En
días pasados me enteré de la muerte de Pepe. Pepe algo, pepe empanada le dije
siempre, así le decían todos en el pueblo, tenía un negocio cerca a la iglesia y
vendía las empanadas más ricas que me he comido en la vida.
Decían
que Pepe no se bañaba, que se la pasaba cargando a un montón de perros que
tenía y que les sacaba garrapatas con las manos y luego no se lavaba. Que la
mujer lo había dejado por loco y cochino. Que la cicatriz que tenía en la cara
se la hicieron en una de las tantas matanzas en las que participó. El mito alrededor
de Pepe y sus empanadas crecía todos los días.
Alguien
le decía a uno, vamos donde Pepe y uno se sonreía como diciendo ¿enserio vamos
para allá? y claro, allá terminaba uno atragantado de empanadas, no importaba
lo que dijeran y luego a negar uno en el colegio que había estado comiendo
donde Pepe para que las muchachas bonitas no lo miraran mal.
Cómo
olvidarme del día que estábamos allá comiendo y que llegaron unas muchachas lo
más de linda y una de esas la que a mí me gustaba. Pepe hasta se les sabía el nombre a ellas
igual que se sabía el nombre de nosotros, todo el mundo negaba las empanadas de
Pepe y todos eran clientes. Ese día hasta le hablé a la muchacha, no nos quedó
de otra que hablar para superar la incomodidad de ser descubiertos.
No
fui al entierro de Pepe y se llevó la receta de las empanadas con él. Lo que me
dijeron los que fueron es que en la lápida pusieron así “Pepe empanada”
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