sábado, 8 de octubre de 2016

Otoniel

El último día del novenario Eva puso en las jaulas los plátanos maduros que Otoniel había traído y guardado en el cuarto del beneficiadero. Pasaba horas ubicando las trampas por toda la finca para atraparlos y luego se dedicaba a alimentarlos y a observarlos en silencio, tenía más de cien pájaros entre toches, azulejos, mirlas y pericos cantando todas las mañanas en el patio de su casa.

Eva entró al cuarto de Otoniel y limpió el polvo le echó llave al armario tendió la cama y cerró la puerta con candado aunque él se hubiera ido ella lo iba a dejar todo como estaba pero con los pájaros no podía, no quería seguirlos viendo y no quería dedicarse a alimentarlos, no podía.

Raquel y yo llevábamos dos años viviendo juntos, ella llegó a la casa de su tía abuela Eva el mismo día que le avisaron lo que había pasado con su primo. Yo no podía dejar el trabajo y puede llegar sólo una semana después para el final del novenario. Pedro, esposo de una tía de Raquel me esperaba en la plaza del pueblo para llevarme hasta la finca, me alegró verlo. Me agradaba mucho escucharlo, estaba lleno de historia y era el primer familiar que Raquel me había presentado incluso nos habíamos emborrachado un par de veces. Cuando teníamos que vernos con la familia de ella siempre me hacía ilusión imaginarme los cuentos que Pedro me contaría.

Pedro siempre hablaba más de la cuenta y en la familia algunos no lo querían mucho por su imprudencia y aunque la presencia de Raquel y la mía en la finca tenía que ver con la tristeza del luto Pedro escuchaba a Pastor López en el radio del carro y me decía que no éramos nada que en cualquier momento uno se tenía que ir y ya que así era, tomaba aguardiente y me rotaba la botella.

En las familias de nosotros los montañeros es lo más de normal tener muchos hijos y que uno de esos hijos sea un bobo solterón que se quede en la casa toda la vida haciendo mandados hasta que se mueren los viejos y luego termina viviendo en la casa de algún hermano haciendo otros mandados y respondiéndole a los niños curiosos por qué no tiene mujer. Otoniel fue ese bobo solterón me dijo Pedro. Yo no le dije nada. Claro papito que allá en la casa uno no les puede decir eso porque hay mismo dicen que uno es un habla mierda pero igual todos saben que es verdad, dijo Pedro. Yo me reí y él hizo lo mismo.

En la casa mía fue Gustavo, ese no consiguió mujer ni se fue pa ningún lado, se quedó en la casa con mi mamá y cuando ella se murió vendimos esa finca y él trabaja ahora conmigo. No hace mucho que le dio dizque por conseguir mujer y por allá se fue a vivir con una señora y siempre como que le trabajó un año de regalado la finca a la vieja esa y ahí volvió a mi casa otra vez y como no dice nada pues uno no sabe que pasó, dijo Pedro. Se tomó otro trago y yo hice lo mismo.

A Otoniel no lo conocí y a Eva la había visto una vez. Raquel salió a recibirme, nos abrazamos, me dio un beso y me dijo que no me fuera a emborrachar y miró a Pedro. Él volvió al carro agitó su mano para despedirse y me dijo que nos veíamos luego enseñándome la botella. Le pregunté a Raquel como estaba la tía y me dijo que parecía tranquila pero no se sabía cómo reaccionaría cuando todos los hijos volvieran a irse. Se va a quedar acá sola le pregunté y Raquel dijo que sí que los primos le decían que se fuera a la casa de alguno de ellos pero ella decía que se quería quedar en su casa.

Me senté en el corredor a tomarme un tinto que me trajo Raquel, pregunté por la gente y ella me dijo que estaban en el estanque sacando pescados para fritar por la noche. Hice una mueca de fastidio y ella se burló, me dijo que tranquilo que no tenía que comérmelo y además también habían hecho arepas de choclo. Me alegró escucharla decir eso.

