jueves, 31 de agosto de 2023

Irse, quedando -58

Con esta gente de mi generación con la que comparto una que otra circunstancia, entre ellas, la de seguir viviendo con los papás, un hecho imposible de matizar, me he dado cuenta cuando hablamos, de que lo que avergüenza no es compartir casa con ese par de sujetos a los que uno ama más que a ninguna otra persona en el mundo, ni el cuento de la privacidad disminuida, porque en últimas el trabajo lo mantiene a uno por fuera de la casa la mayor parte del día, tampoco la mentira de que a los 35 años uno ya tiene que estar levantando a dos peladitos o graduado de un doctorado, el problema de seguir viviendo con los papás con más de treinta años encima es saberse un infante, un bebé sin pañal, porque lo que lo convierte a uno en adulto es el sueldo y no la cédula o la carrera u oficio y con las miserias que ganamos somos eternos niños, unos muchachitos idiotas sin casa y sin pensión y sin finca. 

Yo le decía en estos días a al dueño del bar al que voy que una señora le decía a su hija o nieta, no sé qué sería, que tuviera cuidado con la bicicleta porque de pronto podía golpear al señor y el señor era yo. Yo un pobre marica que se gana un mínimo, cómo voy a ser un señor, estoy viejo, pero no tengo sueldo de señor, no soy un adulto en el sistema, soy un parásito, un desastre profesional, un fallo. El dueño del bar decía que sí, que a veces él también se aburría porque las ventas se ponían duras y se veía a gatas, pero que él no le daba tanta mente a eso, aunque la ventaja de él es que no está apestado como yo, él no quiere ser novelista. Y es que yo, además de saber que lo que gano no me alcanza, sé que tampoco me alcanzan ni el talento ni la fortuna. 

Lo cierto es que con la última Nissan Frontier y una propiedad en Guatape y vacaciones en Europa seguir viendo con el papá y la mamá no representaría a la vista de ninguno un problema. De hecho, hasta dirían, como viven de bueno esos cuchos, se la pasan de paseo con el hijo; dirían también, ese muchacho quiere mucho a esos viejos, él se ve en ellos, no sabe sino darles gustos. Lo malo de vivir con los papás es que uno viva con ellos estando pelado, arañando migajas para pagar el recibo de la luz o pagar el arreglo de la nevera. 

Irse, quedando -57

En muchas novelas que he leído, debajo del párrafo final, el escritor suele poner la fecha en la que terminó de trabajar en ese texto y la ciudad en la que estaba cuando lo consiguió, como si le estuviera asignando una dirección. Mucho de esos novelistas están en ciudades muy lejanas de una novela a otra. Pasan de Cali a París y luego a El Paso y después a Seúl y otra vez pisan tierra colombiana y entonces ponen Bogotá o Barranquilla.  

En el caso de un escritor que no es profesional, uno que es apenas un novelista aficionado, o sea, en el caso mío que boto más plata con ese vicio que cualquier ludópata o cliente de prestamista gota gota, todo lo que he escrito tiene como única dirección Tuluá, que es donde estoy. Aunque yo no recurro a ese adorno. En los dos libros que saqué no hay ninguna ciudad ni fecha al final y en el tercero que es el que apenas va a salir, el prepagado, ese tampoco lo tendrá. 

Me parece que Tuluá es un buen lugar para escribir, es una ciudad históricamente violenta, las cifras de homicidios por año siempre están por encima de los dígitos, pero entre todos esos asesinados no hay novelistas ni cuentistas, no es que los escritores tengan inmunidad, matan al que tengan que matar, y parece que hasta ahora entre sus objetivos no han estado los novelistas, entonces no es que uno corra peligro escribiendo en Tuluá, a menos que sea periodista y entonces ahí la situación es otra. 

De hecho, el escritor insigne de la ciudad, el hombre que se dedicó a novelar el poder y dice ser un experto en ese tema, vive en Tuluá, ha vivido y escrito sobre la ciudad y se refiere a cada caso actual de la violencia con reminiscencias evidentes en sus más de veinte novelas escritas. Otros que como yo también son unos novelistas aficionados han buscado en él a un padrino literario y algunos han conseguido uno que otro empujón, un prólogo, un cumplido en la contratapa, detalles que no parecen servir de mucho porque ninguno de esos aficionados ha podido dar el salto a lo que podríamos llamar la escritura profesional. 

Entre tanta gente que se va del país, uno también se termina preguntando si lo correcto debería ser eso, partir y soñar con la escritura de una buena novela en otra parte o si definitivamente abandonar el país también sea una oportunidad para abandonar el sueño y ser adulto y responsable y realista. Lo cierto es que si escribo otra novela, no importa el lugar del mundo en el que este o que siga en Tuluá como el escritor insigne de la ciudad, debajo del párrafo final no habrá nombre de ciudad ni fecha. 




miércoles, 30 de agosto de 2023

Irse, quedando -56

Me pregunto por lo que podré hacer para mantener algún tipo de contacto con mis sobrinos, qué será necesario para que podamos seguir hablando, para que el diálogo que hemos mantenido durante sus años de vida se pueda mantener. 

