Oiga, mijo, usted se acuerda del escritorio que teníamos en la sala, me pregunta mi mamá, sí señora, le digo, qué pasa con eso. Es que me dio por ponerme a organizarlo y encontré ahí unos papeles suyos y quiero saber si eso se puede botar o si se los guardo para que se los lleve en estos días que venga. Le digo que lo puede botar todo, que si en tanto tiempo no he necesitado nada de ese escritorio debe ser que nada de lo que tengo ahí me importa. Que hay una carpeta muy bonita, de Batman, y que ahí un montón de papeles que dicen proyecto de vida, me dice mi madre, como si estuviera buscando que me antojé de ver esos papeles de nuevo, como si no los quisiera botar, le voy a mandar una foto para que la vea, dice mamá. Le digo que no, que no hace falta, que yo sé de lo que me está hablando y que puede botar todo eso, puros papeles y maricadas de cuando estaba en el colegio. Según mi mamá que ella no sabía que yo venía con esa bobada de ser novelista desde que estaba en el colegio. Le preguntó por qué lo dice y me cuenta que estuvo mirando los papeles de la carpeta y que en una de esas actividades escribí que quería ser un novelista. Le digo que eso es viejo, que ya no importa, que bote todo lo que tenga que botar con toda tranquilidad, que no hace falta que revise. También me cuenta que hay una nota bonita de esa muchacha que me gustaba, de Milena, y le digo que la boté también. Que si todavía es lo que quiero, me pregunta mamá y le digo que no, que con Milena llevo años sin hablar, ya es un mero nombre; me dice que no, que bobo, que ponga cuidado, que si todavía quiero ser novelista. No le respondo y le digo que bote todo y que tengo que colgar y que hablamos luego que tengo muchas tareas por corregir.
viernes, 6 de octubre de 2023
Irse, quedando -94
jueves, 5 de octubre de 2023
Irse, quedando -93
Cuando uno de mis conocidos o amigos ya calvos me preguntan por lo que he hecho y lo que he conseguido en la vida, respondo siempre lo mismo. A diferencia de ellos, no tengo ni el carro, ni la finca, ni la casa, ni la maestría, ni la esposa, ni los hijos, ni las fotografías de los viajes al extranjero, entonces lo que les digo es que me he dedicado a conserva el pelo bien pegado a la cabeza. Cuando hablamos de pelo puedo yo presumir de abundancia como ninguno, eso he hecho yo, tener mucho pelo. Es una bobada, pero de algún modo con eso se acaba ese deseo de esos conocidos por realizar sus veedurías de lo mío. Podría hablarles de mis libros, pero para qué le habla uno de libros a gente que no lee, también, para qué va a leer un tipo que tiene plata.
Irse, quedando -92
En la casa paterna, la casa materna, en caso de que esa casa exista, permanecen las fotografías de los hijos colgadas en las salas, las caras de esos que limpian el culo de una viejita a las seis de la mañana de un martes en Valladolid haciendo arcadas, pero con sus expresiones del pasado, esas tiernas e ingenuas de la infancia. No importa que ya estén viejos esos hijos, ni a donde vayan, no importa que estén de cobradores en Rondonía, de tenderos en Guayaquil, de cuidadoras en Turín, de putas en Madrid o Roma, de jíbaros en Londres o París, de ayudantes de construcción en Nueva York o Barcelona, no importa nada de eso, las fotografías siguen ahí acumulando polvo. En algunas casas, además de las fotografías, están también a la vista de cualquiera que llegue, los diplomas enmarcados de esos hijos, bachilleratos, técnicos del Sena o de institutos de garaje, cartones de licenciatura en idiomas, sicología, artes plásticas o enfermería, porque esos hijos que acomodan cajas de dientes de viejitos malolientes en Europa o cargan hierro en grandes obras en Estados Unidos, esos también estudiaron aunque no ejerzan y se dediquen a otras labores. Esas fotografías son en esas casas la celebración de la vida, una vida que nadie sabe cómo debe vivirse hoy y que nadie creía iba a ser vivida de esa forma cuando las hicieron.
miércoles, 4 de octubre de 2023
Irse, quedando -91
Irse, quedando -90
Abrí el correo electrónico para revisar asuntos del trabajo y me topé con un mensaje curioso, por no decir otra cosa, por pereza de buscar la palabra adecuada, podría decir uno de esos tantos editores que me han dicho que lo mío no se puede publicar, pero que siga intentando, y sobre todo y con urgencia, que aprenda a poner comas, eso es lo primero, antes de creer que tengo una historia o de confiar en las anécdotas o de sentir que al mundo le urge conocer mi relato, lo que vale es aprender a poner las comas, mi novela puede ser una copia del capítulo de una serie o la descripción de 30 fotografías robadas de un periódico, eso no importa, lo que importa son las comas. Y no, el correo no es sobre comas, ni tiene las comas mal puestas, porque además es un correo muy corto y muy simple, lo firma Emilio García, me dice que se encontró en un café un libro de cuentos y que en la primera página estaba escrito mi correo, decía que le habían gustado dos cuentos, el del romance entre el cazador de animales de monte y la enfermera de la vereda que se había perdido por el camino cuando regresa al puesto de salud después de terminar una jornada de vacunación infantil y el del señor que era un viejo muerto que se había ido a vivir solo lejos de la carrera y que todos podían ver sin saber que ya no estaba vivo. Ya ni me acordaba yo de la persona a la que le había dado una copia de ese primer libro mío para que la dejara por ahí abandonada en cualquier parte de México. De los varios libros regados por ahí, por fin tenía noticias de uno, una de esas copias había encontrado un lector. Respondí el correo dando las gracias por leer los cuentos y por tomarse el tiempo de escribirme. Ojalá que con la alegría que me dio leer ese correo hubiera podido pagar los recibos, pensé luego, cuando el hecho perdió su novedad.
martes, 3 de octubre de 2023
Irse, quedando -89
Las videollamadas van y vienen entre los que están en el extranjero y los que se quedaron en su suelo. Ni por asomo alguien se detiene a pensar en esas comunicaciones por carta que sostuvieron los que vivieron antes del teléfono o el internet. Ni siquiera esos que van por ahí creyéndose los últimos románticos, mantiene una relación por carta. No sé si mi mamá hablaría con la misma frecuencia con mi hermana si tuvieran que comunicarse por teléfono fijo o por correo electrónico. Eso sí, con tanto desarrollo en el campo de las comunicaciones, el contacto con los amigos y la familia es siempre multimedia y se mezclan las fotografías con las notas de voz y los videos y el texto y las llamadas y las videollamadas, el afecto vivo a través de una máquina de respiración artificial que viene a ser el internet. Luego, tal vez el afecto pueda mantearse vivo a través de la inteligencia artificial y los que están lejos puedan saludar en las mañanas y ponernos al día de su cotidianidad programando a una aplicación que pueda mantener la fluidez mientras ellos siguen con sus vidas y sus tres trabajos y su disfrute de la tranquilidad.
Fragmentos 2
La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
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