Todos habían tomado ya de la olla que reposaba sobre la mesa. Faltaba él. Ese último trago es suyo. Beba usted. Beba antes de que se enfríe. Dejó su sombrero sobre una de las bancas de ese patio y le echó mano a la olla. Se la llevó a la boca y media cabeza le quedó metida allí. El fondo de la olla brillaba y pudo ver un poco el reflejo de su frente cicatrizada. Era amarga la bebida y espesa y difícil de tragar. No alcanzó a poner la olla sobre la mesa cuando sintió que le pesaba el cuerpo y los ojos se le querían salir. Le ardió el estómago y le dolió la cabeza. Uno de todos esos que estaban ahí le ofreció apoyo. Se nota que es su primera vez. Uno se termina acostumbrado. Pero ahora debe esforzarse por disimular los efectos. Respire. Lo voy a acompañar a la banca. Pónganse el sombrero bien bajito para que oculte la pálida. Respire y no vaya a vomitar. Esa es la señal. Si vomita el umbral no se abrirá para usted y tendrá que permanecer acá hasta que llegue el próximo grupo. Quizás para ese momento ya sea muy tarde. Aunque no vomite si se desmaya ahora ninguno de estos hombres los respetará y ese también sería un problema. Él siguió manejando la respiración. El umbral se abrió y el hombre que lo ayudó como otros empezó a cruzar. Se levantó y sosteniéndose en su lanza se enfiló al umbral. Sentía el sabor del vómito en la boca. Lo empujaba la arcada. Se tapaba la boca con la mano libre. No iba a vomitar. Sintió como el umbral lo absorbió y luego cayó de rodillas en medio de una playa. Miró al cielo rojizo y se desmayó.
lunes, 11 de diciembre de 2023
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