Pablo se enteró de que su hermano podría
por fin adoptar un bebé a las 12.30 del día cuando dejó de trabajar para ir a
la casa a almorzar. También a esa hora cuando llegaban del colegio se dieron
cuenta los sobrinos de Ricardo. Pablo no parecía estar muy de acuerdo con la
idea de adoptar, en su caso no adoptaría nunca, pero como sabía que eso era lo
que deseaba su hermano, la noticia le gustaba.
Su hermano dijo que nos esperaba en la
casa por la tarde para que conozcamos al niño hoy mismo, dijo Adelaida. Sofía y
Cristian almorzaban contentos. Ricardo siempre tan acelerado, todavía no le han
entregado el niño y ya quiere que lo conozcamos, dijo Pablo. Es normal, siempre
ha querido ser papá, dijo Adelaida. En la mesa solo hablaban ellos dos, Cristian
y Sofía comían y escuchaban en silencio.
Después de que Pablo hubiera sacado de la
casa a Adelaida para llevársela a vivir
con él y de trabajar mucho en la finca que les pertenecía a él y sus hermanos
él también decidió irse del caserío. Cristian, Adelaida y Pablo fueron a dar a
Cali y con la poca plata que llevaban compraron una tienda. Trabajaron unos
cuantos años hasta que sin explicación alguna las ventas empezaron a disminuir.
Adelaida le dijo a su esposo que lo mejor era que vendieran esa tienda y
compraran otra que fuera mejor y así lo hicieron pero el cambio no ayudó. Con
el paso de los días Pablo se enfermó, la rutina de la tienda, las pocas
ganancias y la preocupación de no estar vendiendo lo suficiente para pagar el
arrendó y los servicios y la falta de capital para trabajar dejaron a Pablo sin
ganas de nada, ni se levantaba abrir el negocio. Adelaida tuvo que hacerse
responsable de la tienda además de cuidar a sus dos hijos, ya no era solo
Cristian, estaba también Sofía que con dos años de edad no se quedaba quieta,
los primeros días en esa ciudad desconocida habían sido difíciles para la
pareja pero al cabo de una año ya adaptados el panorama era alentador, fueron
buenos años ninguno de los dos se quejó pero en esos últimos meses con Pablo
enfermo y dos niños de los que hacerse responsable además de un negocio que iba
en caída Adelaida sintió que ya no tenían nada más que hacer ahí y puso la
tienda en venta. Ricardo viajó con Ana a Cali preocupado por el estado de su
hermano y los animó a vender y a regresar. En menos de una semana vendieron la tienda
y Pablo con su esposa y sus hijos regresaron al pueblo. Con los pocos pesos que
trajeron casi lo mismo que se llevaron y una plata que le prestaron sus
hermanos compraron una finca, la finca en la que ese viernes de buenas noticias
para su hermano estaba sentado almorzando.
Los muchachos se fueron a hacer tareas, Pablo
tenía que regar un semillero de café que se iba a morir si seguía haciendo
tanto calor, Adelaida tomó los platos y se fue a lavarlos, la ruta pasaba por
su casa a las 3 de la tarde, todos cumplían con sus deberes antes de dejar la
casa para visitar a Ricardo.
