sábado, 8 de octubre de 2016

Otoniel

El último día del novenario Eva puso en las jaulas los plátanos maduros que Otoniel había traído y guardado en el cuarto del beneficiadero. Pasaba horas ubicando las trampas por toda la finca para atraparlos y luego se dedicaba a alimentarlos y a observarlos en silencio, tenía más de cien pájaros entre toches, azulejos, mirlas y pericos cantando todas las mañanas en el patio de su casa.

Eva entró al cuarto de Otoniel y limpió el polvo le echó llave al armario tendió la cama y cerró la puerta con candado aunque él se hubiera ido ella lo iba a dejar todo como estaba pero con los pájaros no podía, no quería seguirlos viendo y no quería dedicarse a alimentarlos, no podía.

Raquel y yo llevábamos dos años viviendo juntos, ella llegó a la casa de su tía abuela Eva el mismo día que le avisaron lo que había pasado con su primo. Yo no podía dejar el trabajo y puede llegar sólo una semana después para el final del novenario. Pedro, esposo de una tía de Raquel me esperaba en la plaza del pueblo para llevarme hasta la finca, me alegró verlo. Me agradaba mucho escucharlo, estaba lleno de historia y era el primer familiar que Raquel me había presentado incluso nos habíamos emborrachado un par de veces. Cuando teníamos que vernos con la familia de ella siempre me hacía ilusión imaginarme los cuentos que Pedro me contaría.

Pedro siempre hablaba más de la cuenta y en la familia algunos no lo querían mucho por su imprudencia y aunque la presencia de Raquel y la mía en la finca tenía que ver con la tristeza del luto Pedro escuchaba a Pastor López en el radio del carro y me decía que no éramos nada que en cualquier momento uno se tenía que ir y ya que así era, tomaba aguardiente y me rotaba la botella.

En las familias de nosotros los montañeros es lo más de normal tener muchos hijos y que uno de esos hijos sea un bobo solterón que se quede en la casa toda la vida haciendo mandados hasta que se mueren los viejos y luego termina viviendo en la casa de algún hermano haciendo otros mandados y respondiéndole a los niños curiosos por qué no tiene mujer. Otoniel fue ese bobo solterón me dijo Pedro. Yo no le dije nada. Claro papito que allá en la casa uno no les puede decir eso porque hay mismo dicen que uno es un habla mierda pero igual todos saben que es verdad, dijo Pedro. Yo me reí y él hizo lo mismo.

En la casa mía fue Gustavo, ese no consiguió mujer ni se fue pa ningún lado, se quedó en la casa con mi mamá y cuando ella se murió vendimos esa finca y él trabaja ahora conmigo. No hace mucho que le dio dizque por conseguir mujer y por allá se fue a vivir con una señora y siempre como que le trabajó un año de regalado la finca a la vieja esa y ahí volvió a mi casa otra vez y como no dice nada pues uno no sabe que pasó, dijo Pedro. Se tomó otro trago y yo hice lo mismo.

A Otoniel no lo conocí y a Eva la había visto una vez. Raquel salió a recibirme, nos abrazamos, me dio un beso y me dijo que no me fuera a emborrachar y miró a Pedro. Él volvió al carro agitó su mano para despedirse y me dijo que nos veíamos luego enseñándome la botella. Le pregunté a Raquel como estaba la tía y me dijo que parecía tranquila pero no se sabía cómo reaccionaría cuando todos los hijos volvieran a irse. Se va a quedar acá sola le pregunté y Raquel dijo que sí que los primos le decían que se fuera a la casa de alguno de ellos pero ella decía que se quería quedar en su casa.

Me senté en el corredor a tomarme un tinto que me trajo Raquel, pregunté por la gente y ella me dijo que estaban en el estanque sacando pescados para fritar por la noche. Hice una mueca de fastidio y ella se burló, me dijo que tranquilo que no tenía que comérmelo y además también habían hecho arepas de choclo. Me alegró escucharla decir eso.

Tres de los hijos de la tía abuela Eva ya habían tenido que regresar a sus casas, con ella seguían dos hijas, unos cuantos nietos, Raquel y yo. En la noche mientras se comían el pescado hablaban de la familia y del entierro, también recordaban al finado Facundo esposo de Eva que siempre contaba historia de brujas y duendes para asustarlos.

A mí me parecieron curiosas las jaulas llenas de pájaros y al parecer era el único que se fijaba en ellas, seguro porque era la primera vez que estaba en esa casa. Cuando estábamos en la cama le pregunté a Raquel por ellas y me dijo que eran de Otoniel, quise hablarle más pero me venció el cansancio y me dormí.

Nos despertaron los gritos de Eva espantando a los pájaros. Corrimos al patio o mejor corrió Raquel y yo la seguí envolviéndome en un saco y vimos a la tía golpeando las jaulas. La tía dijo que no quería salir. Toda la familia estaba ahí en el corredor apoyada en la chambrana y en el patio cerca de ella mirándola.  Los pájaros cataban y revoloteaban dentro de las jaulas pero no salían.

La tía se apoyó en las jaulas y empezó a llorar, yo la miraba desde el corredor y Raquel y las primas corrieron abrazarla y a consolarla. Una de ellas corrió a la cocina y antes de que me diera cuenta todos estábamos tomando aromática. Estuvimos en silencio un rato y los pájaros seguían en las jaulas sin salir aunque las puertas estuvieran abiertas de par en par. Un nieto le preguntó a Eva si quería que se fueran. La tía más calmada le dijo que sí, el que los cuidaba era Otoniel, yo no los quiero.

El muchacho se fue al patio y empezó a sacar a los pájaros con las manos uno por uno yo lo imite y eso hicimos todos sacar a los pájaros y soltarlos en el patio. Para nuestra sorpresa los pájaros no se fueron se quedaron revoloteando alrededor de la casa. ¿Será que esperan a que el tío Otoniel vuelva? dijo uno de los nietos. Eva le acaricio la cabeza al niño y le dijo que sí se iban a quedar esperando entonces nos íbamos a tener que ir. En ese momento yo no podía dejar de pensar en la película de Hitchcock, mire a Raquel que contemplaba asombrada a los animales y lamente que no le gustara el cine.

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