lunes, 26 de febrero de 2018

Marcos 61


Marcos no se ha ganado nuca la lotería, tampoco se ha ganado un sueldo completo, no ganarse la lotería es algo que le molesta. Perra suerte uno no estar hecho para ganarse nada en la vida. Marcos dijo eso el lunes por la noche cuando estaba en el centro comercial comprando una empanada de cambray que estaba inflada y medio vacía como un paquete de papas. Le sobraron unas monedas de 500 pesos que echo en un dispensador lleno de pelotas de caucho muy coloridas. Él quería una roja o una verde o una con lunares como los de Kusama, la artista japonesa que le pone lunares a todo. Le hubiera gustado sacar una que parecía pintada por Rothko o una que parecía un balón de baloncesto pequeñito, pero no le salió ninguna de esas y se tuvo que conformar con una pelota blanca sin gracia. Marcos guardó la pelota en el bolsillo de la pantaloneta y sigo maldiciendo su suerte, ni para sacar la hijueputa pelota que quiero, con todas las bonitas que hay y me tiene que salir la fea. Voy a seguir yendo todos los días sacar pelotas hasta que me salga la que quiero le dijo Marcos a su mamá y ella le preguntó que de dónde iba a sacar las monedas. Siempre la misma cosa con usted, a toda ahora hablando de plata, uno viene a contarle que hay pelotas de caucho bonitas y usted hablando de monedas, cómo si las monedas rebotaran, dijo Marcos encerrándose en el cuarto a jugar con la pelota. 

sábado, 24 de febrero de 2018

Marcos 62


Señor así no puedo llevar esto mire que no hay de dónde agarrarlo ni nada, dice la muchacha en la tienda señalando una bolsa con tres gajas de plátano que está sobre el mostrador. Marcos necesita comprar un desodorante en papeleta pero el tendero no lo atiende porque sigue buscando una bolsa con orejas que le sirva a la muchacha que no dice bolsa sino chuspa. Marcos sabe que el tendero no tiene bolsas grandes de más de doce kilos donde quepan sin timidez tres gajas de plátano verde, que seguro son para un sancocho que no va hacer la muchacha porque tiene la uñas pintadas y no tiene cara de pelar biches. Marcos le repite al tendero que necesita una papeleta de desodorante y el tendero sigue sin prestarle atención. Saca bolsas de todos los rincones y las mira con cuidado buscando algún roto que las imposibilite para llevar plátanos en su interior. Que cosa tan berraca con este pendejo se dice Marcos y mira la muchacha que espera impaciente. El tendero sigue sin encontrar en donde empacar los plátanos y Marcos le dice que él se va a poner a venderle bolsas grandes a los tenderos porque parece buen negocio. El tendero lo mira mal y Marcos levanta la bolsa del mostrador y le pregunta a la muchacha para dónde va con eso que él la acompaña y le lleva la bolsa para que no sufra. La muchacha le da las gracias y le dice que ahí adelantico que son dos cuadras no más. Marcos camina al lado de la muchacha y ella al lado de él pero como queriendo alejarse y tocándose cada tanto la nariz. Marcos le dice que a veces comprar desodorante es demorado.

jueves, 22 de febrero de 2018

Marcos 63



Marcos le dice a la secretaría que tranquila que no importa que él puede esperar y le muestra la broma infinita de Foster Wallace. Se sienta en la banca que está frente al escritorio de la señora muy bien peinada que no deja de teclear en el computador  y empieza a leer. Lee el principio de la página 599 y va a la parte de atrás del libro a buscar unas de las tantas notas. No pierde de vista a la secretaría que lo mira con desconfianza casi que con fastidio como si lo quisiera echar, como si le repugnara. La secretaria le vuelve a decir que la doctora se demora. Yo es que por eso traigo siempre libros, a mí me gusta tener que hacer mientras espero, mire que si estoy de buenas puede que hasta termine de leer este libro acá con usted, Marcos baja la vista y sigue leyendo. Después de unas cuantas paginas leídas Marcos le dice a la secretaria que seguro de tanto mirarlo se antojó de leer el libro, le dice que se esté tranquila que cuando lo termine de leer él se lo puede prestar.

