jueves, 20 de octubre de 2016

Ahora maneja Sofía

Maldije mientras caminaba al mirador no haber sacado una chaqueta. Me quede mirando la montaña con un cigarrillo en la mano. Por la carretera que coronaba la cordillera se movían las luces de los carros que iban y venían. Parecen cocuyos, me dijo un muchacho mirando a donde miraba yo, había llegado sin que me diera cuenta. Mejor que estén lejos y sólo se puedan ver, no me gusta el ruido de la carretera, le dije. De los carros en la carretera, me dijo el muchacho con entonación de profesor de escuela.

El perro chillo mucho, el golpe lo había descaderado. Yo no lo vi venir y en el asiento de atrás los niños gritaban más que el animal, Sofía no los dejó bajarse del carro, no quería que ellos lo vieran. Cuando lo vi tirado creí que podíamos salvarlo pero el golpe era más complicado de lo que parecía y el animal no alcanzó a llegar al veterinario. Los niños les cuentan a sus amigos que en la casa la que maneja es la mamá porque el papá una vez mató un perrito.

El muchacho me dice que a veces mientras mira la carretera no puede dejar de imaginar que una de esas lucecitas se sale de la vía y rueda por la empinada pendiente. Me apresuré a ofrecerle un cigarrillo para sacarlo de su reflexión o de lo fuera que lo atormentaba y quería contarle al primero que se encontrara, yo no quería ser ese primero. Miró la cajetilla y me dijo que no fumaba, yo mantuve la mano estirada sin dejar de mirarlo y el muchacho aunque vacilante tomo uno, encendí primero el mío y luego el de él.

Fumamos en silencio sin despegar la vista de la montaña. Los enamorados puede mirar el cielo estrellado pero ese tipo y yo mirábamos las luces de una carrera lejana. Seguía haciendo frío pero ya no me incomodaba. Le pregunté al muchacho con quién había venido y me dijo que su novia y su cuñada preparaban la comida en la cabaña, estaban desplumando unas gallinas y él no podía evitar la náusea que le generaba el olor de las aves muertas cuando las ponían en agua caliente para ablandar los cañutos de las plumas.

Pisó la colilla con el pie, usted qué cree, queda alguien vivo después de rodar tanto, me preguntó el muchacho. No cree que tal vez lo accidentes suceden porque en algún lugar alguien los está deseando o fantaseando con ellos, le dije al tipo. Se puso colorado, que pena, no me mal interprete, no es que yo quiera que pase eso… es simplemente algo que imagino supongo que no debo comentarlo a la ligera, luego se marchó deseándome buena noche y disculpándose de nuevo. Intente repetir en mi cabeza lo que acaba de decirle al tipo, intente escuchar mi voz, imaginar la expresión de mi rostro quería saber si era como para asustar. Me parecía que había asustado al muchacho.

Sofía decía que de todos modos ella manejaba mejor que yo, estaba más atenta, era prudente con la velocidad, no tomaba y lo más importante no se bajaba en mitad de la carretera a acariciar la cabeza de un perro moribundo llorando porque lo había golpeado.

Lo niños estaban jugando en la sala y Sofía ojeaba un libro recostada en una mesa de la cocina. Retiré del sofá algunos de los juguetes de los niños los dejé en el piso y me senté. Jugaban con unas figuras de súper héroes que les habíamos regalado en navidad y recreaban la escena de una película que había visto conmigo, no se ponía de acuerdo sobre el ganador de la batalla y buscaban que yo les ayudara decidir. Los miré por un rato y luego saqué otro cigarrillo y lo encendí. Sofía identifico el olor de inmediato, te he dicho muchas veces que no fumes delante de los niños. Habló sin moverse de la cocina. Pensé en el muchacho y seguí fumando no pensaba salir otra vez. 

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