jueves, 24 de agosto de 2023

Irse, quedando -49

El hermano de una novia que tuve se fue para Estados Unidos movido por una razón muy concreta, tal vez la más concreta que a mí me han comentado, dijo que él quería ver buenos conciertos. 

Por ese entonces muchas bandas importantes venía a tocar a Bogotá, pero irse a vivir a Bogotá no era suficiente para él. Conciertos de verdad con músicos de primer nivel solo en Estados Unidos.

Quedarse en Colombia era verse obligado a esperar que sus bandas favoritas decidieran girar por Sudamérica y eso tal vez podía tomar muchos años o en definitiva no suceder. 

Björk había venido una vez, solo una y tal vez esa fuera la única y él tenía que ver a Björk en vivo. También quería ver a Neil Young y Bruce Springsteen y según él a esos tenía que verlos muy rápido porque ya estaban viejos y se podían morir en cualquier momento, eso le había pasado con Leonard Cohen. 

Necesitaba ver a Herbie Hancock y a Steve Vai y eso solo lo iba a conseguir estando en tierra gringa. Había estudiado diseño gráfico, había sacado su visa y hablaba inglés a la perfección, además su papá no tenía precisamente problemas de plata y le ayudaba sin poner peros. 

Un día resulté viendo sus fotos en Instagram mientras le revisaba el perfil justo a la hermana, con la que ya ni me hablaba, por qué de qué iba a hablar un exnovio que no ha hecho nada con su vida por estar dedicado a escribir una novela cuando la exnovia es directora de una ONG importante y vive con su novio en un apartamento de 220 metros cuadrados en Chapinero. 

Viendo sus fotos me di cuenta de que en serio el tipo se había ido a eso, a estar en conciertos, tenía fotos en decenas de eventos de ese tipo, festivales, bares, teatros, tenía fotos con los artistas y fotos de los discos autografiados, le di un par de "me gusta" a varias de esas fotos y le escribí en privado que me daba gusto que hubiera visto por fin a Björk y que se acordara de los pobres y me mandara una camiseta de alguna de esas giras de Jack White. 

Y sí, me respondió, me pidió la dirección, me dijo que era el colmo que siguiera en la misma parte, que tenía que irme de Tuluá, que esa ciudad todo lo podría y me mandó la camiseta de Jack White, y varias más. Supongo que lo comentó con la hermana y sí, me da curiosidad saber qué habrán dicho, el tono usado en la conversación, o no, seguro ni lo comentaron, para qué. 

miércoles, 23 de agosto de 2023

Irse, quedando -48

En noveno grado me encontré con un muchacho que como yo también estaba recién llegado a Tuluá y tampoco tenía un pasado en ese colegio en el que resultamos. 

Al igual que yo, su apellido y nombre estaba apuntando con lapicero al final de la lista de asistencia impresa que cargaban los profesores. No desentonábamos del todo en ese lugar porque mi apellido empezaba por T y por V el suyo. 

En ese momento sentimos que teníamos todo en común él y yo, ambos éramos nuevos, ninguno de los dos conocía a nadie en ese salón de clase y tampoco en el patio a la hora del descanso, así que nos juntamos y hablamos y pasamos el tiempo juntos, hicimos las primeras tareas juntos y nos pusimos al día con los temas en que estábamos atrasados por entrar unas cuantas semanas después de iniciado el año electivo, mientras tanto y la vista de los otros, según me di cuenta luego, parecía que veníamos de la misma parte y nos conocíamos de siempre. 

Yo venía del oriente de Caldas y él venía de Neiva, él venía de una ciudad y yo de una finca en la montaña, al principio eso no hacía la diferencia, pero con el paso de los días sí la hizo, me di cuenta de que él sabía mucho más que yo de la vida, a eso ahora lo llaman capital cultural, él lo tenía y yo no. Supe eso porque él encajó muy pronto en el salón de clases y en el patio a la hora del descanso y yo, por el contrario, me pase ese año más bien solo porque ya no funcionábamos juntos y lo que teníamos en común ya se había acabado. 

