jueves, 17 de agosto de 2023

Irse, quedando -44

Con tanta gente yéndose, me surgió la necesidad de escribir una novela sobre el tema. Ya no quería seguir recomendando la novela de Gamboa; tenía que aprovechar la coyuntura y escribir algo, así, sin tomar distancia, como hacía Silva Romero. Quería crear mi propia novela sobre la gente cercana a mí que se iba, una reflexión sobre las despedidas.

La idea parecía ser ganadora, así que me senté a tomar notas. Tenía una visión clara: un personaje se quedaría en la ciudad en la que siempre había vivido mientras sus amigos, familiares y conocidos emigraban del país. Este personaje se convertiría, de alguna manera, en el guardián de los tesoros más preciados de aquellos que partían. En su casa, que no era pequeña, guardaría los discos de algunos, los libros de otros, las plantas y figuras de colección de algunos más. Personajes irían llegando con sus pertenencias a esa casa y se marcharían con la cabeza llena de sueños. Esa sería mi novela.

De hecho, ya la escribí. El problema es que mi padre insiste en que no vale la pena gastar dinero en publicar más libros, y Julia, una de mis lectoras habituales, sostiene que el texto necesita una reescritura. Aún no me he dado por vencido, y ahora que los podcasts están de moda, pienso que tal vez pueda convertirse en uno. Una de las ventajas de esta época es que podemos permitirnos fracasar y hacer el ridículo en muchos formatos creativos y exponerlos en múltiples plataformas. 

Irse, quedando -43

El otro vecino, allá en la vereda, era Arley, un hare krishna joven que tenía menos de 30 años y vivía solo. No era originario de la vereda, sus padres tampoco lo eran, y no tenía familia en el pueblo. Él decía que venía de Manizales y que estaba allí porque necesitaba conectarse con la naturaleza.

Los chismosos afirmaban que se ocultaba de un hombre que lo buscaba para joderlo porque supuestamente le había embarazado a una hija. No puedo confirmar la veracidad de esa declaración, pero en el ambiente que rodeaba a Arley, eso era lo que se comentaba.

Gracias a este vecino, comencé a adentrarme en un mundo diverso de muchas formas y, de alguna manera, dejé atrás mi mentalidad provinciana propia de una vereda en las montañas. Incluso cuando estuve en Tuluá, una ciudad cercana a las capitales, me costó encontrar a personas con tantas características novedosas como las que presentaba él. Arley fue el primer mariguanero que conocí, el primer hare Krishna, de hecho, después de él, no he vuelto a conocer a ninguno. Antes de conocerlo, nunca había oído la palabra "mantra", y él fue el primer vegetariano que conocí, además de ser el primer autodenominado pacifista con el que tuve una conversación.

Él solo comía y fumaba lo que cultivaba, y por las noches se encerraba en su casa para tocar un tambor y recitar palabras extrañas que decía eran mantras. Poseía una bicicleta y solía ir desde Marquetalia hasta el páramo de Letras. También fue el primer ciclista aficionado al que conocí que afirmaba subir ese mítico puerto de montaña con facilidad. Parecía feliz, al menos desde mi perspectiva, como un espectador. Sin embargo, un día desapareció sin previo aviso. Anocheció tocando su tambor y recitando sus palabras, y a la mañana siguiente ya no estaba. Nunca regresó.

En ese momento, me pregunté por qué cambiar algo que funcionaba tan bien, y esa pregunta me atormentó durante mucho tiempo. Ahora, comprendo que aunque parecía estar bien desde el exterior, en su interior tal vez no lo estaba.

miércoles, 16 de agosto de 2023

Irse, quedando - 42

A mi mamá le hubiera gustado mucho tener un hijo que jugara bien al fútbol, pero como la vida es así de arbitraria, lo que le resultó fue un bobo aliviado que no sabía si su deseo era escribir o ser novelista. Lo bueno es que como al que le van a dar le guardan, mi hermanita tuvo dos bellos niños que sí juegan al fútbol, y ahí mi mamá pudo darse el gusto de estar en las canchas alentando apasionada. 

Me di cuenta pronto de que lo mío no iba a ser ir por la vida generando en mi familia un gran orgullo. No era yo un generador de alegrías y entender eso resultó hasta liberador. 

Mi hermana se apresuró en eso de tener hijos, y antes de los 18 ya tenía el primero. Cuando nos enteramos, estuvimos acongojados, un embarazo adolescente no era el plan. Luego, cuando nació el milagro, estuvimos felices y agradecidos y embriagados de ternura, y ahí me quedó más que claro, lo confirme, mi hermana y luego ese niño, iban a ser los generadores de ese orgullo familiar, después vino el segundo niño y ya no había discusión, así sería. 

