Verlos caer era mucho más entretenido que levantar los fragmentos y ordenar las zonas afectadas. Lo primero era inevitable y lo segundo era obligatorio. Se disfrutaba de lo que se podía. Aunque eso se limitara a admirar la caída. Los colores generados en el cielo por las aleaciones reflejando la luz y esa aparente lentitud con la que esos gigantes se precipitaban contra el suelo resultaba mágica y la magia era esquiva por esos días. De mantener siempre la radio encendida dependía la vida y la posibilidad de presenciar cómo se aproximaba a tierra otro gigante o la muerte bajo el peso aplastante del mismo. Un locutor entregaba las coordenadas y el tiempo que tenían para desplazarse a un lugar seguro. Abajo el nomadismo como única opción y arriba el intento interminable de sedentarización. Ninguno de esos seres en su trashumancia hubiera creído que existió un tiempo diferente. Una realidad en la que no había gigantes desprendiéndose de lo alto. Una vida en la que la cotidianidad no consistía en intercambiar esos fragmentos por comida. Aunque arriba era distinto. Arriba era otra cosa.
jueves, 7 de diciembre de 2023
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