A
Pablo José se le estranguló la ulcera un martes por la tarde y Rosa la esposa
tuvo que irse con él para el hospital. Las niñas se quedaron solas hasta que
Margarita fue por ellas y se las llevó para su casa. Marisela era la mayor
tenía diez años y Yulí tenía cuatro años recién cumplidos. Esa noche Rosa habló
por teléfono con las niñas y les dijo que se portaran bien que ella y el papá
no se demoraban.
Margarita
organizó una sola cama para las ambas, Marisela le decía una y otra vez que la
niña no podía dormir sola que tenía que dormir con ella, que en la casa siempre
dormía con el papá y con la mamá porque a la niña le daba miedo. Margarita le
decía que bueno que iban a dormir juntas y Marisela volvía decirle que a la
niña le daba miedo dormir sola.
El
esposo de Margarita se burlaba de la situación sin moverse de la banca en la
que se sentaba a ver el noticiero de las siete de la noche en un televisor de
perilla que sintonizaba dos canales y medio, el noticiero que le gustaba era el
medio. Marisela le dijo que en la casa de ella ese canal se veía bonito porque
el papá había puesto una antena que parecía la cola de un pescado en una guadua
alta pero que a veces cuando llovía muy duro la antena se movía y los canales
se dañaban. Él no le dijo nada y giró la perilla para ver otro canal.
La niña le dijo que en la casa de ella al papá también le gustaba ver el
noticiero del canal que él acaba de quitar.
Todos
habían terminado de comer pero en el comedor Yulí seguía jugando con el plato
del que apenas había comido algo. Margarita le dijo que sí no comía la mamá la
iba a regañar pero no le importó. Después de un rato la niña fue hasta
donde Marisela que seguía hablándole a Carlos sin que este le prestara mucha
atención para que ella le ayudara a terminar de comer, Marisela tomó la cuchara
y le dijo que abriera grande que iba el avión y le dio lo que quedaba en el
plato.
Después
de las noticias daban una novela que le gustaba a la pareja y se sentaron a
verla, Margarita había lavado la losa y limpiado los aparadores, también había
dejado listo el maíz para las arepas en una olla grande que Carlos siempre
subía a la estufa de energía que dejaban prendida en bajo toda la noche para
que el maíz amaneciera cocinado.
Yuli
jugaba con una muñeca de trapo de Margarita y Marisela interrumpía la novela a
cada tanto para decir que le hacía falta su papá, Margarita le decía que no se
preocupara que él volvería pronto, Carlos le dijo a la niña que al papá de él
lo había matado una ulcera y la niña empezó a llorar, decía que no quería que
se muriera su papá, Yuli se sobresaltó por momento al ver a su hermana llorar
pero siguió jugando con la muñeca. Margarita intentó calmar a Marisela. Miró
molesta a su marido y él le dijo que porqué se enojaba si era verdad.
Cuando
se terminó la telenovela Carlos apagó el televisor y fue cepillarse los
dientes. Margarita le recordó alzar el maíz. Para dejar la estufa prendida toda
la noche era necesario usar un contrabando, sino la energía no la pagaba nadie
decían en la vereda, los contrabandos era tan populares como los frijoles y
variaban en cada casa. Carlo y margarita usaban un alambre que introducían por un
pequeño orificio ubicado en la parte superior derecha del contador que frenaba
el disco durante toda la noche. El alambrito era usado sólo en las noches
porque en el día podían ser descubiertos por los contratistas de la empresa que
recibían bonificaciones por cada contrabando reportado.
Cuando
Marisela vio a Carlos subirse en una silla para alcanzar el contador y frenar
el disco le dijo que en la casa de ella el papá había hecho un contrabando que
era mejor que ese porque no había que estar poniéndolo y quitándolo. Carlos lo
sabía porque Pablo José siempre decía que él no pagaba más de mil pesos de
energía al mes. Los vecinos le decían que eso no era bueno porque despertaba
mucha sospecha y la multa por robarse la luz era muy cara. Pablo fantochaba
diciendo que ese trabajo estaba muy bien hecho y no lo encontraban así fácil.
Carlo no le prestó atención a la niña y la dejó hablar sola tal como lo había
hecho desde que había llegado del cafetal y se las había encontrado ahí en la
casa.
Margarita
se acercó a la cama donde estaban las niñas acostadas y les preguntó si ya
podía apagar la luz. Marisela dijo que a la niña le daba miedo dormir a oscuras
y que en la casa la mamá siempre dejaba una lamparita. Margarita no tenía
lámparas pero les dejó prendido el televisor sin nada de volumen. Antes de que
Margarita se fuera Marisela también le pidió una bacinilla porque más tarde de
pronto le daban ganas de hacer chichi a ella o a la niña y a ninguna de las dos
le gustaba ir al baño por la noche porque esa tasa estaba toda fría y porque la
abuelita les había dicho que el sereno hacía mucho daño.
Carlos
ya estaba acostado y escuchaba a su esposa yendo de un lado para otro.
Margarita les llevó a las niñas un balde que les puso al lado. Marisela lo miró
con desagrado, la niña ya dormía. Es lo único que hay, si le parece incomodo o
no le gusta puede ir al baño que no está lejos dijo Margarita señalando el
final del corredor.
Pasada
la media noche los gritos de Marisela despertaron a Carlos y a margarita. La
niña Margarita la niña la niña la niña no se mueve margarita gritaba Marisela.
Margarita salió de la cama y corrió descalza al cuarto de las niñas. Yuli
estaba al lado izquierdo de la cama cobijada y profunda, Margarita le tocó la
frente y el cuello, la niña estaba fresca. Pues que se va a mover sí está
dormida, dijo Margarita, deje la bulla Marisela duérmase a ver, ha jodido toda
la tarde y sigue jodiendo a esta hora. Pero es que no respiraba la niña no
respiraba, dijo Marisela. Como no va respirar, claro que respira, Yuli está
dormida y bien, la que no da un respiro es usted con tanta joda. Margarita
apagó el televisor y salió del cuarto.
De
nuevo en la cama Carlos preguntó por lo que había pasado y Margarita le dijo
que Marisela era una culigada llena de resabios y mimes. Carlos deslizó una
mano bajo la cobija y la puso sobre la panza de su mujer. Margarita sintió el
toque y se apresuró a quitar la mano de su esposo. A veces siento que no lo
quiero tener, le dijo.
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