Entonces trabajar de profesor en la zona rural implica en algunos casos tener que quedarse a vivir en la vereda durante cinco días de la semana, porque la ciudad está muy lejos para viajar todos los días, a veces la situación solo implica a un profesor flojo que prefiere gastar esa hora y media o dos que se puede gastar viajando de la ciudad a la vereda en tiempo de sueño o lectura, digamos que no voy a decir cuál es mi caso porque lo que diré a continuación es que anoche en la vereda se fue la energía y pasamos la noche a oscuras y sentados al rededor de un radio de pilas oyendo a un tipo que hablaba mierda con un gusto notable. Uno oye a esos tipos y asume de inmediato que ese es un trabajo deseable sin considerar que tal vez esos tipos mientras cierran el micrófono después de mandar a la pauta publicitaría desean en su interior ser profesores rurales, (pausa para reír a carcajadas), está bien, no, nunca un tipo de esos va a tener un deseo tan marica.
Lo importante es que pasarla sin energía eléctrica no se torna tan cansón cuando uno está bien acompañado, incluso no disponer de dicho servicio puede ayudar a afianzar los lazos y a construir recuerdos fraternos.
Sin perder de vista que hablo desde la óptica del tipo que cumple con el rol de profesor, creí que sería complejo dar clase sin tener como conectar y encender el computador, justo cuando las actividades para el día estaban diseñadas en torno a unos cuantos videos. A improvisar con los periódicos, pensé, aunque no fue necesario porque el servicio se restableció antes de las ocho de la mañana.
Un estudiante me dijo que una noche sin energía no era nada, que a veces se demoraban hasta una semana en arreglar los daños. Le creí, claro, que lo hice, porque de niño en la finca en la que crecí lo experimenté en repetidas ocasiones.
Me pregunto si la falta de motivación de los estudiantes y la mía es solo un obstáculo temporal o un desafío más persistente, similar a un prolongado corte de energía.
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