martes, 25 de julio de 2023

Irse, quedando -19

Los señores que se asomaban carretera abajo para mirar a Nacho y al rancho que había armado, decían que ese loco podía hacer lo que se le antojará porque para eso estaba solo y no tenía ninguna obligación.

Es esa época, cuando los oía decirlo, nunca pensé en lo curioso que resultaba que esos señores se refirieran a la familia de esa forma. 

La gente desea una familia, se esmera por construirla y cuidarla y de hecho algunas minorías han luchado para tener el derecho de formar una a la medida de sus afectos sin que nadie los ataque por ello, y pese a eso la familia es también una obligación y decirlo así sin quererlo disfrazar le hace honor a esos señores hoy en mi memoria, en últimas, poco queda por admirar más allá de la transparencia que seamos capaces de alcanzar en nuestra cotidianidad. 

En principio la familia es un motivo para irse, uno se va de la casa materna, su primera familia, para formar una familia nueva, para tener una esposa y unos hijos, eso sería lo conservador, lo tradicional, asumir la obligación, pero, si yo no quiero formar una familia, si en la vida solo me he visualizado como un viejo que vive solo en una casa con un radio y los libros, qué afán tengo de irme de la casa materna, la misma cosa da sí me voy a los veinte o las treinta y cinco. 

Luego hay gente que dice que se va para USA y uno les pregunta que por qué y le responden que porque allá está la familia. Otros dicen, por el contrario, que se van para USA con la intención de trabajar duro para mandarle dinero a la familia. Otros dicen que se van, pero para llevarse a la familia, ese es el caso de mi cuñado, que luego se llevó a mi hermana y mis sobrinos. 

Nacho no tenía ninguna obligación y sembraba yuca y tocaba la guitarra, calmado, independiente. Difícil e irresponsable sería decir que vivía feliz, porque eso no me consta, de eso no hablaban los señores que menciono, porque cuando uno se acostumbra a decir que la familia y la obligación son la misma cosa no se detiene mucho a hablar de felicidad y esa parece una palabra propia de la ficción, de las telenovelas o de los gomelos. 

lunes, 24 de julio de 2023

Irse, quedando - 18

Raúl aprendió a cocinar en una academia de Bogotá y volvió a Tuluá con el propósito de abrir un restaurante elegante, traía con él todo el discurso que empezaba a cobrar relevancia entre el sector de la gastronomía, el entretenimiento y el turismo, por esos días. 

Además de comida, iba a ofrecerle a la gente una experiencia, no era calmar el hambre, era consentir el paladar y estimular los sentidos y disfrutar de un espacio que le diera prioridad al goce estético, eso decía él. 

La iniciativa duró tres meses y aunque su padre y patrocinador lo había advertido, Raúl prefirió comprobarlo. Tuluá no estaba todavía lista para sus propuestas y por eso Raúl para pagar deudas opto por convertir su restaurante en pizzería y ahí sí, la situación fluyó y Raúl supo bien lo que era atender a más de cuatro o cinco clientes en una noche. 

Raúl pudo pagar sus deudas y contratar empleados y empezar a comprar cosas, porque si uno trabaja y no compra cosas, entonces para qué trabaja, porque la gente tiene que ver que algo está haciendo uno con lo que se gana, decía una vez un cura en la misa, justificando el hecho de que él así sacerdote y todo estrenaba carro porque para eso él tenía más trabajos aparte de ese de ser pastor de la iglesia de Pedro. 

Por eso Raúl se compró un carro nuevo y cuando lo vi bajarse me quedó claro que él ya era de mis amigos, el aventado, él de mostrar y sentirse orgullo. Él todavía se notaba frustrado, lo que quería era cocinar de verdad, pero la pizzería había pegado y la plata no se le hace el feo. 

El cuento es que Raúl también se fue y en el extranjero, ni cocina gourmet, ni pizza, por allá lava platos y baños y bolea ladrillos en obras de construcción.