martes, 20 de febrero de 2018

Marcos 64


La mamá de Marcos no volvió a hacerse la manicura y la pedicura en los locales del centro porque las señoras que la atendían no le tenían paciencia. Decidirse por un decorado le tomaba el doble de tiempo que al resto de la clientela. Ella quería flores pero no como estaban en la cartilla de decorados que le entregaba para que eligiera. Quería mariposas y mariquitas pero no le servían cuando finalizaban porque no quedaban bonitas y ella estaba pagando por algo bonito. Después de pelear en varios locales y decirles que ella no era ningún moco pegado en la pared ni ningún monigote mal pintado en una uña lo que hizo fue convertir la manicura y la pedicura en algo parecido a un paseo de olla. Consiguió el número de teléfono de una amiga que trabajaba a domicilio y llamó a sus hermanas y su consuegra y a su hija y se reunían todas un día por la tarde para que le arreglaran las uñas a todas una tras otra, y entre uñas y talones masajeados se iban poniendo al días en chismes nuevos.

Marcos veía pasar a los hijos de su hermana y a los hijos de la vieja que arreglaba las uñas corriendo unos para alcanzar a los otros por todos los pasillos de la casa y oía a su mamá y sus tías reír a carcajadas o azuzarse entre ellas porque la una o la otra no había dicho lo que debía decir en una situación hostil cualquiera. Marcos maldecía los martes y a las viejas de los locales del centro por no tener paciencia por trabajar de afán por no consentir al cliente por no pintar bien en una puta uña una flor. Marcos se quería volver fósil y estar enterrado bien profundo para no oírlas, para no sentir el olor a removedor. Pero como la tarde era larga y Marcos no tenía para donde irse porque ser mantenido también tiene sus desventajas, el terminaba haciendo tinto y llevándole a su mamá y las demás. A veces Marcos se miraba los pies después de tomar tinto y maldecir a las señoras y a las viejas de los locales y a los esmaltes y a los niños y se sentaba para que la vieja que arreglaba las uñas se las arreglará un poquito a él porque cuando se es vago queda mucho tiempo para andar en chanclas.


lunes, 19 de febrero de 2018

Marcos 65


Marcos no sabía que la carne que estaba en un plato pequeño tapada con otro plato pequeño sobre el aparador de la cocina era para el primo que había dicho que venía almorzar  después de las cuatro de la tarde porque no podía salir antes de la conferencia. Marcos se comió la carne, estaba dura, gustosa pero dura. El primo tuvo que comerse los frijoles pelados y aunque la tía le dijo que Marcos se había comido la carne el primo le escribió un mensaje a su mamá diciéndole que en la casa de la tía la estaban pasando mal, estaban casi casi que aguantando hambre. A Marcos lo despetaron los gritos de su mamá que no dejaba de repetirle enfurecida a su hermana que en la casa todo estaba bien y que comida había. Cuando vio a Marcos le entregó el celular y le dijo que le explicara a la tía que él que parecía un muerto de hambre que se había comido la carne del primo. Marcos le dijo a la tía que la carne estaba dura, gustosa pero dura, y que todo había sido un mal entendido. Acabó la llamada y le entregó de nuevo el celular a su mamá, le sonrió y ella lo miró mal. Volvió al cuarto y se envolvió en la cobija, y así se fue otro lunes en la vida de Marcos.