Tres de los hijos de la tía abuela Eva ya habían tenido que regresar a sus casas, con ella seguían dos hijas, unos cuantos nietos, Raquel y yo. En la noche mientras se comían el pescado hablaban de la familia y del entierro, también recordaban al finado Facundo esposo de Eva que siempre contaba historia de brujas y duendes para asustarlos.

A mí me parecieron curiosas las jaulas llenas de pájaros y al parecer era el único que se fijaba en ellas, seguro porque era la primera vez que estaba en esa casa. Cuando estábamos en la cama le pregunté a Raquel por ellas y me dijo que eran de Otoniel, quise hablarle más pero me venció el cansancio y me dormí.

Nos despertaron los gritos de Eva espantando a los pájaros. Corrimos al patio o mejor corrió Raquel y yo la seguí envolviéndome en un saco y vimos a la tía golpeando las jaulas. La tía dijo que no quería salir. Toda la familia estaba ahí en el corredor apoyada en la chambrana y en el patio cerca de ella mirándola.  Los pájaros cataban y revoloteaban dentro de las jaulas pero no salían.

La tía se apoyó en las jaulas y empezó a llorar, yo la miraba desde el corredor y Raquel y las primas corrieron abrazarla y a consolarla. Una de ellas corrió a la cocina y antes de que me diera cuenta todos estábamos tomando aromática. Estuvimos en silencio un rato y los pájaros seguían en las jaulas sin salir aunque las puertas estuvieran abiertas de par en par. Un nieto le preguntó a Eva si quería que se fueran. La tía más calmada le dijo que sí, el que los cuidaba era Otoniel, yo no los quiero.

El muchacho se fue al patio y empezó a sacar a los pájaros con las manos uno por uno yo lo imite y eso hicimos todos sacar a los pájaros y soltarlos en el patio. Para nuestra sorpresa los pájaros no se fueron se quedaron revoloteando alrededor de la casa. ¿Será que esperan a que el tío Otoniel vuelva? dijo uno de los nietos. Eva le acaricio la cabeza al niño y le dijo que sí se iban a quedar esperando entonces nos íbamos a tener que ir. En ese momento yo no podía dejar de pensar en la película de Hitchcock, mire a Raquel que contemplaba asombrada a los animales y lamente que no le gustara el cine.

sábado, 1 de octubre de 2016

Anselmo

Me desperté a las dos de la mañana y me quedé dando vueltas, a las tres me levanté me puse los tenis y salí a la calle a caminar. Cuando sueño con eso no vuelvo a dormir por miedo a retomar el sueño en donde quedó.

Llevaba media hora caminando y en una casa de dos pisos vi a un tipo gordo y despeinado sentado frente a un computador.  Seguro que hago ruido y el tipo se asoma por la ventana pensé y así lo hice. En efecto el tipo se asomó y me sonrió. Si no me hubiera sonreído fijo que me hago el loco el que no había silbado y sigo caminando pero como sonrió entonces lo saludé.

Le dije que me daba miedo quedarme dormido y el tipo me dijo que algunos sueños dan mucho temor. Me sonreí porque el tipo entendía, no me había preguntado por qué.  Hablamos a las tres de la mañana yo en la calle y él en el segundo piso. Le pregunté que hacía y me dijo que escribía cuentos sobre nombres para subir a un blog que leían unos cuantos amigos pero que llevaba horas sin poder escribir nada, entonces le dije que escribiera sobre mí y él me dijo que si me llamaba Anselmo sí y yo le dije que no y él me preguntó mi nombre y yo le dije que no sabía, en ese momento me di cuenta que no sabía cómo me llamaba, yo esa madrugada no me llamaba.

