Miré con cuidado el paño blanco donde estaban dispuesta
las nimiedades por las que me encontraba ahí de pie contemplando el orden. Como en esa
cacharrería enorme a la que iba de niño a comprar esos carritos de plástico de
color pastel con los que jugaba en el patio. Así como lucían esa vitrinas así me parecía que se veía ese paño.
En la derecha de arriba hasta abajo 17 pinzas de
diferentes colores unas simples y otras decoradas con aplicaciones de flores o
mariposas. Justo al lado de las pinzas y también en fila 4 botones, 2 negros de
plástico, 1 café de madera, todos redondos y el ultimo rojo y cuadrado más
parecido a un arete. En ese mismo orden pelotas de plástico, un trompo que
seguro habían sacado del fogón antes de que empezara a quemarse, una cuchara,
gafas sin lentes, todas negras. Pilas, calendarios de bolsillo, monedas viejas
de un peso, llaves largas y otras más cortas oxidadas.
Del ensimismamiento que me provocó estar mirando las
chucherias me sacó la orden del tipo que frente a mí tras la mesa cuidaba del
paño antes de que yo llegara. Me dijo que tenía que ir a Gualanday y quemar en
el horno de la estancia panelera de Elías todas esas piezas una por una, calló
y recogió el paño. Para qué se toman el tiempo de ordenar estas maricadas y que
uno las vea así de coquetas si luego las van a juntar como en una piñata, me
pregunté y sentí como si al mismo tiempo me estuviera respondiendo.
Hice lo que me dijeron como lo hago cada año, razón por la cuál lo puedo seguir haciendo. Me mandan a
quemar lo que hay en el paño y cuando termino me dicen que me quede con la ropa
nueva que llevo puesta y me vuelven a encerrar en la celda.
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