¿Cuántas cocadas de agua hacen falta para bañarse? esa era la pregunta que el pensador de provincia no se había hecho.
Cómo era posible que ni Schopenhauer ni Camus, ni Lacan se lo hubieran preguntado.
Era increíble que un hombre de sus capacidades, el único pensador de es pueblo olvidado no se planteara las preguntas correctas.
Él se había preguntado cómo sería tener en las manos las tetas de Nicole Kidman y nunca se preguntó cuántas cocadas de agua hacían falta para que Nicole Kidman se bañara.
A veces, debía aceptarlo, su optimismo lo avergonzaba, soñaba como un hombre ordinario y no como el pensador que era. Esperaba que algún día su estrella de cine lo visitara y contaba con que para ese entonces el pueblo todavía tuviera agua potable que saliera de una llave.
Me hubiera visto con el rostro colorado sudando sobre un plato de sancocho, peleando con un plátano pasmado, con la cabeza huera por el guayabo y el vientre adolorido por las arcadas de la madrugada. Imagen suficiente para decirse avergonzada, y por ese lloré y por ese casi me morí. Por ese que se asustó y me dejó en medio de los parciales y entre desconocidos en una ciudad hostil. Solo esa imagen. Todo lo otro sobraba. Decirle todo lo que no hice, todo lo que no fui, todo lo que no tengo, todo que no soy. Para qué. Para qué contarle y abusar de las palabras cuando podía verme. Una imagen, un alivio.
No sabe ella mientras el agua del rio Caquetá le salpica la cara y la lancha avanza y el verde casi negro de la vegetación enfocado por el lente de la cámara que le cuelga del cuello que yo la pienso todavía.
Una sacudida del carro ocasionada por un bache que no alcancé a esquivar y de pronto su imagen se escurre por una de las grietas de esa vasija mental en la que guardo su presencia para mí.
Ella y yo de pie en una esquina esperando el transporte público. Dijo: sabe cuál es mi superhéroe favorito, respondí que no, no sabía. El hombre pie, estaba distraído, no supe de quien me hablaba y me lo tuvo que explicar. Una referencia de los Simpson que no entendí.
Mi perro ya no es mi perro. Algo le hicieron en el parque los pulgosos de otros. Le echo carne de res jugosa y cruda como le gusta, la huele y la deja. Abro un paquete metalizado lleno de papitas y el ruido no lo motiva, sigue echado en su sueño. Le pongo las papitas fritas cerquita del hocico y ni me mira. Es otro. Ahora corre al mirador de la sala cuando oye gritar al vendedor de aguacates. Mueve la cola y no le despega la mirada, luego me busca y chilla. Hace lo mismo cuando pasa la señora que vende la ensalada y el que vende los chontaduros. Mi perro ya no quiere subirse al carro y dejó de ladrarles a los ciclistas, no los persigue hasta casi tumbarlos como antes. Nunca me había metido en problemas mi perro, siempre se supo comportar. Ahora es impredecible. Le ladra a los bombillos prendidos en cuartos vacíos. Ayer mordió al vecino, al gallero de la esquina, lo vio salir con su gallo debajo del brazo y se le lanzó. Mi perro ya no es mi perro. Ahora me mira como si le hubiera fallado.
El escritor famoso del pueblo publicó en sus redes las fotografías de dos pinturas. El pie de foto explicaba que las obras estarían expuestas en un museo de Nueva York. Las vi como feas y sin rigor, otro cuadro pintado por un drogadicto en rehabilitación. Alcancé a poner en palabras mis prejuicios y casi le doy enviar a mi nada necesaria opinión. Volví a leer y me detuve en el nombre del pintor. Casi nadie, el marido del escritor. Comentario olvidado y asunto zanjado, que buen gusto el del señor.
No tiene el poder la vocación de derretirse sobre las arepas como la mantequilla de vaca. Tener vocación de mantequilla, qué será eso. El problema en la vida es comerse las uñas. Para agarrar al poder hacen falta garras. Son los moretones por estrangulamiento marcas dibujadas en el cuerpo por el poder que agarró otro. Trotar por la 28 y ver como hábiles rebasan los ligeros a los lentos. Silencio. Viento en la cara. Gotas de sudor en el suelo. Saber que todos pueden correr tras el poder y que no todos van a poder con el poder. Ajustarse el reloj con gracia, estar tentado, o aplastado. Sin poder.