El gordo asomado por la ventana se puso serio y pensé que me iba a dejar hablando solo que se iba a entrar, yo seguro parecería un loco a esa hora solo en la calle y sin nombre. El gordo me dijo que necesitaba un nombre porque así como estaba un cuento sobre mí contaría eso que estaba pasando allí y finalizaría con un despertar donde me acordaba de mi nombre y entendía que todo había sido sueño. Me dio asco ese final, le dije al gordo que las historias que terminaban así era mediocres eran historias que no se arriesgaban a perder o a ganar. El gordo me dijo que si yo quería que escribiera un cuento sobre mí me hacía falta un nombre y mejor si era Anselmo.

Le pregunté al gordo cómo se llamaba y el tipo me dijo que después de las tres de la mañana él no le decía su nombre real a ningún desconocido pero que como yo no me llamaba Anselmo y él estaba necesitando un Anselmo pues que lo llamara así para que me sintiera en confianza y yo le dije que para sentirme en confianza necesitaba dejar de hablar con él así desde la calle y el gordo Anselmo se rió y me dijo que ya me abría.

Sentados en la sala seguimos hablando del cuento que Anselmo estaba escribiendo. Teniéndolo cerca me di cuenta que era mucho más gordo de lo que parecía. Él se sentó en el sofá sólo ahí le entraba cómodo el culo. Yo me senté en una silla de madera al frente. La sala era modesta y sencilla muy parecida a la mía.

Que más se le perdió a parte del nombre me preguntó el gordo y yo le dije que nada más que sólo no sabía cómo me llamaba y Anselmo me dijo que sí estaba seguro de tener verga y me cague del susto y antes de que el tipo terminara yo ya tenía las dos manos en la bragueta buscándomelo y respiré tranquilo cuando lo sentí ahí. Le dije que era un pendejo por preguntarme eso y él se rió y me dijo que entre perder el nombre y perder la verga él prefería perder el nombre, es mejor ser un anónimo que un tipo sin verga. Y ahí el que se rió fui yo. El gordo se puso serio y quiso saber por qué me reía. Yo pensé en decirle que para qué quería verga un gordo como él que los gordos no necesitaban verga para ser buenos amigos y tampoco necesitan nombre porque los iban a llamar gordos pero no le dije nada, estábamos en su casa y no nos conocíamos aunque sentí que el tipo sabía lo que yo pensaba.

Le pregunté a Anselmo que sí era normal en él abrir la puerta de su casa en la madrugada a cualquier desconocido, usted es muy confiado. Me dijo que sí que no podía desperdiciar oportunidades cuando estaba buscando historias y que de pronto yo le daba un relato o le servía para uno.  Yo soy confiado y todos somos confiados usted también porque también se mete así como si nada la casa de un desconocido. Pero yo sí conozco un tipo desconfiado muy desconfiado que no duerme no puede quedarse dormido porque dice que uno tiene que confiar mucho en todo para acostarse a dormir creyendo que se va a despertar, imagínese que uno no se despierte, dice el tipo.  Le dije que no existe nadie así y el gordo me dijo que sí, que existe y es un personaje de un cuento que él está escribiendo. Nos quedamos callados.

El silencio entre los dos empezó a ser incomodo entonces le pregunté a Anselmo desde cuando era escritor. El gordo me dijo que no era escritor, que lo único que hacía era subir cosas a un blog. Si no es escritor entonces por qué tanta joda con los relatos y las historias le dije. El tipo me dijo que escribía porque le gustaba. No le dije nada porque no entendía pero tampoco quería molestar al tipo en mi afán de entender. Entonces si no trabaja como escritor en que trabaja. El gordo me dijo que engordaba por los otros que ese era su trabajo y no dijo nada más. Me quedé mirándolo. Explíqueme, le dije. Desde hace unos años recibo gente gorda en un consultorio y la escucho hablar y le digo que sólo hace falta que deseen que yo engorde pon ellos para que así pase y listo no les digo nada más y ellos pagan por eso. Yo me rió, y se lo creen le dije. Claro que se lo creen me dijo el gordo además no cobró mucho y sigo gordo, cada vez más, cuando vienen a reclamar yo les digo que me miren que yo estoy haciendo mi parte. Le dije que era un estafador y el tipo me dijo que me estaba contando en que consistía su trabajo que yo lo había preguntado.


