Me gusta ver como se manifiesta la complicidad, ese me parece un momento en el que nos transparentamos de manera inevitable y de algún modo también un objetivo en común queda expuesto.
Lo digo porque hoy estaba trabajando con grado noveno, hablábamos y consignábamos en el cuaderno información relacionada con la revolución en marcha de Alfonso López Pumarejo, también hablábamos de otros temas que se iban filtrando, lo que sucede mucho con ese grupo, empezamos hablando de la falange española y terminamos hablando de la torta de banano con leche o de las viejas gordas y de que en cuatro no se ve.
El salón de noveno está cerca a un pozo séptico y en algunas ocasiones el lugar huele literalmente a mierda. Por esa razón uno se va a trabajar a otra parte, por ejemplo, a la caceta, donde estuvimos esta mañana.
Como nos rindió el trabajo faltando unos quince minutos para que sonara el timbre de cambio de hora, les dije a los muchachos que ya podían ir guardando y que quedaban libres, a mi espalda estaba la rectora, en la cocina de la caceta, pero yo no me había dado cuenta, razón por la cual uno de los muchachos me dijo bajito que la rectora estaba ahí en la cocina, que de pronto me decía algo por darles ese tiempo libre, aunque no solo me lo dijo a mí, ya entre los otros estudiantes se había percatado de que la rectora estaba ahí.
Me resulto curioso, de algún modo intentaron cubrirme, como si hiciera falta. La complicidad estuvo ahí presente y me gustó verla. Les dije que en mi hora de clase mandaba yo y que si el trabajo estaba hecho porque habíamos sido productivos, podíamos tomarnos los últimos minutos de la hora. Lo dije en voz alta, sin esconder o disimular como trabajo y supongo que la rectora lo pudo oír, ahora veremos, tal vez me llame la atención, tal vez me diga que soy muy vulgar en clase o que permito que los estudiantes digan que deberían resucitar a Hitler y que eso es horroroso y que debería reprenderlos y enloquecerme porque los estudiantes de una zona rural ocupada históricamente por la guerrilla creen que la única manera de ejercer la autoridad e imponer la justicia es por las vías de hecho. Un adolescente dice muchas cosas y piensa muchas más. Como profesores podemos acompañarlos y sacarlos de uno que otro error mientras se pueda. Tal vez buscar también cierta complicidad pueda servir. No sé. Igual ya me puse en evidencia.
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