Con Julia y Rubén y algunos otros amigos a los que no les doy nombre, pero que están, mantengo el contacto porque son ellos lo que me hablan, los que me cuentan sus cosas y me preguntan por las mías. El diálogo no se acaba ni se enfría porque la responsabilidad de mantenerlo vivo la asumieron ellos, existe un tipo de acuerdo tácito que funciona bien. 

Pero mis sobrinos son unos niños, unos muchachitos en un país nuevo que van a lidiar pronto con la adolescencia y que tendrá que transitar el cambio y acomodarse a una nueva cotidianidad con otros amigos y otras referencias culturales y seguro el matoneo que nunca falta porque de la crueldad no se puede huir, con todo eso no van a ser ellos los que se preocupen por mantener vivo un diálogo con su tío, tendré que ser yo el que encuentre la forma. 

Tal vez no consiga yo mantener ese diálogo vivo y entonces iremos cambiando y sin darnos cuenta, no convirtamos en meros conocidos con uno que otro recuerdo en común, el de algún paseo en familia, tal vez, puede que nos quede solo eso, lo sé porque eso pasó conmigo y con mis tíos y mis primos y otras familiares o amigos de la infancia o la adolescencia, no somos más que conocidos, gente que se saluda y habla del clima y del campeonato de fútbol nacional. 

Es posible que me deba dedicar a los juegos en línea, tal vez por ese medio pueda mantener ese diálogo, eso puede resultar más efectivo que un chat o una videollamada, o no de pronto lo que tengo que hacer es aceptar el devenir y cuidar los recuerdos. 

  

martes, 29 de agosto de 2023

Irse, quedando -55

El primer libró que publiqué, tenía algunos cuentos, una docena, tal vez, como ya dije y es sabido por los que pudieron toparse con alguna copia, fueron muchas las fallas, faltó edición y eso que trabajé con una editorial, aunque en acuerdo de coedición, no está del todo mal el mecanismo, por lo menos esa es una manera fácil para que muchos bobos como yo cumplan el sueño de publicar, el problema con eso es que uno paga por el riesgo, es decir, la editorial no arriesga porque con a plata que uno pone ellos cubren sus gastos de producción y además se quedan con parte del tiraje, si venden o no los libros no importa, porque ya ganaron y tal vez por eso el resultado final este plagado de errores tontos, obvio si yo fuera menos ignorante ese primer libro hubiera salido mejor.

El caso es que yo regalé más de la mitad de las 100 copias que me tocaron a mí, no sé qué hicieron los de la editorial con los 100 de ellos, supongo que todavía están encartados y que de algún modo se avergüenzan de haber imprimido esa popo, porque en lugar de publicitarlo me da la impresión de que lo escondieron. 

Con el segundo libro me fui por la autopublicación y le pagué a uno de esos señores que se dedican a corregir trabajos de grado para que me ayudara con la revisión, hubiera preferido tener a un editor que me hiciera rescribir capítulos, pero no me alcanzaba para eso. 

La novela salió bien, menos errores por los que desear tener los ojos llenos de arena, por lo menos en lo correspondiente a ortografía. El problema es que tampoco conseguí que le gustará ni a mis más cercanos, así que las 100 copias imprimidas conseguí vender 20, con el segundo libro, que era a la vez mi primera novela, me di cuenta de que hasta regalarla era difícil. 

Con esos dos estrellones contra la realidad habría tenido que reaccionar y abandonar el capricho de escribir para publicar, no hacían falta más señales para cualquier persona medianamente inteligente, una retirada conservando algo de dignidad que me permitiera concentrarme en mi trabajo, ya fuera hacer cualquier cosa por la que pagaran más que por asistir con resignación al colegio el resto de la vida a posar de modelo a seguir y adoctrinador solapado siempre listo para el faro y el puño en alto y el reclamo y la defensa de la educación pública. Podía ser una persona corriente que sueña con viajar y tener plata, lo de novelar y poner mi nombre en el libro era un asunto de la vanidad que yo podía trasladar a otro lugar. Pero como no soy tan inteligente, lo que hice fue escribir otra novela y embarcarme en la publicación de mi tercer libro, otra vez recurriendo a la autopublicación, pero esta vez con algo de lo aprendido en el pasado, opte por la preventa, iba a imprimir solo lo que pudiera vender, resultaba casi como vender un bono solidario o una rifa y para mi sorpresa eso funciona mejor y ya llevó 31 libros vendidos, espero llegar a los 50 para mandar a imprimir la primera tirada. 

irse, quedando -54

Julia me contó que tiene novio. 

Dijo muy claro cuando se marchó que ella no iba a comprometerse con nadie en ninguna parte, que ella ya no quería más desilusiones y que vivir sin compromisos era mejor. 

Le dije que el sueño de toda mujer nacida en un país de economía podrida celebraba como un triunfo conseguirse un marido gringo o europeo. La teoría del neocolonialismo no aplica para la cuca, esa que la colonicen un emperador, si es posible. 

Según Julia, yo me iba a morir ordinario y patán y que por eso no me salían buenos los cuentos o las novelas y que ella no sabía que hacía yo con todo lo que leía. 