No supe si quería preguntarle algo más al tipo, me entraron ganas de irme. El tipo me parecía un puto genio era un gordo que se aprovechaba de los gordos para conseguir plata sin esforzarse. Me puse de pie y el dije que ya me iba y el gordo me acompañó a la puerta. Entonces no me va a decir cómo se llama me dijo y yo le dije que no. Pero lo de no saber cómo se llama es una mentira me dijo el gordo y yo le dije que me parecía que el mentiroso era él. Le voy a decir porque no podía dormir y el gordo me dijo que no quería saber, yo ya tengo claro eso, me dijo, en mi cuento se va llamar Aldemar y no puede dormir porque dos horas antes de acostarse por primera vez compró en internet pornografía infantil. Cerró la puerta y me dejó en la calle. 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Benjamín


Benjamín juega en un parque cercano a su casa, a veces lo acompaña su mamá y otras su hermano mayor.  A su papá lo mataron cuando él era un bebé y sólo lo conoce por las fotos de marcos dorados que están colgadas en la sala de la casa. De tarde en tarde su mamá lo recuerda y le cuenta algunas cosas, pero pocas. Cuando no lleva una pelota para practicar tiros libres con otros niños Benjamín juega la lleva y al escondite.

En el parque unas señoras sembraron árboles frutales, naranjos, zapotes, mangos guayabos y al pie de cada árbol dejaron un letrero con nombres y fechas. Al pie de uno de los zapotes se lee “Néstor López 10 de marzo de 1998 toma de Arboleda”. Benjamín leyó todos los nombres, se detuvo en ese y lo leyó varias veces, se fijó en que nadie lo estuviera mirando y arrancó la estaca con el letrero y lo cambio por el letrero que estaba al pie de otro árbol. Benjamín se fue a buscar a su hermano que hablaba con una muchacha para pedirle que volvieran a la casa y una señora que lo vio mover los letreros lo alcanzó y lo reprendió, le dijo que ellas estaban intentando hacer un parque de la memoria y que él era un irrespetuoso. Benjamín le dijo que la mamá le había dicho que al papá no le gustaban los zapotes y siguió. 

viernes, 16 de septiembre de 2016

Bolívar



En la esquina de la tercera con cuarta hay una casa de dos pisos con grandes ventanales y una pintura de Simón Bolívar montado en un caballo blanco que estaba ahí antes de que Mario comprara la propiedad. Frente a la casa hay tres locales, en el primero está el consultorio del odontólogo Garzón. En el segundo la peluquería de los Martínez y en el tercero la pastelería de los Gómez. Los tres llegaron tiempo después de que el Simón Bolívar fuera pintado en la casa. La imagen del libertador se convirtió en un punto de referencia para dar con los tres negocios y con otros cuantos sitios de interés ubicados en la calle tercera que cada vez es más comercial.

La casa fue rematada a buen precio y estaba ubicada en una zona de la ciudad que prometía valorizarse notoriamente en cinco o diez años o eso calculaba Mario orgulloso de su olfato para los negocios. Cuando vio la casa Mario preguntó por el Bolívar y el encargado de la venta no supo decirle por qué estaba ahí. El vendedor quiso ser chistoso y le dijo que la pintura no se cobraba por separado pero a Mario no le hizo gracia.

Estando ya en la casa Mario se dio cuenta de que la pintura de Bolívar era como la dirección de la calle tercera con carrera cuarta. Si alguien en el norte se quejaba de un dolor de muela y necesitaba un dentista le recomendaba ir al consultorio odontológico de Garzón en frente de la casa donde estaba pintado un Bolívar a caballo. Si una señora del sur quiere un peinado nuevo porque tiene una fiesta o una entrevista de trabajo le recomiendan la peluquería de los Martínez que está en el centro al frente de la casa que tiene pintado un Bolívar a caballo. Cuando el niño cumple años o la pareja de enamorados de los suburbios se une en matrimonio compran el pastel en el centro diagonal a la casa que tiene pintado un Bolívar a caballo. A Mario eso no le gustaba nada, empezó a imaginar que pronto él sería sólo el tipo que vivía en la casa donde estaba el Bolívar pintado.