Dicen los vecinos que él llegó primero. Ese gallo era de la gente que vivía ahí, me gritaron hace una semana. Su primer canto llega pasadas las tres de la madrugada y sigue cantando muy seguido, hasta que sale el sol y empieza la mañana. No me deja dormir. Quién tiene un gallo en su vida y lo abandona así de fácil cuando se cambia de casa. Lo veo por las ventanas dando vueltas, aturdido. Un día se va a echar a perder y será el recuerdo de un gallo perdido. Eso creo, me gusta creerlo. Quiero dormir y no saber de cacareos antimodernos. Incluso busqué en YouTube como ahuyentarlo de acá, quemarle incienso, indicaban, como si de el mal se tratara y no de un emplumado animal. Lo fácil que hubiera sido agarrarlo y reunirlo en una olla con yuca, plátano y cilantro. Un gallo inusual, me pone nerviosa mirarlo, se queda ahí quieto en el patio mientras llueve, se apara todo el aguacero, cómodo, estoico el animal. Cuál será la relación de ese solitario gallo con la lluvia. Cómo era que lo trataban los que lo dejaron, lo habrán entrenado para eso. Me lo pregunto mientras espero y deseo que el gallo se vaya con su canto a otra parte. El gallo parece tener un secreto y no quiero conocerlo. Por eso mi desprecio. No me interesa. Me planteo algunas cuestiones al rededor de su presencia acá, pero no me despierta curiosidad, eso es lo peor, por eso no puedo con él, me despierta a mí dejando que mi curiosidad siga dormida.
Una carta recibió María. Era tiempo de cartas todavía. Generoso de papel el remitente le habló de la granadilla, del lulo y la sandía. Le confeso su amor por esas frutas y por el salpicón que vendían en el parque de las tres cruces las hermanas Mejía. No sabía María por qué el tipo le escribía. Lo había saludado en la notaría un día mientras hacía la fila. Por qué tenía su dirección, acaso era un espía. También hablaba de canciones y de la amabilidad de sus tías. Señoras pensionadas dueñas de un balneario que se llamaba Algarabía. La invitaba a visitarlo si no le daba pereza y si podía. María rompió la carta y siguió con la manta que tejía. No estaba convencida, si quería que fuera entonces llamaría, ya tenía su dirección, el teléfono también conseguiría. Sonaba el teléfono y corría a responder María. Nunca el tipo de la carta, siempre la vendedora de suscripciones a revistas deportivas. Ahora anda ansiosa María, una carta la dejó pensativa.
Cojeaba al alejarse patidañado sapo viejo. Una moneda de quinientos en el sombrero fue lo que vio. Los trucos que hacía con las pelotas valían más. Por su cara nadie se la iba a montar. Si le iban a gritar por la espalda que pagaran de verdad. Más careplasta será su madre, tacaño montador. El viejo se volteó y también algo le gritó. Ni 30 segundos estuvo ahí el que los observó, los oyó y su camino siguió.
El lamento del filósofo de provincia. Ignorado como sus postulados. Nada nuevo dice y tampoco lo dirá. Resume libros, eso es, un buen lector. Admira a los rebeldes, los celebra, podría venerarlos, si estuvieran vivos, si fueran reales. Tiene miedo, es su condena. Semilla vieja que se pierde y no retoña. Está cansado de ser lo mismo. Crecen sus imitadores, cada vez hay más tipos tristes en esquinas gritando que es culpa del capital. Yo lo dije primero, se repite el filósofo de provincia que no se decide. Lee y no actúa y culpa a su tiempo, antes era otra cosa. Antes él no estaba.
Escribe y habla y graba. Nadie lo ve, nadie lo vio. El optimismo sugiere que será diferente. Mirar al sol encandila y el sujeto lo sabe y lo olvida. El viento también le habla al sujeto, es profundo, es actual, el viento siempre de hoy siempre acertado es ignorado. Ayer el sujeto hubiera podido decir que gritó en una plaza vacía, ahora no, las palabras son nuevas y las plazas pueden ser otra cosa y estar en ninguna parte. El sujeto no está en la plaza, el sujeto no está en una audiencia y no tiene audiencia, la audiencia es la plaza. Y el sujeto... ay el sujeto.