Pacito
hágale pacito que los alborota me dijo una vecina cuando me vio en la puerta
con la escoba en la mano listo para barrer. La calle amanece siempre muy sucia
pero esa semana por primera vez además de la basura había decenas de caracoles
negros grandes que no podíamos tocar porque transmitían una enfermedad mortal
según me dijo la señora. Y entonces qué, le dije a mi vecina. Pues mejor no
barrer me dijo ella y entró a su casa. Pues sí, le dije yo y entré también y me
volví acostar.
Por
la tarde en el centro oí los gritos enloquecidos de una señora con el pelo pintado
de morado que sostenía en su brazo izquierdo una cartera fina y en el derecho
un perro pequeño con cara de rata y ojos brotados que según ella se iba a morir
pobrecito se iba a morir su perrito Nene que era tan inquieto y había tocado
con el hocico uno de esos bichos asquerosos que se estaban propagando sin
control por todas partes y se va morir Nene se va morir Nene. Yo la miraba divertido,
ella daba saltos sin soltar al perro ni romper los tacones bajitos que le
hacían juego con la cartera.
En
el noticiero de la noche vi a un funcionario público hablando de los caracoles.
Le pedía a la ciudadanía que no se alarmaran por la propagación y aclaraba que
el posible contagio de enfermedades por el contacto con los animales no estaba
comprobado pero que para prevenir mejor que usaran guantes desechables si
necesitaban tocarlos. A la pregunta sobre la erradicación de los moluscos el
funcionario experto dijo que debían ser recogidos uno por uno y puestos en un
balde donde se les cubría con cal y se les dejaba por unos días como en remojo
y luego había que hacer un hueco que superara el metro y medio de profundidad
para enterrarlos.
Antes
de dormirme no pude dejar de pensar en la acidez que me torturaba y en la
relación entre un pobre tipo que debe llevar puestos unos guantes para poder
andar cogido de la mano con su novia caracola porque a la hora de la verdad era
más sencillo formar un hogar con un caracol que ponerse hacer huecos de metro y
medio de profundidad para enterrarlos.
Por
la mañana la vecina me dijo que ella ya había comprado unos bultos de cal y con
el esposo estaba recogiendo los animales que había cerca a la casa. Yo le dije
que a esos bichos debería recogerlos la administración que para eso pagábamos impuestos,
y que los huecos también debían hacerlos ellos que para eso tenía
retroexcavadoras y volquetas. Mi vecina se burló y me dijo que el trabajo
manual era el mejor.
Saqué
la bicicleta y me fui para el taller, llevaba seis meses trabajando allá, mucho
más tiempo del imaginado. Mi tío el dueño del negocio decía que un muchachito
de oficina no se iba a aguantar ni un día cubierto de grasa. Me gustaba lo que
hacía y no me iba mal, lo mejor era que me sentía tranquilo y esa sensación
nunca la había sentido en el antiguo trabajo.
La
gente estaba muy comprometida recogiendo los caracoles y la administración
también se apresuró, contrató a cientos de recolectores y movilizó volquetas y
maquinaria amarilla, eso fue lo que más que gustó, que los hueco ya no había
que hacerlos a mano.
Yo
seguía yendo del taller directo a mi casa y me sentaba a leer o a ver
televisión. En uno de los noticieros me di cuenta de que después de una semana
de jornadas agotadoras el pueblo estaba libre de los moluscos. La gente estaba
muy contenta y mi vecina hasta hizo una torta para celebrar y me invitó a un
generoso trozo que degusté agradecido.
Los
animales quedaron enterrados a las afueras del pueblo en un sector que unas
semanas después se llenaría de familias completas elevando cometas. Yo iba por
las tardes con los hijos y los nietos de mi tío que intentaban hacer volar una
cometa enorme que solo nos dejó frustración.
De
los caracoles nadie volvió a hablar y de las enfermedades que posiblemente
hubiera podido trasmitir tampoco se dijo nada, me quede sin saber si el perro
Nene seguía vivo o de verdad había sufrido un contagio mortal. Llegada la
navidad el teléfono empezó a sonar y di por hecho que era una de mis tías que
siempre llamaban a desear felices fiestas.
Reconocí
la voz al otro lado de la línea y me temblaron las piernas, por un tiempo yo
había alcanzado a creer que todo estaba acabado y que la agencia era parte del
pasado. El tipo que hablaba había sido mi último jefe de operaciones. No se
tomó el tiempo de preguntarme cómo estaba o que hacía y yo sabía que no era necesario
porque de la agencia nunca llaman a sus antiguos miembros sin antes saber cada detalle
de sus días lejos de las peligrosas misiones secretas.
Cuando
pude articular palabra sólo supe decir: qué pasa, por qué otra vez yo. Y la voz
del jefe me dijo que seguro estaba al tanto de la existencia de una peligrosa especie
de molusco y lo interrumpí para decirle que todos los caracoles habían sido
eliminados y que el pueblo estaba tranquilo porque no había pasado nada. Escuche
una carcajada y luego con tono de burla me decía que la inactividad me estaba
volviendo ingenuo. Lo moluscos no son
precisamente lo que parecen, son una especie superior de la que desconocemos el
origen. Según nuestros estudios el remedio no era enterrarlos, por el contrario
lo peligroso era enterrarlos, les hicieron un favor dijo el jefe. 12 de horas
para que este en la agencia dijo antes de colgar.
Ordené
la casa, cerré la llave del gas, desconecté aparatos y saqué del closet la
maleta de trabajo y la dejé en la sala. Llame a mi tío y le dije que me sentía
mal que tenía gripa y no iba a trabajar hasta que me sintiera bien. Fui a la
casa de mi vecina a devolverle un martillo y dos destornilladores que me había
prestado. Me abrió la puerta asustada, tras ella mi vecino le probaba un par de
pilas a un radio. Lo sintió mijo lo sintió me dijo la vecina. Sentir qué le
pregunté. El temblor mijo el temblor fue muy fuerte. Le dije que no, le
entregué las herramientas y le desee buena noche. Ella me dijo que me
previniera que tuviera a mano linterna, pito y radio. Cerré la puerta de la
casa con la maleta al hombro, me iba y el pueblo quedaba en medio de una nueva emergencia
la tierra había empezado a temblar y la agencia lo sabía.
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