Los arrendatarios de los locales le dijeron a Mario que no tenían ninguna responsabilidad al respecto, la casa a diferencia de todas las demás en la ciudad tenía en la fachada la pintura de un héroe patrio que no era desconocido para nadie a menos que fuera extranjero y que la gente lo tuviera en cuenta para ubicarse era lo más normal. De los reclamos lo único que Mario obtuvo fue una calza por la mitad del precio para que conociera el trabajo del mejor odontólogo de la ciudad quedara amañado y volviera con la familia, le dijo Garzón. Un corte de cabello del menor de los Martínez que según dijo lo iba a relajar y después un par de biscochos que le parecieron deliciosos y que él devoró con gesto de placer mientras la señora Gómez le decía que si el libertador hubiera probado los biscochos que ella hacia no se hubiera muerto.

Mario llamó a su hermana para contarle lo que pasaba con la pintura del Bolívar. Estaba abatido por la notoriedad de su nueva casa, no quería llegar a una ciudad para empezar de nuevo y terminar convertido de nuevo en la sombra de algo o de alguien. La hermana le dijo que no se angustiara por tonterías, siempre podía volver a pintar, o vender para invertir en otra parte.

La posibilidad de pintar de nuevo le pareció a Mario la mejor opción hasta que habló con la señora Gómez mientras degustaba de las delicias de la pastelería. Ella le dijo que borrar al Bolívar no tenía sentido alguno porque la pintura era más vieja que ella y toda la gente en la ciudad la conocía y aunque dejaran de verla iban a seguir usando la casa como referencia de la tercera con cuarta.

La señora tiene razón, dijo la hermana de Mario. A mí, me tocó irme a vivir en donde nadie me conociera porque allá no iba a dejar de ser un hombre intentando ser una mujer en cambio acá soy una mujer y nadie puede decir lo contrario. Mario le dijo que no era la misma situación y Ximena le dijo que sí, que se trataba de los mismo de no tener pasado o de poderlo cambiar si se quería, eso es lo que usted está haciendo allá también, huyendo del pasado, buscando ser usted. Mario se despidió y colgó el teléfono, lo ponía nervioso tener conversaciones serias con ella.

Buscó a un afamado artista de la ciudad y le enseñó la pintura de Simón Bolívar. Lo que quiero es que usted pinte a esta mujer montada en el caballo ahí atrás del libertador al anca, le dijo mientras le señalaba la pintura y le entregaba una foto de Ximena. El artista miró detenidamente la pintura y la foto ¿es su mujer? Le preguntó. No, mi mujer no… mi mujer ya no está. Esa es mi hermana, le respondió Mario.

El artista empezó a pintar esa misma tarde y en un par de semana terminó el trabajo que tanta curiosidad generó en las personas que pasaban por el lugar y se detenían a verlo y a preguntarle quién era esa. Mario observó con cuidado la pintura que antes no le gustaba. Ximena tenía razón en lo que le había dicho, él no podía cambiar el pasado que ya se había hecho, pero sí podía cambiar el de Bolívar inventándole una novia nueva. Mirando el mural pensó en llamarla y decirle que la había incluido en la historia para que dejara de joder. En la pastelería la señora Gómez le invitó un trozo de genovesa y lo felicitó porque así había quedado más bonita la pintura y siempre era más rico cabalgar acompañado.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Elías


Elías sabía firmar y leía con dificultad, eso nunca significó un problema para él que se dedicaba hacer mandados por unos cuantos pesos al que se lo pidiera. Arriaba mulas y también vacas que llevaba de un pueblo a otro para que las negociaran en las ferias ganaderas. Las letras le hicieron falta tiempo después de la muerte de Enrique el dueño de la lechería de Portales.