Para mucha de la gente que vive en el barrio un motivo de orgullo es tener a algún familiar en el extranjero. Salir del país da estatus, irse es como sinónimo de verraquera, de ser echado pa'lante, como dicen, aunque yo no haya visto nunca a nadie que sea echado pa'trás, ser echado pa'lante es algo bueno. 

Aunque no sé si mi mamá alguna vez soñó con tener hijos en el extranjero, ya es un hecho que tiene una hija y unos nietos por fuera, yo no sé si ella se sentirá orgullosa de eso, lo que sí se es que yo sigo en las mismas, dizque escribiendo y cotizando papel barato para imprimir una novela. 

Irse, quedando -41

Hay gente que se va muchas veces, gente que no se va y gente que se va apenas una o dos veces. Yo estoy entre los que se fue una vez. Antes vivía en una vereda del oriente de Caldas y me fui de ese lugar para llegar a Tuluá, donde vivo todavía. Como ya soy mayor que Jesucristo cuando lo crucificaron por andar diciendo maricadas rodeado de forajidos mugrosos, es posible que el cuerpo me aguante para arrancar de cero un par de veces más, aunque ese no sea el plan, porque ese nuevo inicio es algo que no me atrae tanto como le atrae a otros.

A Jesucristo seguro tampoco le atraía mucho porque le pudo pedir al papá que lo sacara de ahí y lo mandara para China o para Brasil. Allá sí que había gente para tramar y, sin embargo, prefirió seguir con el plan de papá y dejarse matar y exhalar por última vez entre ladrones, una falacia ideal para demostrar que empezar de cero está maluco.

A veces creo que estaría muy bien irse de Tuluá. De hecho, creo que sería la única forma para huir de la vergüenza. Seguir acá, aunque sea lo cómodo, también es comprometedor, porque uno se sigue encontrando con aquellos que se quedaron y tienen la casa, el carro, la moto, los hijos, el trabajo y las redes sociales llenas de fotografías en playas y ciudades bellas del extranjero, con lo que evidencian que uno carente de eso no ha hecho nada con la vida o está perdido o fracasó.

No le doy importancia a eso muy a menudo, pero sí creo de vez en cuando que vivir en otro pueblo, alguno cualquiera donde uno no conozca a nadie ni haya estudiado con nadie, puede sentirse mejor. Aunque un día mi sicólogo también me dijo que estar soñando con irse a un pueblo en donde nadie me conozca para empezar de nuevo es un síntoma de depresión. Yo no sé, no creo, pero igual no le discuto nada al tipo tampoco, o no le discutía, porque no lo vi más de cuatro o cinco veces. 

El cuento es que la ventaja de estar en otra parte es que nadie pueda preguntarme en un semáforo, cuando me vea en bicicleta, qué ha sido de mí y a qué estoy dedicado y qué pasó con lo de escribir.

martes, 15 de agosto de 2023

Irse, quedando - 40

A los 18 años, sin novia y sin plata, lo que hacía yo si no podía estar en el bar al que siempre iba era quedarme en la casa, repitiéndome películas. No sé cuántas veces me vi Alien, Depredador, Mad Max, Halloween, entre otras varias que eran mis favoritas. A veces, cuando alguno de mis amigos de ese tiempo estaba en las mismas que yo, se aparecían en la casa y se quedaban ahí canaleandose las películas, y como buenos confianzudos, retacaban por crispetas que al final yo terminaba haciendo, porque en eso estábamos: en dejar ir las tardes y noches así, sin más.

Un día apareció Santiago, me saludó entre dientes y se dejó caer abatido en el sofá. Ese día yo estaba viendo 'La noche de los muertos vivientes'. Se quedó ahí callado mirando la pantalla. Hacía mis comentarios bobos sobre la película y el marica ni respondía.

Vea, careculo, le dije, ¿qué le pasa? ¿Peleó con Adriana o qué fue?

Está embarazada, me dijo, que tiene como dos meses.

A mí me pareció que cuando dijo eso se le encharcaron los ojos. Yo no sé si fue real, porque él dice que no fue así, pero yo recuerdo que sí. Busqué el control y pausé la película, y como no sabía qué decir, dije lo que normalmente podía decir cualquiera como yo en un momento así, ¡qué mierda, parce! Esa expresión escaló un poco años después, porque ya no decíamos ¡qué mierda, parce!, sino ¡qué gonorrea, parce!, pero esa vez fue así, ¡qué mierda, parce! ¿Qué van a hacer?, pregunté.

Contarle a los papás de ella, me dijo.

Santiago fue el primero de mis amigos en ser padre, y esa noche tenía más miedo a contarle a los papás de ella y a los papás de él que iban a ser abuelitos, que pensar en el futuro que le esperaba. 

También es verdad, un poco sí, que mientras a muchos de mis amigos les estaban pasando cosas o estaban haciendo que pasaran, yo andaba de zombi viendo películas. Yo no entendía. 

No se van a ir a vivir juntos, cierto, marica, usted tiene que terminar la carrera, le dije. 

