miércoles, 2 de agosto de 2023

Irse, quedando - 28

Que tantas amistades mías se estuvieran yendo para el extranjero me pareció en algún momento una ventaja, una situación a la que podía sacarle provecho.

Agarré una libreta y apunté nombres y nuevos lugares de residencia y saqué cuentas y concluí que cada uno de los que me anunciaba que estaba a punto de subirse a un avión que lo sacara de este país, se podía llevar en la maleta un par de libros míos, 46 libros de mi autoría rondando por el mundo, la autopublicación cruzando fronteras.

El proceder era muy simple, esas amistades mías que llegaban a España, Italia, Estados Unidos, Canadá, Australia, Brasil, Chile, México, Ecuador y Argentina, solo tenía que llevarse el libro y dejarlo abandonado por ahí, así como quien se olvida el paraguas o la gorra o el poncho, en un café concurrido, un centro comercial, un museo, un bus, el metro, el cine, cualquier lugar donde se pueda creer a simple vista que ese libro puede encontrar un lector, no más que eso, no se trataba tampoco de comprometer o incomodar a mis amistades.

Después de eso y si la fortuna lo quería, mi correo electrónico iba a empezar a recibir mensajes de lectores que tal vez albergaran alguna curiosidad que quisieran aclarar.

O tal vez si la fortuna era mayor, uno de esos libros podía caer en las manos de una celebridad de las redes sociales que hiciera una fotografía que me pudiera convertir en un autor marginal con un seguidor extranjero.

Pensaba eso porque algunas bandas independientes de mediados de los 2000 solían dejar abandonadas memorias USB o uno que otro CD sin marcar con dos o tres canciones nuevas que se iban dando a conocer de a poco entre la gente.

Yo ya había probado ese método en el pueblo y el resultado fue el mismo que se podría obtener arrojando los libros a la basura, pero como uno acá cree que los extranjeros son mejores, de pronto por allá podía funcionar.

Mi hermana se llevó tres libros, mi cuñado apenas uno, Fernando cuatro, Julia y Raúl ninguno porque se fueron sin despedirse. En total y hasta el momento hay diez libros míos en tres continentes y todavía no me ha llegado el primer correo. En la casa me dicen que si hubiera salido adicto a las apuestas perdería menos plata y yo hasta les creo.

Irse, quedando - 27

Mi hermana compró los pasajes con cinco meses de anticipación y solo puso al tanto a la familia. Empezó a organizar su partida, que también era la de sus hijos.

Chequeos médicos, visitas al odontólogo, papeleo en el colegio. Todo eso sin decir, es que nos vamos a ir, es que ya vamos saliendo, es que mi marido nos espera en otro continente.

Así lo hizo también mi cuñado, que se lo comunicó a su papá y a su mamá una noche antes de irse, justo así, que ya se iba, que un amigo suyo lo esperaba y que iba a trabajar en construcción mientras se acomodaba.

Cuando algún vecino preguntaba por mi cuñado, que hacía días no lo veía, mi hermana no mentía, pero tampoco decía la verdad, respondía que por ahí estaba, en el trabajo, que lo tenía muy ocupado, en efecto era así, el tipo estaba quebrándose la espalda, pero en otro lugar, lugar que ella no detallaba, porque eso no era algo que les importara, decía mi hermana.

Ese hermetismo al que ella le dio tanta importancia a mí me parecía su escudo protector, se iba, pero si a los meses tenía que volver, derrotada, por lo menos tenía el consuelo de decir que no había dado la lora, ni celebrado antes de tiempo, su plan B vivía en la discreción.

Por eso compró las maletas esa misma semana en la que se fue y las dejó en el carro y las sacó por la noche cuando ya no hubiera ningún vecino por ahí levantado que la viera bajarlas y empacó y las guardó también en el carro en la madrugada.

Contado así pareciera que se fue a escondidas y no asustada, como de verdad iba, llena de nervios.

martes, 1 de agosto de 2023

Irse, quedando - 26

Cuando uno tiene amigos que estudian humanidades termina leyendo libros que de otro modo tal vez no leería, en mi caso, el amigo mío que se fue para Argentina a estudiar sociología en la universidad de Buenos Aires y que ahora vende tiquetes en una terminal de transporte donde lo ayudó a cuadrar el papá, me prestó un libro que se llama Walden. 

Un párrafo completo para decir que un amigo me presto un libro, es verdad que puede ser excesivo, pero no puedo decir que estoy entrando en detalles que no vienen al caso, porque si el amigo mío estuvo siete años en Buenos Aires trabajando de mensajero y mesero y jardinero para mantenerse allá y volverse con un título universitario lo mínimo para hacerle justicia a su aguante es decirlo cada que se presente la oportunidad. Además, el libro estaba editando en Argentina. 

Leí como cuarenta y tres páginas y lo deje de lado porque lo que me gusta leer a mí son novelas, aunque más que eso me aburrió porque mientras lo leía no pensaba en el señor ese David Thoreau que lo había escrito, yo pensaba era en Nacho, el vecino mío de la infancia. 