Sofía tenía siete años era muy grande para
su edad, se parecía mucho a Pablo, Cristian tenía 11 años y un gran
parecido a su tío Ricardo, a diferencia de Sofía que era delgada su hermano era
gordo y se aburría porque lo molestaban en el colegio. Pero además de gordo
Cristian se aburría porque no sabía jugar fútbol y eso era lo único que había
para pasar el tiempo en el colegio. Jugaban en una cancha empolvada con una
pelota pesada y gastada, zapatos de tela marca Venus que todos utilizaban en
azul o negro y los más osados en rojo. A
Cristian como a todos los niños de su edad les gustaba el fútbol el problema era que
no lo ponían a jugar porque no era bueno, sus pies eran torpes con la pelota y corría poco y despacio, no estaba bien como volante y tampoco como defensa. Cuando armaban los partidos después de que los dos estudiantes hicieran el pico
monto,pico monto, para saber quién escogía primero de entre los muchos que
querían jugar Cristian siempre quedaba de último y lo dejaban como el jugador
que entraría a jugar para el equipo que hiciera el primer gol, el juego que a
la mayoría les daba alegría a Cristian terminaba frustrándolo y llegaba
a la casa retraído y cabizbajo
Los vecinos de Cristian eran muy buenos jugadores y en su casa los regaños y
las peleas solían darse por culpa de la pelota: que él es muy cochino para
jugar, decía uno. Es que es un perezoso y no corre a buscar la pelota, decía el otro. Que es un individualista y no hace paces. Que le da miedo atacar. Se criticaban
el juego entre ellos como si fueran más periodistas deportivos que jugadores y la conclusión era que todos habían cometido errores pero ninguno aceptaba los propios. Cuando los tres hermanos y el papá jugaban en el mismo equipo eran peores los reclamos y las quejas. Jugaban todas las tardes después del trabajo y el estudio en la cancha
empolvada de iluminación escasa, cuando ganaban celebraban toda la noche y
hablan una y otra vez de los goles y jugadas realizadas, si perdían peleaban
toda la noche echándose la culpa los unos a los otros, el papa incluso les
pegaba con la correa por motivos deportivos y cuando jugaban cada uno en equipo
separado los tres muchachos como si se pusieran de acuerdo le daban duro a
su papá, en los partidos le entraban con fuerza para quitarle la pelota y le
cometían dolorosas faltas, si los castigan por los partidos esos eran también
el camino para saldar cuentas. Cristian jugaba con ellos en las tardes,
los tres intentaban enseñarle como ser bueno, no una estrella pero si alguien para tener en cuenta para formar un equipo
pero Cristian era muy malo y después de mucho intentar decían que Cristian solo
podía estar en un partido de fútbol pero si él era la pelota.
A Pablo también le gustaba el fútbol y cuando era niño había
pateado la pelota hasta ya no poder más, jugaba con Ricardo y los demás niños de
la escuela lo hacía a pie descalzo porque su papás no tenía con qué comprar
zapatos. Pablo decía que los primeros zapatos que se calzó fueron unas
zapatillas negras que le regaló su hermano Ricardo, Pablo era el menor de la
familia así que cuando Ricardo empezó a ganarse sus primeros sueldos después de
jornalear toda una semana lo primero que hizo fue hacerle ese regalo a Pablo.
Jugaba descalzo en el polvo con una pelota
de trapo muy pesada que había ido armando entre los que más jugaban, Pablo tenía
unos pies grandes, era el patón de la familia y también el más alto de todos,
era larguirucho y desgarbado y así se había quedado, tenía unos pies
de empeine alto y uñas filosas que más parecían garras. A más de un niño no le gustaba
jugar con el porque siempre salían con las pantorrillas lastimadas así que Pablo
siempre jugó en el equipo de un muchacho que le tenía tanto miedo a sus uñas que lo pedía para su equipo de primero para evitar que
esas filosas armas estuvieran en su contra.
Cristian y Sofía sabían lo de las uñas
filosas de su papá y los partidos jugados a pie descalzo porque muchas veces habían
escuchado hablar a sus papás de la infancia que les había toca. Existían dos
momentos especiales para que Pablo o Adelaida empezaran a narrar los recuerdos
de su niñez, uno era cuando se iba la energía eléctrica en esas noches de
lluvia y a falta de televisor o radio para entretenerse un rato y no acostarse
tan temprano se sentaban en grupo en el corredor a la luz de una vela a hablar
y alguno de los dos casi siempre Pablo iniciaba, que cuando él era niño tuvo
que vivir en casas donde no tenían energía, que nunca tuvieron un televisor y
que cuando quería ver algo debía caminar hasta la casa de una familia pudiente
que quedaba muy lejos a ver los programas por una ventana. Adelaida contaba
historias parecidas, ella y sus hermanos hacia lo mismo hasta que la dueña de
casa se daba cuenta y en lugar de dejarlos entrar a ver el novedosos aparato
que por esa época era a blanco y negro
los echaba amenazándolos con una escoba como espantando gallinas. Pablo decía
que sus papás nunca tuvieron una casa propia que se la pasaban viviendo de
rancho en rancho como administradores de fincas viejas que no daban ninguna
rentabilidad, muchas veces les tocó pedir comida. También decía que él siendo
el menor de los cuatro hermanos era el que menos historias tenía para contar y
que si de niños no los había matado el hambre era gracias a las ayudas de las
buenas personas que no les había dado la espalda, entre ellos un reconocido
sacerdote de Marquetalia. Por ese tiempo Antonio José, Ricardo y sus hermanos
entre niños y adolescentes vivía en una vereda llamada La Tebaida y desde allí
subían caminando al pueblo a recibir los mercados que el sacerdote Antonio
María recolectaba entre los comerciantes del pueblo para ayudarle a los pobres.
