Marcos
le dice a la secretaría que tranquila que no importa que él puede esperar y le
muestra la broma infinita de Foster Wallace. Se sienta en la banca que está
frente al escritorio de la señora muy bien peinada que no deja de teclear en el
computador y empieza a leer. Lee el
principio de la página 599 y va a la parte de atrás del libro a buscar unas de
las tantas notas. No pierde de vista a la secretaría que lo mira con desconfianza
casi que con fastidio como si lo quisiera echar, como si le repugnara. La secretaria le vuelve a decir
que la doctora se demora. Yo es que por eso traigo siempre libros, a mí me
gusta tener que hacer mientras espero, mire que si estoy de buenas puede que
hasta termine de leer este libro acá con usted, Marcos baja la vista y
sigue leyendo. Después de unas cuantas paginas leídas Marcos le dice a la
secretaria que seguro de tanto mirarlo se antojó de leer el libro, le dice que
se esté tranquila que cuando lo termine de leer él se lo puede prestar.
jueves, 22 de febrero de 2018
martes, 20 de febrero de 2018
Marcos 64
La
mamá de Marcos no volvió a hacerse la manicura y la pedicura en los locales del
centro porque las señoras que la atendían no le tenían paciencia. Decidirse por
un decorado le tomaba el doble de tiempo que al resto de la clientela. Ella
quería flores pero no como estaban en la cartilla de decorados que le entregaba
para que eligiera. Quería mariposas y mariquitas pero no le servían cuando
finalizaban porque no quedaban bonitas y ella estaba pagando por algo bonito.
Después de pelear en varios locales y decirles que ella no era ningún moco
pegado en la pared ni ningún monigote mal pintado en una uña lo que hizo fue
convertir la manicura y la pedicura en algo parecido a un paseo de olla.
Consiguió el número de teléfono de una amiga que trabajaba a domicilio y llamó
a sus hermanas y su consuegra y a su hija y se reunían todas un día por la
tarde para que le arreglaran las uñas a todas una tras otra, y entre uñas y
talones masajeados se iban poniendo al días en chismes nuevos.
Marcos
veía pasar a los hijos de su hermana y a los hijos de la vieja que arreglaba
las uñas corriendo unos para alcanzar a los otros por todos los pasillos de la
casa y oía a su mamá y sus tías reír a carcajadas o azuzarse entre ellas porque
la una o la otra no había dicho lo que debía decir en una situación hostil
cualquiera. Marcos maldecía los martes y a las viejas de los locales del centro
por no tener paciencia por trabajar de afán por no consentir al cliente por no
pintar bien en una puta uña una flor. Marcos se quería volver fósil y estar
enterrado bien profundo para no oírlas, para no sentir el olor a removedor.
Pero como la tarde era larga y Marcos no tenía para donde irse porque ser
mantenido también tiene sus desventajas, el terminaba haciendo tinto y
llevándole a su mamá y las demás. A veces Marcos se miraba los pies después de
tomar tinto y maldecir a las señoras y a las viejas de los locales y a los
esmaltes y a los niños y se sentaba para que la vieja que arreglaba las uñas se
las arreglará un poquito a él porque cuando se es vago queda mucho tiempo para
andar en chanclas.
lunes, 19 de febrero de 2018
Marcos 65
Marcos no sabía que la carne que estaba en un plato
pequeño tapada con otro plato pequeño sobre el aparador de la cocina era para
el primo que había dicho que venía almorzar después de las cuatro de la tarde porque no
podía salir antes de la conferencia. Marcos se comió la carne, estaba dura,
gustosa pero dura. El primo tuvo que comerse los frijoles pelados y aunque la
tía le dijo que Marcos se había comido la carne el primo le escribió un mensaje a su
mamá diciéndole que en la casa de la tía la estaban pasando mal, estaban casi
casi que aguantando hambre. A Marcos lo despetaron los gritos de su mamá que no dejaba de
repetirle enfurecida a su hermana que en la casa todo estaba bien y que comida
había. Cuando vio a Marcos le entregó el celular y le dijo que le explicara a
la tía que él que parecía un muerto de hambre que se había comido la carne del
primo. Marcos le dijo a la tía que la carne estaba dura, gustosa pero dura, y
que todo había sido un mal entendido. Acabó la llamada y le entregó de nuevo el
celular a su mamá, le sonrió y ella lo miró mal. Volvió al cuarto y se envolvió
en la cobija, y así se fue otro lunes en la vida de Marcos.
martes, 6 de febrero de 2018
Ronquido
Lo primero que se me vino a la cabeza cuando abrí los
ojos a eso de las seis de la mañana fue la cara cachetona y sin gracia de un
gordo enorme metido entre un saco estrecho que le dejaba la mitad de la barriga
al descubierto. Me paré frente a un lavamanos que está al lado de la cocina y
me cepillé los dientes muy despacio esperando a que el tipo saliera de su
cuarto para ponerle un rostro a esos ronquidos que en el cuarto en que yo había
dormido se oían como una motosierra acerrando un viejo roble. Mi tía me
preguntó cuando me vio cepillándome que
si quería tomar tinto y yo le dije que sí asintiendo con la cabeza.
