Lo primero que se me vino a la cabeza cuando abrí los
ojos a eso de las seis de la mañana fue la cara cachetona y sin gracia de un
gordo enorme metido entre un saco estrecho que le dejaba la mitad de la barriga
al descubierto. Me paré frente a un lavamanos que está al lado de la cocina y
me cepillé los dientes muy despacio esperando a que el tipo saliera de su
cuarto para ponerle un rostro a esos ronquidos que en el cuarto en que yo había
dormido se oían como una motosierra acerrando un viejo roble. Mi tía me
preguntó cuando me vio cepillándome que
si quería tomar tinto y yo le dije que sí asintiendo con la cabeza.
La primera en salir del cuarto fue Camila organizándose
el cabello y cuando me estaba terminando de tomar el segundo tinto salió Juan,
así se llama, un tipo flaco alto sin camiseta que saludó risueño como antes lo
había hecho Camila. No sé porque creí mientras lo oía roncar en la madrugada
que el tipo pesaba más que yo o que cualquier otra persona que estuviera en la
casa. No sé por qué para mí roncar es algo que solo hacen los gordos. La tía no
les ofreció tinto hasta que no los vio cepillándose los dientes. Se sentaron
uno al lado del otro a tomarse el tinto y yo no dejaba de mirar a Juan. No era
capaz de generar en mi cabeza una relación directa entre ese semblante anémico
y ese ronquido furioso.
Camila le preguntó a la tía si iba a hacer arepitas para
el desayuno y le acarició un hombro a Juan diciéndole que las arepas de la tía
eran riquísimas. El tipo sonrió expectante, hambriento. Me dije que sí como
roncaba comía nos íbamos a tener que esconder. La tía le contestó que no. No
había vuelto a hacer arepas porque al que le gustaban era a Jairo. Lo dijo con
ese tono de voz apagado y desabrido que le quedó después del entierro. Dijo que
hasta había regalado la parrilla pero que no se preocupara que ella le había
encargado arepitas a socorrito desde por la noche y que no demoraban en
traerlas.
Viendo la cara de Camila quedándose con su antojo a
medias hubiera dicho si alguien me lo preguntaba que Camila había perdido su
viaje, que estaba en la casa de la tía solo por esas arepas y que después de
oír eso no tendría problema en recoger sus cosas y perderse en la carretera. Juan
se paró tras ella, le puso las manos sobre los hombros y empezó a masajearla.
En voz baja como para que la tía no escuchara le preguntó quién era Jairo.
Camila le había hablado a su novio de las arepas y no del marido muerto de la
tía, cada quién sus prioridades. Salí de la cocina en busca de la tía que
estaba mirando la plaza del caserío por la ventana.
Mi tío de verdad era Jairo un hermano de mi papá. La tía
es la tía porque así lo quiero yo y porque la quiero a ella. Cada año y aunque
Jairo ya no esté la sigo visitando, me gusta pasar tiempo con ella y supongo
que al resto de la gente que aún no se levantaba le pasaba lo mismo porque la
casa de la tía en diciembre parece un hotel de playa turística en temporada
alta.
Le digo a la tía qué no entiendo cómo puede alguien
roncar tanto y la tía me dice que Camila cada año trae un novio distinto y que
el nuevo ronca más duro que el anterior. Si quiere oír un roncador mayor tiene
que venir el otro año me dice la tía como si me retara. El más roncador que
conozco es pingpong le digo a la tía y ella me dice que ese ronca es por
fumador. Pingpong es un amigo de papá que también fue amigo de Jairo, trabajaba
con ellos cogiendo café y fue el primer tipo al que yo oí roncar, él si es
gordo.
Camila es sobrina natural de la tía, nos conocemos desde
niños porque coincidimos varias veces en nuestras vacaciones. Conversábamos más
de niños que ahora, ella dice que porque soy un ingrato y razón no le falta,
nunca la llamo y cuando ella me llama estoy ocupado o eso digo.
Porqué le gustaran los tipos que roncan, será que la
arrulla el ruido o será que tiene algún fetiche o alguna obsesión con los
roncadores, le pregunto a la tía y ella me dice que no sabe sino que los
muchachos con los que viene son amables y simpáticos, eso y que siempre toca
reservarle la pieza del fondo a ella para que los ronquidos queden como más
alejados. Me dice que le pregunté a ella a ver qué me dice y ganas no me faltan
pero a qué hora le voy a preguntar si no se despega del tipo ni un minuto.
No sé si para aguantarse a un roncador hay que quererlo
mucho o ser muy resignado, tampoco sé sí para fabricar y armar arepas todas las
mañanas porque a alguien le gustan hay que quererlo mucho o ser muy resignado.
No sé en qué película serie B podría salir una arepa tostada roncadora que
desvela a un pueblo hasta arrinconarlo contra el desespero y si hay que querer
mucho verla para terminarla de ver o sí hay que ser muy resignado. No sé por
qué todos los novios que ha tenido Camila son roncadores pero si es adicta no puedo
dejar de ver a un grupo de personas sentadas en círculo y a Camila diciendo,
hola soy Camila y soy adicta a los roncadores. Supongo que le doy vueltas al
asunto porque esos ronquidos no me dejaron dormir bien.
