miércoles, 27 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás -11


Antonio José no podía ir hasta Caldas a conocer al bebé de su hermano, llevaba mucho tiempo sin salir de Armenia, se había se acostumbrado a la ciudad y el hecho de imaginarse viajando lo mareaba. Sí veía a sus hermanos con escasa frecuencia era porque estos lo visitaban a él. Pero no quería que un día tan importante para Ricardo pasara desapercibido así que a eso de las dos de la tarde después de almorzar, cosa que hacía casi siempre en el centro de la ciudad antes de comprar el surtido para su billar, fue al banco y le hizo un giro a su hermano para que le comprara un regalo al bebé. Después su mujer con la que no vivía, pero con la que mantenía una relación lo convenció de comprar un par de vestidos para recién nacido y envíalos por correo, no le quitaría mucho tiempo además ese detalle tenía más significado que mandar plata. Entre los dos hicieron las compras, la agencia de correo aseguraba que en menos de 48 horas el paquete estaría en la casa de su hermano. 

Mientras tanto Pablo, Adelaida y los niños tomaban el carro que los llevaría a casa de Ricardo, aparte de la maleta enorme que no podía faltar porque Adelaida era exagerada para empacar llevaban una caja de cartón con unas lonjas de bocadillo de guayaba y unas botellas de vino de naranja que fabricaba Adelaida y tres de sus amigas que hacía más de un año habían montando un negocio que les dejara unos pesos extras. Adelaida y sus amigas tan inquietas como ella se inscribieron en unas classes de  producción de alimentos que dictaban en el colegio de la vereda y de ahí surgió la idea de fabricar bocadillo y vino. el proyecto era muy prometedor según el instructor porque no tendrían que comprar la materia prima, las guayabas estaba amontonadas en los potreros vecinos y se podrían en el suelo y los arboles de naranja estaban en sus fincas, entres los cafetales, eso les facilitaba el trabajo y les ahorraba dinero. 

Comprometidas totalmente con el proyecto le dieron un nombre a su negocio y buscaron la asesoría de un diseñador gráfico que las ayudara a crear un logo y una etiqueta para los productos, todo eso lo hicieron con facilidad, lo difícil fue lograr un buen producto pues cada lote de producción del bocadillo quedaba con un punto diferente y nunca era el indicado, a veces quedaba muy duro, otras muy blando, otras una melcocha que el cuchillo no partía, a veces muy negro otras muy rosado. Con el vino el problema era que no se vendía. Comercializar el producto no era fácil, debían darles degustaciones a los clientes y muchos se quedaban en la degustación y no compraban nada, pero no se desanimaban y el negocio continuaba.

Ricardo fue desde el principio un fanático de sus productos y por eso Adelaida llevaba la caja llena. La sonrisa de Ricardo al ver que Adelaida cada que lo visitaba le llevan una provisión de bocadillo que le duraba dos o tres semanas porque se lo comía el solo la llenaba de satisfacción para seguir quemándose las pestañas mientras revolvían la pulpa de guayaba en grandes pailas hasta convertirla en bocadillo, a veces bueno y otras mejor, como le decía Ricardo a su cuñada. 

En el carro un jeep lleno de personas con gente colgada por fuera atrás y a los lados y sentada el capacete un señor se subió con un gallo de pelea colorado y se sentó al lado de Cristian y Sofía, los dos niños se quedaron un momento contemplando al gallo, según les había contado su papá él y Ricardo su hermano había sido fanáticos de los gallos en su juventud, recorriendo medio Caldas de gallera en gallera y de riña en riña. 

Adelaida siempre que escuchaba hablar a Pablo de gallos le daba gracias a Dios por no haber tenido que vivir esa época a su lado pues ya cuando recién empezaron a vivir juntos tuvo que pasar muchas noches sola y en vela esperando a que Pablo apareciera y siempre llegaba borracho. Si eso era solo tomado que tal que hubiera sido jodiendo con gallos, me hubiera dejado botada semanas enteras, decía Adelaida. Ana por el contrario gustaba mucho de las peleas de gallos pero agradecía también que Ricardo las hubiera abandonado por que siempre perdía el animal al que le apostaba, solo cuando le apostaba a los gallos que criaba Pablo ganaba de resto siempre perdía. Con la suerte del marido mío en las riñas se quiebra cualquiera, decía Ana cuando los dos iban un sábado en la noche un rato a una gallera a pasar el rato. 

El tema de los gallo eran tan complejo como el de los caballos de paso fino, los criadores de gallos buscaban siempre una buena gallina para que pusiera los huevos que debían ser fecundados por un gallo que tuviera muchas peleas ganadas, después de que nacieran y crecieran un poco empezaban alimentarlos de manera especial, concentrados, maíz, panela rayada, y todas las tardes los careaban con otros gallos para que no se engrasaran decían los galleros, todos los cuidados, mimes y agüeros que existieran aplicados a los gallos, un tema tan nutrido que había servido hasta para hacer películas y telenovelas. 