Lo extorsionaron una vez y pagó y lo extorsionaron otra vez y pagó otra vez y le quisieron fijar una cuota y dijo que no, que no estaba él para mantener a nadie y estallaron el restaurante y le siguieron enviando mensajes amenazantes y por eso se fue, así me lo explicó por teléfono estando ya por allá. 

Irse es lo natural, pero irse obligando por las amenazas contra la vida siempre será una experiencia que deja un mal sabor, no importa si se es cocinero o no, o si se va a Bogotá o a Europa. 

viernes, 21 de julio de 2023

Irse, quedando - 17

Lo que la gente quiere de una ciudad es que el precio de los arriendos sea justo, que la movilidad no sea un problema, que el clima sea agradable, que las empresas de servicios públicos domiciliarios garanticen que en cada hogar haya agua y energía las 24 horas del día los 365 días del año, porque los cortes enojan a cualquiera. 
Lo que esperan es que haya colegios y universidades y hospitales porque así se garantiza el bienestar. 
También está luego el espacio para gestionar el ocio, por eso también se espera que existan centros comerciales y salas de cine y discotecas y restaurantes y parques públicos y escenarios deportivos. 
Cuando todo eso se tiene se habla de la actividad comercial, de la generación de empleo, de la seguridad. 
Eso es lo que esperamos de la ciudad en la que vivimos, o por lo menos eso es lo que uno cree, pero no, no es suficiente, porque la gente igual se va.
Muchos dicen que se van de acá por la inseguridad, por los robos y los homicidios y las extorsiones. 
Dicen que se van buscando tranquilidad y llegan a lugares habitados por gente blanca y local convencida de que los que llegan llevan lo necesario para poner en riesgo su tranquilidad. 
Desde Tuluá, Valle del Cauca, Colombia, exportamos intranquilidad para el mundo. 

miércoles, 19 de julio de 2023

Irse, quedando - 16

Con el sol quemándonos las espaldas y las llantas de las bicicletas derritiéndose al contacto con el asfalto, Julia me comentó que ya se había decidido, que se iba para España. 

Si en ese momento no se me hubiera estado yendo la vida en cada pedalada le hubiera preguntado por qué, pero la trepada de la pendiente me impedía pronunciar palabra y el aliento a duras penas me permitió decir que sí, que bien. 

Al terminar la ruta no sentamos a tomar cerveza en una tienda y ahí, en vez de mostrar interés en lo que la motivaba a irse, pregunte por detalles más mundanos como cuánto le habían valido los tiquetes. 

En lugar de darme una cifra, Julia me explicó que con lo que le pagaran a fin de mes y la venta de la bicicleta completaba lo del vuelo, incluso me ofreció la bicicleta a mí, como si yo pudiera darme el gusto de tener más de una. 

Julia estudió literatura en la universidad del Cauca y como tantos otros egresados de esa carrera, estaba haciendo algo muy diferente a lo que imaginó mientras estudiaba. 

Llevaba más de tres meses cuidando a los hijos de un concejal del pueblo que, según me comentaba, todavía sentía poco aprecio por cualquiera de esos individuos dedicados a las tareas del cuidado. 

Según Julia, para aguantarse las humillaciones de cualquier levantado infeliz con plata del pueblo mejor se aguantaba las humillaciones pagadas en euros por los extranjeros que por lo menos eran los colonialistas y esclavistas originales. 

