lunes, 7 de noviembre de 2016

Volver al antiguo trabajo

Pacito hágale pacito que los alborota me dijo una vecina cuando me vio en la puerta con la escoba en la mano listo para barrer. La calle amanece siempre muy sucia pero esa semana por primera vez además de la basura había decenas de caracoles negros grandes que no podíamos tocar porque transmitían una enfermedad mortal según me dijo la señora. Y entonces qué, le dije a mi vecina. Pues mejor no barrer me dijo ella y entró a su casa. Pues sí, le dije yo y entré también y me volví acostar.

Por la tarde en el centro oí los gritos enloquecidos de una señora con el pelo pintado de morado que sostenía en su brazo izquierdo una cartera fina y en el derecho un perro pequeño con cara de rata y ojos brotados que según ella se iba a morir pobrecito se iba a morir su perrito Nene que era tan inquieto y había tocado con el hocico uno de esos bichos asquerosos que se estaban propagando sin control por todas partes y se va morir Nene se va morir Nene. Yo la miraba divertido, ella daba saltos sin soltar al perro ni romper los tacones bajitos que le hacían juego con la cartera.

En el noticiero de la noche vi a un funcionario público hablando de los caracoles. Le pedía a la ciudadanía que no se alarmaran por la propagación y aclaraba que el posible contagio de enfermedades por el contacto con los animales no estaba comprobado pero que para prevenir mejor que usaran guantes desechables si necesitaban tocarlos. A la pregunta sobre la erradicación de los moluscos el funcionario experto dijo que debían ser recogidos uno por uno y puestos en un balde donde se les cubría con cal y se les dejaba por unos días como en remojo y luego había que hacer un hueco que superara el metro y medio de profundidad para enterrarlos.

Antes de dormirme no pude dejar de pensar en la acidez que me torturaba y en la relación entre un pobre tipo que debe llevar puestos unos guantes para poder andar cogido de la mano con su novia caracola porque a la hora de la verdad era más sencillo formar un hogar con un caracol que ponerse hacer huecos de metro y medio de profundidad para enterrarlos.

Por la mañana la vecina me dijo que ella ya había comprado unos bultos de cal y con el esposo estaba recogiendo los animales que había cerca a la casa. Yo le dije que a esos bichos debería recogerlos la administración que para eso pagábamos impuestos, y que los huecos también debían hacerlos ellos que para eso tenía retroexcavadoras y volquetas. Mi vecina se burló y me dijo que el trabajo manual era el mejor.

Saqué la bicicleta y me fui para el taller, llevaba seis meses trabajando allá, mucho más tiempo del imaginado. Mi tío el dueño del negocio decía que un muchachito de oficina no se iba a aguantar ni un día cubierto de grasa. Me gustaba lo que hacía y no me iba mal, lo mejor era que me sentía tranquilo y esa sensación nunca la había sentido en el antiguo trabajo.

La gente estaba muy comprometida recogiendo los caracoles y la administración también se apresuró, contrató a cientos de recolectores y movilizó volquetas y maquinaria amarilla, eso fue lo que más que gustó, que los hueco ya no había que hacerlos a mano.

Yo seguía yendo del taller directo a mi casa y me sentaba a leer o a ver televisión. En uno de los noticieros me di cuenta de que después de una semana de jornadas agotadoras el pueblo estaba libre de los moluscos. La gente estaba muy contenta y mi vecina hasta hizo una torta para celebrar y me invitó a un generoso trozo que degusté agradecido.

Los animales quedaron enterrados a las afueras del pueblo en un sector que unas semanas después se llenaría de familias completas elevando cometas. Yo iba por las tardes con los hijos y los nietos de mi tío que intentaban hacer volar una cometa enorme que solo nos dejó frustración.

De los caracoles nadie volvió a hablar y de las enfermedades que posiblemente hubiera podido trasmitir tampoco se dijo nada, me quede sin saber si el perro Nene seguía vivo o de verdad había sufrido un contagio mortal. Llegada la navidad el teléfono empezó a sonar y di por hecho que era una de mis tías que siempre llamaban a desear felices fiestas.

Reconocí la voz al otro lado de la línea y me temblaron las piernas, por un tiempo yo había alcanzado a creer que todo estaba acabado y que la agencia era parte del pasado. El tipo que hablaba había sido mi último jefe de operaciones. No se tomó el tiempo de preguntarme cómo estaba o que hacía y yo sabía que no era necesario porque de la agencia nunca llaman a sus antiguos miembros sin antes saber cada detalle de sus días lejos de las peligrosas misiones secretas.

Cuando pude articular palabra sólo supe decir: qué pasa, por qué otra vez yo. Y la voz del jefe me dijo que seguro estaba al tanto de la existencia de una peligrosa especie de molusco y lo interrumpí para decirle que todos los caracoles habían sido eliminados y que el pueblo estaba tranquilo porque no había pasado nada. Escuche una carcajada y luego con tono de burla me decía que la inactividad me estaba volviendo ingenuo.  Lo moluscos no son precisamente lo que parecen, son una especie superior de la que desconocemos el origen. Según nuestros estudios el remedio no era enterrarlos, por el contrario lo peligroso era enterrarlos, les hicieron un favor dijo el jefe. 12 de horas para que este en la agencia dijo antes de colgar.

Ordené la casa, cerré la llave del gas, desconecté aparatos y saqué del closet la maleta de trabajo y la dejé en la sala. Llame a mi tío y le dije que me sentía mal que tenía gripa y no iba a trabajar hasta que me sintiera bien. Fui a la casa de mi vecina a devolverle un martillo y dos destornilladores que me había prestado. Me abrió la puerta asustada, tras ella mi vecino le probaba un par de pilas a un radio. Lo sintió mijo lo sintió me dijo la vecina. Sentir qué le pregunté. El temblor mijo el temblor fue muy fuerte. Le dije que no, le entregué las herramientas y le desee buena noche. Ella me dijo que me previniera que tuviera a mano linterna, pito y radio. Cerré la puerta de la casa con la maleta al hombro, me iba y el pueblo quedaba en medio de una nueva emergencia la tierra había empezado a temblar y la agencia lo sabía. 

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