lunes, 31 de julio de 2023

Irse, quedando - 25

Cuando estuvimos en el colegio hicimos lo posible por no aprender, esa parecía ser nuestra bandera revolucionaria. 

Quedarse por fuera del salón para evitar las clases, copiar las tareas que eran para español mientras el profesor explicaba cálculo, eso era lo que hacíamos. 

Nuestro interés era ridiculizar a la profesora vieja y fastidiosa y soñar con las tetas de la primípara que estaba rica; agarrar de recocha al de filosofía, que estaba bueno, para que las muchachas dejaran de lubricar mientras le miraban el culo al tipo cuando escribía maricadas en el tablero, como si con nuestros chistes pudiéramos hacer que el tipo pareciera un tonto, como si no lo fuéramos nosotros. 

Eso fue lo que hicimos, fumar marihuana y probar perico y pepas y hacer lo necesario para pasar los años con lo mínimo. Nos esforzamos poco estudiando porque las energías estaban mejor enfocadas en planear las fugas del colegio para pasar el rato en la casa sola de algún compañero que no le viera problema a prestar el cuarto para manosearse con alguna pelada del salón que también quisiera descubrir que era eso tan bueno que movía al mundo y desconcentraba tanto. 

Nos graduamos, pero fueron muy pocos los que obtuvieron un buen puntaje en el examen para entrar a la universidad, una generación de mediocres fuimos y aunque sufrimos en la universidad al descubrir todo lo que otros sí sabían y habían aprendido en el colegio tampoco nos esforzamos más de lo necesario para conseguir el cartón de pregrado. 

Y cuando empezamos a hablar de salir del país y los que se iban nos contaban a los que nos quedábamos cuáles eran sus planes y en que iban a trabajar y en como era irse de ilegal y en cuanto valía un dólar o un euro en comparación al peso, podíamos darnos cuenta de que ninguno de nosotros, esos amigos de colegio, esa generación que reclamó oportunidades que no supo aprovechar, se iba de Colombia porque le había salido una beca en una universidad importante, con nosotros no se estaba dando la fuga de cerebros sino la fuga de espaldas, de manos de obra barata. Lo curioso es que algunos recordemos el pasado con risa, seguros de que no cambiaríamos nada, ganadores de esa revolución. 

viernes, 28 de julio de 2023

Irse, quedando - 24

Julia es una experta en irse. Julia se fue del país, pero antes de eso, ella se había ido ya de la casa de sus padres de muchas formas.

El curso de los acontecimientos que tomó cada una de sus partidas la terminó llevando de nuevo a la casa, aun en contra de su voluntad.

Se fue a estudiar a la capital y volvió tres años después con apenas tres semestres de carrera, después de estar casi tres años viviendo por allá, eso gracias a los permanentes paros estudiantiles a favor de la educación gratuita.

Se cambió de universidad y se fue para Cali, pero tuvo que esperar seis meses en la casa paterna mientras adelantaba los trámites y corregía trabajos universitarios de otros estudiantes que no estaban lidiando con los problemas que lidiaba ella para ganarse uno que otro peso.

El día que por fin terminó la carrera, Julia consiguió un novio con el que se fue a vivir a Popayán y como el amor es mentiroso y la suma del sueldo de ambos no sumaba una pareja boyante y feliz, pragmáticos ambos, le pusieron fin al rejunte y ella volvió a la casa materna dos años después de haberse ido.

Si en Tuluá las oportunidades de trabajo abundaran, Julia se hubiera quedado, pero de todas las hojas de vida que envió, el trabajo que le salió estaba en Pereira y para allá se fue. Arrendó apartamento cerca de la oficina, se cortó el pelo y se hizo otro par de perforaciones para tener aretes nuevos y cuando estuvo a punto de decir que la estabilidad estaba con ella, uno de sus hermanos se dio en la jeta manejando borracho una moto y tuvo que volver para cuidarlo porque no había quién lo hiciera.

Por eso para Julia, decir que se iba para Madrid era un anuncio que no le generaba ningún nervio y mucho menos alguna preocupación. Se iba, ya se había ido varias veces, de la casa de los papás, de este pueblo, de la universidad, de una relación. Si no me va bien, pues me vuelvo, aunque no quiero volver, me dijo.

