lunes, 18 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás - 6

Con Martha habló Ricardo, le dio la noticia y se aguantó el grito de su hermana dando gracias a Dios. Era un par de años mayor que Ricardo y tampoco tenía hijos. Eduardo y ella intentaron tenerlos en repetidas ocasiones pero los embarazos de Martha no pasaban de los cuatro o cinco meses, después venían los abortos que la dejaban como para morirse. Los médicos decían que su útero era como el de una niña por esa razón la gestación no pasaba de los cinco meses, así fue como Martha de despidió de la ilusión de ser madre. Sus hermanos jamás la imaginaron como mamá y no era que creyeran que ella no tuviera la capacidad de criar un hijo pero la conocían bien y sabían que lo mejor era que siguiera así.

La tercera y última llamada era para el hermano mayor Antonio que había decidió quedarse en Armenia. Ricardo sabía que él no vendría a conocer a su sobrio hasta que pasaran un par de meses. A Antonio no le gustaba salir de Armenia porque no tenía a quien dejar encargado de los billares además se la pasaba quejándose todo el tiempo de la situación económica y de no tener plata pa viajar. Ricardo y Ana sabían que eran puras escusas y no le decían nada porque sabían que no había quien lo convenciera. Su obstinación superaba con creces a la de sus hermanos, era más fácil que Antonio le dijera a Ricardo que le daba los pasajes para que fueran ellos con el bebé y lo visitaran a él.

Ana habló con Antonio. El teléfono sonó muchas veces antes de que lo contestara, a esa hora de la mañana el hermano de Ricardo estaba apenas empezando a dormir con tranquilidad pues pasaba toda la noches hasta las tres de la mañana atendiendo el billar, y después de cerrar seguía vendiendo aguardiente, cigarrillos y cervezas por una ventana, así que se acostaba se dormía 15 minutos y alguien tocaba, él se levantaba lo entendía y de nuevo se iba a la cama y 10 minutos después de nuevo alguien tocaba y así se la pasaba toda la noches hasta que a las 6 o 7 de la mañana pudiera dormirse tranquilo.

Ricardo le decía a Ana que visitar a Antonio era un trauma porque aparte de que el apartamento en que vivía era bien estrecho y no había lugar para ellos cuando estaban de visita se desvelaban junto con él porque quién iba a ser capaz de dormir con la gente golpeando la puerta a cada minuto.

Antonio el mayor de los cuatro hermanos vivía solo y no se había casado con nadie en sus casi cincuenta años de existencia, al parecer la vida en pareja no le gustaba. Tenía una mujer pero él vivía en el apartamento que quedaba en los billares y ella vivía en otra casa que le pertenecía a Antonio y que no estaba muy lejos del negocio, se veían a diario pero él vivía solo y ella vivía sola. Era una manera extraña de establecer una relación pero a ellos al parecer les funcionaba. Ricardo decía que tal vez para Antonio con lo conflictivo que era  vivir con alguien le resultaba más difícil y por eso prefería tener una relación como la que tenía, además era suertudo por conseguir a una mujer que le siguiera la idea.

Antonio siempre contestaba el teléfono con entusiasmo era su forma de demostrar la alegría que le daba que lo llamaran, cosa que él no hacia pues se pasaba meses sin tomar la teléfono para hablar con sus hermano. Ana le contó la noticia y Antonio antes de que Ana le dijera que esa noche todos estarían reunidos en familia para conocer el bebé y celebrar que fuera un nuevo miembro de la familia él dijo, cuñaita cómo me daría de gusto ir hasta allá a conocer al niño y  compartir la alegría con todos, pero usted sabe mija como están las cosas, estas últimas semanas han estado muy duras, la gente ya no está tomando cuñaita y para ir uno por allá necesita es plata, pero ojala que crezca rápido para que puedan venir con él a visitarme. Ana lo escuchaba y se reía divertida, su cuñado era predecible como ninguno. Ricardo al verla reírse entendía de qué se trataba. Ana le contestaba, si, aja, claro, si Antonio así es, todo está muy duro, mientras miraba a Ricardo.

Antonio también tenía una hija aunque se dio cuenta de que era papá solo trece años después del nacimiento de la niña. Un día se apareció en el billar una mujer que él conocía muy bien de la que había sido novio en su juventud, la mujer cambiada por los años trascurridos estaba acompañada por la jovencita que desde ese día fue la hija de Antonio, la intención de la mujer era solo que el hermano de Ricardo se diera cuenta que era papá y la de Antonio recuperar todos esos años perdidos con su hija.

