Día de solsticio. Viernes. Fin de semana a la vista. Alegría de los otros en el aire. Nos reunimos en el coliseo de un colegio y el dirigente sindical con el micrófono en el aire y los gritos nasales desgarrados le da las gracias al rector por poner el coliseo a disposición y por participar de la lucha sindical porque los derechos no se mendigan, se conquistan en las calles con movilización. Los asistentes aplaudimos y el dirigente continua con su intervención, es una celebración, la reforma se hundió y según su narración y su elaboración de los hechos, esa ley no tuvo su tramite en el proceso gracias al paro, es decir, los del magisterio la tumbaron. No sé, me quedan mis dudas, pero también, como si ese profesor sindicalista me leyera la mente, habla de los sínicos, de los que criticamos el paro o directamente no lo apoyamos y luego nos usufructuamos de las conquistas sindicales y cobramos felices la prima o disfrutamos de garantías en el trabajo. Me incluyo con ese plural aún sabiendo que esos a los que consideran poco éticos y poco morales por haber trabajando durante el paro, por lo menos fueron serios consigo mismos y trabajaron, en mi caso es peor, porque no creo en el paro ni en la lucha sindical y todavía teniendo eso claro paré porque yo no voy a ir a trabajar si los otros tampoco lo hace. Entonces estoy como un bulto ahí en las manifestaciones sin creer en nada y luego sí, como dijo el señor, disfruto de lo que se pueda disfrutar sin que me importe si alguien lo ganó en la calle. El caso es que el paro se acabó y como perder es maluco se supone que todos ganaron y que la educación pública está viva y que hay que seguir atentos. Hay gente convencida, eso debería ser importante, algo para resaltar, pero es justo eso lo qué me genera duda, estará bien tanto convencimiento. No sé. Deberíamos ir a mejor, aunque lo que creo es que no, cada vez más iremos a peor. Al final del paro me queda claro mi cinismo y que según los códigos de los otros, la ética tampoco es lo mío.
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