Cojeaba al alejarse patidañado sapo viejo. Una moneda de quinientos en el sombrero fue lo que vio. Los trucos que hacía con las pelotas valían más. Por su cara nadie se la iba a montar. Si le iban a gritar por la espalda que pagaran de verdad. Más careplasta será su madre, tacaño montador. El viejo se volteó y también algo le gritó. Ni 30 segundos estuvo ahí el que los observó, los oyó y su camino siguió.
martes, 21 de febrero de 2023
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Fragmentos 2
La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
-
—¡Podemos ser otros aquí! —gritó el hombre, mientras se despegaba de la baranda en la que había estado recostado. Dejó caer su prótesis de...
-
La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
-
Un día por completo perdido, podría decirse, en el encuentro de hoy, al que no sé si llamar asamblea y que fue en la calle, bloqueando el pa...

No hay comentarios:
Publicar un comentario