Maldije
mientras caminaba al mirador no haber sacado una chaqueta. Me quede mirando la
montaña con un cigarrillo en la mano. Por la carretera que coronaba la
cordillera se movían las luces de los carros que iban y venían. Parecen
cocuyos, me dijo un muchacho mirando a donde miraba yo, había llegado sin que
me diera cuenta. Mejor que estén lejos y sólo se puedan ver, no me gusta el
ruido de la carretera, le dije. De los carros en la carretera, me dijo el
muchacho con entonación de profesor de escuela.
El
perro chillo mucho, el golpe lo había descaderado. Yo no lo vi venir y en el
asiento de atrás los niños gritaban más que el animal, Sofía no los dejó
bajarse del carro, no quería que ellos lo vieran. Cuando lo vi tirado creí que
podíamos salvarlo pero el golpe era más complicado de lo que parecía y el
animal no alcanzó a llegar al veterinario. Los niños les cuentan a sus amigos
que en la casa la que maneja es la mamá porque el papá una vez mató un perrito.
El
muchacho me dice que a veces mientras mira la carretera no puede dejar de
imaginar que una de esas lucecitas se sale de la vía y rueda por la empinada
pendiente. Me apresuré a ofrecerle un cigarrillo para sacarlo de su reflexión o
de lo fuera que lo atormentaba y quería contarle al primero que se encontrara,
yo no quería ser ese primero. Miró la cajetilla y me dijo que no fumaba, yo
mantuve la mano estirada sin dejar de mirarlo y el muchacho aunque vacilante
tomo uno, encendí primero el mío y luego el de él.
Fumamos
en silencio sin despegar la vista de la montaña. Los enamorados puede mirar el
cielo estrellado pero ese tipo y yo mirábamos las luces de una carrera lejana.
Seguía haciendo frío pero ya no me incomodaba. Le pregunté al muchacho con
quién había venido y me dijo que su novia y su cuñada preparaban la comida en
la cabaña, estaban desplumando unas gallinas y él no podía evitar la náusea que
le generaba el olor de las aves muertas cuando las ponían en agua caliente para
ablandar los cañutos de las plumas.
Pisó
la colilla con el pie, usted qué cree, queda alguien vivo después de rodar
tanto, me preguntó el muchacho. No cree que tal vez lo accidentes suceden porque
en algún lugar alguien los está deseando o fantaseando con ellos, le dije al
tipo. Se puso colorado, que pena, no me mal interprete, no es que yo quiera que
pase eso… es simplemente algo que imagino supongo que no debo comentarlo a la
ligera, luego se marchó deseándome buena noche y disculpándose de nuevo. Intente
repetir en mi cabeza lo que acaba de decirle al tipo, intente escuchar mi voz,
imaginar la expresión de mi rostro quería saber si era como para asustar. Me
parecía que había asustado al muchacho.
Sofía
decía que de todos modos ella manejaba mejor que yo, estaba más atenta, era
prudente con la velocidad, no tomaba y lo más importante no se bajaba en mitad
de la carretera a acariciar la cabeza de un perro moribundo llorando porque lo
había golpeado.
Lo
niños estaban jugando en la sala y Sofía ojeaba un libro recostada en una mesa
de la cocina. Retiré del sofá algunos de los juguetes de los niños los dejé en
el piso y me senté. Jugaban con unas figuras de súper héroes que les habíamos
regalado en navidad y recreaban la escena de una película que había visto
conmigo, no se ponía de acuerdo sobre el ganador de la batalla y buscaban que
yo les ayudara decidir. Los miré por un rato y luego saqué otro cigarrillo y lo
encendí. Sofía identifico el olor de inmediato, te he dicho muchas veces que no
fumes delante de los niños. Habló sin moverse de la cocina. Pensé en el
muchacho y seguí fumando no pensaba salir otra vez.
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