jueves, 13 de octubre de 2016

Jardín


Se comieron la mitad de los naranjos que Hugo sembró en el tajo que estaba al frente de la casa, los dejaron sin una sola hoja. Él no podía creer lo que veía al volver a la finca después estar tres semanas lejos acompañando a su esposa en el hospital universitario. Lo que no haga uno no lo hace nadie que cosa tan malparida, acaso les costaba mucho estarle dando vueltas a los tajos para cuidar los naranjos, pendientes con el veneno les dije más de una vez y vea se comieron todo ¿cuándo se ha visto que mientras yo este acá las arrieras se coman las matas? Los muchachos lo escuchaban con la mirada baja. Nadie le iba a decir algo a Hugo porque él tenía razón. Cuando no la tenía tampoco le decían nada porque no entendía razones.

Las casas de las arrieras estaban a doscientos metros del tajo, ocupaban más de dos metros cuadrados y a Hugo le hacían falta dedos en las manos para contar las bocas de las que no paraban de entrar y salir hormigas. Yo he acabado con arrierales más grandes acá y en otras partes le decía el viejo a los muchachos. Lo que hicieron esa misma tarde fue poner veneno en polvo en todas las bocas de los arrierales. Esto era lo que ustedes habían tenido que hacer para que no se propagaran les dijo Hugo.

En menos de tres días hicieron del jardín de la esposa de Hugo un delicioso banquete, la señora que se recuperaba poco a poco de la cirugía miraba las maticas con pesar. Con lo difícil que es que pelechen esas rositas Hugo mijo que pecaito del jardín con lo bonito que estaba. Hugo miraba el sendero que iban dejando las hormigas a su paso después de una larga noche de trabajo. Plagas hijueputas será lo único que abunda ojalá sirvieran pa algo y hay sí no aparecía una ni pa remedio decía el viejo enojado. Los muchachos no podían ocultar la risa que les daba ver a su papá, más cuando les había dicho que a él no le quedaban grandes esos animales, de algún modo sentían un frescquito.

Hugo mandó a los muchachos a buscar en la bodega donde guardaban el abono y la herramienta unos porrones amarillos grandes donde empacaban la cachaza que traían de las moliendas paneleras para darle a los cerdos. Llevaron lo porrones lejos de la casa y los pusieron al pie de un yarumo. Hugo les dijo que desde ese mismo momento toda miada que tuvieran tenían que dejarla ahí en esos porrones y se bajó el cierre del pantalón y fue el primero. Esto queda muy lejos de la casa pa uno venir a miar acá por la noche, dijo uno de los muchachos. Hugo le dijo que con él todo eran complicaciones que sí le parecía muy difícil miar en bacinilla y vaciar por la mañana los miaos en los porrones. Los otros dos hermanos se rieron, las bacinillas son pa las mujeres dijeron. Hugo les dijo que dejaran de joder que lo importante era llenar esos porrones porque los miaos vinagres eran lo que había pa aburrir las arrieras.

Mientras lo porrones se llenaban Hugo probaba venenos distintos pero las arrieras seguían resistiéndose, no se iban no se morían. Cuando fueron a llevar los porrones hasta el arrieral los muchachos hacían arqueadas y Hugo les decía que no fueran flojos que se amarraran la bayetilla tapándose la nariz y la boca así como él y que con eso había. Vaciaron el contenido de los porrones en cada una de las entradas del arrieral. Muy verracas si se aguantan esa hulentina decían los muchachos.

Uno de ellos dijo que les iba a tocar hacer lo que habían hecho en la finca de los López, allá escarbaron en el arrieral hasta que sacaron a la reina. Hugo dijo que a veces uno estaba de buenas y encontraba fácil a la reina pero que otras veces estaban muy enterradas y que a veces estaba muy de malas y encontraba era otra cosa como había pasado en la finca de los García que intentando encontrar la reina del arrieral lo que sacaron fue cinco muertos. Mucho de los desaparecidos de Nogales fueron encontrados en varios tajos de la finca de los García y los querían meter como cómplices de los matones esos, les tocó conseguir abogado y todo. Uno de los muchachos dijo que en la finca de ellos no había nadie enterrado y Hugo le respondió que él qué iba a saber, que nada se sabía porque si no se habían dado cuenta de que las arrieras se estaban comiendo los naranjos que se iban a dar cuenta si esos tipos habían enterrado gente en la finca de ellos. ¿Qué hacemos si no funciona esto? Preguntó uno de los muchachos cuando caminaban de vuelta a la casa. Hugo le señaló los porrones y le dijo, seguir llenando esto de miaos, hay que acabarlas rápido para que su mamá no se nos vaya ir sin ver el jardín otra vez bien florecido.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...