Mi problema es que hacer amistades o relacionarme con los otros me tomaba más tiempo que a él, así que muy pronto me quede más bien solo, por decirlo de alguna manera. 

Mientras el otro nuevo ya tenía amigos y se había hecho un lugar, yo seguía haciéndolos y buscándome el lugar, yo de cierta forma seguía sintiéndome rechazado, pesa la adolescencia, pero eso lo entiende uno luego.  

No estuvo bueno ese tiempo, durante ese año cada día yo deseé volver al oriente de Caldas, durante esos días me resistí al cambio y me sentí perdido, luego, puede decir que me adapte, pero hicieron falta meses. 

El otro muchacho nuevo, decía cada que podía, que en Neiva él estudiaba en el INEM, y que el INEM era el mismo colegio en el que estudiaban los de la novela de Francisco el matemático en Bogotá, ese comentario parecía resultar muy efectivo entre los otros, eso ya hacía del pelao alguien más interesante, para qué, pero se daba maña, tenía carisma. Yo no tenía ni idea de Francisco el matemático porque en la finca donde vivía solo se cogía un canal de televisión y en ese no pasaban esa telenovela, aunque yo no decía eso, yo hacía como si también me pareciera un dato importante. 

Dejamos de tener cualquier relación cercana ese muchacho y yo cuando él dio su salto a la fama y en una izada de bandera improviso un rap, ahí resultó que el muchacho además de todo tenía talento artístico y quería ser un cantante urbano y yo ni sabía que era el reguetón porque en el colegio de la vereda cantábamos era las de Darío Gómez y Garzón y Collazos. 

A veces le digo a mamá para molestarla que si me hubiera dejado tranquilo en esa vereda y no hubiéramos hecho ese cambio, si no nos hubiéramos ido tal vez yo a estas alturas sería un caficultor cualquiera con una esposa y un par de hijos, estaría dedicado a algo honesto que no avergüenza a nadie en lugar de ser un licenciado que vive con los papás y quiere escribir novelas que no es capaz de vender.


martes, 22 de agosto de 2023

Irse, quedando -47

Domingo por la tarde, oportunidad perfecta para inventarse cualquier excusa que permita huir de la casa y hacerle el quite a la visita. Ese episodio me parece incómodo, pero es preferible pasar por grosero, fantoche o bobo, que quedarse ahí. 

Me sé de memoria la dinámica de esas visitas, el amigo o la amiga de la familia aparece sonriente y sin terminar todavía el saludo ya está hablando de lo bien que le está yendo en los negocios, del carro nuevo que compró o de la finca que estuvo viendo esa semana y cuando terminan por ahí siguen con los hijos, lo que compraron, o lo que tienen, y después, mientras se toman el tinto, viene la pregunta que mis padres también saben que llegará y que esperan resignados. 

Y qué hay de nosotros, esa es la pregunta, y claro, él nosotros somos mi hermana y yo, y la pregunta está disfrazada de burla, porque los que preguntan saben que ahí seguimos, que no nos hemos ido de esa casa, que no hemos comprado camioneta, ni yo me he casado o me ha comprado una casa o he montado un negocio. 

Mi mamá responde que ahí estamos, que aliviados gracias a Dios y busca como hablar de otra cosa, porque mi madre que se va a poner a contarle alguien que no compra libros o no lee que ahí sigo, yo intentando escribir una novela y por eso me voy yo, huyendo, porque como va a competir un atembado que quiere ser novelista con el logro de un tipo menor que yo que ya tiene dos hijos y un almacén y un carro nuevo. 

De los amigos de la familia y de nuestra familia cercana, el único tontazo que compra novelas y además las quiere escribir, soy yo, lo normal ya es que varios de ellos me traten como si fuera un mongólico, un día en una fiesta en la que no sé por qué termine metido uno de esos amigos de papá me pasó una Coca Cola dizque por seguro me hacía daño él tragó y además me preguntó que si me la abría o que si yo era capaz. 

Lo bueno es que ahora que me hermana se fue cuando pregunten por nosotros, ella ya podrá hablar de su hija, la que se fue para España y de como les está yendo y como es todo por allá, todo eso mientras yo me escurro para no tener ni que saludar. 

lunes, 21 de agosto de 2023

Irse, quedando -46

Hay montón de gringos que quieren venir a Colombia a observar pájaros y un montón de colombianos que se quieren tomar una fotografía al lado de una joya arquitectónica en Europa. Unos van y otros vienen y mientras sea de paseo todo está bien, piensan los de acá y piensan los de allá. El que pasea trae plata para gastar, dicen algunos en son de celebración. El turismo dinamiza la economía, me dice un conocido que ahorra con devoción cada peso para salir de paseo cada año, me gusta como lo dice porque parece que él hubiera asumido un compromiso con la humanidad, movido por la solidaridad del que se sabe responsable de los otros, de los que esperan por esos billetes que él va a gastar en otra parte y con los que seguro un joven luchador pagara su maestría. Aunque todo ese sea falso y ese conocido se vaya de paseo porque es lo que le gusta y lo que disfruta, las palabras le suenan bonitas, si mañana lo llevaran a pasear de regalado sin que él se gaste un peso, o sea sin que aportara un solo gramito a la carrera del joven luchador, las palabras seguirían sonando bien y él seguiría feliz. Lo aburridor es que esos que viajan como turistas se quieran quedar en sus destinos turísticos. Esos gringos que nos roban a las mujeres, dicen los nuevos ricos ambiciosos en las fiestas prendidas de Medellín. Esos sudacas de mierda que vienen a acabar con la tranquilidad de la zona euro y robar y a matar y traficar y a prostituirse como si fueran africanos, esos son los que detienen el crecimiento de la economía, gritan los señores en los mitines de los partidos de derecha en cualquier barrio bien de Madrid o Barcelona. Por no hablar de los gringos que eligen como presidente al que promete sacar a los latinos de su país. El problema es que se quieran quedar, lo importante debe ser que la dinámica de ida y vuelta se mantenga. Luego el problema es el mismo, el problema es que se quieran quedar los que se van y el problema es que nos queramos quedar esos que no nos queremos ir. 





Irse, quedando -45

Me he resistido a irme del país porque no tengo un peso, es decir, que soy pobre, aunque una amiga que se mueve en esos campos del negocio multinivel y las inversiones en bolsa que más parecen pirámide, me ha dicho en diferentes ocasiones que no debo decir que soy pobre porque así es como empieza la pobreza, por el lenguaje. Lo claro es que ella y yo hemos leído libros diferentes y por eso yo creo que la conciencia de clase y el reconocerme y nombrarme como pobre y obrero y plebeyo, me da una posición en la realidad social. No nos ponemos de acuerdo, pero nos queremos. Pero me desvié, decía que no me voy porque soy pobre y los pobres somos pobres en todas partes, entonces saber que voy a irme a otro lugar a tener que trabajar no consigue motivarme porque eso no es ningún cambio, para trabajar ya trabajo acá, trabajo seis de la semana más de ocho horas al día sin derechos a primas o cualquier otro tipo de beneficios porque un contrato por prestación de servicios y vender aguacates en la calle es la misma cosa. Me iría ya de Colombia para cualquier país, Irak, Uzbekistán, Níger o Monte Negro, si tuviera de que allá voy a trabajar menos, tres días en lugar de seis, cuatro horas en lugar de ocho y con ese sueldo también voy a poder pagar servicios y arriendo y comida y cine y cerveza y paseos y que voy a poder ahorrar para pagar la publicación de un libro o para estudiar una maestría en escritura creativa que parece ser el requisito obligatorio para publicar novelas escritas a la perfección que no dicen nada ni hacen sentir nada. Cuando mi papá me escucha decir todo esto dice que el problema de la gente de mi generación es que no queremos hacer nada ni esforzarnos por nada que lo queremos es vivir pegados de una pantalla y tal vez él tenga razón y por eso es que yo jodo todavía con lo de querer ser escritor en lugar de aceptar que cuando uno está más cerca de los 40 años que de los 30 lo que debe hacer es aceptar lo que hay y pagar puntual el arriendo y no abusar de la tarjeta de crédito. 


