miércoles, 13 de diciembre de 2023

Fragmento #7

Uno cero abajo en el marcador. Carlitos tuvo que salir por lesión. Falló en su tarea dentro de la cancha. No pudo impedir el gol. Sufrió la caída cuando intentó marcar al siete durante un contragolpe. Se lastimó un tobillo y salió cargado. Entré yo. Faltaban diez minutos para el final. Nunca he jugado tanto. Cuando entro me dejan jugar cinco minutos. Soy el último cambio. El técnico me mete para evitar el reclamo de papá. Me acomodé las medias y lo vi en las gradas. Papá gritaba emocionado porque estaba ahí de pie entre los otros jugadores. Esto de estar en un equipo de fútbol tiene que ver más con él que con conmigo. Los hijos de sus amigos son jugadores titulares con talento obvio. Para papá el orgullo está en decir que he mejorado mucho. Pero lo más importante es que tengo mucho para dar. Eso dice él. Fui por la pelota en un par de llegadas. Me paro firme. No soy muy ágil. Puedo ser a veces como una pared. El arquero atrás mío me animó. Validó mis movimientos y me dijo que muy bien. Yo quería irme. Estaba intentando cumplir con mi parte y al mismo tiempo estaba pensando en el beso que me había dado la pelaíto ese. Por qué me había dado un beso. Qué le iba a decir luego cuando me la volviera a encontrar. Quería irme para mi casa. En la gradería mi papá seguía animando al equipo. Le gané la pelota a un atacante y se la toqué al defensa derecho. Él corrió hacia adelante y sé la tocó a un mediocampista. Seguimos subiendo todos y la pelota pasó por los pies de varios. Hacíamos eso en los entrenos. Practicar los pases largos y cortos. Alguno de mi equipo perdió la pelota muy cerca del área contraría y yo sin proponérmelo la recuperé y se la tiré a Pérez que tenía una buena ubicación. Le dio con la cabeza y metió el gol. Un empate. Pérez corrió hacia mí y me levantó. Otros hicieron lo mismo. Corrieron hacia nosotros para celebrar. Un empate en el último minuto. Un pase mío. Mi mejor partido hasta ese momento y yo pensando en el beso del pelaíto ese.

martes, 12 de diciembre de 2023

Fragmento #6

La magnitud del ajuste que se propone es drástica. Podría decirse radical. Repite que queda suspendido por un año su consumo de cualquier tipo de sólido. Tomará agua y caldo de hueso. Caldo de hueso y agua. Ese sería su único alimento. Algo le pasó. No sabemos qué es. Empezó con esa idea la semana pasada. Estuvo jugando un partido de fútbol y después regresó a su casa caminando. Las marcas en el cuello y los brazos no las explica y niega la relación de las mismas con su tardanza. Sus amigos dicen que salió de la cancha a las ocho y en la casa su padre dice que llegó pasadas las doce. La cancha está a cinco minutos de su casa. Él dice que no se fue para ninguna parte. Salí de la cancha y me vine para acá. Entonces por qué llegó tan tarde. No tiene respuesta. Dice que vendrán. Los espera. Estará listo para recibirlos en su interior. Es un compromiso. Él podrá albergarlo. Lo eligieron. Morir. Se va a morir. Eso es lo que va a pasar. Todo es exageración de su papá y su mamá. Él sabe que no pasará porque lo eligieron. Adoptará las condiciones. Lo hará y estará en condiciones cuando el momento llegue. El padre enciende la radio. Están hablando de unos síntomas que reconoce a la perfección. También hablan de la venta de hueso en las carnicerías. Una notable mejoría.

lunes, 11 de diciembre de 2023

Fragmento #5

Todos habían tomado ya de la olla que reposaba sobre la mesa. Faltaba él. Ese último trago es suyo. Beba usted. Beba antes de que se enfríe. Dejó su sombrero sobre una de las bancas de ese patio y le echó mano a la olla. Se la llevó a la boca y media cabeza le quedó metida allí. El fondo de la olla brillaba y pudo ver un poco el reflejo de su frente cicatrizada. Era amarga la bebida y espesa y difícil de tragar. No alcanzó a poner la olla sobre la mesa cuando sintió que le pesaba el cuerpo y los ojos se le querían salir. Le ardió el estómago y le dolió la cabeza. Uno de todos esos que estaban ahí le ofreció apoyo. Se nota que es su primera vez. Uno se termina acostumbrado. Pero ahora debe esforzarse por disimular los efectos. Respire. Lo voy a acompañar a la banca. Pónganse el sombrero bien bajito para que oculte la pálida. Respire y no vaya a vomitar. Esa es la señal. Si vomita el umbral no se abrirá para usted y tendrá que permanecer acá hasta que llegue el próximo grupo. Quizás para ese momento ya sea muy tarde. Aunque no vomite si se desmaya ahora ninguno de estos hombres los respetará y ese también sería un problema. Él siguió manejando la respiración. El umbral se abrió y el hombre que lo ayudó como otros empezó a cruzar. Se levantó y sosteniéndose en su lanza se enfiló al umbral. Sentía el sabor del vómito en la boca. Lo empujaba la arcada. Se tapaba la boca con la mano libre. No iba a vomitar. Sintió como el umbral lo absorbió y luego cayó de rodillas en medio de una playa. Miró al cielo rojizo y se desmayó. 

