viernes, 16 de septiembre de 2016

Bolívar



En la esquina de la tercera con cuarta hay una casa de dos pisos con grandes ventanales y una pintura de Simón Bolívar montado en un caballo blanco que estaba ahí antes de que Mario comprara la propiedad. Frente a la casa hay tres locales, en el primero está el consultorio del odontólogo Garzón. En el segundo la peluquería de los Martínez y en el tercero la pastelería de los Gómez. Los tres llegaron tiempo después de que el Simón Bolívar fuera pintado en la casa. La imagen del libertador se convirtió en un punto de referencia para dar con los tres negocios y con otros cuantos sitios de interés ubicados en la calle tercera que cada vez es más comercial.

La casa fue rematada a buen precio y estaba ubicada en una zona de la ciudad que prometía valorizarse notoriamente en cinco o diez años o eso calculaba Mario orgulloso de su olfato para los negocios. Cuando vio la casa Mario preguntó por el Bolívar y el encargado de la venta no supo decirle por qué estaba ahí. El vendedor quiso ser chistoso y le dijo que la pintura no se cobraba por separado pero a Mario no le hizo gracia.

Estando ya en la casa Mario se dio cuenta de que la pintura de Bolívar era como la dirección de la calle tercera con carrera cuarta. Si alguien en el norte se quejaba de un dolor de muela y necesitaba un dentista le recomendaba ir al consultorio odontológico de Garzón en frente de la casa donde estaba pintado un Bolívar a caballo. Si una señora del sur quiere un peinado nuevo porque tiene una fiesta o una entrevista de trabajo le recomiendan la peluquería de los Martínez que está en el centro al frente de la casa que tiene pintado un Bolívar a caballo. Cuando el niño cumple años o la pareja de enamorados de los suburbios se une en matrimonio compran el pastel en el centro diagonal a la casa que tiene pintado un Bolívar a caballo. A Mario eso no le gustaba nada, empezó a imaginar que pronto él sería sólo el tipo que vivía en la casa donde estaba el Bolívar pintado.

Los arrendatarios de los locales le dijeron a Mario que no tenían ninguna responsabilidad al respecto, la casa a diferencia de todas las demás en la ciudad tenía en la fachada la pintura de un héroe patrio que no era desconocido para nadie a menos que fuera extranjero y que la gente lo tuviera en cuenta para ubicarse era lo más normal. De los reclamos lo único que Mario obtuvo fue una calza por la mitad del precio para que conociera el trabajo del mejor odontólogo de la ciudad quedara amañado y volviera con la familia, le dijo Garzón. Un corte de cabello del menor de los Martínez que según dijo lo iba a relajar y después un par de biscochos que le parecieron deliciosos y que él devoró con gesto de placer mientras la señora Gómez le decía que si el libertador hubiera probado los biscochos que ella hacia no se hubiera muerto.

Mario llamó a su hermana para contarle lo que pasaba con la pintura del Bolívar. Estaba abatido por la notoriedad de su nueva casa, no quería llegar a una ciudad para empezar de nuevo y terminar convertido de nuevo en la sombra de algo o de alguien. La hermana le dijo que no se angustiara por tonterías, siempre podía volver a pintar, o vender para invertir en otra parte.

La posibilidad de pintar de nuevo le pareció a Mario la mejor opción hasta que habló con la señora Gómez mientras degustaba de las delicias de la pastelería. Ella le dijo que borrar al Bolívar no tenía sentido alguno porque la pintura era más vieja que ella y toda la gente en la ciudad la conocía y aunque dejaran de verla iban a seguir usando la casa como referencia de la tercera con cuarta.

La señora tiene razón, dijo la hermana de Mario. A mí, me tocó irme a vivir en donde nadie me conociera porque allá no iba a dejar de ser un hombre intentando ser una mujer en cambio acá soy una mujer y nadie puede decir lo contrario. Mario le dijo que no era la misma situación y Ximena le dijo que sí, que se trataba de los mismo de no tener pasado o de poderlo cambiar si se quería, eso es lo que usted está haciendo allá también, huyendo del pasado, buscando ser usted. Mario se despidió y colgó el teléfono, lo ponía nervioso tener conversaciones serias con ella.

Buscó a un afamado artista de la ciudad y le enseñó la pintura de Simón Bolívar. Lo que quiero es que usted pinte a esta mujer montada en el caballo ahí atrás del libertador al anca, le dijo mientras le señalaba la pintura y le entregaba una foto de Ximena. El artista miró detenidamente la pintura y la foto ¿es su mujer? Le preguntó. No, mi mujer no… mi mujer ya no está. Esa es mi hermana, le respondió Mario.

El artista empezó a pintar esa misma tarde y en un par de semana terminó el trabajo que tanta curiosidad generó en las personas que pasaban por el lugar y se detenían a verlo y a preguntarle quién era esa. Mario observó con cuidado la pintura que antes no le gustaba. Ximena tenía razón en lo que le había dicho, él no podía cambiar el pasado que ya se había hecho, pero sí podía cambiar el de Bolívar inventándole una novia nueva. Mirando el mural pensó en llamarla y decirle que la había incluido en la historia para que dejara de joder. En la pastelería la señora Gómez le invitó un trozo de genovesa y lo felicitó porque así había quedado más bonita la pintura y siempre era más rico cabalgar acompañado.

1 comentario:

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...