jueves, 28 de abril de 2016

Pepe




En días pasados me enteré de la muerte de Pepe. Pepe algo, pepe empanada le dije siempre, así le decían todos en el pueblo, tenía un negocio cerca a la iglesia y vendía las empanadas más ricas que me he comido en la vida.

Decían que Pepe no se bañaba, que se la pasaba cargando a un montón de perros que tenía y que les sacaba garrapatas con las manos y luego no se lavaba. Que la mujer lo había dejado por loco y cochino. Que la cicatriz que tenía en la cara se la hicieron en una de las tantas matanzas en las que participó. El mito alrededor de Pepe y sus empanadas crecía todos los días.

Alguien le decía a uno, vamos donde Pepe y uno se sonreía como diciendo ¿enserio vamos para allá? y claro, allá terminaba uno atragantado de empanadas, no importaba lo que dijeran y luego a negar uno en el colegio que había estado comiendo donde Pepe para que las muchachas bonitas no lo miraran mal.

Cómo olvidarme del día que estábamos allá comiendo y que llegaron unas muchachas lo más de linda y una de esas la que a mí me gustaba.  Pepe hasta se les sabía el nombre a ellas igual que se sabía el nombre de nosotros, todo el mundo negaba las empanadas de Pepe y todos eran clientes. Ese día hasta le hablé a la muchacha, no nos quedó de otra que hablar para superar la incomodidad de ser descubiertos.

No fui al entierro de Pepe y se llevó la receta de las empanadas con él. Lo que me dijeron los que fueron es que en la lápida pusieron así “Pepe empanada”

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