jueves, 7 de diciembre de 2023

Fragmento #4

Verlos caer era mucho más entretenido que levantar los fragmentos y ordenar las zonas afectadas. Lo primero era inevitable y lo segundo era obligatorio. Se disfrutaba de lo que se podía. Aunque eso se limitara a admirar la caída. Los colores generados en el cielo por las aleaciones reflejando la luz y esa aparente lentitud con la que esos gigantes se precipitaban contra el suelo resultaba mágica y la magia era esquiva por esos días. De mantener siempre la radio encendida dependía la vida y la posibilidad de presenciar cómo se aproximaba a tierra otro gigante o la muerte bajo el peso aplastante del mismo. Un locutor entregaba las coordenadas y el tiempo que tenían para desplazarse a un lugar seguro. Abajo el nomadismo como única opción y arriba el intento interminable de sedentarización. Ninguno de esos seres en su trashumancia hubiera creído que existió un tiempo diferente. Una realidad en la que no había gigantes desprendiéndose de lo alto. Una vida en la que la cotidianidad no consistía en intercambiar esos fragmentos por comida. Aunque arriba era distinto. Arriba era otra cosa. 

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Fragmento #3

Se enteraron de que Ramón había matado a un perro. Los encargados de la vigilancia dieron con un video que lo ponía en evidencia. Hubo revuelo en el colectivo. Pidieron su salida. Querían su cabeza. Ramón metió al perro dentro de un costal grande que amarró y cargó hasta el puente de la calle 43 para dejarlo caer al río. Matar a un perro es algo que no se puede explicar y Ramón no lo explicó. El colectivo buscó respuestas. Queremos entender. Eso decían. Queremos entender. Ramón no habló. Se marchó esa misma tarde. Sacó tres libros y un pocillo que tenía en la oficina y en un par de maletas lo que tenía en el apartamento. Entregó las llaves a los encargados de la vigilancia porque esos eran los únicos a la vista en el edificio. Los únicos que no podían esconderse para evitar al apestado. Dejó por escrito detalladas instrucciones sobre el avance del proyecto a su cargo. Por fuera de algún colectivo sería muy difícil sobrevivir. Afirmó alguno. No iba a encontrar un solo colectivo que lo aceptara después de saber que había matado a un perro. Comentó otro. Ramón dejó la ciudad. No buscó espacio ningún otro colectivo. Salió por la carretera 33 en un bus y se metió al monte. Entre los colectivos decían que los expulsados sobrevivan como salvajes en el monte. Otros decían que los encargados de la vigilancia se encargaban de ellos. Ramón se instaló en una pequeña meseta cerca a un riachuelo. Ramón sabía qué había más expulsados allí y que sería cuestión de tiempo para empezar a toparse con ellos y también sabía que muy pronto iban a ser mucho más los expulsados que empezarían a llegar. 

viernes, 1 de diciembre de 2023

Fragmento #2

Lo más importante ahora es que se calle de una vez. Serenidad. Usted es capaz. Serenidad. Ese rosario no sirve para un culo. Ojalá sirviera. Pero no importa. Recé bajito y déjeme pensar que ya con el ruido de afuera es suficiente. 

Yo seguí rezando porque cualquiera sabe que un rosario nunca sobra. Pero uno entiende cuando reza el rosario que si el milagro no sucede uno igual se tranquiliza un poquito repitiendo avemarías. 

No sé de dónde le viene a Martín ese problema con el rosario. Parece que él no fuese un creyente de la virgen. En la casa mamá no enseñó a todos a querer a la virgen. Esa fue la herencia que ella nos dejó a todos los hijos. Martín dice que las herencias de los pobres no sirven para una puta mierda. Todos los días está peor. 

En algún momento vamos a tener que salir. De esa realidad no nos va a librar el rosario. Acá nos fuimos al carajo. Si salimos de una vez nos evitamos esta angustia. Aceptar las cosas como vengan y plantarles cara. Se acuerda de eso. También fue una enseñanza de mamá. 