jueves, 17 de agosto de 2023

Irse, quedando -44

Con tanta gente yéndose, me surgió la necesidad de escribir una novela sobre el tema. Ya no quería seguir recomendando la novela de Gamboa; tenía que aprovechar la coyuntura y escribir algo, así, sin tomar distancia, como hacía Silva Romero. Quería crear mi propia novela sobre la gente cercana a mí que se iba, una reflexión sobre las despedidas.

La idea parecía ser ganadora, así que me senté a tomar notas. Tenía una visión clara: un personaje se quedaría en la ciudad en la que siempre había vivido mientras sus amigos, familiares y conocidos emigraban del país. Este personaje se convertiría, de alguna manera, en el guardián de los tesoros más preciados de aquellos que partían. En su casa, que no era pequeña, guardaría los discos de algunos, los libros de otros, las plantas y figuras de colección de algunos más. Personajes irían llegando con sus pertenencias a esa casa y se marcharían con la cabeza llena de sueños. Esa sería mi novela.

De hecho, ya la escribí. El problema es que mi padre insiste en que no vale la pena gastar dinero en publicar más libros, y Julia, una de mis lectoras habituales, sostiene que el texto necesita una reescritura. Aún no me he dado por vencido, y ahora que los podcasts están de moda, pienso que tal vez pueda convertirse en uno. Una de las ventajas de esta época es que podemos permitirnos fracasar y hacer el ridículo en muchos formatos creativos y exponerlos en múltiples plataformas. 

Irse, quedando -43

El otro vecino, allá en la vereda, era Arley, un hare krishna joven que tenía menos de 30 años y vivía solo. No era originario de la vereda, sus padres tampoco lo eran, y no tenía familia en el pueblo. Él decía que venía de Manizales y que estaba allí porque necesitaba conectarse con la naturaleza.

Los chismosos afirmaban que se ocultaba de un hombre que lo buscaba para joderlo porque supuestamente le había embarazado a una hija. No puedo confirmar la veracidad de esa declaración, pero en el ambiente que rodeaba a Arley, eso era lo que se comentaba.

Gracias a este vecino, comencé a adentrarme en un mundo diverso de muchas formas y, de alguna manera, dejé atrás mi mentalidad provinciana propia de una vereda en las montañas. Incluso cuando estuve en Tuluá, una ciudad cercana a las capitales, me costó encontrar a personas con tantas características novedosas como las que presentaba él. Arley fue el primer mariguanero que conocí, el primer hare Krishna, de hecho, después de él, no he vuelto a conocer a ninguno. Antes de conocerlo, nunca había oído la palabra "mantra", y él fue el primer vegetariano que conocí, además de ser el primer autodenominado pacifista con el que tuve una conversación.

Él solo comía y fumaba lo que cultivaba, y por las noches se encerraba en su casa para tocar un tambor y recitar palabras extrañas que decía eran mantras. Poseía una bicicleta y solía ir desde Marquetalia hasta el páramo de Letras. También fue el primer ciclista aficionado al que conocí que afirmaba subir ese mítico puerto de montaña con facilidad. Parecía feliz, al menos desde mi perspectiva, como un espectador. Sin embargo, un día desapareció sin previo aviso. Anocheció tocando su tambor y recitando sus palabras, y a la mañana siguiente ya no estaba. Nunca regresó.

En ese momento, me pregunté por qué cambiar algo que funcionaba tan bien, y esa pregunta me atormentó durante mucho tiempo. Ahora, comprendo que aunque parecía estar bien desde el exterior, en su interior tal vez no lo estaba.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...