Muchas fueron las preguntas de Antonio y las explicaciones que pidió a la mujer. No entendía por qué se aparecía después de tanto tiempo para contarle que tenía una hija. Él creyó que ella buscaba algún beneficio económico de su parte y se realizó los exámenes para estar seguro de lo que le decían y cuando así lo demostraron los resultados quiso darle su apellido a la niña y ahí fue cuando se llevó la sorpresa pues la mamá no deseaba eso, solo cuando Antonio ofreció darle el apellido a su hija la madre de la niña le terminó de explicar lo sucedido.

Después de que ellos se alejaran y ella se diera cuenta que estaba en embarazo sin decidir buscarlo a él conoció a un hombre mayor que se casó con ella, cuando la niña nació ella le dijo que era su hija razón por la cual ya tenía un apellido paterno, además de eso la había incluido en su testamento que no era nada despreciable. Su marido había muerto el año pasado y por eso había decidió contarle a Antonio que ella era su hija, tal vez si su marido hubiera vivido hasta que la niña cumpliera dieciocho años Antonio nunca hubiera conocido la verdad. Desde ese día la muchacha visita con frecuencia  a Antonio y cuando está de regreso en casa dice lo mismo que dice Ricardo que en la casa de Antonio es imposible dormir.

Salieron de las cabinas telefónicas, Ricardo estaba satisfecho porque ya todos sus hermanos estaban enterados de su paternidad y se sentía tranquilo y preparado para hacer las compras necesarias y visitar a la doctora del bienestar familiar. Ana no se preocupaba tanto por avisarle a sus papás, más tarde les daría la noticia seguro que sería su hermana la que se los informara porque ellos no tenía teléfono, en ese momento lo que más importaba era calmarle los arrebatos a Ricardo porque sabía que de no hacerlo la molestaría el resto del día. 

jueves, 14 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás-5

Parquearon la camioneta en la plaza y fueron a Telecom a llamar a los hermanos de Ricardo. El primero en ser avisado fue Pablo, el teléfono lo contestó Adelaida la esposa. Habló Ana, le contó a la cuñada de su marido sobre la llamada que habían recibido, les avisaba temprano porque Ricardo quería saber si podían estar en la casa de ellos por la noche para conocer al niño.

Adelaida estaba muy contenta con la noticia, sabia lo mucho que ellos anhelaban tener un hijo, aparte de ser familiares eran muy buena amigas, las dos tenía el temple y la decisión necesarias para echarse al hombro un matrimonio y sacarlo adelante, Ricardo y Pablo eran muy similares, los dos compartían esa tendencia a la depresión que solo podían controlar mujeres como ellas, que no temían actuar.

La segunda llamada fue para Martha la única hermana de Ricardo, que vivía en una finca a unos pocos minutos de distancia de la casa de Ana. En la casa de Martha hay un teléfono de disco igual al que tiene Ricardo, Eduardo lo compró días después de que lo hiciera Ricardo. Desde que se conocen los dos iniciaron una competencia silenciosa por tener lo que el otro tiene o algo mejor.

Ricardo compraba un sombrero se lo ponía para ir a jugar billar en la noche Eduardo lo veía y al día siguiente era él quien llegaba estrenándose un sombrero igual o mejor que el de su cuñado. Un día Ricardo fue a visitar a su hermana y ella le ofreció torta de chócolo hecha en un sartén eléctrico que a Ricardo le pareció muy práctico y dijo que iba conseguir uno para él.

Marthica mija, y eso de dónde sacó usted este sartén, mire que belleza como quedan de ricas las arepitas de chócolo ahí, dijo Ricardo sosteniendo un trozo de arepa en una mano y con la otra examinando el sartén. Ese lo trajo mi amorcito de Manizales la última vez que fue, usted sabe cómo es mi amorcito de antojado, lo vio y ahí mismo lo compró, contestó Martha mientras le servía café a su hermano. Muy buen aparato Marthica muy buen aparato, me va tocar buscar uno para nosotros porque estas arepas quedan muy buenas. Dos días después estaba Ana destapando la caja donde venía el sartén eléctrico y Ricardo estaba pegado a la máquina moliendo el maíz que se había tardado toda la mañana en desgranar y que había traído Ana desde la finca de los papás.