Y eso lo pone a uno en una posición muy rara, la de desear que ojalá a la gente a la que uno quiere y la que quisiera a su lado, le vaya muy bien, o sea que no tengan que volver, entonces uno está ahí deseando tenerlos lejos.

Irse, quedando - 23

Para irse del país no hace falta que uno antes se haya ido de la casa de los papás. Cualquiera creería que sí, que viene bien llevar un orden, seguir un paso a paso. Por ejemplo: primero termino el colegio; segundo, me voy a estudiar en una universidad de otra ciudad, no vuelvo a ese pueblo que me vio nacer, todo plagado de lelos detenidos en el tiempo, chismosos y violentos; tercero, hago mi vida en la ciudad en la que estudié, consigo un trabajo porque ya me gradué de la universidad, alquilo un apartamento porque ya no tengo que vivir en un apartaestudio y consigo un gato que me espere por la noche cuando vuelva del trabajo que me tiene por fuera desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la noche, y llamo a mi mamá a decirle que la extraño, pero que no puedo ir a verla pronto porque voy a trabajar en las vacaciones, ya que el jefe espera que yo me comprometa con la empresa y mi futuro, tengo que demostrar mi deseo de ascender. 

Ese es apenas un orden tentativo, puede ponerse en práctica cualquier otro, por ejemplo: consigo una novia en el colegio y nos dedicamos a culiar como si de eso dependiera el bienestar de los ositos pandas y le cascamos al asunto hasta que ella diga que tiene un retraso y luego confirme que está embarazada y entonces le tenga que decir a mi papá que me ayude con una plata para alquilar una pieza donde me voy a amontonar a vivir con la mamita de mi hijo, y luego me meto a trabajar en construcción para ir así construyendo una familia, y un día le decimos a la suegra que nos cuide el bebé mientras vamos a la registraduría a sacar la cédula. Otra cosa sería, empacar la maleta y volarse a cualquier lugar para no responder por el bebé y dejar a la pelada sola. En el primer o el segundo escenario el resultado sería el mismo al que apuntamos, un hombre que se va de la casa antes de los veinte y no se queda de mantenido diciendo que lo hace para poder escribir novelas, así como lo hago yo.

El caso es que no, no hace falta haberse ido de la casa antes de agarrar el pasaporte y pegar para el extranjero, mi hermana siempre ha vivido en la misma casa en la que vivo yo, incluso se casó y tuvo hijos y siguió viviendo con nosotros. Sí, la casa es grande, aclaración importante para despejar dudas sobre hacinamiento. 

De la casa de los papás en el sur de América a la casa de los tíos con calvicie prematura que se dan de hostias y se cagan en la leche, sin puntos intermedios.

jueves, 27 de julio de 2023

Irse, quedando - 22

Un amigo que llevaba varios meses apostándole todo a su banda de rock me invitó a verlo tocar en un bar. El evento era importante porque allí iban a presentar su primer EP.

Después de tocar dos canciones, mi amigo anunció que, además de presentar la música nueva, ese toque era también una oportunidad para despedir al bajista y al baterista que se iban a trabajar a Brasil. La gente aplaudió, como si les pareciera una buena noticia, acto que me pareció tonto, pero bueno, aplaudí también para no desentonar.

Me tomé un trago de cerveza, uno corto, porque me iba a tomar solo una. Me hubiera gustado tomarme diez, pero llevaba en el bolsillo con qué pagar una cerveza y comprar la copia del CD.

La mujer que tenía sentada a mi lado en la barra me sonreía. Me parecía que la había visto antes, pero no le hablé, no me las iba a dar de galán sabiendo que no tenía ni siquiera con qué invitarla a tomar algo. Si el par de tipos de la banda que se iban andaban tan pelados como yo, hasta lógica tenía arrancar a bregar en otra parte.