La primera en salir del cuarto fue Camila organizándose
el cabello y cuando me estaba terminando de tomar el segundo tinto salió Juan,
así se llama, un tipo flaco alto sin camiseta que saludó risueño como antes lo
había hecho Camila. No sé porque creí mientras lo oía roncar en la madrugada
que el tipo pesaba más que yo o que cualquier otra persona que estuviera en la
casa. No sé por qué para mí roncar es algo que solo hacen los gordos. La tía no
les ofreció tinto hasta que no los vio cepillándose los dientes. Se sentaron
uno al lado del otro a tomarse el tinto y yo no dejaba de mirar a Juan. No era
capaz de generar en mi cabeza una relación directa entre ese semblante anémico
y ese ronquido furioso.
Camila le preguntó a la tía si iba a hacer arepitas para
el desayuno y le acarició un hombro a Juan diciéndole que las arepas de la tía
eran riquísimas. El tipo sonrió expectante, hambriento. Me dije que sí como
roncaba comía nos íbamos a tener que esconder. La tía le contestó que no. No
había vuelto a hacer arepas porque al que le gustaban era a Jairo. Lo dijo con
ese tono de voz apagado y desabrido que le quedó después del entierro. Dijo que
hasta había regalado la parrilla pero que no se preocupara que ella le había
encargado arepitas a socorrito desde por la noche y que no demoraban en
traerlas.
Viendo la cara de Camila quedándose con su antojo a
medias hubiera dicho si alguien me lo preguntaba que Camila había perdido su
viaje, que estaba en la casa de la tía solo por esas arepas y que después de
oír eso no tendría problema en recoger sus cosas y perderse en la carretera. Juan
se paró tras ella, le puso las manos sobre los hombros y empezó a masajearla.
En voz baja como para que la tía no escuchara le preguntó quién era Jairo.
Camila le había hablado a su novio de las arepas y no del marido muerto de la
tía, cada quién sus prioridades. Salí de la cocina en busca de la tía que
estaba mirando la plaza del caserío por la ventana.
Mi tío de verdad era Jairo un hermano de mi papá. La tía
es la tía porque así lo quiero yo y porque la quiero a ella. Cada año y aunque
Jairo ya no esté la sigo visitando, me gusta pasar tiempo con ella y supongo
que al resto de la gente que aún no se levantaba le pasaba lo mismo porque la
casa de la tía en diciembre parece un hotel de playa turística en temporada
alta.
Le digo a la tía qué no entiendo cómo puede alguien
roncar tanto y la tía me dice que Camila cada año trae un novio distinto y que
el nuevo ronca más duro que el anterior. Si quiere oír un roncador mayor tiene
que venir el otro año me dice la tía como si me retara. El más roncador que
conozco es pingpong le digo a la tía y ella me dice que ese ronca es por
fumador. Pingpong es un amigo de papá que también fue amigo de Jairo, trabajaba
con ellos cogiendo café y fue el primer tipo al que yo oí roncar, él si es
gordo.
Camila es sobrina natural de la tía, nos conocemos desde
niños porque coincidimos varias veces en nuestras vacaciones. Conversábamos más
de niños que ahora, ella dice que porque soy un ingrato y razón no le falta,
nunca la llamo y cuando ella me llama estoy ocupado o eso digo.
Porqué le gustaran los tipos que roncan, será que la
arrulla el ruido o será que tiene algún fetiche o alguna obsesión con los
roncadores, le pregunto a la tía y ella me dice que no sabe sino que los
muchachos con los que viene son amables y simpáticos, eso y que siempre toca
reservarle la pieza del fondo a ella para que los ronquidos queden como más
alejados. Me dice que le pregunté a ella a ver qué me dice y ganas no me faltan
pero a qué hora le voy a preguntar si no se despega del tipo ni un minuto.
No sé si para aguantarse a un roncador hay que quererlo
mucho o ser muy resignado, tampoco sé sí para fabricar y armar arepas todas las
mañanas porque a alguien le gustan hay que quererlo mucho o ser muy resignado.
No sé en qué película serie B podría salir una arepa tostada roncadora que
desvela a un pueblo hasta arrinconarlo contra el desespero y si hay que querer
mucho verla para terminarla de ver o sí hay que ser muy resignado. No sé por
qué todos los novios que ha tenido Camila son roncadores pero si es adicta no puedo
dejar de ver a un grupo de personas sentadas en círculo y a Camila diciendo,
hola soy Camila y soy adicta a los roncadores. Supongo que le doy vueltas al
asunto porque esos ronquidos no me dejaron dormir bien.
