Había una vez en un
pueblo pequeñito un señor muy devoto a los santos que necesitaba un milagro. El
velón que le bendijo el cura el domingo de resurrección estaba acabado y lo
único que tenía para prenderles a los santos eran unas velitas de cumpleaños
que no había podido poner en la torta de su hijo mayor que no alcanzó a cumplir
los cinco años. Él pito mató a muchos niños en el pueblo antes de que aparecieran
con la vacuna. La esposa le decía al señor que cómo iban a hacerle el milagro
antes de que el santo de ese día soplara las velas y pidiera el deseo.
martes, 7 de junio de 2016
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Fragmentos 2
La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
-
—¡Podemos ser otros aquí! —gritó el hombre, mientras se despegaba de la baranda en la que había estado recostado. Dejó caer su prótesis de...
-
La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
-
Un día por completo perdido, podría decirse, en el encuentro de hoy, al que no sé si llamar asamblea y que fue en la calle, bloqueando el pa...
No hay comentarios:
Publicar un comentario