Cuando se enteró de que Magdalena llevaba viuda dos semanas empezó a darle vueltas en su cabeza a la declaración de amor más conveniente. Esperó a que se cumpliera el primer aniversario de la muerte de Enrique para ir al puesto de salud de Las Gaviotas y pedirle a la enfermera que lo ayudara a escribir una carta, ella que tenía estudio era la más indicada, le dijo Elías.

De las hijas de los Gutiérrez Magdalena había sido la última en casarse. Tenía 27 años cuando se fue de la casa con Enrique el dueño de la lechería de Portales. Negocio que le heredó su papá. Enrique tenía 30 años vividos todos en Portales dedicado al ganado de leche. Se hizo novio de Magdalena cuando ella tenía 20 años y se demoró todo ese tiempo para proponerle matrimonio porque le daba miedo que fuera algo precipitado. Él era así decía Magdalena. Ella tuvo que ponerse seria y decirle que si después de todos esos años no tenía claro que se quería casar con ella entonces que dieran todo por terminado y ella se iba a vivir con sus tíos en La Dorada.

Un primo de Enrique se había muerto ahogado en el río Magdalena cerca de La Dorada aprovechando una de las subiendas para pagar con pescado una deuda de licor que tenía en Marquetalia. Enrique no sabía nadar y después de la muerte de su primo no fue capaz de volverse a subir a una canoa o pasar un puente muy alto. Cuando Magdalena le dijo que se iba y él la imaginó metiéndose al río que tenía su mismo nombre le dijo que se casaran de inmediato. La mamá de Magdalena dice que su hija es la única mujer que conoce que le propuso matrimonio a al marido.

Elías empezó a dictarle la carta a la enfermera. “querida Mandalena sepa que la amo y me da pena y no es que yo crea que amar sea pecao pero me da pena que uste crea que me aprovecho de que esté viuda”. Elías se detuvo y guardó silencio, la enfermera estaba riéndose y él no veía lo chistoso, ella se contuvo y le ofreció disculpas. Le pidió que dijera de nuevo Magdalena y Elías dijo “Mandalena” la enfermera volvió a reír. Elías no dijo nada pero se veía molesto. Ella le dijo que iba ser muy difícil enamorarla si no era capaz ni de pronunciar bien el nombre y Elías volvió a decir “Mandalena”.

Terminaron de escribir la carta esa noche y la enfermera se había divertido tanto que se ofreció para escribir todas las declaraciones de amor que quisiera. Elías le dio las gracias y le dijo que si la próxima vez se iba a reír tanto de él mejor ni volvía.

Arriando vacas o amarrándole la carga a las mulas Elías se repetía en la cabeza “Magdalena” pero cuando lo decía en voz alta siempre se oía “Mandalena” otra Mandalena que no es mi “Mandalena” decía Elías.

El Papá de Magdalena era dueño de una finca cafetera enorme y en tiempos de cosecha cuando sus hijas eran solteras Elías había trabajado con él cargando café. Por esos días no le gustaba ninguna de ellas y menos Magdalena que sólo tenía buenos ojos y una sonrisa enorme para su novio. Se había puesto más querida después de casarse, decía Elías.

Con la carta en el bolsillo en un sobre marcado con su nombre y apellido lo que no decidía era sí debía entregar la carta en persona o sí mejor la deslizaba por debajo de la puerta cuando fuera de noche. No sabía si al entregársela en persona debía quedarse ahí de pie al lado de ella esperando a que la leyera o sí mejor le decía que la leyera cuando él ya se hubiera ido. No sabía si al levantarse ella sería la primera en ver la carta en el piso.  De pronto algún empleado se levantaba primero veía la carta y se quedaba con ella y no la entregaba o peor le cambiaba el nombre y enamoraba a Magdalena con las palabras de él.