martes, 6 de febrero de 2018

Ronquido


Lo primero que se me vino a la cabeza cuando abrí los ojos a eso de las seis de la mañana fue la cara cachetona y sin gracia de un gordo enorme metido entre un saco estrecho que le dejaba la mitad de la barriga al descubierto. Me paré frente a un lavamanos que está al lado de la cocina y me cepillé los dientes muy despacio esperando a que el tipo saliera de su cuarto para ponerle un rostro a esos ronquidos que en el cuarto en que yo había dormido se oían como una motosierra acerrando un viejo roble. Mi tía me preguntó cuando me vio  cepillándome que si quería tomar tinto y yo le dije que sí asintiendo con la cabeza.
La primera en salir del cuarto fue Camila organizándose el cabello y cuando me estaba terminando de tomar el segundo tinto salió Juan, así se llama, un tipo flaco alto sin camiseta que saludó risueño como antes lo había hecho Camila. No sé porque creí mientras lo oía roncar en la madrugada que el tipo pesaba más que yo o que cualquier otra persona que estuviera en la casa. No sé por qué para mí roncar es algo que solo hacen los gordos. La tía no les ofreció tinto hasta que no los vio cepillándose los dientes. Se sentaron uno al lado del otro a tomarse el tinto y yo no dejaba de mirar a Juan. No era capaz de generar en mi cabeza una relación directa entre ese semblante anémico y ese ronquido furioso.
Camila le preguntó a la tía si iba a hacer arepitas para el desayuno y le acarició un hombro a Juan diciéndole que las arepas de la tía eran riquísimas. El tipo sonrió expectante, hambriento. Me dije que sí como roncaba comía nos íbamos a tener que esconder. La tía le contestó que no. No había vuelto a hacer arepas porque al que le gustaban era a Jairo. Lo dijo con ese tono de voz apagado y desabrido que le quedó después del entierro. Dijo que hasta había regalado la parrilla pero que no se preocupara que ella le había encargado arepitas a socorrito desde por la noche y que no demoraban en traerlas.
Viendo la cara de Camila quedándose con su antojo a medias hubiera dicho si alguien me lo preguntaba que Camila había perdido su viaje, que estaba en la casa de la tía solo por esas arepas y que después de oír eso no tendría problema en recoger sus cosas y perderse en la carretera. Juan se paró tras ella, le puso las manos sobre los hombros y empezó a masajearla. En voz baja como para que la tía no escuchara le preguntó quién era Jairo. Camila le había hablado a su novio de las arepas y no del marido muerto de la tía, cada quién sus prioridades. Salí de la cocina en busca de la tía que estaba mirando la plaza del caserío por la ventana.
Mi tío de verdad era Jairo un hermano de mi papá. La tía es la tía porque así lo quiero yo y porque la quiero a ella. Cada año y aunque Jairo ya no esté la sigo visitando, me gusta pasar tiempo con ella y supongo que al resto de la gente que aún no se levantaba le pasaba lo mismo porque la casa de la tía en diciembre parece un hotel de playa turística en temporada alta.
Le digo a la tía qué no entiendo cómo puede alguien roncar tanto y la tía me dice que Camila cada año trae un novio distinto y que el nuevo ronca más duro que el anterior. Si quiere oír un roncador mayor tiene que venir el otro año me dice la tía como si me retara. El más roncador que conozco es pingpong le digo a la tía y ella me dice que ese ronca es por fumador. Pingpong es un amigo de papá que también fue amigo de Jairo, trabajaba con ellos cogiendo café y fue el primer tipo al que yo oí roncar, él si es gordo.
Camila es sobrina natural de la tía, nos conocemos desde niños porque coincidimos varias veces en nuestras vacaciones. Conversábamos más de niños que ahora, ella dice que porque soy un ingrato y razón no le falta, nunca la llamo y cuando ella me llama estoy ocupado o eso digo.
Porqué le gustaran los tipos que roncan, será que la arrulla el ruido o será que tiene algún fetiche o alguna obsesión con los roncadores, le pregunto a la tía y ella me dice que no sabe sino que los muchachos con los que viene son amables y simpáticos, eso y que siempre toca reservarle la pieza del fondo a ella para que los ronquidos queden como más alejados. Me dice que le pregunté a ella a ver qué me dice y ganas no me faltan pero a qué hora le voy a preguntar si no se despega del tipo ni un minuto.
No sé si para aguantarse a un roncador hay que quererlo mucho o ser muy resignado, tampoco sé sí para fabricar y armar arepas todas las mañanas porque a alguien le gustan hay que quererlo mucho o ser muy resignado. No sé en qué película serie B podría salir una arepa tostada roncadora que desvela a un pueblo hasta arrinconarlo contra el desespero y si hay que querer mucho verla para terminarla de ver o sí hay que ser muy resignado. No sé por qué todos los novios que ha tenido Camila son roncadores pero si es adicta no puedo dejar de ver a un grupo de personas sentadas en círculo y a Camila diciendo, hola soy Camila y soy adicta a los roncadores. Supongo que le doy vueltas al asunto porque esos ronquidos no me dejaron dormir bien.
