sábado, 10 de septiembre de 2016

Elías


Elías sabía firmar y leía con dificultad, eso nunca significó un problema para él que se dedicaba hacer mandados por unos cuantos pesos al que se lo pidiera. Arriaba mulas y también vacas que llevaba de un pueblo a otro para que las negociaran en las ferias ganaderas. Las letras le hicieron falta tiempo después de la muerte de Enrique el dueño de la lechería de Portales.

Cuando se enteró de que Magdalena llevaba viuda dos semanas empezó a darle vueltas en su cabeza a la declaración de amor más conveniente. Esperó a que se cumpliera el primer aniversario de la muerte de Enrique para ir al puesto de salud de Las Gaviotas y pedirle a la enfermera que lo ayudara a escribir una carta, ella que tenía estudio era la más indicada, le dijo Elías.

De las hijas de los Gutiérrez Magdalena había sido la última en casarse. Tenía 27 años cuando se fue de la casa con Enrique el dueño de la lechería de Portales. Negocio que le heredó su papá. Enrique tenía 30 años vividos todos en Portales dedicado al ganado de leche. Se hizo novio de Magdalena cuando ella tenía 20 años y se demoró todo ese tiempo para proponerle matrimonio porque le daba miedo que fuera algo precipitado. Él era así decía Magdalena. Ella tuvo que ponerse seria y decirle que si después de todos esos años no tenía claro que se quería casar con ella entonces que dieran todo por terminado y ella se iba a vivir con sus tíos en La Dorada.

Un primo de Enrique se había muerto ahogado en el río Magdalena cerca de La Dorada aprovechando una de las subiendas para pagar con pescado una deuda de licor que tenía en Marquetalia. Enrique no sabía nadar y después de la muerte de su primo no fue capaz de volverse a subir a una canoa o pasar un puente muy alto. Cuando Magdalena le dijo que se iba y él la imaginó metiéndose al río que tenía su mismo nombre le dijo que se casaran de inmediato. La mamá de Magdalena dice que su hija es la única mujer que conoce que le propuso matrimonio a al marido.

Elías empezó a dictarle la carta a la enfermera. “querida Mandalena sepa que la amo y me da pena y no es que yo crea que amar sea pecao pero me da pena que uste crea que me aprovecho de que esté viuda”. Elías se detuvo y guardó silencio, la enfermera estaba riéndose y él no veía lo chistoso, ella se contuvo y le ofreció disculpas. Le pidió que dijera de nuevo Magdalena y Elías dijo “Mandalena” la enfermera volvió a reír. Elías no dijo nada pero se veía molesto. Ella le dijo que iba ser muy difícil enamorarla si no era capaz ni de pronunciar bien el nombre y Elías volvió a decir “Mandalena”.

Terminaron de escribir la carta esa noche y la enfermera se había divertido tanto que se ofreció para escribir todas las declaraciones de amor que quisiera. Elías le dio las gracias y le dijo que si la próxima vez se iba a reír tanto de él mejor ni volvía.

Arriando vacas o amarrándole la carga a las mulas Elías se repetía en la cabeza “Magdalena” pero cuando lo decía en voz alta siempre se oía “Mandalena” otra Mandalena que no es mi “Mandalena” decía Elías.

El Papá de Magdalena era dueño de una finca cafetera enorme y en tiempos de cosecha cuando sus hijas eran solteras Elías había trabajado con él cargando café. Por esos días no le gustaba ninguna de ellas y menos Magdalena que sólo tenía buenos ojos y una sonrisa enorme para su novio. Se había puesto más querida después de casarse, decía Elías.

Con la carta en el bolsillo en un sobre marcado con su nombre y apellido lo que no decidía era sí debía entregar la carta en persona o sí mejor la deslizaba por debajo de la puerta cuando fuera de noche. No sabía si al entregársela en persona debía quedarse ahí de pie al lado de ella esperando a que la leyera o sí mejor le decía que la leyera cuando él ya se hubiera ido. No sabía si al levantarse ella sería la primera en ver la carta en el piso.  De pronto algún empleado se levantaba primero veía la carta y se quedaba con ella y no la entregaba o peor le cambiaba el nombre y enamoraba a Magdalena con las palabras de él.

Arrió mulas y vacas durante un mes. Fue de un pueblo a otro por caminos empantanados sin sacar la carta del bolsillo de la chaqueta. Buscando a un tipo que le debía la arriada de 20 vacas se encontró con la enfermera en la plaza de Marquetalia. Ella le preguntó por Magdalena y Elías le enseñó la carta que estaba empacada en una bolsa para que no se fuera a enmugrar. La enfermera le dijo no tenía sentido esa carta sino la entregaba y Elías le dijo que él sabía pero que no se decidía.

Elías siguió andando caminos como acostumbraba y cada cierto tiempo hacía transcribir la carta que llevaba en el bolsillo y no se decidía a entregar. Le ayudó un profesor de la escuela de Portales, un estudiante de bachillerato en Manzanares que al igual que la enfermera no paró de reírse mientras transcribía. La carta había sido vista por tanta gente que a Magdalena le llegaron primero los rumores de lo que Elías le quería decir que la tan mencionada carta. Y a Elías cualquiera le iba preguntando por Magdalena con cierta burla. Como si les importara, decía él.

Entre idas y vueltas Elías terminó llevando unas vacas hasta la lechería de Magdalena que por esos días acaba de sacar los restos de su esposo y ya no vestía de negro todo el tiempo. Elías creyó que ese trabajo era la oportunidad perfecta para entregarle la carta a la dueña de la lechería y así lo planeó durante todo el recorrido. Estando en Portales arriando las vacas al potrero Elías como tantas otras veces cambió de opinión y prefirió irse inmediatamente después de hablar con el empleado encargado de recibir los animales. No quería hacer el ridículo con ella que seguro estaba al tanto de lo que rumoreaba la gente sobre su declaración de amor.

Magdalena que lo vio llegar desde la ventana de la cocina fue hasta las pesebreras donde estaban los empleados, saludó y sin dar vueltas le preguntó a Elías si tenía algo para entregarle. Elías nervioso no sabía qué hacer, la miraba a ella y a los empleados que divertidos esperaban verlo sacar del bolsillo la dichosa carta.

Elías se esculcó y sacó la carta que estaba limpia como si recién la hubieran escrito, le dijo que la leyera cuando él ya se hubiera ido. Magdalena recibió la carta y le sonrió. Y por qué no me la entregó antes, preguntó ella. Elías bajó la cabeza se miró los zapatos empantanados y le dijo que tenía miedo de que fuera muy precipitado. Magdalena guardó silencio por un momento y después rió sonoramente.


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