Me acuerdo de esa noche porque en ese bar fue que se me ocurrió lo de empezar a regalarle una copia de "El Síndrome de Ulises," del escritor Santiago Gamboa, a todo el que me dijera que estaba considerando migrar. Por alguna razón me dio por creer que esa aventura del protagonista de esa novela podía ofrecer un matiz sobre la migración que tal vez le hacía falta a mis conocidos que se querían ir. La intención no era que se desanimaran, pero por lo menos que lo pensaran desde otro lugar. No sé cuántos de esos libros que regalé fueron leídos, o por lo menos no lo sé todavía, porque, por ejemplo, a veces abro el correo electrónico o me llegan mensajes al WhatsApp de esa gente que se fue, contándome que el tipo de la novela exageraba y otros diciéndome que se quedaba corto. En fin, creo que hubiera sido mejor recomendar una película o un documental, porque si yo estuviera rodeado de gente a la que le gustara leer, por lo menos tendría clientela para las maricadas que escribo y público, porque, por ejemplo, el amigo de la banda al que le compré el CD, ese no me ha comprado todavía un libro.

Irse, quedando - 21

Virginia Woolf hablaba de una habitación propia y una renta fija como el punto de partida necesario para que una mujer pudiera escribir y la idea resulta ser tan ganadora que con el paso de los años lo que fue pensando para el género femenino consiguió alcanzar y cobijar a un oficio o profesión, las personas que quieren escribir necesitan esa habitación y esa renta. La de Woolf es hoy una idea fluida. Menos no se podría esperar de una escritora de su nivel.  

Siendo así, yo tengo una habitación propia y una renta fija gracias a que mi papá y mi mamá me dejan seguir en su casa viviendo con ellos. Solo así un tipo como yo ha podido darse el lujo de escribir, de intentarlo, porque el espacio y la renta no garantiza el talento.

Después de leer a Lucía Berlín me quedó la sospecha de que le hizo falta más de una vez la habitación y la renta y, sin embargo, sus cuentos destilan talento. Un problema, porque además de habitación y renta para escribir, también hace falta talento y como si fuera poco, valentía, quién iba a creer hace ciento cincuenta años que las condiciones fáciles de conseguir son las dos primeras. 

Llevo años trabajando y con lo que me gano seguro puedo pagarme un cuarto propio, pero seguro podría perdérseme la comida y no me quedaría tiempo para escribir nada o muy poco. La opción de sentarme tres o cuatro horas frente a teclado todos los días se sustituiría por la escritura de los sábados y domingos y en últimas escribir sería un pasatiempo, una afición y no un oficio. 

Seguir en la casa de mis padres siendo un mantenido a medias me ha permitido escribir y ahorrar lo suficiente para pagar la publicación de los libros, porque para mí escribir siempre ha sido perder la renta y poner en riesgo la tenencia de un cuarto propio. 

En caso de que tuviera talento y valentía, ya hubiera abandonado el embeleco de ser novelista para dedicarme a prestar plata gota a gota, ese parece un deseo más noble. 

martes, 25 de julio de 2023

Irse, quedando -20

Además de irse de la casa paterna motivado por el deseo de formar una nueva familia, existe una motivación menos conservadora, más frecuente y casi efervescente en el imaginario febril de los jóvenes, o sea mi generación, porque cuando hablo de juventud me refiero al recuerdo de la mía y la de mis amigos, hablo de algo que ya perdí, que ya es ilusión y recuerdo; me refiero al deseo de independizarse para huir de la cantaleta y hacerle el quite a las prohibiciones y vivir sin dar explicaciones. 

Vivir solo era una necesidad a los dieciocho porque en una casa sin papá y mamá uno podía culiar con quien quisiera a la hora que quisiera y podía prender la bareta sin esconderse y podía armar fiestas los fines de semana y dejar los platos sin lavar amontonados en el lavaplatos, aunque todo eso era secundario, lo principal de la necesidad de vivir solo era culiar y meter bareta, por eso en lugar de irnos de la casa lo que hicimos fue alquilar entre varios una casa pequeña en la que lo único que había era una colchoneta, queríamos volar libres, pero aún creíamos que para el sexo lo indispensable era la horizontalidad de un colchón o colchoneta. No hace mucho vi una imagen en internet con decenas de posiciones sexuales que usaban con mucha creatividad una silla, me sentí tan ingenuo. 

