No podría irme de este país, en caso de que así lo decidiera, sin antes ir de nuevo a la vereda en la que crecí para ver por última vez a Nacho.
Muchos de los que se van visitan al señor de los milagros o al divino Eccehomo y rezan y se encomiendan, en mi caso sería volver a esa montaña para ver, aunque sea de lejos, esa choza que es casa y fue extrañeza y es ejemplo.
A veces creo que yo soy como una especie de discípulo de ese señor.
Yo no he decidido aún abandonarlo todo y concentrarme en mí alejándome de la carretera como si lo hizo él, pero cuando él lo hizo tenía tal vez 40 años y yo aún no llegó ahí, tengo tiempo todavía.
Lo mío tal vez ha sido y sigue siendo la busque da la aceptación de una vida minúscula como opción, aunque ahí tal vez me pierdo porque no sé si lo de Nacho fue una aceptación o una elección, y son dos cosas muy diferentes, o no, es algo que se podría discutir.
Yo iría de nuevo hasta allá y no me importaría que saliera y se quedara de pie en la puerta sin responder ni el saludo, solo tenerlo al frente, verlo vivo y ahí, sería suficiente.
Una vida exigua, una narración exigua, eso podría ser lo mío y podría incluir la aceptación y la elección. Aceptar que talento mío es muy limitado y que como profesor puedo labrarme un porvenir y elegir escribir para mí y para los cuatro o cinco que estén dispuestos a leer, y celebrar eso sin más quejas ni frustraciones, porque eso estaría bien, porque eso sería tan honesto y limpio como lo que hizo Nacho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario