martes, 15 de agosto de 2023

Irse, quedando -39

Después de leer mi primer libro, mi papá y mi mamá estuvieron de acuerdo en que mi futuro iba por otro lugar, uno muy alejado de la narración y el ejercicio infructífero de querer juntar palabras. Papá decía que lo mejor era que me dedicara a la docencia, que eso era lo que estaba estudiando; esos profesores viven bien, decía él. Mi mamá, por su parte, creía que si yo quería escribir, entonces tenía que dejar de lado esos cuentos tontos y dedicarme a asuntos más edificantes, temas más positivos y que tuvieran un mensaje; lo que tenía que escribir eran consejos para la vida, así como hacía el padre Alberto Lineros.

En ese momento, todo eran apenas sugerencias, nada que los preocupara en serio. Todavía tenía menos de 25 años y todavía me quedaba tiempo para reaccionar. Cuando llegó el segundo libro y yo ya estaba en los 30, las sugerencias fueron sustituidas por alarmas. Era el colmo que yo siguiera soltero y sin carro, sin moto, sin pasaporte, sin préstamo en el banco, sin novia, sin perro y sin divorcio, y que lo único que tuviera para mostrar fueran esos dos libros. La situación requería medidas urgentes, y así fue como empecé a ver al psicólogo. Mi mamá pagó la primera cita, porque lo mío no era normal, decía ella. Lo mío era grave, yo estaba enfermo y eso de querer ser escritor tenía que ser un trastorno extraño. De pronto me hacía falta terapia y medicación, porque ella conocía a mucha gente, pero ninguna con que estuviera embobada con eso de querer escribir.

Antes de salir de la casa para esa primera cita, mamá me dijo que si con la sicóloga no me arreglaban, ella también conocía a una bruja muy buena en caso de que me estuvieran trabajando. 

Irse, quedando - 38

Así como tener casa propia o comprar un carro son sueños que ordenan las prioridades y absorben la energía de miles de personas en mi pueblo, irse de aquí y del país también es una ilusión común entre muchos. A Carmen la conocí en el colegio, estábamos en noveno y desde entonces su ambición más grande era vivir en Londres. No quería ir de paseo, no tenía curiosidad de turista, ni pensaba en el cambio de la moneda, ella lo que quería era corregir ese capricho de la naturaleza que tanto la ofendía, combatir la arbitrariedad reinante que la había parido lejos del suelo británico.

Carmen fue la única de mi salón de clases que obtuvo un buen puntaje en inglés cuando presentamos el examen de estado. Entró con facilidad a la facultad de educación y se licenció en lenguas extranjeras. También aprendió francés y alemán, pero conocer esos idiomas no la desvió de su objetivo; el destino era Londres y no París. Tenía 23 años recién cumplidos cuando por fin pudo irse. A diferencia de tantos que se van, ella no tenía ni amigos, ni conocidos, ni familia viviendo allá, y eso tampoco representó ningún inconveniente. Se fue y ha pasado más de una década sin que ella haya venido ni una sola vez. No vino cuando murieron sus abuelos, no conoce a sus sobrinos, y la mamá dice que no piensa volver. Ella la ha visitado dos o tres veces, la última vez estuvo como dos meses allá.

Con ella le mandé un libro, el segundo. Me contactó por correo hace poco, me escribió que esa novela era una mierda intraducible. No sé si eso sea bueno o malo, pero eso fue lo que me escribió, además de desearme lo mejor y ofrecerme su hogar si algún día decidía viajar.

lunes, 14 de agosto de 2023

Irse, quedando -37

A Nacho, le tenía sin cuidado saber algo de sus vecinos. Se había adentrado en la montaña y abandonado la vida al borde de la carretera, justo para estar solo y no ver a nadie de cerca. Pero a mí, que era su vecino, sí me interesaba él y me interesaban los otros también. Los veía todo el tiempo y me generaban curiosidad.

El cazador tenía seis perros, cuatro de esos de orejas largas que llamábamos perros finos y que ahora, de adulto, un amigo veterinario me explicó que el nombre real de ese tipo de perro es 'sabueso fino colombiano'. Los otros eran perros criollos, y con ellos y una escopeta al hombro, el señor se metía entre los montes muy temprano en la mañana y aparecía por la noche o al otro día con gurres, guatines, guaguas y perezosos muertos que, según me había explicado mi papá, mi vecino vendía en el pueblo. Le decían a todo eso 'carne de monte', y la pagaban muy bien. De eso vivía el cazador, de matar y vender a esos animales y de sembrar una que otra mata de café en su huerta.

El cazador siempre oía Radio Recuerdos, una emisora que ponía música de carrilera muy vieja todo el día. El cazador le hacía a sus perros sopa de hueso de vaca con pastas, y cuando uno pasaba por la casa de él a la hora del almuerzo, los seis perros y el señor estaban todos comiendo de la misma sopa. He visto después de mi vecino a mucha gente que dice amar a sus perros, pero a ninguno que se siente a comer la misma sopa de hueso lavado con pasta y sin color.

El problema con el cazador es que un día aparecieron unos señores de una corporación ambiental a decir que no se podía cazar y que los animales estaban en peligro de extinción y que comercializar fauna silvestre era delito. Al cazador le tocó echarse a perder para que no lo encerraran. Si esa gente no hubiera aparecido, ese señor se queda en esa vereda toda su vida. Ahí se hubiera vuelto viejo con sus perros, haciendo lo que le gustaba, aunque no se pudiera, aunque lo correcto era eso, irse y dedicarse a otra cosa.

Irse, quedando -36

No sé con qué criterio los niños determinan el orden jerárquico de sus juguetes, no creo que exista un solo niño que abogue por un orden horizontal. Lo cierto es que la perdida de cualquier juguete se lamenta, porque de eso sí me acuerdo, de la tristeza que me daba perderlos, lloré una semana porque se me olvido un avión en la mesa de una cafetería.
 
Los niños son diferentes en cada época y los actuales parecen divertirse más con los videojuegos que con los carros y los muñecos de Superman. Mis sobrinos sabían que iban a tener sus videojuegos porque el papá ya les había mostrado la consola por videollamada y no importa el lugar del mundo en el que una persona esté Fifa y Fornite se juegan igual. Eso me parecía bueno, los niños ya llevaban sus pies puestos sobre una certeza.

Pese a eso mis sobrinos tenían sus juguetes y cuando llegó el momento de empacar las maletas para viajar tuvieron que detenerse frente a ellos y elegir los dos o tres que se podían llevar, me sorprendió ver la indecisión, elegían uno y luego otro y luego los devolvían al estante o al baúl y cogían otro y lo miraban y así se les fue un rato hasta que por fin estuvieron seguros de los que se llevaban y le daban la espalda a los que se quedaban empacados en cajas para regalarlos en un jardín infantil. 

No sé si mis sobrinos jugarán con esos juguetes que se llevaron allá en su nueva casa, o si lamentarán la decisión, de llevarse esos y no otros, pero sé que al parecer me costó más a mí entregar esas cajas al jardín y desprenderme de esa parte de la vida de ellos, de esa parte de la vida mía. 

viernes, 11 de agosto de 2023

Irse, quedando -35

Camilo dijo un día: esto acá está muy gonorrea, llevo cuatro días abriendo el chuzo para que la gente vea que abro, y no entra ningún malparido ni a preguntar precios para seguir derecho y comprar en otra parte. Igual me toca tener las neveras prendidas las 24 horas porque cerveza tibia solo los viejitos asmáticos, y esos como que se están muriendo porque por acá ya no se dejan ver. Irresponsables es que son esos viejos maricas, se van a regalarle toda la plata a las muchachas del parque, y se les olvida que yo también como y pago arriendo.

Como ese fue el saludo, me dio pena con el tipo y le pedí dos frías, una para él y otra para mí, y también agarré un paquete de papas. De grano en grano llena la gallina el buche, dijo Camilo, y yo me reí del refrán, que también usaba mucho mi abuela. Según él, iba a vender ese caspete y se iba a ir para Europa a manejar carro. Por allá tenía un primo que estaba trabajando con Uber y le estaba yendo bien.

A ese también le salí con el cuento de que leyera un libro de Santiago Gamboa, "El síndrome de Ulises", porque migrar no era fácil, y el marica se rió a carcajadas. Por eso me caía bien Camilo, un tipo desparpajado. Entablé amistad con él estando en la universidad. Varias veces pegué del salón de clase para ese local en lugar de salir directo para la casa. Tomar cerveza y hablar mierda en ese punto tenía su encanto. Además, fue el primero que me abrió crédito. Podía emborracharme sin tener un peso y pagar luego; un sueño.

Entre mis idioteces de ese día, le dije que no era necesario salir del país, que se podía ir para otra ciudad, o podía cambiar de negocio, o algo así. Camilo dijo que era la misma cosa; para ir a empezar de cero en otro pueblo del mismo país se iba de una vez para el otro lado. Por lo menos, allá la moneda valía más. Le dije que ganar en euros y gastar en euros era la misma cosa que ganar en pesos y gastar en pesos, y me dijo que no, que si era así, pero que igual allá el trabajo estaba mejor pagado. Parecía decidido a irse, y entonces mejor le cambié el tema. Tampoco era mi misión en la vida ir persuadiendo a nadie; que se fueran todos los que quisieran.

Pasado tal vez un mes, vi en Facebook una foto de Camilo, la mejor fotografía que le he visto a uno de esos tantos que se han ido. Aunque tal vez no hubiera sido la mejor fotografía, sino la mejor descripción, el mejor pie de foto, no sé. El cuento es que Camilo compró un periódico del día en que llegó, era el Marca de España. En la portada estaba el Real Madrid levantando una copa, y a ese periódico sobre una mesa de un bar le hizo la fotografía. Con uno de sus dedos señalaba la fecha, y en la descripción decía: "En este país la noticia del día no es que ya llegué yo, y allá en mi tierra la noticia del día tampoco debe ser que me fui. Vamos con toda, porque en donde sea que uno este toca meter el culo." Así fue como me enteré de que ya se había ido. 

jueves, 10 de agosto de 2023

Irse, quedando -34

Ningún lugar, por llevado del putas que esté, se queda desocupado del todo. Alguno permanece; otro habrá de resistirse a salir. Los pueblos fantasmas son fantasmas justo porque alguien se quedó para explicar cómo el pueblo pasó a ser eso que es: un conjunto de calles tomadas por la soledad.

Se van los más aventurados, los más aburridos, los más inquietos, los hambrientos de aventura y eso que dicen que igual nada pierden porque nada tienen.

Luego está la despedida, y esos que se quedan se acostumbran a ellas, las van acumulando en su interior y casi que las van facilitando. La primera despedida, esa es la que duele; las otras ya se tornan más ligeras.

Antes de despedirme de mi hermana y mis sobrinos y de lamentar que Julia y Raúl se fueran sin despedirse, me despedí de una novia de la universidad; esa fue mi primera despedida.

Recién habíamos cumplido veinte años, llevábamos seis meses de novios y estudiábamos carreras distintas. Un día, ella me dijo que se iba de intercambio a Berlín, que iba a ser solo un año. Dijo que no teníamos que terminar, que podíamos seguir hablando por celular, por videollamada y por WhatsApp, y que todo iba a estar bien. Yo, como un hijo de esta generación, entendí que primero estaba su crecimiento y su aprendizaje, y que un año era poco, y que ella no podía renunciar a sus sueños. También, como un romántico formado por las baladas y los boleros, que creía que el amor real lo soporta todo, acepté la situación con optimismo.

Llegó el día, y ella se fue, y yo no la acompañé al aeropuerto, lloré y estuve pendiente del vuelo. Hablamos apenas llegó y seguimos hablando como ella lo había dicho. Pero apenas tres o cuatro semanas después de que empezara con las clases de alemán y no sé qué otros temas de los que estudian los arquitectos, empezó a decir que estaba muy ocupada. Luego, lo que yo escribía por WhatsApp lo respondía apenas con un emoji, y después respondía con otro emoji, pero con muchas horas de diferencia entre lo que escribía yo y lo que respondía ella. Y que tenía que entender, porque era el horario. Así, yo fui entendiendo que era una tontería jugar a tener una novia en Berlín, y no le volví a escribir.

Un día me escribió al correo electrónico contándome que se iba a quedar a vivir allá y que se iba a casar. Así finalizaba el romance universitario, la historia con mi primera novia de verdad con la que había hecho planes de vida. Ridículo.

Después de eso me quedó un miedo todo raro. Cuando le escribo a alguien y se tarda en responder o me responde apenas con un emoji, creo que se va a casar o ya se casó con un alemán.

Eso incluso se volvió un chiste, una parte de ese léxico privado entre amigos cercanos que uno construye durante los años de intercambio permanente con la misma gente. Cuando me demoro en responderle a Raúl, me pregunta justo eso, que si ya me casé con un alemán. Luego nos reímos y explico el porqué de mis silencios.

La gente que se va cree o se ilusiona con eso de que va a mantener la comunicación con los que se quedan. Supongo que esa ruptura con lo que dejan atrás se da de manera tan orgánica que ni se enteran. Lo que se quedan seguro sí se enteran del enfriamiento de esas charlas, pero igual como siguen insertados en su cotidianidad, lidiando con sus problemas de siempre, tampoco se hacen mucho lío y dejan que pase. Saben qué pasa.

La comunicación incluso se enfría a veces con gente que ni siquiera se fue, gente que uno empieza a ver con menos frecuencia y con la que las charlas por WhatsApp son un mero intercambio de emojis desabrido. Y así, esa gente también se va, aunque solo sea del corazón de uno. Es así, de pronto la gente se va casando con alemanes.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Irse, quedando -33

En mi capricho de escritor, estaba obligado a escribir un segundo libro de calidad, y ojalá, un tercero excelente. Esa iba a ser la única manera de poner un poco de tierra encima del desastre que resultó ser el primero. Para negarlo o redimirlo, como el típico arranque, el error necesario, la ópera prima ajustada a la ignorancia del momento, la ignorancia mía, claro está, tenía que conseguir un texto contundente y un corrector aventajado que me garantizara la calidad necesaria.

Ese primer libro, que a duras penas tenía lomo, era de cuentos cortos con los puntos y comas mal puestos, párrafos mal trabajados y finales deficientes. Ni siquiera fue registrado en la Cámara Nacional del Libro, lo que de alguna manera era un consuelo. Era como un individuo sin cédula, una maraña no identificada. De esas 100 copias impresas, vendí tal vez 25, y el resto se fueron regalados porque era mejor saber que estaba perdiendo dinero que ver esos libros en una caja, recordándome mi idiotez.

Cuando decidí que debía empezar a escribir el segundo libro, justo con el propósito de demostrar que sí tenía talento y que esos cuentos no podían ser lo único que hablara por mí, mi padre me dijo que nadie hacía negocios para perder, y que si uno perdía una vez en un negocio, debía buscar invertir en otro y no en el mismo. Sin embargo, como yo no estaba haciendo negocios, sino escribiendo, y el deseo de ser un novelista me hacía olvidar que en la vida no necesitas escribir una novela buena, sino ganar más de dos sueldos mínimos para poder comer y salir de vacaciones una vez al año, me lancé a escribir mi segundo libro.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...