La tía quiere saber qué pasó con mi novia, con la que le presenté hace dos años, la que pintaba. Le digo que me dejó y que se casó y que no la volví a ver. No le digo que antes de largarse me dejo muy claro que era mal polvo y que no lo decía solo porque fuera su percepción sino porque así era y que se iba porque necesitaba sentir algo. Para cambiar de tema y desquitarme un poco le pregunto a la tía sí este año si vamos a sacar los restos de mi tío. Seguimos mirando por la venta y con la mano derecha ella apunta a un señor que viene arriando dos mulas cargadas de aguacates. Dice que no falta mucho para que esas montañas dejen de ser cafeteras y se vuelvan aguacateras. Lo pagan mejor y tiene menos joda que el café. ¿No se aplastan mucho los aguacates empacados en bultos? y ella me dice que seguro no porque así los compran. No me distraigo y le vuelvo a preguntar por los restos de mi tío. Me dice que pagó otro año. Ya van seis, le digo. Mientras uno vaya a la iglesia y pague allá pueden estar diez años o más me dice la tía y entiendo por su tono de voz, hostil, que no va hablar más de los restos. Me repito restos en la cabeza y recuerdo a esa novia por la que me preguntó la tía y un cuadro que estaba pintando después de haber leído La subasta del lote 49 de Pynchon, en el cuadro se leía R.E.S.T.O.S. intento recordar lo que decía ella sobre el cuadro y sobre la forma y algo sobre la asimetría pero no consigo una frase que me convenza, igual no importa.
La tía bajó las escaleras para abrirle la puerta a socorrito que llegó con las arepas. En la cocina estaban mi papá y mi mamá, estaba el tío Conrado y la esposa. Le pregunté a papá que cómo había dormido y que si había odio los ronquidos y me dijo que no. Lo miré incrédulo. Cómo así que no había oído los ronquidos, si mi papá dice todo el tiempo que duerme muy poquito y que hasta un pedo de mamá lo despierta. Me molestó que papá me dejara solo en el desvelo. Yo esperaba que fuera mi llave para quejarnos en conjunto del el flaco ese que roncaba sin ser gordo y no bajaba la cara cuando yo lo miraba como si no le diera vergüenza desvelarme como si no sintiera cierta culpa, aunque la culpa debía sentirla Camila, era de ella que fue la que se enredó a un roncador para incomodar a la gente para incomodarme a mí y no dejar dormir en las putas vacaciones.
Le dije a papá que estaban cultivando aguacate y que lo cargaban empacado en bultos a lomo de mula y como el tío Conrado también estaba oyendo dijo que si era que esperaba que lo cargaran al hombro, qué si yo creía que cargar aguacates no cansaba. Le dije al tío que no era por el peso sino porque yo creía que el aguacate era algo más delicado. Papá dijo que él había estado hablando la noche anterior con un amigo que había tumbado todo el café de la finca y la tenía toda sembrada en aguacate porque eso era lo que iba a dar la plata. La esposa del tío Conrado dijo amargada que todavía existía gente que creía en conseguir plata. Conrado la miró y le dijo que de todo había.
No supe en que momento Camila y Juan volvieron a la cocina pero seguro llevaban tiempo ahí porque Camila dijo que el aguacate con arepa era riquísimo y ella que dijo eso y la tía que hizo su aparición cargada de arepas que puso sobre la mesa que todos rodeábamos. Le dije a la tía que papá no había oído los ronquidos y no se sorprendió, ella tampoco creía que papá tuviera el sueño tan delicado como decía. El tío Conrado pegó el berrido apenas hablé. Tiene que estar uno muerto pues para no oír eso, dijo. Miró a Juan y le recomendó hacerse revisar eso de un médico porque roncar así no era normal, vaya mijo que algo debe tener por ahí que le falla, le dijo el tío. Yo no pude evitar reírme, creo que nos reímos todos, incluso la tía, aunque no como nosotros, la risa de ella la de ahora es una risa ñurida, una risa arquera, una que para no perder el partido ataja el grito que da la alegría. 
Camila entre risas dijo maliciosa que ella podía dar fe de que a Juan no le fallaba nada y que por el contrario todo le funcionaba muy bien. La esposa del tío Conrado y mi mamá se rieron mirando al flaco sonriente y tranquilo como si no fuera de él y su capacidad de trasnochar de quién estuvieran hablando. El tío le dijo a Camila que para hablar mierda hablaba él pero que para roncar solo ese muchacho.
Entre burlas y comentarios sobre ronquidos nos sentamos a desayunar. Camila untaba mantequilla en las arepas y les ponía una capa sobre otra como si quisiera levantar una torre que llegara al techo. Juan comía con moderación al igual de los demás, por un momento dejé de verlo como el tipo que roncaba. No hablaba mucho el tipo, el tío Conrado y papá intentaban incluirlo en la conversación pero el respondía con amables monosílabos sin decir más aunque manteniendo el interés en lo que le decían.
La tía les dijo a todos lo que ya me había dicho a mí hacía un momento que ese año tampoco iba a sacar los restos de Jairo. Papá dijo que cuando ella quisiera y el tío Conrado dijo lo mismo. Seguimos comiendo y Camila dijo que ya sería el otro año. La tía dijo que sí que tal vez sí. Mire a Camila y al roncador y me pregunté si el otro año vendría con el mismo o traería a otro.