Ese señor no vivía en un bosque, pero vivía en una montaña y también cultiva su propia comida y comía carne si era capaz de sacarse un pescado de la cañadita que pasaba cerca de donde había armado su choza, además había renunciado al gas de pipa y la electricidad y al televisor y al radio y hasta al baño porque eso tampoco tenía. El inodoro se podía ver ahí al bordo de la carretera, en ese puesto donde antes había estado su casa.  No volvió a salir al pueblo ni a tener una conversación prolongada, ese Nacho, el que yo tuve de vecino, estaba conectado con la naturaleza, no era esclavo de ningún capital y todavía mejor, a diferencia del escritor, Nacho no estaba jugando a los experimentos, ni iba a escribir un libro y ni siquiera había leído Walden, lo suyo era genuino y yo lo había tenido ahí al frente para observarlo y creer, en ese momento, que estaba loco. 

Entonces me resulto impostado el libro de don David, así reflexionará mucho y mejor se lo devolví a mi amigo que al igual que yo nunca iba a tomar la decisión de vivir como Thoreau porque es más fácil renunciar a un riñón que al internet. 

lunes, 31 de julio de 2023

Irse, quedando - 25

Cuando estuvimos en el colegio hicimos lo posible por no aprender, esa parecía ser nuestra bandera revolucionaria. 

Quedarse por fuera del salón para evitar las clases, copiar las tareas que eran para español mientras el profesor explicaba cálculo, eso era lo que hacíamos. 

Nuestro interés era ridiculizar a la profesora vieja y fastidiosa y soñar con las tetas de la primípara que estaba rica; agarrar de recocha al de filosofía, que estaba bueno, para que las muchachas dejaran de lubricar mientras le miraban el culo al tipo cuando escribía maricadas en el tablero, como si con nuestros chistes pudiéramos hacer que el tipo pareciera un tonto, como si no lo fuéramos nosotros. 

Eso fue lo que hicimos, fumar marihuana y probar perico y pepas y hacer lo necesario para pasar los años con lo mínimo. Nos esforzamos poco estudiando porque las energías estaban mejor enfocadas en planear las fugas del colegio para pasar el rato en la casa sola de algún compañero que no le viera problema a prestar el cuarto para manosearse con alguna pelada del salón que también quisiera descubrir que era eso tan bueno que movía al mundo y desconcentraba tanto. 

Nos graduamos, pero fueron muy pocos los que obtuvieron un buen puntaje en el examen para entrar a la universidad, una generación de mediocres fuimos y aunque sufrimos en la universidad al descubrir todo lo que otros sí sabían y habían aprendido en el colegio tampoco nos esforzamos más de lo necesario para conseguir el cartón de pregrado. 

Y cuando empezamos a hablar de salir del país y los que se iban nos contaban a los que nos quedábamos cuáles eran sus planes y en que iban a trabajar y en como era irse de ilegal y en cuanto valía un dólar o un euro en comparación al peso, podíamos darnos cuenta de que ninguno de nosotros, esos amigos de colegio, esa generación que reclamó oportunidades que no supo aprovechar, se iba de Colombia porque le había salido una beca en una universidad importante, con nosotros no se estaba dando la fuga de cerebros sino la fuga de espaldas, de manos de obra barata. Lo curioso es que algunos recordemos el pasado con risa, seguros de que no cambiaríamos nada, ganadores de esa revolución. 

viernes, 28 de julio de 2023

Irse, quedando - 24

Julia es una experta en irse. Julia se fue del país, pero antes de eso, ella se había ido ya de la casa de sus padres de muchas formas.

El curso de los acontecimientos que tomó cada una de sus partidas la terminó llevando de nuevo a la casa, aun en contra de su voluntad.

Se fue a estudiar a la capital y volvió tres años después con apenas tres semestres de carrera, después de estar casi tres años viviendo por allá, eso gracias a los permanentes paros estudiantiles a favor de la educación gratuita.

Se cambió de universidad y se fue para Cali, pero tuvo que esperar seis meses en la casa paterna mientras adelantaba los trámites y corregía trabajos universitarios de otros estudiantes que no estaban lidiando con los problemas que lidiaba ella para ganarse uno que otro peso.

El día que por fin terminó la carrera, Julia consiguió un novio con el que se fue a vivir a Popayán y como el amor es mentiroso y la suma del sueldo de ambos no sumaba una pareja boyante y feliz, pragmáticos ambos, le pusieron fin al rejunte y ella volvió a la casa materna dos años después de haberse ido.

Si en Tuluá las oportunidades de trabajo abundaran, Julia se hubiera quedado, pero de todas las hojas de vida que envió, el trabajo que le salió estaba en Pereira y para allá se fue. Arrendó apartamento cerca de la oficina, se cortó el pelo y se hizo otro par de perforaciones para tener aretes nuevos y cuando estuvo a punto de decir que la estabilidad estaba con ella, uno de sus hermanos se dio en la jeta manejando borracho una moto y tuvo que volver para cuidarlo porque no había quién lo hiciera.

Por eso para Julia, decir que se iba para Madrid era un anuncio que no le generaba ningún nervio y mucho menos alguna preocupación. Se iba, ya se había ido varias veces, de la casa de los papás, de este pueblo, de la universidad, de una relación. Si no me va bien, pues me vuelvo, aunque no quiero volver, me dijo.

Y eso lo pone a uno en una posición muy rara, la de desear que ojalá a la gente a la que uno quiere y la que quisiera a su lado, le vaya muy bien, o sea que no tengan que volver, entonces uno está ahí deseando tenerlos lejos.

Irse, quedando - 23

Para irse del país no hace falta que uno antes se haya ido de la casa de los papás. Cualquiera creería que sí, que viene bien llevar un orden, seguir un paso a paso. Por ejemplo: primero termino el colegio; segundo, me voy a estudiar en una universidad de otra ciudad, no vuelvo a ese pueblo que me vio nacer, todo plagado de lelos detenidos en el tiempo, chismosos y violentos; tercero, hago mi vida en la ciudad en la que estudié, consigo un trabajo porque ya me gradué de la universidad, alquilo un apartamento porque ya no tengo que vivir en un apartaestudio y consigo un gato que me espere por la noche cuando vuelva del trabajo que me tiene por fuera desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la noche, y llamo a mi mamá a decirle que la extraño, pero que no puedo ir a verla pronto porque voy a trabajar en las vacaciones, ya que el jefe espera que yo me comprometa con la empresa y mi futuro, tengo que demostrar mi deseo de ascender. 

Ese es apenas un orden tentativo, puede ponerse en práctica cualquier otro, por ejemplo: consigo una novia en el colegio y nos dedicamos a culiar como si de eso dependiera el bienestar de los ositos pandas y le cascamos al asunto hasta que ella diga que tiene un retraso y luego confirme que está embarazada y entonces le tenga que decir a mi papá que me ayude con una plata para alquilar una pieza donde me voy a amontonar a vivir con la mamita de mi hijo, y luego me meto a trabajar en construcción para ir así construyendo una familia, y un día le decimos a la suegra que nos cuide el bebé mientras vamos a la registraduría a sacar la cédula. Otra cosa sería, empacar la maleta y volarse a cualquier lugar para no responder por el bebé y dejar a la pelada sola. En el primer o el segundo escenario el resultado sería el mismo al que apuntamos, un hombre que se va de la casa antes de los veinte y no se queda de mantenido diciendo que lo hace para poder escribir novelas, así como lo hago yo.

El caso es que no, no hace falta haberse ido de la casa antes de agarrar el pasaporte y pegar para el extranjero, mi hermana siempre ha vivido en la misma casa en la que vivo yo, incluso se casó y tuvo hijos y siguió viviendo con nosotros. Sí, la casa es grande, aclaración importante para despejar dudas sobre hacinamiento. 

De la casa de los papás en el sur de América a la casa de los tíos con calvicie prematura que se dan de hostias y se cagan en la leche, sin puntos intermedios.

jueves, 27 de julio de 2023

Irse, quedando - 22

Un amigo que llevaba varios meses apostándole todo a su banda de rock me invitó a verlo tocar en un bar. El evento era importante porque allí iban a presentar su primer EP.

Después de tocar dos canciones, mi amigo anunció que, además de presentar la música nueva, ese toque era también una oportunidad para despedir al bajista y al baterista que se iban a trabajar a Brasil. La gente aplaudió, como si les pareciera una buena noticia, acto que me pareció tonto, pero bueno, aplaudí también para no desentonar.

Me tomé un trago de cerveza, uno corto, porque me iba a tomar solo una. Me hubiera gustado tomarme diez, pero llevaba en el bolsillo con qué pagar una cerveza y comprar la copia del CD.

La mujer que tenía sentada a mi lado en la barra me sonreía. Me parecía que la había visto antes, pero no le hablé, no me las iba a dar de galán sabiendo que no tenía ni siquiera con qué invitarla a tomar algo. Si el par de tipos de la banda que se iban andaban tan pelados como yo, hasta lógica tenía arrancar a bregar en otra parte.

Me acuerdo de esa noche porque en ese bar fue que se me ocurrió lo de empezar a regalarle una copia de "El Síndrome de Ulises," del escritor Santiago Gamboa, a todo el que me dijera que estaba considerando migrar. Por alguna razón me dio por creer que esa aventura del protagonista de esa novela podía ofrecer un matiz sobre la migración que tal vez le hacía falta a mis conocidos que se querían ir. La intención no era que se desanimaran, pero por lo menos que lo pensaran desde otro lugar. No sé cuántos de esos libros que regalé fueron leídos, o por lo menos no lo sé todavía, porque, por ejemplo, a veces abro el correo electrónico o me llegan mensajes al WhatsApp de esa gente que se fue, contándome que el tipo de la novela exageraba y otros diciéndome que se quedaba corto. En fin, creo que hubiera sido mejor recomendar una película o un documental, porque si yo estuviera rodeado de gente a la que le gustara leer, por lo menos tendría clientela para las maricadas que escribo y público, porque, por ejemplo, el amigo de la banda al que le compré el CD, ese no me ha comprado todavía un libro.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...