eduardo le dijo pero no contestó nada, no cambió su expresión y su rostro
siguió con la seriedad que tenía antes de que su cuñado llegara. Eduardo no se
movió del lado de Pablo pero no esperaba que la reacción de Pablo cambiara más
bien descansaba un poco para iniciar la parte más difícil el ascenso por esa
empinado camino de herradura. Después de un rato el hermano de Ricardo habló, siempre
se nos murió la viejita. Eso fue todo lo que dijo sin parar de palear.
Eduardo empezó a subir de nuevo rumbo al
caserío no llevaba mucho caminado cuando Pablo pasó caminado a paso largo por
el lado suyo y en cuestión de minutos Eduardo perdió a su cuñado de vista, siempre
había caminado rápido pero ese día parecía que estuviera corriendo. Cuando
Eduardo llegó a la casa ya Pablo se había cambiado la ropa de trabajo y estaba
al lado de la señoras que encoraban el rosario.
Al otro día en la misa el cura no
desaprovechó la oportunidad en la homilía para hablar de los santos óleos y de
la importancia que los familiares de los enfermos acudieran a la iglesia a
pedir la ayuda que solo Dios podía brindar para que sus hijos murieran en paz.
Ricardo comió con gusto, su esposa que no
era de tan buen apetito también lo hizo, estuvieron sentados un rato en el
restaurante después de terminar sus platos, Ricardo miraba el noticiero y Ana
hablaba con la dueña del restaurante. El sol era inclemente y las calles se
llenaban de estudiantes que a esa hora del día estaba saliendo del colegio, Ana
pagó la cuenta y se fueron para la iglesia. El sacerdote no estaba en el pueblo les
comunicó la secretaria y eso alegró a Ana que no quería que Ricardo se tomara
todo con tanta prisa. Ricardo No tuvo otra opción que resignarse y esperar, no podía
hacer otra cosa, Bueno esta semana volveremos igual podemos esperar, dijo
Ricardo mirando a Ana notando en sus ojos una especie de alivio, se rió y agregó,
salió como usted quería, siempre me va tocar esperar. Dieron la vuelta y
caminaron de nuevo a la plaza.
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