Se enteraron de que Ramón había matado a un perro. Los encargados de la vigilancia dieron con un video que lo ponía en evidencia. Hubo revuelo en el colectivo. Pidieron su salida. Querían su cabeza. Ramón metió al perro dentro de un costal grande que amarró y cargó hasta el puente de la calle 43 para dejarlo caer al río. Matar a un perro es algo que no se puede explicar y Ramón no lo explicó. El colectivo buscó respuestas. Queremos entender. Eso decían. Queremos entender. Ramón no habló. Se marchó esa misma tarde. Sacó tres libros y un pocillo que tenía en la oficina y en un par de maletas lo que tenía en el apartamento. Entregó las llaves a los encargados de la vigilancia porque esos eran los únicos a la vista en el edificio. Los únicos que no podían esconderse para evitar al apestado. Dejó por escrito detalladas instrucciones sobre el avance del proyecto a su cargo. Por fuera de algún colectivo sería muy difícil sobrevivir. Afirmó alguno. No iba a encontrar un solo colectivo que lo aceptara después de saber que había matado a un perro. Comentó otro. Ramón dejó la ciudad. No buscó espacio ningún otro colectivo. Salió por la carretera 33 en un bus y se metió al monte. Entre los colectivos decían que los expulsados sobrevivan como salvajes en el monte. Otros decían que los encargados de la vigilancia se encargaban de ellos. Ramón se instaló en una pequeña meseta cerca a un riachuelo. Ramón sabía qué había más expulsados allí y que sería cuestión de tiempo para empezar a toparse con ellos y también sabía que muy pronto iban a ser mucho más los expulsados que empezarían a llegar.
miércoles, 6 de diciembre de 2023
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