La tía quiere saber qué pasó con mi novia, con la que le
presenté hace dos años, la que pintaba. Le digo que me dejó y que se casó y que
no la volví a ver. No le digo que antes de largarse me dejo muy claro que era
mal polvo y que no lo decía solo porque fuera su percepción sino porque así era
y que se iba porque necesitaba sentir algo. Para cambiar de tema y desquitarme
un poco le pregunto a la tía sí este año si vamos a sacar los restos de mi tío.
Seguimos mirando por la venta y con la mano derecha ella apunta a un señor que
viene arriando dos mulas cargadas de aguacates. Dice que no falta mucho para
que esas montañas dejen de ser cafeteras y se vuelvan aguacateras. Lo pagan
mejor y tiene menos joda que el café. ¿No se aplastan mucho los aguacates
empacados en bultos? y ella me dice que seguro no porque así los compran. No me
distraigo y le vuelvo a preguntar por los restos de mi tío. Me dice que pagó
otro año. Ya van seis, le digo. Mientras uno vaya a la iglesia y pague allá
pueden estar diez años o más me dice la tía y entiendo por su tono de voz,
hostil, que no va hablar más de los restos. Me repito restos en la cabeza y
recuerdo a esa novia por la que me preguntó la tía y un cuadro que estaba
pintando después de haber leído La subasta del lote 49 de Pynchon, en el cuadro
se leía R.E.S.T.O.S. intento recordar lo que decía ella sobre el cuadro y sobre
la forma y algo sobre la asimetría pero no consigo una frase que me convenza,
igual no importa.
La tía bajó las escaleras para abrirle la puerta a
socorrito que llegó con las arepas. En la cocina estaban mi papá y mi mamá,
estaba el tío Conrado y la esposa. Le pregunté a papá que cómo había dormido y
que si había odio los ronquidos y me dijo que no. Lo miré incrédulo. Cómo así
que no había oído los ronquidos, si mi papá dice todo el tiempo que duerme muy
poquito y que hasta un pedo de mamá lo despierta. Me molestó que papá me dejara
solo en el desvelo. Yo esperaba que fuera mi llave para quejarnos en conjunto
del el flaco ese que roncaba sin ser gordo y no bajaba la cara cuando yo lo
miraba como si no le diera vergüenza desvelarme como si no sintiera cierta
culpa, aunque la culpa debía sentirla Camila, era de ella que fue la que se
enredó a un roncador para incomodar a la gente para incomodarme a mí y no dejar
dormir en las putas vacaciones.
Le dije a papá que estaban cultivando aguacate y que lo
cargaban empacado en bultos a lomo de mula y como el tío Conrado también estaba
oyendo dijo que si era que esperaba que lo cargaran al hombro, qué si yo creía
que cargar aguacates no cansaba. Le dije al tío que no era por el peso sino
porque yo creía que el aguacate era algo más delicado. Papá dijo que él había
estado hablando la noche anterior con un amigo que había tumbado todo el café
de la finca y la tenía toda sembrada en aguacate porque eso era lo que iba a
dar la plata. La esposa del tío Conrado dijo amargada que todavía existía gente
que creía en conseguir plata. Conrado la miró y le dijo que de todo había.
No supe en que momento Camila y Juan volvieron a la
cocina pero seguro llevaban tiempo ahí porque Camila dijo que el aguacate con
arepa era riquísimo y ella que dijo eso y la tía que hizo su aparición cargada
de arepas que puso sobre la mesa que todos rodeábamos. Le dije a la tía que
papá no había oído los ronquidos y no se sorprendió, ella tampoco creía que
papá tuviera el sueño tan delicado como decía. El tío Conrado pegó el berrido
apenas hablé. Tiene que estar uno muerto pues para no oír eso, dijo. Miró a Juan
y le recomendó hacerse revisar eso de un médico porque roncar así no era
normal, vaya mijo que algo debe tener por ahí que le falla, le dijo el tío. Yo
no pude evitar reírme, creo que nos reímos todos, incluso la tía, aunque no
como nosotros, la risa de ella la de ahora es una risa ñurida, una risa
arquera, una que para no perder el partido ataja el grito que da la
alegría.
Camila entre risas dijo maliciosa que ella podía dar fe
de que a Juan no le fallaba nada y que por el contrario todo le funcionaba muy
bien. La esposa del tío Conrado y mi mamá se rieron mirando al flaco sonriente
y tranquilo como si no fuera de él y su capacidad de trasnochar de quién
estuvieran hablando. El tío le dijo a Camila que para hablar mierda hablaba él
pero que para roncar solo ese muchacho.
Entre burlas y comentarios sobre ronquidos nos sentamos a
desayunar. Camila untaba mantequilla en las arepas y les ponía una capa sobre
otra como si quisiera levantar una torre que llegara al techo. Juan comía con
moderación al igual de los demás, por un momento dejé de verlo como el tipo que
roncaba. No hablaba mucho el tipo, el tío Conrado y papá intentaban incluirlo
en la conversación pero el respondía con amables monosílabos sin decir más aunque
manteniendo el interés en lo que le decían.