Martín me observó un momento como pidiendo una respuesta. No hablé. Seguí con el cuarto misterio porque si íbamos a tener que salir no me iba a ir con un rosario a medias. "Jesús con la cruz a cuestas camino al calvario". 

Martín empezó a quitar los muebles que había amontonado contra la puerta. Estaba resuelto. Íbamos a salir. Eso quería demostrarme. Pero los gritos eran agudos y parecían tan dolorosos que lo hacían temblar. Quería ordenar la sala y dejarla como la había encontrado. Como si en ese momento tuviera sentido el orden. Entre los gritos se filtraba ese zumbido que empezó cuando llegaron y que ya nunca más había cesado. 

Eso es un crepitar. Cada vez están más cerca. Se acabó. Este pueblo en una hora será un rescoldo. Qué pasó con ese señor que anunciaba el fin de los tiempos. Esto es muy diferente a los que nos prometió. 

Yo no conozco el sonido generado por una edificación cuando se viene abajo. Nunca estuve cerca de una demolición controlada o de una tragedia. Esta es mi primera vez. Ese sonido parece identificable. Uno lo entiende cuando llega. 

Voy a abrir. Tenemos que correr. Estamos a kilómetro y medio del refugio. Intentarlo. Intentarlo es lo que corresponde. 

Martín sabe tan bien como yo que no tenemos ninguna posibilidad y que los que ya están en ese refugio tampoco la tienen. Se esfuerza por parecer seguro. Yo sé que tiene miedo tanto o más que yo. 

Vamos. Martín. Vamos. Le agarré la mano y le entregué la camándula. Corrí y él corrió detrás de mí. 


lunes, 27 de noviembre de 2023

Fragmento #1

Seguían apareciendo ranas hechas de papel de colores dos meses después de que se hubieran llevado a Juan de la casa.   


Estaban en el fondo de la lavadora y en la nevera. Entre los libros y debajo de los muebles. En la casetera del equipo de sonido viejo de la sala y en el cajón de las medias. Aparecían en la caja de herramientas y en las matas de sábila del mirador.  


Juan vio un video en YouTube unas tres o cuatro veces y aprendió a doblar la hoja cuadriculada de un cuaderno hasta convertirla en una rana que además podía saltar.  


Con esa nueva habilidad incorporada a la cotidianidad de sus tardes Juan tuvo la responsabilidad de surtir al mundo de ranas de origami.  


Para fue una responsabilidad comprar el papel adecuado para que Juan continuara con su actividad a sus anchas.  


A las primeras dos ranas que Juan me entregó no les presté mucha atención. Creo que incluso las bote adrede.  


Haber hecho eso me metió en un apuro con Andrea. Si el niño hacía esas ranas para mí lo que debía hacer era conservarlas. Yo le estaba dando un mal mensaje a Juan desechándolas. El niño debe confiar en usted y sentir que lo trata bien.  


Después del llamado de atención de Andrea empecé a conservar las ranas y también a compartirlas. Regalé ranas en el trabajo. Dejé ranas en restaurantes y cafés. Llevé ranas a parques llenos de niños y mariguaneros y a todos les di su rana.  


Una cosa era deshacerse de las ranas y otra muy diferente compartirlas con los otros y Andrea aceptó el argumento.  


Cuando me preguntaban de dónde las había sacado decía que yo las hacía. Hubiera tenido que explicar por qué las hacía si alguien me hubiera preguntado. Nadie preguntó. 


Mientras Juan hacía las ranas y yo las guardaba o regalaba no fui consciente de que podían ser tantas. No las conté y ahora que van apareciendo en los lugares menos esperando me doy cuenta de que fueron muchas.  


Un día Juan dejó de hacer ranas. Pasó de ellas y se dedicó a los aviones y los barcos y algunas otras figuras más complejas. Creí que iba a obsesionarse con algún otro animal. No sé si habrá sido así.  


Andrea dijo que todo estaba listo y que el niño se iba. Están en camino y lo recogen esta noche. No me gusta ver esa parte. Agarré un papel y me acerqué a Juan y le pedí que me enseñara a hacer una rana.  


Arruiné un par de hojas y cuando por fin salió una rana de condición aceptable le dije a Juan que esa era para él. La puso en el suelo y la hizo saltar.  


Al volver a la casa horas más tarde Juan ya no estaba.  


Sigo encontrando ranas por todas partes y Andrea dice que no son ranas que el niño hubiera dejado hechas. Es usted el que las sigue haciendo. Yo no creo.  

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...