martes, 18 de julio de 2023

Irse, quedando - 15

En la fila para conseguir el pasaporte siempre termina uno hablando con alguien, aunque lleve un libro grande para clavar la cabeza en él y hacerse pasar por ocupado la charla lo termina absorbiendo. La pregunta común entre la gente es la del destino, porque si está tramitando ese documento para alguna parte debe ir. Unos responde que van para Europa y otros que para Argentina y otros cuantos para Perú y Brasil, todos dicen que van de paseo y uno se hace el que les cree porque uno nunca ha visto en televisión los cientos de capítulos de alerta aeropuerto. Yo respondí que todavía no iba para ninguna parte, pero que me parecía importante tener el pasaporte porque en el momento en que me ganara el chance volaba a donde me alcanzará y la respuesta resultó ser exitosa y varios otros en la fila dijeron que lo mismo creían ellos. Cuando la gente habla de viajes deja entrever su posición en sociedad, su estrato, o ese me parece a mí y lo noté también en esa fila. Pasa que los pelagatos, así como yo, los que hacen el chance, son gente que va para un país, van a Alemania o a Canadá y luego están los acomodados, los de la tarjeta de crédito negra y un inglés fluido, esos suelen viajar a las ciudades, ellos van a Berlín, Toronto, Sidney, Madrid, Budapest y Helsinki. Entre unos y otros lo que queda demostrado es que en la fila no hay un solo millonario porque ninguno se dirige a Nueva Delhi. 

Irse, quedando - 14

La juventud no es el momento indicado para querer ser un escritor porque no hay futuro en la escritura. Los cuentos y las novelas solo pueden resultar de provecho para quienes los leen, para el que los escribe solo representa una merma. 

El derecho de las cosas está en descubrir la vocación de escritor cuando ya se ha conseguido una pensión, así se puede trabajar en la novela con la comida asegurada y el sosiego de una mirada puesta en el pasado, porque en ese momento siempre serán más los años vividos que los años por vivir. 

Un joven escritor podrá tener talento y aun así escribirá con hambre y padecerá la escasez propia del oficio y ese es un sacrificio que en la era de la creación de contenidos para redes sociales y la monetización de la ligereza no está bien visto. 

Cuestión que en lugar de meterme a la policía para escribir en mis años de buen retiro, decidí comenzar a escribir mis cuentos a los veinte años, por la misma época en la que muchos de mis conocidos y amigos que llevaban años metidos en las canchas de fútbol entrenando duro con el sueño de ser jugadores profesionales empezaban a ver su sueño desvanecerse porque pasados los veinte ya estaba claro que los esperaba era estudiar una carrera o conseguir trabajo. 

Ellos empezaban a darle orden a lo que sería el futuro mientras yo publicaba mi primer cuento en una revista que no pagaba. No llevo las cuentas, pero esa puede ser calificada como la primera chichigua que me quitó la escritura, impresión del manuscrito y costo del envío por correo, el sobre de manila me lo regalaron y el cuento no le importo a nadie. 

viernes, 14 de julio de 2023

Irse, quedando - 13

El problema con ese momento mágico en el que uno cree descubrir su vocación es justo que se presente como mágico y no como lógico, porque si fuera lógico uno no se desbocaría ilusionado y ciego de tras de algo para lo que a todas luces no sirve. 

Uno de mis compañeros de colegio decía que su vocación era salvar a los animales y no fue capaz de terminar la carrera de veterinaria porque le daba pesar cortarlos para realizar las intervenciones quirúrgicas necesarias para salvarlos; acabó estudiando ingeniería ambiental y liderando grupos de activistas que se empelotan durante las cabalgatas para protestar contra el maltrato. Ya aprendí que no debo preguntarle a cuantos animales ha salvado porque se emputa. 

Mi historia no es mejor, a los veinte me dio por decir que quería ser escritor, como si tuviera alguna posibilidad de conseguir algo notorio en ese campo, y entonces estudié una carrera cualquiera, una licenciatura, con la esperanza de terminar metido en el magisterio y aprovechar los largos meses de paro y el sueldo recibido por decir que el gobierno los quiere a todos brutos, para escribir mis novelas. 

No hizo falta que pasara mucho tiempo para darme cuenta de que todo iba a ir en caída libre para mí y que se podía conseguir mucho más como activista, sin importar si se trata de defender árboles o animales. Le digo a mi compañero que yo no veo que andar por ahí protestando y jodiendo, le dé plata y me dice que no es por el vil metal, sino por la satisfacción, cosa que no sé qué es, o para qué sirve, todavía.  

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...