Antonio decía que en ese tiempo en casas
como la de él no se conocía el arroz y que los que compraban arroz ya
era señalados como pudientes. Sin ropa, sin zapatos, sin carne para el
almuerzo, o sin almuerzo, sin energía, su infancia y la de sus hermanos no
había sido fácil ninguno paso de la primaria porque todos debían
empezar a trabajar desde muy jóvenes, la generación que describía Pablo es sus
relatos era la de unos hombre y mujeres sin juegos, sin estudios,
sin diversión una infancia llena de necesidades, sufrimientos, y trabajo y a pesar de todo eso Cristian y Sofía veían a sus papás y sus contemporáneos alegres y
esperanzados.
El otro momento especial en el que Pablo y
Adelaida empezaba recordar esas temporadas de escasez llega cuando Sofía o
Cristian se quejaban por no tener lo que querían o cuando les servían algún
alimento y ellos no se lo comían porque no les gustaba, en ese momento los dos
daban inicio a la comparación entre esos años de infancia vividos y el presente,
eso muchachos de hoy en día si son muy desagradecidos bendito Dios y ver uno cómo
le tocaba comerse eso sancochos hechos de hueso de res todos lamidos. Cosas
como esas decía Pablo en eso momentos en los que hablar de la infancia más que
una anécdota para pasar el rato era una queja y un lamento una experiencia
traumática que no se superaría nunca.
Solo después de que Pablo que era el menor
de sus hermanos empezó a trabajar las cosas mejoraron y la miseria los
dejó en paz, los tres, Antonio, Ricardo y Pablo jornaleaban los seis días de la
semana y la plata no faltaba y por eso los últimos días de los papás de Ricardo
y su hermanos fueron cómodos y tranquilos, para cuando Pablo cumplió veinte
años ya sus padres no vivían.
Adelaida era siempre más fiel a los detalles
cuando contaba sus historias por ese motivo tardaba más y siempre conseguía
agregarle tonos únicos a cada una de las palabras que salían de su boca
logrando mayores efectos en los que escuchaban su relato, efecto que no obtenía
Pablo que más que buscar conmover a sus hijos con sus anécdotas de la niñez lo
que pretendía era entretenerse y recordar un poco, aunque los recuerdos no eran los más gratos.
La esposa de Pablo tenía doce hermanos y ella
era de las mayores, de ese hecho dependió en gran parte
su atormentada y dramática adolescencia e infancia, desde que Adelaida tuvo uso
de razón para recordar su mamá siempre estuvo enferma, cuando no le dolía una
cosa le dolía otra, a eso se le sumaban sus embarazos que terminaban por postrarla
en la cama por los riesgos de un posible aborto.
A los siete años Adelaida ya debía
encargarse de ayudar a cuidar a sus hermanitos y de cocinar, aún no alcanzaba
el fogón pero el almuerzo ya estaba a su cargo, subida en una banquita ponía la
olla con los frijoles en el fogón, pelaba plátanos hacia sancocho de huesos de
res sin carne, asaba arepas y además de eso debía tener la casa limpia. Tenía
una hermana que era un año mayor con la que se dividía algunas labores, pero
las dos no eran mano de obra suficiente para tanto, para cuidar a una mamá que
siempre estaba enferma, y lavar ropas y pañales blancos antes que se curtieran y llenar tendederos que no de desocupaban sino cuando llovía.
Para contrastar con la mamá enferma
Adelaida tenía un papá autoritario y bebedor que convertía cualquier oficio mal
hecho en una paliza. Un alimento mal hecho era un plato roto en el piso y su
llegada borracho a la casa siempre se convertían en un caos, sus papás peleaban
y salían perdiendo ella y sus hermanos.
La familia estaba lista habían empacado
una pequeña maleta y estaban preparados para pasar el fin de semana en la casa
de Ricardo y chocholear al bebé. Cuando un niño llega a la familia hay nueve
meses de preparación y la gente está pendiente de la futura madre, se preocupan
por ella le preguntan cómo se siente le preparan una u otra comida le dicen que
debe hacer y que no y la encierran en su casa veinticuatro horas para que no se
expongan a los eclipséis, la gente se acerca y acaricia la barriga de las
gestantes esperando sentir una patada, ponen sus oídos en la barriga con el ombligo
a fuera queriendo escuchar algo, todos esos detalles sirven de preparación,
todos están esperando que él bebé llegue.Con la adopción es diferente, no se sabe a
ciencia cierta cuando llegara el nuevo integrante de la familia incluso cuando
se lleva un proceso ordenado como tantos de los que adelantaron Ricardo y Ana
este puede fallar al final. Los procesos de adopción son de verdad y ante todo
procesos de espera y tramites en oficinas y documentos que remplazan las pataditas y los antojos.