Como si leer novelas sirviera para algo. 

Uno que otro dice que sí, que leer novelas y cuentos sirve para reflexionar sobre la condición humana y para empatizar y para mirar de otro modo la realidad y a mí me parece que todo eso es mentira y que leer novela sirve tanto como cuidar matas de esas de interior que ni dan flor y a uno le gustan por las hojas y porque son de uno. 

Para mi sorpresa y como si Julia quisiera llevarme la contraría, me salió con que el novio no era ningún europeo, sino un venezolano.

Qué le vio de malo a los españoles, pues, fue lo primero que le pregunté a Julia, porque me parecía que desde las probabilidades, si uno estaba viviendo en España, la posibilidad de terminar metido con un español eran más. 

Julia me explicó que lo de las probabilidades no aplicaba así, que para ella era distinto porque estaba trabajando en Puente de Vallecas y que el hostal la mayoría de sus compañeros eran latinos. 

Acá también se hubiera podido conseguir un novio venezolano, fue lo que se me ocurrió decir y Julia me dijo que sí, pero que acá no quería estar más. No dije más. 

lunes, 28 de agosto de 2023

Irse, quedando -53

Así como de las ciudades mucha gente se va para otros países, mucha gente quiere dejar la zona rural para llegar a las ciudades, eso es algo que me quedó claro cuando hice el trabajo de grado en la universidad. 

Como cualquier mediocre que se gradúa de licenciado, lo que hice fue proponer un trabajo de investigación relacionado con la aplicación de nuevas herramientas pedagógicas en el aula, cualquier que lo quiera comprobar puede ir a la biblioteca de su universidad más cercana y preguntar por los trabajos de grado de los licenciados, todo hacemos el mismo, desde ahí dejamos claro que estamos por nada, si estuviéramos por algo hubiéramos hecho una ingeniería. 

El caso es que me recorrí los colegios rurales como de tres municipios haciendo encuestas y entrevistas y desarrollando actividades variadas con los estudiantes de noveno, décimo y once, todo como trabajo de campo para poderme graduar. 

Haciendo eso me di cuenta de que si esos pelaos tenía algún tipo de plan ese era irse. De cada cinco estudiantes con los que hablaba de los planes a futuro, cuatro me respondía que irse de esas fincas a trabajar en Bogotá o en Cali o en Medellín o en Tuluá si no se podía conseguir más, eso mientras les resultaba la oportunidad de cruzar el charco. 

Uno que otro hablaba de estudiar, pero esa no era la prioridad, lo primero era irse de la finca, evitar las tareas agrícolas como opción de vida. 

Antes mucha gente de la ciudad pegaba para las fincas en Chaqueta, Putumayo y Nariño a raspar hoja de coca, se iban seis meses y volvían con los bolsillos llenos, pero eso se acabó, ahora el monte no es una opción ni para los que lo habitan. 

Irse sí, pero para una capital o para el extranjero. Oyendo a esos pelaos pensé en mí y supuse que sí, que si yo hubiera cumplido 17 o 18 años en la vereda en la que crecí seguro también hubiera considerado irme. 

Irse, quedando -52

Salimos de la vereda del oriente de Caldas porque así lo decidieron mis padres. Pagaban muy poquito por una carga de café y los grupos armados con sus presiones, extorsiones y asesinatos terminaron definiendo nuestra partida. 

Estando en Tuluá, yo quería estar volviendo de paseo cada seis meses a la vereda y al pueblo para visitar a la familia y a los amigos y rápidamente, tal vez en la tercera visita, me di cuenta de que no tenía sentido volver con esa frecuencia, que algo había cambiado, que ya y aunque yo quisiera no vivía allá, que la cotidianidad de ellos no era la mía. Mis amigos me parecían distintos y yo me sentía fuera de lugar. 

Empecinarse en volver o mantener una cercanía con ese lugar abandonado hace parte del proceso, lidiar con eso es aceptar lentamente que el lugar que le pertenece a uno es ese en el que está.

Raúl me dijo que recién llegado a Europa volvió al radio y se dedicó solo a oír emisoras colombianas, en la casa y en el trabajo estaba con emisoras de acá y que muchas veces en las conversaciones con los locales se daba cuenta de que no estaba enterado de lo que le correspondía, no sabía ni a qué partido pertenecía el presidente del país en el que vivían o que estaban discutiendo en el congreso ni con quién se había acostado la cantante de moda y así de a poco fue abandonando a Colombia, aceptando que ya no vivía acá. 

Todavía voy a Caldas y disfruto estar allá, pero me comporto como un turista, pasados más de veinte años la gente a la que veo ya no es la que recuerdo de mi niñez, muchos se fueron y otros aparecieron, mi familia me habla de algunos y ya hasta esa charla es incómoda porque me mencionan a gente de la que ya me olvidé. Todavía sé que soy de allá, pero también sé que ya no lo soy. Eso me resulta curioso y lo comentó como mi hermana que ahora será de una vereda en Caldas y será de Tuluá y será colombiana y también será un sudaca en una isla de Europa. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...