La tía les dijo a todos lo que ya me había dicho a mí
hacía un momento que ese año tampoco iba a sacar los restos de Jairo. Papá dijo
que cuando ella quisiera y el tío Conrado dijo lo mismo. Seguimos comiendo y
Camila dijo que ya sería el otro año. La tía dijo que sí que tal vez sí. Mire a
Camila y al roncador y me pregunté si el otro año vendría con el mismo o traería
a otro.
jueves, 28 de diciembre de 2017
Ahora sí vamos a ser papás -12
Pablo se acercó al conductor pagó los pasajes y caminó con las maletas en las manos hasta la casa de su hermano que estaba justo al frente de la carretera, sus esposa y sus hijos ya habían tomado la delantera, la tarde caía y los grupos de gente hablado se dejaban ver en las puertas de algunas casas. Pablo se detuvo un momento para saludar algunas personas conocidas. La puerta de la casa de Ricardo ya estaba abierta y la hermana de Ana esperaba con una pequeña mueca que parecía una sonrisa que entraran a la casa.
Los niños fuero directo al televisor, Pablo y Adelaida se quedaron en el comedor. El sonido de la licuadora se oyó en la cocina y minutos después la hermana de Ana les entregaba a cada uno de los recién llegados grandes vasos de jugo de guanábana, fruta que no podía faltar en la casa de Ricardo, llenaba su congelador de la pulpa de la fruta para mantenerla aunque no estuviera en cosecha. Han llamado a decir a qué hora llegan o cómo les ha ido, pregunto Pablo. Isabel dijo que no. De más que no demoran, dijo Adelaida.
Martha empacaba en bolsas las preparaciones del día, Eduardo se bañaba, los trabajadores se iban después de comer y ella ponía las gallinas, la torta, unas arepitas, una empanaditas, y unas cuantas cosas en las bolsas. Todo estaba listo, solo le faltaba darse un baño, cambiarse de ropa, no quería ser la última en llegar. Su armario era gigante, tenía toda clase de prenda que estuviera de moda, jean, vestidos, faldas, zapatos por decenas de todas las clases, todos como nuevos porque Martha no salía. El armario de Eduardo no era muy diferentes era muy orgulloso al vestir y adicto a comprar zapatos, se vistió de la mejor manera como lo hacía siempre se bañó en perfume y se fue primero que su mujer, tenía que hacer una vuelta antes de subir al caserío para reunirse con Ricardo.
Eduardo no tardó mucho en llegar al caserío, caminaba a paso largo con la espalda recta y el cuello ligeramente inclinado al cielo. Paso por el frente del billar donde sus cuñado Pablo tomaba con sus amigos, levantó la mano para saludar sin acercarse, continuó su camino y llegó a la tienda de uno de sus amigos, en la bodega de la tienda envuelta en papel y cartón Eduardo guardaba una cuna, la había comprado desde que Ricardo inicio los procesos de adopción de Jesús el niño que por problemas de última hora no se convirtió en su hijo.
La compra de la cuna por parte de Eduardo tenía una explicación simple relacionada con él y con su rivalidad constante con su cuñado. Comprar una cuna le daría a Eduardo un punto que Ricardo nunca le podría quitar y que por nada del mundo igualaría pues él no pensaba tener hijos así que Ricardo nunca tendría la oportunidad de regalarle una cuna en cambio él compró una cuna las más cara para regalársela al hijo de Ricardo, quería quedar bien con la familia, con el niño por venir y de paso demostrarle en su propia cara en un día tan feliz a Ricardo que él era el mejor comprando.
Ya deben estar sus hermanos esperándonos en la casa, usted se puso a invitarlos a venir y sin comida hecha ni nada para ofrecerle, dijo Ana. Eso no es problema nunca lo es cuando tienes una hermana como Martha, me parece que se le estaba olivando ese pequeño detalle, apuesto a que Martha aparece con comida para tres días, respondió Ricardo confiado.
Y sus papas, no les va a visar para que vengan, preguntó Ricardo con las manos en el volante y la vista en la carretera vigilando los huecos todos y cada uno para esquivarlos con cuidado y evitar los saltos que pudiera hacerle daño al bebé. No creo, mañana en la mañana es mejor, tenemos mucho tiempo, además es tarde para que los viejitos se pongan en la molestia de venir, contesto Ana. Ella comprendía muy bien a su marido y las ganas que tenia de compartir su alegría con sus seres queridos pero no dejaba de pensar que ese momento y la dicha que sentían merecía un poco más de intimidad, le parecía egoísta pensar eso pero la tranquilizaba ver a Ricardo feliz
Pablo estaba sentado en la fuente de soda y el número de amigos que lo acompañaban en la mesa había crecido, tomaban cerveza y escuchaban música, se contaban historias, se actualizaban, y reían a carcajadas, los niños seguían viendo televisión y Adelaida para no aburrirse se había acercado también a la fuente de soda, estaba sentada al lado de su marido y se tomaba una gaseosa.
