miércoles, 4 de octubre de 2023

Irse, quedando -90

Abrí el correo electrónico para revisar asuntos del trabajo y me topé con un mensaje curioso, por no decir otra cosa, por pereza de buscar la palabra adecuada, podría decir uno de esos tantos editores que me han dicho que lo mío no se puede publicar, pero que siga intentando, y sobre todo y con urgencia, que aprenda a poner comas, eso es lo primero, antes de creer que tengo una historia o de confiar en las anécdotas o de sentir que al mundo le urge conocer mi relato, lo que vale es aprender a poner las comas, mi novela puede ser una copia del capítulo de una serie o la descripción de 30 fotografías robadas de un periódico, eso no importa, lo que importa son las comas. Y no, el correo no es sobre comas, ni tiene las comas mal puestas, porque además es un correo muy corto y muy simple, lo firma Emilio García, me dice que se encontró en un café un libro de cuentos y que en la primera página estaba escrito mi correo, decía que le habían gustado dos cuentos, el del romance entre el cazador de animales de monte y la enfermera de la vereda que se había perdido por el camino cuando regresa al puesto de salud después de terminar una jornada de vacunación infantil y el del señor que era un viejo muerto que se había ido a vivir solo lejos de la carrera y que todos podían ver sin saber que ya no estaba vivo. Ya ni me acordaba yo de la persona a la que le había dado una copia de ese primer libro mío para que la dejara por ahí abandonada en cualquier parte de México. De los varios libros regados por ahí, por fin tenía noticias de uno, una de esas copias había encontrado un lector. Respondí el correo dando las gracias por leer los cuentos y por tomarse el tiempo de escribirme. Ojalá que con la alegría que me dio leer ese correo hubiera podido pagar los recibos, pensé luego, cuando el hecho perdió su novedad.


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