jueves, 10 de noviembre de 2016

Monte


Como eran casi las cuatro y había dejado de llover salí de la casa con dos baldes llenos de sancocho de becerro que le daba a los cerdos para que engordaran más rápido. Caminaba despacio para no meterme en los charcos, los baldes estaban pesados y con cada movimiento brusco se iba regando la comida de los chanchos.

No pude esquivar una hoja de eucalipto que vi caer inexpresiva y serena sobre mí. Me rozó la nariz y bastó con eso para que empezara a estornudar. Con el primer estornudo los baldes quedaron en la mitad y con el segundo y el tercero que se sucedieron veloces derrame el resto, los baldes quedaron vacíos y yo caí entre el pantano. Estaba cubierto de lodo y seguía estornudando.

Me levante y mientras me limpiaba la cara vi que el gris del cielo se teñía de colores, las hojas de los arboles caían por millares, quise contarlas mientras hacían el viaje del cielo al suelo y me quede frio al ver que del fondo del camino los hombres de las motosierras se habrían paso entre la lluvia de hojas que ellos habían ocasionado. Me seguí rascando la nariz con las manos mugrosas sin dejar de mirar las hojas, lo último que vería del monte. 

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