Adelaida se puso de pie y caminó hasta la camioneta cuando la vio llegar, Ana abrió la puerta para bajarse y Adelaida le recibió él bebe, lo miro, estaba dormido. Es hermoso, bendito sea Dios dijo la cuñada de Ricardo. Ana sonrió, mientras saludaba a Adelaida y Ricardo se bajaba de la camioneta.
Entraron a la casa, el niño era la sensación, todos lo quería cargar lo querían ver lo querían tocar. Pablo dejo a sus amigos de inmediato y fue también a la casa, las personas que estaba con Pablo le preguntaron por Ricardo y Ana y el bebé con el que habían llegado pero él les respondió y les dijo que más tarde volvía.
Pablo le dio una gran abrazo a Ricardo, los niños estaba mirando al bebé que Adelaida había a costado en la cama. Niños cuidado con él bebe, no se le hagan tan cerca que lo aplastan y dejen de acariciarlo con esas manos todas sucias le decía Adelaida a sus hijos. Martha abrazaba Ana la subía de suelo y volvía a bajarla, felicitaciones madrecita, que alegría tan grande, gracias a Dios, decía Martha. Ana se organizó el cabello que se le desordenó un poco con las sacudidas de su cuñada.
Estaban ahí todos juntos, con Isabel que acaba de llegar de las cocheras, hablaban y se reían, los niños seguían dentro de la casa con el bebé, de pronto vieron que se acercaba Eduardo con una carga al hombre que no parecía pesar mucho por que caminaba con su espalda tan recta como siempre.
Martha, mija eso que trae el cuñado no será comida porque si usted cocino todo eso ahora si es verdad que exageró dijo Ricardo asustado, todos rieron a carcajadas incluso Martha. Yo no sé qué traerá mi amorcito ahí pero comida no es, esa la traje yo y no exagere, respondió Martha.
Eduardo llegó hasta su lado y puso la cuna en el suelo, Vea pues cuñado el regalo para el sobrino, Dijo Eduardo, con orgullo en su voz, Ricardo lo miro sorprendido y empezó a rasgar el papel que cubría la cuna, era de color madera con pequeños tallados, el que más lo sorprendió era uno en la cabecera de la misma que decía Jesús.
Y a qué horas compró Eduardo esa cuna si lo del bebé no lo avisaron a apenas hoy, o fue que usted estaba por ella al Pueblo también, preguntó Pablo. Mi amorcito no salió hoy, trabajo todo el día, cierto mi amor, dijo Martha mirando a Eduardo que asentía con la cabeza con una sonrisa en su rostro que no se borraba disfrutaba ese momento, estaba haciendo lo que más le gustaba, siendo el centro de atracción.
Ricardo estaba llorando de la emoción, esa cuna era el regalo más bonito Eduardo le podía hacer. Vamos y la armamos de una vez dijo Eduardo y Pablo lo siguió, los demás también entraron, Adelaida cargaba al bebé, Ricardo y Ana se miraron por un tiempo y entraron también a la casa tomados de la mano.
miércoles, 27 de diciembre de 2017
Ahora sí vamos a ser papás -11
Antonio José no podía ir hasta Caldas a conocer al bebé de su hermano, llevaba mucho tiempo sin salir de Armenia, se había se acostumbrado a la ciudad y el hecho de imaginarse viajando lo mareaba. Sí veía a sus hermanos con escasa frecuencia era porque estos lo visitaban a él. Pero no quería que un día tan importante para Ricardo pasara desapercibido así que a eso de las dos de la tarde después de almorzar, cosa que hacía casi siempre en el centro de la ciudad antes de comprar el surtido para su billar, fue al banco y le hizo un giro a su hermano para que le comprara un regalo al bebé. Después su mujer con la que no vivía, pero con la que mantenía una relación lo convenció de comprar un par de vestidos para recién nacido y envíalos por correo, no le quitaría mucho tiempo además ese detalle tenía más significado que mandar plata. Entre los dos hicieron las compras, la agencia de correo aseguraba que en menos de 48 horas el paquete estaría en la casa de su hermano.
Mientras tanto Pablo, Adelaida y los niños tomaban el carro que los llevaría a casa de Ricardo, aparte de la maleta enorme que no podía faltar porque Adelaida era exagerada para empacar llevaban una caja de cartón con unas lonjas de bocadillo de guayaba y unas botellas de vino de naranja que fabricaba Adelaida y tres de sus amigas que hacía más de un año habían montando un negocio que les dejara unos pesos extras. Adelaida y sus amigas tan inquietas como ella se inscribieron en unas classes de producción de alimentos que dictaban en el colegio de la vereda y de ahí surgió la idea de fabricar bocadillo y vino. el proyecto era muy prometedor según el instructor porque no tendrían que comprar la materia prima, las guayabas estaba amontonadas en los potreros vecinos y se podrían en el suelo y los arboles de naranja estaban en sus fincas, entres los cafetales, eso les facilitaba el trabajo y les ahorraba dinero.