jueves, 28 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás -12


Pablo se acercó al conductor pagó los pasajes y caminó con las maletas en las manos hasta la casa de su hermano que estaba justo al frente de la carretera, sus esposa y sus hijos ya habían tomado la delantera, la tarde caía y los grupos de gente hablado se dejaban ver en las puertas de algunas casas. Pablo se detuvo un momento para saludar algunas personas conocidas. La puerta de la casa de Ricardo ya estaba abierta y la hermana de Ana esperaba con una pequeña mueca que parecía una sonrisa que entraran a la casa. 

Los niños fuero directo al televisor, Pablo y Adelaida se quedaron en el comedor. El sonido de la licuadora se oyó en la cocina y minutos después la hermana de Ana les entregaba a cada uno de los recién llegados grandes vasos de jugo de guanábana, fruta que no podía faltar en la casa de Ricardo, llenaba su congelador de la pulpa de la fruta para mantenerla aunque no estuviera en cosecha. Han llamado a decir a qué hora llegan o cómo les ha ido, pregunto Pablo. Isabel dijo que no. De más que no demoran, dijo Adelaida. 

Martha empacaba en bolsas las preparaciones del día, Eduardo se bañaba, los trabajadores se iban después de comer y ella ponía las gallinas, la torta, unas arepitas, una empanaditas, y unas cuantas cosas en las bolsas. Todo estaba listo, solo le faltaba darse un baño, cambiarse de ropa, no quería ser la última en llegar. Su armario era gigante, tenía toda clase de prenda que estuviera de moda, jean, vestidos, faldas, zapatos por decenas de todas las clases, todos como nuevos porque Martha no salía. El armario de Eduardo no era muy diferentes era muy orgulloso al vestir y adicto a comprar zapatos, se vistió de la mejor manera como lo hacía siempre se bañó en perfume y se fue primero que su mujer, tenía que hacer una vuelta antes de subir al caserío para reunirse con Ricardo. 

Eduardo no tardó mucho en llegar al caserío, caminaba a paso largo con la espalda recta y el cuello ligeramente inclinado al cielo. Paso por el frente del billar donde sus cuñado Pablo tomaba con sus amigos, levantó la mano para saludar sin acercarse, continuó su camino y llegó a la tienda de uno de sus amigos, en la bodega de la tienda envuelta en papel y cartón Eduardo guardaba una cuna, la había comprado desde que Ricardo inicio los procesos de adopción de Jesús el niño que por problemas de última hora no se convirtió en su hijo. 

La compra de la cuna por parte de Eduardo tenía una explicación simple relacionada con él y con su rivalidad constante con su cuñado. Comprar una cuna le daría a Eduardo un punto que Ricardo nunca le podría quitar y que por nada del mundo igualaría pues él no pensaba tener hijos así que Ricardo nunca tendría la oportunidad de regalarle una cuna en cambio él compró una cuna las más cara para regalársela al hijo de Ricardo, quería quedar bien con la familia, con el niño por venir y de paso demostrarle en su propia cara en un día tan feliz a Ricardo que él era el mejor comprando. 

Ya deben estar sus hermanos esperándonos en la casa, usted se puso a invitarlos a venir y sin comida hecha ni nada para ofrecerle, dijo Ana. Eso no es problema nunca lo es cuando tienes una hermana como Martha, me parece que se le estaba olivando ese pequeño detalle, apuesto a que Martha aparece con comida para tres días, respondió Ricardo confiado.