Pagamos dos meses y no quisimos pagar el tercero porque ya teniendo el espacio para nosotros nos dimos cuenta de que lo de culiar no estaba tan fácil, por lo menos, no para todos, yo la use una vez, Jairo la uso dos o tres veces por semana y los otros que estaban poniendo no pasaron de tres, por eso para pagar el tercer mes yo dije que me salía, que hicieran la vaca entre ellos porque yo estaba perdiendo la plata ahí y los otros dos aunque la habían usado más que yo, por rabia y envidia con Andrés también se salieron, que la pague él que es que la usa, dijeron y así se acabó la sociedad.

Para prenderlo nos podíamos ir a cualquier parque, para eso había varios y para lo poquito que estábamos culiando y mientras conseguíamos novia o algo parecido podíamos pagar residencia cuando la oportunidad se presentara. 

Esa iniciativa resultó positiva porque entendimos cosas, Andrés se dio cuenta de que para él era indispensable vivir solo y lejos de sus papás y por eso él fue el primero y el único en irse de la casa, apenas sacó la cédula.

 A Carlos lo mandaron a estudiar a Bogotá, compartía una casa con otros cinco estudiantes, pero vivía como si estuviera solo, por lo menos para las prioridades del momento, podía culiar a cualquier hora. 

Yo conseguí una novia que por el trabajo de la mamá se pasaba largas temporadas sola en la casa y entonces lo mío también se solucionó y a Camilo le gustaron mucho las putas después de que fue a un chochal por primera vez, cansado de tener que rogarle a muchachas que no le daban nada, le encontró el gusto al asunto y tampoco le vio problema a seguir viviendo en la casa y cumplir con las reglas establecida por los papás mientras lo que se ganaba en el trabajo le alcanzará para echarse el polvo semanal. 

Las necesidades para irse pueden ser varias y a menudo pueden variar e incluso desaparecer, cuestión de prioridades.

Irse, quedando -19

Los señores que se asomaban carretera abajo para mirar a Nacho y al rancho que había armado, decían que ese loco podía hacer lo que se le antojará porque para eso estaba solo y no tenía ninguna obligación.

Es esa época, cuando los oía decirlo, nunca pensé en lo curioso que resultaba que esos señores se refirieran a la familia de esa forma. 

La gente desea una familia, se esmera por construirla y cuidarla y de hecho algunas minorías han luchado para tener el derecho de formar una a la medida de sus afectos sin que nadie los ataque por ello, y pese a eso la familia es también una obligación y decirlo así sin quererlo disfrazar le hace honor a esos señores hoy en mi memoria, en últimas, poco queda por admirar más allá de la transparencia que seamos capaces de alcanzar en nuestra cotidianidad. 

En principio la familia es un motivo para irse, uno se va de la casa materna, su primera familia, para formar una familia nueva, para tener una esposa y unos hijos, eso sería lo conservador, lo tradicional, asumir la obligación, pero, si yo no quiero formar una familia, si en la vida solo me he visualizado como un viejo que vive solo en una casa con un radio y los libros, qué afán tengo de irme de la casa materna, la misma cosa da sí me voy a los veinte o las treinta y cinco. 

Luego hay gente que dice que se va para USA y uno les pregunta que por qué y le responden que porque allá está la familia. Otros dicen, por el contrario, que se van para USA con la intención de trabajar duro para mandarle dinero a la familia. Otros dicen que se van, pero para llevarse a la familia, ese es el caso de mi cuñado, que luego se llevó a mi hermana y mis sobrinos. 

Nacho no tenía ninguna obligación y sembraba yuca y tocaba la guitarra, calmado, independiente. Difícil e irresponsable sería decir que vivía feliz, porque eso no me consta, de eso no hablaban los señores que menciono, porque cuando uno se acostumbra a decir que la familia y la obligación son la misma cosa no se detiene mucho a hablar de felicidad y esa parece una palabra propia de la ficción, de las telenovelas o de los gomelos. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...