Comprometidas totalmente con el proyecto le dieron un nombre a su negocio y buscaron la asesoría de un diseñador gráfico que las ayudara a crear un logo y una etiqueta para los productos, todo eso lo hicieron con facilidad, lo difícil fue lograr un buen producto pues cada lote de producción del bocadillo quedaba con un punto diferente y nunca era el indicado, a veces quedaba muy duro, otras muy blando, otras una melcocha que el cuchillo no partía, a veces muy negro otras muy rosado. Con el vino el problema era que no se vendía. Comercializar el producto no era fácil, debían darles degustaciones a los clientes y muchos se quedaban en la degustación y no compraban nada, pero no se desanimaban y el negocio continuaba.
Ricardo fue desde el principio un fanático de sus productos y por eso Adelaida llevaba la caja llena. La sonrisa de Ricardo al ver que Adelaida cada que lo visitaba le llevan una provisión de bocadillo que le duraba dos o tres semanas porque se lo comía el solo la llenaba de satisfacción para seguir quemándose las pestañas mientras revolvían la pulpa de guayaba en grandes pailas hasta convertirla en bocadillo, a veces bueno y otras mejor, como le decía Ricardo a su cuñada.
En el carro un jeep lleno de personas con gente colgada por fuera atrás y a los lados y sentada el capacete un señor se subió con un gallo de pelea colorado y se sentó al lado de Cristian y Sofía, los dos niños se quedaron un momento contemplando al gallo, según les había contado su papá él y Ricardo su hermano había sido fanáticos de los gallos en su juventud, recorriendo medio Caldas de gallera en gallera y de riña en riña.
Adelaida siempre que escuchaba hablar a Pablo de gallos le daba gracias a Dios por no haber tenido que vivir esa época a su lado pues ya cuando recién empezaron a vivir juntos tuvo que pasar muchas noches sola y en vela esperando a que Pablo apareciera y siempre llegaba borracho. Si eso era solo tomado que tal que hubiera sido jodiendo con gallos, me hubiera dejado botada semanas enteras, decía Adelaida. Ana por el contrario gustaba mucho de las peleas de gallos pero agradecía también que Ricardo las hubiera abandonado por que siempre perdía el animal al que le apostaba, solo cuando le apostaba a los gallos que criaba Pablo ganaba de resto siempre perdía. Con la suerte del marido mío en las riñas se quiebra cualquiera, decía Ana cuando los dos iban un sábado en la noche un rato a una gallera a pasar el rato.
El tema de los gallo eran tan complejo como el de los caballos de paso fino, los criadores de gallos buscaban siempre una buena gallina para que pusiera los huevos que debían ser fecundados por un gallo que tuviera muchas peleas ganadas, después de que nacieran y crecieran un poco empezaban alimentarlos de manera especial, concentrados, maíz, panela rayada, y todas las tardes los careaban con otros gallos para que no se engrasaran decían los galleros, todos los cuidados, mimes y agüeros que existieran aplicados a los gallos, un tema tan nutrido que había servido hasta para hacer películas y telenovelas.
En la casa de Martha el protagonista del momento también era un emplumado, la hermana de Ricardo arrojaba puñados de maíz al patio para que las gallinas se acercaran a comer y así poder agarrar a las más gordas. Las despescuezó y desplumó con agua hirviendo. pretendía fritarlas en la casa de su hermano Ricardo cuando estuviera juntos en la noche, la obsesión de Martha aparte de su marido fue la cocina, su vida se llenaba de sentido con cada alimento preparado, se la pasaba gran parte del día cocinado y a comparación de muchas mujeres que suelen quejarse por tener que cocinar los siete días de la semana, ella lo disfrutaba, su tranquilidad más grande era servir comida, servir de anfitriona a sus familiares, amigos y trabajadores, estos últimos los que más disfrutaban de las delicias que cocinaba Martha, razón por la cual muchos de ellos buscaban siempre que Eduardo les diera trabajo.
Martha servía en cantidades exageradas, platos con morro y cuando alguien no se comía todo lo que ella le servía decía, ahí pero por qué está tan desganado es que está enfermo, y la gente la miraba y sonreía como disculpándose con ella por no poder comer más, cuando alguien iba a visitarla le ofrecía a cada momento, tinto, café con leche, helados, pan, arepita con queso, un bocadillito, de los que fabricaba Adelaida, que en la casa de Martha nunca faltaban, el mundo de Martha giraba alrededor de la comida y por supuesto de cocinarla.
