En la casa paterna, la casa materna, en caso de que esa casa exista, permanecen las fotografías de los hijos colgadas en las salas, las caras de esos que limpian el culo de una viejita a las seis de la mañana de un martes en Valladolid haciendo arcadas, pero con sus expresiones del pasado, esas tiernas e ingenuas de la infancia. No importa que ya estén viejos esos hijos, ni a donde vayan, no importa que estén de cobradores en Rondonía, de tenderos en Guayaquil, de cuidadoras en Turín, de putas en Madrid o Roma, de jíbaros en Londres o París, de ayudantes de construcción en Nueva York o Barcelona, no importa nada de eso, las fotografías siguen ahí acumulando polvo. En algunas casas, además de las fotografías, están también a la vista de cualquiera que llegue, los diplomas enmarcados de esos hijos, bachilleratos, técnicos del Sena o de institutos de garaje, cartones de licenciatura en idiomas, sicología, artes plásticas o enfermería, porque esos hijos que acomodan cajas de dientes de viejitos malolientes en Europa o cargan hierro en grandes obras en Estados Unidos, esos también estudiaron aunque no ejerzan y se dediquen a otras labores. Esas fotografías son en esas casas la celebración de la vida, una vida que nadie sabe cómo debe vivirse hoy y que nadie creía iba a ser vivida de esa forma cuando las hicieron.
jueves, 5 de octubre de 2023
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