Arrió mulas y vacas durante un mes. Fue de un pueblo a otro por caminos empantanados sin sacar la carta del bolsillo de la chaqueta. Buscando a un tipo que le debía la arriada de 20 vacas se encontró con la enfermera en la plaza de Marquetalia. Ella le preguntó por Magdalena y Elías le enseñó la carta que estaba empacada en una bolsa para que no se fuera a enmugrar. La enfermera le dijo no tenía sentido esa carta sino la entregaba y Elías le dijo que él sabía pero que no se decidía.

Elías siguió andando caminos como acostumbraba y cada cierto tiempo hacía transcribir la carta que llevaba en el bolsillo y no se decidía a entregar. Le ayudó un profesor de la escuela de Portales, un estudiante de bachillerato en Manzanares que al igual que la enfermera no paró de reírse mientras transcribía. La carta había sido vista por tanta gente que a Magdalena le llegaron primero los rumores de lo que Elías le quería decir que la tan mencionada carta. Y a Elías cualquiera le iba preguntando por Magdalena con cierta burla. Como si les importara, decía él.

Entre idas y vueltas Elías terminó llevando unas vacas hasta la lechería de Magdalena que por esos días acaba de sacar los restos de su esposo y ya no vestía de negro todo el tiempo. Elías creyó que ese trabajo era la oportunidad perfecta para entregarle la carta a la dueña de la lechería y así lo planeó durante todo el recorrido. Estando en Portales arriando las vacas al potrero Elías como tantas otras veces cambió de opinión y prefirió irse inmediatamente después de hablar con el empleado encargado de recibir los animales. No quería hacer el ridículo con ella que seguro estaba al tanto de lo que rumoreaba la gente sobre su declaración de amor.

Magdalena que lo vio llegar desde la ventana de la cocina fue hasta las pesebreras donde estaban los empleados, saludó y sin dar vueltas le preguntó a Elías si tenía algo para entregarle. Elías nervioso no sabía qué hacer, la miraba a ella y a los empleados que divertidos esperaban verlo sacar del bolsillo la dichosa carta.

Elías se esculcó y sacó la carta que estaba limpia como si recién la hubieran escrito, le dijo que la leyera cuando él ya se hubiera ido. Magdalena recibió la carta y le sonrió. Y por qué no me la entregó antes, preguntó ella. Elías bajó la cabeza se miró los zapatos empantanados y le dijo que tenía miedo de que fuera muy precipitado. Magdalena guardó silencio por un momento y después rió sonoramente.


lunes, 5 de septiembre de 2016

La improbabilidad de los otros





Asphalte la película de Samuel Benchetrit califica dentro de lo que llaman cine coral y nos presenta una serie de personajes que tienen en común el mismo lugar de residencia, un edificio viejo y gris en el que no sirve el ascensor; además un sentimiento, la soledad fría y silenciosa.


Es en ese estado de ausencia del otro donde sucede lo improbable para los personajes. Cada uno rompe con su silencio cuando alguien inesperado aparece para dar sentido al vacío. Un joven que vive con una mamá que nunca está. Una mamá que espera el fin de semana para visitar a su hijo en la cárcel. Un hombre en silla de ruedas que va en las noches a un hospital cercano a comer papás fritas de la máquina expendedora de uno de los pasillos de urgencias. Un astronauta perdido después de que su misión fallara. Una actriz golpeada por los años y un divorcio que la sume en la bebida. Una enfermera con un turno nocturno que no sonríe.


En Asphalte la soledad es la posibilidad de interpretar un sonido extraño y darle una historia una cualquiera que sea la dictada por la imaginación y el fin de la soledad es tener la oportunidad de compartir con alguien la historia improbable del origen de ese ruido.  