Unos de sus clásicos con los que la recordaban sus hermanos y sobrinos y la familia de Eduardo eran sus empanadas. Con una empanada de Martha podían comer dos, pero como ella era desproporcionada para servir, ponía tres en un plato con una tasa grande llena de chocolate para cada uno de sus hermanos, cuñadas y sobrinos. Marthica mija usted si es muy sobrada mija, nosotros que nos vamos a comer todo eso, si uno de solo ver esas empanadas en el plato se llena, mija querida, le decía Ricardo mientras Pablo y los demás los miraban riendo, tranquilo hermanito que las guardamos y se las come por la noche con la comida, contestaba Martha mientras mordía una de sus empanadas calientes.
Por la noche a la hora de comer cuando aún todos estaba llenos Martha se deja venir con unos platos hondos con frijoles, arroz, chicharon, arepas y por los lados le acomodaba las empanadas que habían dejado horas antes. Qué es todo eso Martha por Dios, decía Adelaida que no podía evitar la molestia al ver lo disparatada que era su cuñada, con la que nunca se llevó del todo bien. Pues cómo que qué cuñaita pues la comida o es que no van a comer, contestaba Martha en tono inocente. Pues yo no sé los demás, pero yo no voy a comer más Martha, yo sigo llena, contestaba Adelaida mirando a los demás esperando que alguno se sentara a la mesa.
Pues yo si voy a comer mija, contestaba Ricardo, pero no todo eso, primero sáqueme las empanadas de ahí y sáquele un poquito de frijoles, decía Ricardo con una sonrisa en el rostro. Pero no va a comer nada Ricardito, le contestaba Martha que tomaba el plato para hacer lo que le había dicho, por lo regular solo comían Ricardo y Pablo que lo hacían la mayoría de las veces por no despreciarla y se quejaban el resto de la noche por la indigestión.
Eduardo decía, sírvales más mija écheles bastante que se acuesten llenos. y Pablo contestaba, este cuñao si cree que uno viene aquí a curar abres viejas, lo decía serio pero siempre terminaban riendo por el comentario.
Eduardo fue un derrochador desde el primer día que trabajo y se ganó su propio dinero, decía ya aguantamos mucha hambre de niños como para venir a aguantarla ahora y esa forma de pensar la reflejaba Martha sirviendo, ella que creía en todo lo que le decía su marido, como la verdad absoluta.
Eduardo tenía muchos sobrinos y varios de ellos vivieron con él y con Martha, llegaban flacos y hambirados y Martha los recibía con comida a todas horas y ellos comían todo lo que les ofrecieran los primeros tres días hasta que se enfermaban y se hastiaban y empezaban a padecer la cantaleta constante de Martha mijito porque está tan desganado es que está enfermo. nadie contestaba, porque ninguno podía convencer a Martha de que había servido mucho, lo más cercano que Martha tuvo a un hijo fueron esos sobrinos y sobrinas de Eduardo, aunque más que sobrinos se convertían en sus amigos, los únicos con quien la hermana de Ricardo se podía pasar el día hablando.
Además de matar a las gallinas preparaba arepas de maíz amarillo las que más le gustaban a Ricardo, porque un trozo de gallina frito sin arepa no funcionaba, la noche serviría para que la familia celebrara junta la llegada de un nuevo miembro, pero en la mente de Martha la noche serviría para comer, por eso hasta una torta de auyama hizo esa tarde.
Ahora sí vamos a ser papás -10
Tantas veces había entrado Ricardo con Ana a la oficina de la doctora Adriana saliendo después con las ilusiones rotas y los ánimos por el suelo que ese día cruzar la puerta con esa supuesta certeza de ser padres no dejaba de inquietarlos. La puerta de la oficina estaba abierta y Adriana esperaba leyendo unos documentos. Ricardo y Ana saludaron desde la puerta y la doctora los invitó a entrar, la saludaron de beso y abrazo. Ella era para la pareja un miembro más de la familia, la conocía desde hacía mucho tiempo y ella había sufrido con ellos el dolor de los procesos tantas veces fracasados. Ricardo y Ana tomaron asiento. A él le sudaban las manos y le temblaban las piernas, estaba a punto de confirmar la veracidad del aviso de la mañana. Ana se sentía tranquila, tener a Adriana al frente le generaba la sensación de realidad que necesitaba para dejar de creer que todo aquello era un sueño. Ahí estaban los dos con su sueño a punto de ser cumplido esperando que les dieran los detalles de la situación.
Después de uno minutos de incomodo silencio que afectaban aún más los nervios de Ricardo la doctora Adriana habló, Yo mejor que nadie sé lo mucho que ustedes han buscado y esperado por esto, Ayer en la tarde ingresó a la sala de parto una mujer de cuarenta y cinco años, nadie la acompañaba y nadie la conocía, no es de aquí a sí que no conoce a nadie y nadie la conoce a ella, el niño nació en la madruga, pero antes que naciera ya la mujer había manifestado que su intención era dar al niño en adopción y que por motivos que no quiso confiar a los médicos no lo podía tener con ella. En la mañana el hospital nos informó de lo sucedió y yo me hice cargo de la mujer, el niño nació en excelente estado de salud, cuando lo vi el primer nombre que se me vino al cabeza fue el de ustedes así que me tomé el atrevimiento de ir adelantando papeles, cuando los llamé en la mañana estaba segura de que ese niño se tenía que ir con ustedes.