En la casa de Martha el protagonista del momento también era un emplumado, la hermana de Ricardo arrojaba puñados de maíz al patio para que las gallinas se acercaran a comer y así poder agarrar a las más gordas. Las despescuezó y desplumó con agua hirviendo. pretendía fritarlas en la casa de su hermano Ricardo cuando estuviera juntos en la noche, la obsesión de Martha aparte de su marido fue la cocina, su vida se llenaba de sentido con cada alimento preparado, se la pasaba gran parte del día cocinado y a comparación de muchas mujeres que suelen quejarse por tener que cocinar los siete días de la semana, ella lo disfrutaba, su tranquilidad más grande era servir comida, servir de anfitriona a sus familiares, amigos y trabajadores, estos últimos los que más disfrutaban de las delicias que cocinaba Martha, razón por la cual muchos de ellos buscaban siempre que Eduardo les diera trabajo. 

Martha servía en cantidades exageradas, platos con morro y cuando alguien no se comía todo lo que ella le servía decía, ahí pero por qué está tan desganado es que está enfermo, y la gente la miraba y sonreía como disculpándose con ella por no poder comer más, cuando alguien iba a visitarla le ofrecía a cada momento, tinto, café con leche, helados, pan, arepita con queso, un bocadillito, de los que fabricaba Adelaida, que en la casa de Martha nunca faltaban, el mundo de Martha giraba alrededor de la comida y por supuesto de cocinarla. 

Unos de sus clásicos con los que la recordaban sus hermanos y sobrinos y la familia de Eduardo eran sus empanadas. Con una empanada de Martha podían comer dos, pero como ella era desproporcionada para servir, ponía tres en un plato con una tasa grande llena de chocolate para cada uno de sus hermanos, cuñadas y sobrinos. Marthica mija usted si es muy sobrada mija, nosotros que nos vamos a comer todo eso, si uno de solo ver esas empanadas en el plato se llena, mija querida, le decía Ricardo mientras Pablo y los demás los miraban riendo, tranquilo hermanito que las guardamos y se las come por la noche con la comida, contestaba Martha mientras mordía una de sus empanadas calientes. 

Por la noche a la hora de comer cuando aún todos estaba llenos Martha se deja venir con unos platos hondos con frijoles, arroz, chicharon, arepas y por los lados le acomodaba las empanadas que habían dejado horas antes. Qué es todo eso Martha por Dios, decía Adelaida que no podía evitar la molestia al ver lo disparatada que era su cuñada, con la que nunca se llevó del todo bien. Pues cómo que qué cuñaita pues la comida o es que no van a comer, contestaba Martha en tono inocente. Pues yo no sé los demás, pero yo no voy a comer más Martha, yo sigo llena, contestaba Adelaida mirando a los demás esperando que alguno se sentara a la mesa. 

Pues yo si voy a comer mija, contestaba Ricardo, pero no todo eso, primero sáqueme las empanadas de ahí y sáquele un poquito de frijoles, decía Ricardo con una sonrisa en el rostro. Pero no va a comer nada Ricardito, le contestaba Martha que tomaba el plato para hacer lo que le había dicho, por lo regular solo comían Ricardo y Pablo que lo hacían la mayoría de las veces por no despreciarla y se quejaban el resto de la noche por la indigestión. 

Eduardo decía, sírvales más mija écheles bastante que se acuesten llenos. y Pablo contestaba, este cuñao si cree que uno viene aquí a curar abres viejas, lo decía serio pero siempre terminaban riendo por el comentario. 

Eduardo fue un derrochador desde el primer día que trabajo y se ganó su propio dinero, decía ya aguantamos mucha hambre de niños como para venir a aguantarla ahora y esa forma de pensar la reflejaba Martha sirviendo, ella que creía en todo lo que le decía su marido, como la verdad absoluta. 

Eduardo tenía muchos sobrinos y varios de ellos vivieron con él y con Martha, llegaban flacos y hambirados y Martha los recibía con comida a todas horas y ellos comían todo lo que les ofrecieran los primeros tres días hasta que se enfermaban y se hastiaban y empezaban a padecer la cantaleta constante de Martha mijito porque está tan desganado es que está enfermo. nadie contestaba, porque ninguno podía convencer a Martha de que había servido mucho, lo más cercano que Martha tuvo a un hijo fueron esos sobrinos y sobrinas de Eduardo, aunque más que sobrinos se convertían en sus amigos, los únicos con quien la hermana de Ricardo se podía pasar el día hablando. 

Además de matar a las gallinas preparaba arepas de maíz amarillo las que más le gustaban a Ricardo, porque un trozo de gallina frito sin arepa no funcionaba, la noche serviría para que la familia celebrara junta la llegada de un nuevo miembro, pero en la mente de Martha la noche serviría para comer, por eso hasta una torta de auyama hizo esa tarde. 





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