lunes, 2 de abril de 2018

Marcos


Marcos está en la tienda, va comprar gelatinas de pata y espera que el señor las saque del frasco donde las tiene empacadas, las agarra con una pinza de aluminio que es muy corta para el frasco y no alcanza a llegar al fondo, el señor acuesta el frasco para que las gelatinas queden más cerca de la salida. El señor lleva cinco gelatinas empacadas en una bolsa de plástico pequeña, Marcos sigue esperando porque pidió ocho. Cuando el señor va a sacar la sexta gelatina entra una señora alta y gorda de pelo largo y mirada de no necesitar hombres en su vida porque con sus manos pega ladrillo y pinta paredes. Marcos le mira las manos untadas de cemento y se mira las de él que solo saben estar untadas del polvo blanco de las gelatinas de pata y como por reflejo las guarda en los bolsillos y sigue mirando a la señora que con voz grave le dice al señor que le de tres y el señor va apresurado a la nevera y saca tres cervezas y se las entrega a la señora que le paga y se va sin dar las gracias. Marcos se va para la casa con las gelatinas repitiendo en su cabeza que mañana él tampoco le va pedir al señor que le dé gelatinas sino que así como esa señora le va decir que le de ocho porque el señor de la tienda ya sabe lo que la gente va a comprar antes de que le digan, porque el señor de la tienda se acuerda de esa gente que siempre va a comprar lo mismo. Marcos entra a la tienda y pide ocho y el señor de la tienda le dice ocho qué, con el mismo tono de voz con el que diría, este malparido cree que yo soy adivino o que hice curso para lidiar bobos. Marcos cree que la pregunta del señor lo va tumbar y dice suavecito casi como susurrando, ocho gelatinas de pata me hace el favor. Mira al señor empacar las gelatinas y se mira las manos y le brillan los ojos como si hubiera entendido qué es un agujero negro, claro es que hay que venir con las manos untadas de cemento.

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