Santiago era estudiante de arquitectura, iba en segundo semestre, y yo creía que ese tipo iba a ser uno de los artistas más importantes del país. A su creatividad yo le tenía toda la fe, y a él lo admiraba. Me deslumbraba ver de lo que era capaz.

Para qué hablo mierda, yo no estaba pensando en el bebé, yo pensaba en ese artista que yo quería que fuera, me dijo que no sabía que iba a pasar, que todo iba a depender de lo que dijeran los papás de ella.

Esa noche, además de la película de Romero, vimos '¿Y dónde está el piloto?', y también 'Agárralo como puedas', porque creí que lo mejor en ese momento era verle la jeta a Leslie Nielsen.

Al otro día, Santiago definió el que iba a ser su futuro. Aseguró que estaba enamorado de Adriana y pensaba responder por el niño. Siguió estudiando en Cali, Adriana se quedó en la casa de los papás, y cuando el niño tenía como dos años se fueron a vivir juntos.

Santiago es hoy es un excelente arquitecto, padre y esposo, pero ya no más un artista, ni tampoco más amigo mío. De Tuluá se fue a vivir a Bogotá y por ahí terminamos de perder contacto, aunque el problema fue que ese Santiago padre y marido ya no fue capaz de hablar conmigo, o tal vez fui yo el que ya no supo como abordarlo a él y la amistada nos resultó aburrida a los dos y creo que de acuerdo tácito la dejamos ir. 

Irse, quedando -39

Después de leer mi primer libro, mi papá y mi mamá estuvieron de acuerdo en que mi futuro iba por otro lugar, uno muy alejado de la narración y el ejercicio infructífero de querer juntar palabras. Papá decía que lo mejor era que me dedicara a la docencia, que eso era lo que estaba estudiando; esos profesores viven bien, decía él. Mi mamá, por su parte, creía que si yo quería escribir, entonces tenía que dejar de lado esos cuentos tontos y dedicarme a asuntos más edificantes, temas más positivos y que tuvieran un mensaje; lo que tenía que escribir eran consejos para la vida, así como hacía el padre Alberto Lineros.

En ese momento, todo eran apenas sugerencias, nada que los preocupara en serio. Todavía tenía menos de 25 años y todavía me quedaba tiempo para reaccionar. Cuando llegó el segundo libro y yo ya estaba en los 30, las sugerencias fueron sustituidas por alarmas. Era el colmo que yo siguiera soltero y sin carro, sin moto, sin pasaporte, sin préstamo en el banco, sin novia, sin perro y sin divorcio, y que lo único que tuviera para mostrar fueran esos dos libros. La situación requería medidas urgentes, y así fue como empecé a ver al psicólogo. Mi mamá pagó la primera cita, porque lo mío no era normal, decía ella. Lo mío era grave, yo estaba enfermo y eso de querer ser escritor tenía que ser un trastorno extraño. De pronto me hacía falta terapia y medicación, porque ella conocía a mucha gente, pero ninguna con que estuviera embobada con eso de querer escribir.

Antes de salir de la casa para esa primera cita, mamá me dijo que si con la sicóloga no me arreglaban, ella también conocía a una bruja muy buena en caso de que me estuvieran trabajando. 

Irse, quedando - 38

Así como tener casa propia o comprar un carro son sueños que ordenan las prioridades y absorben la energía de miles de personas en mi pueblo, irse de aquí y del país también es una ilusión común entre muchos. A Carmen la conocí en el colegio, estábamos en noveno y desde entonces su ambición más grande era vivir en Londres. No quería ir de paseo, no tenía curiosidad de turista, ni pensaba en el cambio de la moneda, ella lo que quería era corregir ese capricho de la naturaleza que tanto la ofendía, combatir la arbitrariedad reinante que la había parido lejos del suelo británico.

Carmen fue la única de mi salón de clases que obtuvo un buen puntaje en inglés cuando presentamos el examen de estado. Entró con facilidad a la facultad de educación y se licenció en lenguas extranjeras. También aprendió francés y alemán, pero conocer esos idiomas no la desvió de su objetivo; el destino era Londres y no París. Tenía 23 años recién cumplidos cuando por fin pudo irse. A diferencia de tantos que se van, ella no tenía ni amigos, ni conocidos, ni familia viviendo allá, y eso tampoco representó ningún inconveniente. Se fue y ha pasado más de una década sin que ella haya venido ni una sola vez. No vino cuando murieron sus abuelos, no conoce a sus sobrinos, y la mamá dice que no piensa volver. Ella la ha visitado dos o tres veces, la última vez estuvo como dos meses allá.

Con ella le mandé un libro, el segundo. Me contactó por correo hace poco, me escribió que esa novela era una mierda intraducible. No sé si eso sea bueno o malo, pero eso fue lo que me escribió, además de desearme lo mejor y ofrecerme su hogar si algún día decidía viajar.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...