Fui a trabajar sin bañarme, no es la primera vez que lo hago en la vida, pero sí la primera vez que lo hago en este lugar. Aunque no había agua, resultó que el único que no se bañó fui yo porque según los estudiantes todos tenían agua recogida y se bañaron a cocadas. No voy a decir que lo pongo en duda porque no me corresponde hacer ese juicio. Lo cierto es que a mí me tocó recurrir a los pañitos húmedos que suelo tener a la mano.
En mi casa hubiera sido de otro modo, pero no hay que olvidar que aunque viva por acá de lunes a viernes no dejó de ser un tipo que juega de visitante. Pago el alquiler de un cuarto que como saben todos los que alquilan no ofrece las mismas comodidades que pagar por el alquiler de toda una casa o todo un apartamento, ventajas mucho más reducidas si hablamos de un cuarto sin baño.
Uno de los profesores, el que pertenece a la comunidad indígena que habita la vereda, me contó que en temporada de lluvias el servicio de agua siempre se ve afectado porque hay mucho barro en la bocatoma. A diferencia de ese viernes en el que los estudiantes fueron devueltos para sus casas, esta vez sí se dictaron clases porque la rectora dijo que así debía ser.
Estaría bueno decir que durante la temporada de lluvias solo presenta fallas el acueducto, pero eso sería mentir, en la zona rural, cuando la lluvia arrecia, también falla el servicio de energía y también el del internet y no hay como secar la ropa y las botas plásticas se vuelven el calzado habitual y las carreteras quedan intransitables. Aunque lo cierto es que todo esto que he dicho es una minucia boba al lado de tener a dos hijos con dengue hospitalizados al mismo tiempo. Lo digo porque justo eso es lo que le está pasando a una de mis compañeras de trabajo que durante esta semana cambió los salones de clase por los pasillos y cuartos de los hospitales.
Ahora, que esto no suene como una actitud mía de baboso interesado, que solo estoy señalando un hecho, justo la compañera profesora que anda pasando por ese momento maluco es la que acostumbra llegar todas las mañas con un termo lleno de café, o sea que al hecho de no haberme bañado debo sumarle que no he podido tomarme la cantidad de café que necesito para sentirme despierto.
Hablo de cantidad de café porque un café si me tomé, uno que me gestionó otra compañera en la cocina del colegio y para dejarlo claro de una vez, sin ese café no me hubiera sentado a escribir la entrada de hoy.
Ya entrados en el tema del café, hoy varios estudiantes empezaron un curso de catación de café, por ahí vino una señora, no sé de qué entidad y los tuvo oliendo frasquitos con esencias, digamos que los muchachos estuvieron entrenando sus sentidos. Les llamó la atención saber que uno de esos frasquitos olía a humo, humo de fogón de leña, mejor puntualizar que tipo de humo.
Otro día en el colegio, otro día alimentando el diario, escribiendo más como un vendedor de humo que como un profesor en ejercicio. Un miércoles cualquiera para que los estudiantes digan a cada tanto, pero qué es esta mierda, profesor, y uno responda que es la clase y que es la vida y como lo mío es con las ciencias sociales, también podría decir que es el capitalismo, aunque eso sí sería graduarme de vendedor de humo.
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