Ella no quería decir nada pero después de insistir mucho conseguí que la mamá del niño me contara lo que pasaba. El caso me pareció llamativo, no es muy común y de hecho es la primera vez que yo veo que una mujer de esa edad quiere dar en adopción a su recién nacido.
La mujer tiene tres hijos, uno de ellos es resultado de su primer matrimonio, los otros dos son frutos de una segunda relación, ninguno de esos dos hombres vive en este momento con ella. el recién nacido que ustedes adoptaran es hijo de un muchacho de 17 años con el que la mujer estaba sosteniendo una relación que sus hijos desconocen.
El hijo mayor de la señora que debe tener unos 21 años desapareció de la casa cuando tenía 17 y nadie sabe su paradero, según ella tuvieron problemas porque siempre la culpó de haber dejado a su papá y conseguirse otro marido así que después de una fuerte discusión él se fue, los otros dos muchachos adolescentes también decidieron permanecer con su madre, aunque desde eso la cosas cambiaron y las peleas son frecuentes.
Después de unos meses de relación con el joven sus hijos empezaron a sospechar de ella y el miedo a ser descubierta la llevó a pedirle al muchacho que dejaran de verse por un tiempo, por esos días se dio cuenta que estaba en embarazo, la desesperación y el miedo de lo que pudieran pensar o hacer sus hijos la desesperó, no sabía qué hacer, no podía tener ese bebé ni decirle a sus hijos lo que sucedía porque estaba segura que los perdería igual que a su hijo mayor.
Buscó un lugar en la ciudad en donde le pudieran practicar un aborto y se encontró con las graves advertencias de peligro que corría su vida si se sometía a una intervención como esa por su edad, algunos de los médicos le sugirieron que lo mejor era que tuviera él bebé. Al encontrase con la imposibilidad de abortar se fue de la casa a buscar a su hijo mayor porque necesitaba saber dónde estaba, eso fue lo que les dijo a sus hijos. Viajó hasta Bogotá y se quedó con una amiga, le contó sus historias y le pidió que la ayudara y se quedó con ella todos estos meses y faltando una semana para el parto según sus cálculos vino a tenerlo por acá.
Entendemos que ustedes no se quieran hacer cargo del bebé después de conocer la situación de la señora pues aunque ella se compromete cuando firma los documento a renunciar al niño no sabemos si después pueda aparecer uno de sus hijos o el papá del niño buscándolo, no me gusta hablar de esto pero debemos tener en cuenta todas la posibilidades además yo he estado con ustedes cuando los procesos de adopción sé lo duro que debe ser otro fracaso, de todos modos los dejo solos un ratico para que discutan y decidan.
Terminando de decir eso Adriana se puso de pie dejó su escritorio y un lápiz con el que había estado jugueteando entre sus manos mientras hablaba y abandonó la oficina. Ricardo y Ana estaban en silencio ninguno de los dos decía nada, ninguno de los dos separaba la vista del escritorio y la carpeta amarilla donde estaban los documentos de adopción que la doctora había adelantado para hacerles todo más fácil a ambos.
Qué vamos hacer, preguntó Ricardo con voz débil tomado a Ana de las manos y mirándola a los ojos. No creo que la pregunta haga falta, vinimos por nuestro hijo y no lo vamos a llevar tal como esperábamos hacerlo cuando salimos de casa, respondió Ana apretando las manos de su marido. En ese momento se sentían más unidos que nunca.
La historia de la mujer era difícil para Ana y Ricardo pero no lo suficiente para atemorizarlos y obligarlos a dejar su sueño de lado. No les parecía posible que alguien apareciera tiempo después reclamando al bebé como lo hacen en las telenovelas donde los protagonistas llevan nombre compuestos y lloran todo el tiempo y no terminan un drama para iniciar otro. Lo de ellos era la vida real y en la realidad serian padres de un niño que no tendrías más familia que las que ellos estaban dispuestos a brindarle.
Se pusieron de pie, la decisión estaba tomada y la historia de la mujer no les importaba, lo único que les interesaba era el niño el inocente de la historia. Tomados de la mano se dirigieron a la puerta, la doctora estaba en la sala de espera tomándose un café, le bastó la sonrisa en el rostro de los esposos para entender que su elección era firmar los documentos y adoptar al bebe.
Muy bien entonces creo que lo mejor que podemos hacer es ir al hospital para qué ustedes conozcan a su hijo y para que la madre y usted firmen los documentos que legalizan que son los padres del de niño. Dicho eso la doctora dejó el pocillo en su oficina y sacó los documentos, todos estaba listo, solo hacía falta la huella y firma de los tres involucrados. El hospital estaba a dos cuadras de la oficina de la doctora, caminaron sonriendo por un pueblo que bajo el sol de las tres de la tarde respiraba tranquilidad.
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