En
el periódico del domingo publicaron una nota relacionada con la presentación de
la primera novela de Diego Martínez estudiante de la universidad de Tuluá. Leí en
voz alta para que mi tía oyera. No le prestó mucha atención a la sinopsis de la
novela que según decían en la nota rompía con todos los esquemas tradicionales
de narración y le daba un nuevo aire a la literatura colombiana que tanto
necesitaba reinventarse. La nota también hacía referencia al padrino del nuevo
joven escritor un reconocido ensayista y novelista muy interesado en el poder y
en jactarse de su capacidad para descubrir nuevos talentos. La tía me dijo que
las novelas del señor ese si le gustaban, ella había leído varías. Como parecía
interesada seguí leyendo.
En
la nota decían que Diego era adicto a la lectura, estudiante disciplinado,
amante del cine, muy creyente en el señor y además hincha del América y cuando
leí eso ultimo mi tía suspiró displicente, cómo que del América a ese que lo
vamos a leer, lea otra cosa mejor, me dijo la tía. Sí en lugar del América
hubiera dicho Nacional mi tía me hubiera mandado de inmediato a la librería a
comprar el libro y me hubiera dicho que teníamos que apoyar el talento local y
que teníamos que leer a nuestros jóvenes y que sí veía al muchacho en la
universidad que lo invitara a comer y me hubiera arrebatado el periódico para
mirar la foto de Diego a ver si se le hacía conocido, de pronto lo había visto
en el estadio. Pero no, el escritor era hincha del América y con eso era
suficiente para perder el interés o mejor para no darle interés.
Pasé unas cuantas páginas y empecé a leer una crónica sobre la victoria de un
ciclista colombiano en España y la tía dijo que le gustaba más que le leyera
cosas así. Le di un sorbo al tinto que ya estaba frío y mi tía me dijo que no
entendía por qué yo iba a tomar tinto al lado de ella, no entendía por qué me
gustaba antojarla si yo sabía que ella no podía tomar tinto porque el médico se
lo había prohibido. La tía me interrumpió para decirme que ella había escuchado
como narraban esa carrera de Lucho en radio, que yo por qué estaba leyendo
periódicos viejos y yo le dije que era un homenaje al ciclista.
Oiga
y usted ya botó esa porquería de camiseta, me dijo la tía. Y yo me reí y le
dije que no, qué cómo la iba a botar si a mí me gustaba. Pues cómo que cómo
pues botándola, la tira a la basura y ya, si usted tuviera un poquito más de
inteligencia no hubiera comprado eso, dizque "Héroes 2004" héroes de qué a ver de
qué, dijo la tía.
Cuando
fui la semana pasada a visitarla llevaba puesta la camiseta del Once Caldas, la
edición de la copa libertadores del 2004 y la tía no me dejó entrar y me dijo, cuando se quite esa camiseta y la bote que vuelva con mucho gusto. Ella
sentía como un ataque personal que el equipo de sus amores ya no pudiera ser el
único en ostentar una copa libertadores.
Mi
tía decía que en la familia de ella todos eran hinchas del Nacional que era el
mejor equipo del país y que yo era el único pendejo que había resultado de otro
equipo. Menos mal es de ese porque si fuera del América mejor dicho es que lo
hubiéramos desheredado. Pero eso es culpa de su mamá que como no les puso orden
desde chiquitos y los dejó hacer lo que se les diera la gana, vea los hijos
míos, los tres hijos del Nacional, yo cuando los veía con el televisor prendido
viendo partidos de otros equipos y dizque celebrando los goles de una les
zampaba sus coscorrones, me acuerdo del Oscar dizque yendo al estadio a ver
jugar al Pereira dizque porque la culigada esa que era la novia era dizque
hincha del Pereira, ese día lo agarré y le zampe sus buenos golpes y le dije
que si iba a seguir de lucidito lo mandaba a prestar servicio para que
aprendiera a respetar, y vea santo remedio, no volvió por allá o por lo menos no
que yo me hubiera dado cuenta.
Ese
primo, Oscar vive en Estados Unidos y llama a mi tía semanalmente pero no viene a visitarla sino cada año por navidad. Los otros dos Carlos y Manuel viven en
Bogotá, aunque están más cerca tampoco viene mucho a verla. Yo la visito todas
las tardes desde que la ingresaron. También viene mi mamá y otra tía, mi tía
dice que menos mal vengo yo porque esas otras tontas no saben leer, empiezan a
tartamudear y no salen con nada.
Mi
tía me dijo que si yo sigo con el capricho ese de querer escribir lo primero
que tengo que hacer cambiarme de equipo de fútbol. Que yo me tengo que volver
hincha del Nacional como ella sí lo que quiero es escribir historia vitales.
Qué va poder escribir usted siendo hincha del Once o de esos otros equipos
dígame a ver. Puras historias tristes de gente que no sabe sino identificarse
con el dolor, historias de gente que vive en el fracaso y se cae y se levanta y
se vuelve a caer, historias de pisoteados de humillados y engañados, puros
cuentos de balones que pegan en el palo. Nada se puede esperar de alguien que
se identifique con eso, las historias deben tener eso pero además deben girar
en torno a la esperanza, a la posibilidad de que va a ser de otro modo, de
que va a cambiar y será mejor, el dolor sirve pero si uno sabe que se va acabar
porque si el dolor está ahí y uno sabe que va a seguir estando pues hasta ahí
llegó la historia, para qué seguirla. Eso
es lo que le pasa a usted por eso es que todo eso que escribe es triste y
aburrido y no da ganas de nada y no divierte ni entretiene y ni emociona o
conmueve porque para conmovido vive uno con la vida que le tocó y con la de los
dos o tres vecinos o de los hermanos o lo que sea esa gente que uno tiene cerca
y a la que le están pasando cosas terribles todo el tiempo.
Yo
le dije a la tía que nada tiene que ver un equipo de fútbol con lo que uno
pueda escribir o no y ella me dijo que yo soy un terco, un bruto, que por eso
no entiendo y que por eso conservo esa camiseta y todavía peor me la sigo
poniendo.
Mamá
dice que mi tía en el colegio siempre sacaba al tablero a los estudiantes que
no eran hinchas del nacional aunque mi tía lo niega, porque ella no mezclaba el
trabajo y sus gustos personales aunque yo cada que la escucho decir que me
equivoqué de equipo creo que algo de razón debe tener mi mamá.
Terminé
de leer la crónica y seguí con un par de columnas de opinión mi tía asentía o
negaba con la cabeza mientras que yo iba leyendo, suspiraba o refunfuñaba sin
interrumpir, por fortuna el fanatismo de mi tía es sólo para el fútbol y en
política no se compromete.
Tiré
el vaso desechable donde estaba el tinto al cesto de basura y le pregunté a la
tía con una sonrisa divertida que ella interpretó a la perfección que si le había
prohibido algo más a parte del tinto y ella dijo que ojalá la vida le alcanzara
para ver como los médicos va a llegar a prohibirme todo lo que me gusta y yo le
dije que por eso le habían quitado la cafeína, porque se altera con nada.
Me
despedí de la tía con un beso en la mejilla y le dije que iba a conseguir el
libro de Diego para que lo leyéramos juntos y me dijo que si quería mantenerla
ahí en esa camilla sin verla recuperarse pues lo estaba haciendo muy bien.
Cerré la puerta del cuarto y caminé por el pasillo de cuidados intensivos
buscando la salida. En el bus no dejaba de pensar en lo mucho que me gustaría
que la tía no estuviera tan delicada para poder decirle que el médico que la
operó es hincha del América.
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