Y sus papas, no les va a visar para que vengan, preguntó Ricardo con las manos en el volante y la vista en la carretera vigilando los huecos todos y cada uno para esquivarlos con cuidado y evitar los saltos que pudiera hacerle daño al bebé. No creo, mañana en la mañana es mejor, tenemos mucho tiempo, además es tarde para que los viejitos se pongan en la molestia de venir, contesto Ana. Ella comprendía muy bien a su marido y las ganas que tenia de compartir su alegría con sus seres queridos pero no dejaba de pensar que ese momento y la dicha que sentían merecía un poco más de intimidad, le parecía egoísta pensar eso pero la tranquilizaba ver a Ricardo feliz

Pablo estaba sentado en la fuente de soda y el número de amigos que lo acompañaban en la mesa había crecido, tomaban cerveza y escuchaban música, se contaban historias, se actualizaban, y reían a carcajadas, los niños seguían viendo televisión y Adelaida para no aburrirse se había acercado también a la fuente de soda, estaba sentada al lado de su marido y se tomaba una gaseosa. 

Adelaida se puso de pie y caminó hasta la camioneta cuando la vio llegar, Ana abrió la puerta para bajarse y Adelaida le recibió él bebe, lo miro, estaba dormido. Es hermoso, bendito sea Dios dijo la cuñada de Ricardo. Ana sonrió, mientras saludaba a Adelaida y Ricardo se bajaba de la camioneta. 

Entraron a la casa, el niño era la sensación, todos lo quería cargar lo querían ver lo querían tocar. Pablo dejo a sus amigos de inmediato y fue también a la casa, las personas que estaba con Pablo le preguntaron por Ricardo y Ana y el bebé con el que habían llegado pero él les respondió y les dijo que más tarde volvía. 

Pablo le dio una gran abrazo a Ricardo, los niños estaba mirando al bebé que Adelaida había a costado en la cama. Niños cuidado con él bebe, no se le hagan tan cerca que lo aplastan y dejen de acariciarlo con esas manos todas sucias le decía Adelaida a sus hijos. Martha abrazaba Ana la subía de suelo y volvía a bajarla, felicitaciones madrecita, que alegría tan grande, gracias a Dios, decía Martha. Ana se organizó el cabello que se le desordenó un poco con las sacudidas de su cuñada.

Estaban ahí todos juntos, con Isabel que acaba de llegar de las cocheras, hablaban y se reían, los niños seguían dentro de la casa con el bebé, de pronto vieron que se acercaba Eduardo con una carga al hombre que no parecía pesar mucho por que caminaba con su espalda tan recta como siempre.

Martha, mija eso que trae el cuñado no será comida porque si usted cocino todo eso ahora si es verdad que exageró dijo Ricardo asustado, todos rieron a carcajadas incluso Martha. Yo no sé qué traerá mi amorcito ahí pero comida no es, esa la traje yo y no exagere, respondió Martha.

Eduardo llegó hasta su lado y puso la cuna en el suelo, Vea pues cuñado el regalo para el sobrino, Dijo Eduardo, con orgullo en su voz, Ricardo lo miro sorprendido y empezó a rasgar el papel que cubría la cuna, era de color madera con pequeños tallados, el que más lo sorprendió era uno en la cabecera de la misma que decía Jesús. 

Y a qué horas compró Eduardo esa cuna si lo del bebé no lo avisaron a apenas hoy, o fue que usted estaba por ella al Pueblo también, preguntó Pablo. Mi amorcito no salió hoy, trabajo todo el día, cierto mi amor, dijo Martha mirando a Eduardo que asentía con la cabeza con una sonrisa en su rostro que no se borraba disfrutaba ese momento, estaba haciendo lo que más le gustaba, siendo el centro de atracción.

Ricardo estaba llorando de la emoción, esa cuna era el regalo más bonito Eduardo le podía hacer. Vamos y la armamos de una vez dijo Eduardo y Pablo lo siguió, los demás también entraron, Adelaida cargaba al bebé, Ricardo y Ana se miraron por un tiempo y entraron también a la casa tomados de la mano.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...