En la casa de Martha pasaba lo mismo, ella
se alistaba para estar por la noche donde su hermanito, solía llamar a sus
hermanos siempre en diminutivo, la distancia que separa la casa de Martha de la
de Ricardo es de uno quince minutos caminado, cuando Martha le contó a Eduardo
de la noticia este no reacciono como reaccionaron los demás familiares a él
pareció darle lo mismo pero no era así, se alegraba como todos. Eduardo era un
hombre de buen corazón sensible y trabajador con un gran desprecio por el
dinero y no era que no le gustara ganárselo, el desprecio aparecía en el momento
en que los billetes reposaban en sus bolsillos pues los gastaba a manos llenas.
A mí la plata me estorba en los bolsillos hermano, decía Eduardo que no tenía
problema en prestar el dinero o regalarlo, de gastarlo en prostitutas o en
aguardiente para una barra de diez o más bebedores canaleros, hablaba, todo el
tiempo hablaba, nada le daba miedo, no conocía la prudencia o la discreción
debido a eso muchas personas no lo querían aunque a el que lo quisieran o no le
preocupaba en lo más mínimo.
Después de muchos novios Martha se quedó
con Eduardo se enamoró profundamente de él, para ella no tenía defectos y sus
comentarios salidos de tono no le importaban. Se casaron y se fueron a
administrar la finca de unos amigos ricos, finca en la que permanecían después
de 20 años. Con toda la plata que las cosechas anuales dejaban en plena bonanza
cafetera Eduardo y Martha habrían podido comprar una finca tan rentable como la
que administraban, pero los gastos desmedidos de Eduardo no pasaban de
administradores.
Martha no decía nada, como si no tuviera
voz como si hubiera renunciado a ella. Eduardo decidía y hacia y ella lo seguía
dócil como si llevara una vida entera esperando por eso. Tal vez por eso en su
casa con sus papás y sus hermanos fue tan difícil de lidiar, nada le gustaba,
nadie la entendía, todo le disgustaba porque la docilidad que había en ella no
era para ellos era para Eduardo.
Fue tan difícil Martha en su juventud que
incluso unos de sus berrinches casi termina en suicido según contaban Ricardo y
Antonio José. Dos días después de que hubiera terminado con un novio según ella
el amor de su vida se sentó en el corredor con la escopeta que ellos utilizaban
para salir de cacería, la cargó y se la puso bajo el mentón, estaba a punto de
jalar el gatillo cuando Pablo que salía del baño envuelto en una toalla que le
dejaba media nalga a fuera la vio y se le arrojó para evitar el disparo, cosa que no pudo hacer
pues el arma se alcanzó a disparar aunque ella estaba lejos del cañón y él
sobre ella medio desnudo temblando de los nervio sin entender lo que acaba de
pasar. La escopeta estaba a unos centímetros de ellos y el tiro se había
clavado en extremo inferior derecho de un cuadro del corazón de Jesús que
colgaba en el corredor. Ese episodio no se borró nunca de la mente de Pablo y
de la de sus hermanos que lo presenciaron inmóviles. Martha parecía no
recordarlo pues ella no mencionaba el tema y si alguien quería verla enojada
podía hacer dos cosas, hablar de su intento de suicidio o preguntarle su edad.
Todos esos arrebatos desaparecieron con Eduardo, después de él se convirtió en
una tranquila y resignada esposa inventada por un párroco fanático.
Después del matrimonio a Martha un
ermitaño le quedaba chiquito, salía de la finca una o dos veces al año y el
resto del tiempo estaba encerrada en la casa y si no hubiera sido porque al
lado de su casa frente al corredor de chambranas despintadas y anturios
marchitos saboteados por un ejército de patos inquietos que Martha había
comprado y que se le iban volando de la casa buscando el río Martha hasta se
hubiera olvidado de la gente. Con Eduardo era distinto, iba todas las noches al
caserío donde vivía Ricardo a jugar billar o cartas, todos los días a eso de las 6.30 de la tarde después de
comer Eduardo se iba y hablaba mierda con los demás conocidos que al igual que él
hacía lo mismo todas la noches, jugaba se tomaba un par de cervezas y regresaba
a las once o doce de la noche a la casa donde lo esperaba Martha para ofrecerle
café o chocolate.
