Asphalte la película de Samuel
Benchetrit califica dentro de lo que llaman cine coral y nos presenta una serie
de personajes que tienen en común el mismo lugar de residencia, un edificio
viejo y gris en el que no sirve el ascensor; además un sentimiento, la soledad
fría y silenciosa.
Es en ese estado de ausencia
del otro donde sucede lo improbable para los personajes. Cada uno rompe con su
silencio cuando alguien inesperado aparece para dar sentido al vacío. Un joven
que vive con una mamá que nunca está. Una mamá que espera el fin de semana para
visitar a su hijo en la cárcel. Un hombre en silla de ruedas que va en las
noches a un hospital cercano a comer papás fritas de la máquina expendedora de
uno de los pasillos de urgencias. Un astronauta perdido después de que su
misión fallara. Una actriz golpeada por los años y un divorcio que la sume en
la bebida. Una enfermera con un turno nocturno que no sonríe.
En Asphalte la soledad es la
posibilidad de interpretar un sonido extraño y darle una historia una
cualquiera que sea la dictada por la imaginación y el fin de la soledad es tener la
oportunidad de compartir con alguien la historia improbable del origen de ese ruido.
A veces es más fácil aceptar
lo improbable que explicarnos la obviedad de una soledad que no entendemos, de
una incomunicación que no vimos venir. Que la historia no es para nada triste y
que soy yo el que la caga dándole esta orientación a mi comentario, en mi
defensa diré que la vi el domingo en la tarde.
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