Como
eran casi las cuatro y había dejado de llover salí de la casa con dos baldes
llenos de sancocho de becerro que le daba a los cerdos para que engordaran más
rápido. Caminaba despacio para no meterme en los charcos, los baldes estaban
pesados y con cada movimiento brusco se iba regando la comida de los chanchos.
No
pude esquivar una hoja de eucalipto que vi caer inexpresiva y serena sobre mí.
Me rozó la nariz y bastó con eso para que empezara a estornudar. Con el primer
estornudo los baldes quedaron en la mitad y con el segundo y el tercero que se
sucedieron veloces derrame el resto, los baldes quedaron vacíos y yo caí entre
el pantano. Estaba cubierto de lodo y seguía estornudando.
Me
levante y mientras me limpiaba la cara vi que el gris del cielo se teñía de
colores, las hojas de los arboles caían por millares, quise contarlas mientras
hacían el viaje del cielo al suelo y me quede frio al ver que del fondo del
camino los hombres de las motosierras se habrían paso entre la lluvia de hojas
que ellos habían ocasionado. Me seguí rascando la nariz con las manos mugrosas
sin dejar de mirar las hojas, lo último que vería del monte.
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