Muchos suelen decir que el amor y la vida
en pareja pone fin a la soledad pero en el caso de la hermana de Ricardo
parecía ser al contrario su matrimonio la había llevado a mantener sola, se la
pasaba sola la mayor parte de día acompañada solo de las gallinas y los patos
que cuidaba con esmero, Eduardo trabajaban todo el día todos los días, porque
cualquier cosa podrían decir de él, que era fantoche, que era mujeriego,
apostador o borracho, que no respetaba el dolor ajeno pero nadie podía decir
que fuera vago, por el contrario era toda una máquina para trabajar. En su juventud cuando trabajó al lado de
Antonio, Ricardo y Pablo él era el que más rendía, cuando había que cargar
abono por lomas que parecían infinitas bajo el ardiente sol del mediodía y
ellos los tres hermanos cargaban cada uno un bulto de cincuenta kilogramos con esfuerzo
caminando con lentitud, Eduardo cargaba dos y pasaba por el lado de ellos como
si llevara las manos vacías, así era para todo las labores que la finca
exigiera, cogía más café que cualquier otro en la región y desyerbaba de manera
veloz con machete de veinticuatro pulgadas amolado en esmeril. Cuando empezó a administrar
la finca y necesito contratar trabajadores ninguno le serbia porque ninguno le
daba la talla, así que la mayoría de las veces los trabajadores que siempre lo
acompañaban eran algunos de sus hermanos que al igual de él trabajaban con
fuerza desmedida.
En su niñez y adolescencia Eduardo y sus
hermanos que quedaron huérfanos de padre muy jóvenes y con una mamá muy enferma
se dedicaron acerrar madera, en sus tierras uno terraplenes infértiles no había
un solo árbol que acerrar incluso ni el café parecía crecer con vitalidad en
aquellos terrenos, Eduardo y sus hermanos al no tener más cómo conseguir plata
se dedicaron a cortar madera al bordo del rio en las horas de la noche con
serruchos de dos por dos, muchos de esos árboles gigantes no tenían dueño mucho
otros si los tenían pero igual no les importaba, salían cuando se ocultaba el
sol, con linterna en mano a cortar los árboles, cortar un solo árbol con
serrucho les podía significar el trabajo de una semana , lo cortaban y lo
trozaban al lado del rio y luego lo embarcaban agua abajo para evitarse la
cargada, de ese modo nadaban largas horas empujando los palos por entre los pedregoso
causes hasta encontrar un lugar donde poder sacar con facilidad la madera de aquellos
montes y venderla a las madereras, muchas de sus noches de adolescencia las
dedicó a eso, nadaba como un pez y trabaja sin pereza.
Yo no sé de qué estoy hecho cuñaos, yo
creo que soy de piedra porque yo no siento nada cuñaos. Eso era lo que siempre
decía Eduardo a Ricardo y a sus hermanos después de terminar un largo día de trabajo,
cuando ellos se quejaban de cansancio a los tres solía molestarlos la zalamería
de la frase pero no le daban trascendencia porque lo conocían bien.
Ricardo decía cada que veía a su cuñado
trabajando como mula para otro que de tanto esfuerzo no quedaban sino
enfermedades y sin equivocarse mucho esa tarde mientras él entraba con Ana a la
oficina de la doctora Adriana y Eduardo se alistaba para seguir trabajando después
del almuerzo las enfermedades los agobiaban a los dos. Primero fue Ricardo
quien tuvo que visitar al urólogo y pocos días después Eduardo tuvo que hacer lo
mismo. Estaban sufriendo de la próstata y parecía que la competencia extraña
que siempre habían tenido comprando elementos inútiles se había trasladado a la
salud y ahora competían por enfermarse primero.
Esa competencia si la ganó Eduardo que
poco antes de cumplir los cuarenta se tuvo que someter a una cirugía para que le extrajeran una hernia
y después de eso la fuerza desmedida y le trabajo sin tregua de Eduardo quedó
en el olvido, su cuerpo llegó al límite y el hombre que parecía ser de piedra
no existió más y el momento de sentir el dolor llegó. Si vio hermano ahora si
le llegó la hora a Eduardo para que se dé cuenta de lo que está hecho, quién
iba creer que las piedras también se enferman, decían Ricardo y Pablo.