A veces es más fácil aceptar lo improbable que explicarnos la obviedad de una soledad que no entendemos, de una incomunicación que no vimos venir. Que la historia no es para nada triste y que soy yo el que la caga dándole esta orientación a mi comentario, en mi defensa diré que la vi el domingo en la tarde.



viernes, 2 de septiembre de 2016

Laura



Laura dejó el talonario en la mesa del comedor y fue a la concina a tomarse un vaso de agua. En la sala Miguel miraba un partido de Fútbol. El Atlético de Madrid le ganaba 1-0 al Real Madrid y cada que la posibilidad de empate se veía cerca Miguel gritaba emocionado.

Con el vaso en la mano Laura se sentó en el sofá al lado de Miguel y le dio un beso. Lo miró con una pequeña sonrisa que se borró cuando le dijo que sólo había vendido una boleta en toda la tarde.

Además de hacer rifas Laura también salía a vender arroz con leche y tamales los fines de semana, desde que su esposo se había lastimado la rodilla derecha jugando un torneo en la cancha de la 73 a Laura no le había quedado de otra, con Miguel en la casa sin poder trabajar el sueldo de ella no alcanzaba.

La pierna de Miguel estaba puesta sobre la mesa de centro con el pie apoyado en un almohadón, el médico le había dicho que si quería que la operación fuera exitosa y esa rodilla le quedara sirviendo para algo tenía que permanecer en la casa sin trabajar mínimo cuatro meses.

No era la primera vez que Miguel se golpeaba jugando pero sí la primera vez que requería de cirugía y además se quedaba tanto tiempo sin poder trabajar. Hasta el día de la lesión Miguel llevaba tres años jugando de medio campista con el mismo equipo, la mayoría de los jugadores al igual que él se dedican a la construcción.

Por esos días Laura terminaba su turno en la farmacia y llegaba a la casa a cambiarse para salir a tocar puertas y a buscar amigos y conocidos que le colaboraran, se sentía cansada. Miguel decía que lo mejor era conseguir un préstamo que se pudiera ir pagando con despacio cuando él empezara de nuevo a trabajar, así ella se evitaba la molestia pero Laura decía que no porque los prestamos igual había que pagarlos y justamente era plata lo que no tenían.

En respuesta a lo dicho por Laura sobre la venta de las boletas Miguel dijo que era el colmo que el Real no fuera capaz de ganarle al Atlético. Laura se levantó del sofá y se fue al cuarto de la niña a ver cómo iba con la tarea. Estaba muy cansada y no era por tener que salir a vender boletas o comida, estaba cansada de Miguel, estaba cansada del fútbol.

Mientras más lo pensaba menos entendía y eso la enfadaba, quería decirle a Miguel lo que sentía pero no podía, le faltaba decisión. Cuando lo veía intentando bañarse sin ayuda gimiendo de dolor Laura se arrepentía, lo que ella quería decir no iba ayudar en nada.

El día que la rifa jugó Laura tenía en el talonario veinte boletas sin vender y confiaba en que una de esas saliera ganadora, pero no fue así y tuvieron que pagar el premio, las ganancias no fueron las imaginadas. Algo es algo dijo Miguel.

Laura siguió vendiendo postres y almuerzos los fines de semana y siguió respondiendo las preguntas de los clientes y conocidos que preguntaban por el estado de Miguel, ella les decía que iba bien, lento pero bien. Sin importar el esfuerzo de Laura las deudas fueron apareciendo y eso la entristecía.

Miguel guardaba reposo, asistía a las terapias y en la tarde veía futbol, los partidos de la copa libertadores, la chanpions, la liga águila, la premier league y en últimas cualquier partido que fuera televisado.

El partido entre el Barcelona y el Bayern de Múnich iba empatado 1-1 y Miguel no despegaba los ojos de la pantalla. Laura llegó del trabajo y se sentó en el sofá, lo saludó sin acercarse. Se quedó mirándole la rodilla y le preguntó: “¿Miguel qué de bueno nos ha dado el fútbol?” Miguel miró extrañado a su esposa y entreabrió los labios para decir algo cuando el narrador de acento argentino gritó gol y Miguel dijo: “Eso Bayerm hijuepta gol gol gol”.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...