La tía quiere saber qué pasó con mi novia, con la que le
presenté hace dos años, la que pintaba. Le digo que me dejó y que se casó y que
no la volví a ver. No le digo que antes de largarse me dejo muy claro que era
mal polvo y que no lo decía solo porque fuera su percepción sino porque así era
y que se iba porque necesitaba sentir algo. Para cambiar de tema y desquitarme
un poco le pregunto a la tía sí este año si vamos a sacar los restos de mi tío.
Seguimos mirando por la venta y con la mano derecha ella apunta a un señor que
viene arriando dos mulas cargadas de aguacates. Dice que no falta mucho para
que esas montañas dejen de ser cafeteras y se vuelvan aguacateras. Lo pagan
mejor y tiene menos joda que el café. ¿No se aplastan mucho los aguacates
empacados en bultos? y ella me dice que seguro no porque así los compran. No me
distraigo y le vuelvo a preguntar por los restos de mi tío. Me dice que pagó
otro año. Ya van seis, le digo. Mientras uno vaya a la iglesia y pague allá
pueden estar diez años o más me dice la tía y entiendo por su tono de voz,
hostil, que no va hablar más de los restos. Me repito restos en la cabeza y
recuerdo a esa novia por la que me preguntó la tía y un cuadro que estaba
pintando después de haber leído La subasta del lote 49 de Pynchon, en el cuadro
se leía R.E.S.T.O.S. intento recordar lo que decía ella sobre el cuadro y sobre
la forma y algo sobre la asimetría pero no consigo una frase que me convenza,
igual no importa.
La tía bajó las escaleras para abrirle la puerta a
socorrito que llegó con las arepas. En la cocina estaban mi papá y mi mamá,
estaba el tío Conrado y la esposa. Le pregunté a papá que cómo había dormido y
que si había odio los ronquidos y me dijo que no. Lo miré incrédulo. Cómo así
que no había oído los ronquidos, si mi papá dice todo el tiempo que duerme muy
poquito y que hasta un pedo de mamá lo despierta. Me molestó que papá me dejara
solo en el desvelo. Yo esperaba que fuera mi llave para quejarnos en conjunto
del el flaco ese que roncaba sin ser gordo y no bajaba la cara cuando yo lo
miraba como si no le diera vergüenza desvelarme como si no sintiera cierta
culpa, aunque la culpa debía sentirla Camila, era de ella que fue la que se
enredó a un roncador para incomodar a la gente para incomodarme a mí y no dejar
dormir en las putas vacaciones.
Le dije a papá que estaban cultivando aguacate y que lo
cargaban empacado en bultos a lomo de mula y como el tío Conrado también estaba
oyendo dijo que si era que esperaba que lo cargaran al hombro, qué si yo creía
que cargar aguacates no cansaba. Le dije al tío que no era por el peso sino
porque yo creía que el aguacate era algo más delicado. Papá dijo que él había
estado hablando la noche anterior con un amigo que había tumbado todo el café
de la finca y la tenía toda sembrada en aguacate porque eso era lo que iba a
dar la plata. La esposa del tío Conrado dijo amargada que todavía existía gente
que creía en conseguir plata. Conrado la miró y le dijo que de todo había.
No supe en que momento Camila y Juan volvieron a la
cocina pero seguro llevaban tiempo ahí porque Camila dijo que el aguacate con
arepa era riquísimo y ella que dijo eso y la tía que hizo su aparición cargada
de arepas que puso sobre la mesa que todos rodeábamos. Le dije a la tía que
papá no había oído los ronquidos y no se sorprendió, ella tampoco creía que
papá tuviera el sueño tan delicado como decía. El tío Conrado pegó el berrido
apenas hablé. Tiene que estar uno muerto pues para no oír eso, dijo. Miró a Juan
y le recomendó hacerse revisar eso de un médico porque roncar así no era
normal, vaya mijo que algo debe tener por ahí que le falla, le dijo el tío. Yo
no pude evitar reírme, creo que nos reímos todos, incluso la tía, aunque no
como nosotros, la risa de ella la de ahora es una risa ñurida, una risa
arquera, una que para no perder el partido ataja el grito que da la
alegría.
Camila entre risas dijo maliciosa que ella podía dar fe
de que a Juan no le fallaba nada y que por el contrario todo le funcionaba muy
bien. La esposa del tío Conrado y mi mamá se rieron mirando al flaco sonriente
y tranquilo como si no fuera de él y su capacidad de trasnochar de quién
estuvieran hablando. El tío le dijo a Camila que para hablar mierda hablaba él
pero que para roncar solo ese muchacho.
Entre burlas y comentarios sobre ronquidos nos sentamos a
desayunar. Camila untaba mantequilla en las arepas y les ponía una capa sobre
otra como si quisiera levantar una torre que llegara al techo. Juan comía con
moderación al igual de los demás, por un momento dejé de verlo como el tipo que
roncaba. No hablaba mucho el tipo, el tío Conrado y papá intentaban incluirlo
en la conversación pero el respondía con amables monosílabos sin decir más aunque
manteniendo el interés en lo que le decían.
La tía les dijo a todos lo que ya me había dicho a mí
hacía un momento que ese año tampoco iba a sacar los restos de Jairo. Papá dijo
que cuando ella quisiera y el tío Conrado dijo lo mismo. Seguimos comiendo y
Camila dijo que ya sería el otro año. La tía dijo que sí que tal vez sí. Mire a
Camila y al roncador y me pregunté si el otro año vendría con el mismo o traería
a otro.
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