Días después una tormenta dejó a Ricardo y Ana sin televisor y como a los dos les gustaban tanto las telenovelas de la noche fueron esa misma mañana después de la tormenta a comprar uno nuevo. Buscaron uno como el que tenían de 21 pulgadas pero no lo encontraron y después de dar muchas vueltas compraron uno de 32 pulgadas. Esa noche Eduardo arrimó a la casa de sus cuñado a entregarle unas arepas que mandaba Martha, siempre les mandaba porque sabía que Ana no era buena haciéndolas, cuando entró Eduardo se encontró con el nuevo televisor de su cuñado, lo admiró un rato y se marchó como si apenas lo hubiera visto; Al otro día él que baja del pueblo con una caja grande era el cuñado de Ricardo que había comprado un televisor de 38 pulgadas.

Esa competencia parecía no desparecer y cada que uno de los dos iba a comprar algo estaba pensando en su cuñado y en la cara que este pondría y en alguna ocasión por el afán de descrestar al otro habían salido estafados. Uno de eso casos fue el de la cafeteras, Eduardo compró la suya y se la mostró a Ricardo; ese era el momento preferido de los dos, presumir con su nueva adquisición. Eduardo salió de la casa de su cuñado y se fue para la suya, Martha recibió la cafetera gustosa y antes de que la conectara su hermano Ricardo ya había salido en busca de una cafetera de las mismas.

Qué pasó cuñado para donde va tan afanado, preguntó Ricardo recostado en el marco de la puerta. Nada cuña que ese viejo marica me quiere ver la cara de guevon vendiendo cosas chimbas y voy a hacerle el reclamo, a mí no me va a robar así la plata ese viejito hijueputa contestó Eduardo mientras alargaba el paso.

Ricardo entró malicioso y le dijo a Ana que hiciera tinto para ensayar la cafetera y al igual que la de Eduardo se quemó con solo conectarla, Ricardo la empacó de nuevo y corrió hasta donde el señor que se las había vendido, uno de esos vendedores de paso. Se apresuró temiendo que ya se hubiera volado. Cuando llegó donde él se encontró a su cuñado  reclamado el cambio del aparato.

Qué pasa cuñado, preguntó Ricardo con su cafetera inservible bajo el brazo. Pues cómo le parece que este malparido dice que este aparato no tiene garantía, así que como quien dice perdimos la plata y nos robaron, dijo Eduardo. Como qué no hay garantía si yo conócete esto y ahí mismo se quemó, dijo Ricardo. A la suya le pasó lo mismo que a la mía o sea que este viejo hijueputa ladrón vende electrodomésticos de segunda como si fueran nuevos y le ve a uno la cara de pendejo, dijo Eduardo mientras miraba al viejo.

Ningún ladrón señor y más hijueputa será usted, esos aparatos salen buenos, que a ustedes no les hayan funcionado es muy raro pero eso ya es problema de ustedes porque yo eso no lo cambio, ni regreso platas tampoco. Les dijo el viejo con voz seria y de pie como si se estuviera listo para encenderse a tiestazos con el que fuera sin dejar de empacar las cosas en el carro para seguir el camino. 

Ricardo no quiso pelear con el señor y dio media vuelta. Para dónde va cuñao es que usted no va a exigir que este señor nos cambie esto, le dijo Eduardo. Qué vamos a exigir si él ya dijo que no lo cambia y ni modo de llamar a la policía porque mientras bajan del pueblo hasta acá tiempo hay de que le terminemos comprando más cosas al tipo ese, además este señor nos vendió eso sin factura, ahí si más pendejos nosotros que le compramos, le respondió Ricardo alejándose el carro del vendedor.  Eduardo cayó en cuenta de su error al no haber pedido factura y abrió los puños que ya le dolían de tanto apretarlo y levantó la caja con la cafetera que había dejado en el piso y la tiró con fuerza al parabrisas del carro del vendedor y con el mismo tono de voz desafiante del tipo le dijo que ahí tenía su cafetera de mierda y que hiciera lo que quisiera que él tampoco se le corría a nadie. El vendedor de cafeteras se dejó ir al baúl del carro y se le paró de frente a Eduardo y le mando un machetazo con todas las ganas, la cara del vendedor decía que lo iba a picar menudito y Eduardo con una agilidad que no supo de donde le vino esquivó el primer machetazo y cuando el vendedor le mandó el segundo Ricardo le gritó al vendedor que se abriera pa la puta mierda si no quería problemas y cuando el vendedor le fue a tirar vio el cañón de la escopeta apuntándole en la cabeza. El vendedor bajó el machete y Ricardo en tono conciliador le dijo que se fuera si no quería problema y el vendedor subiéndose al carro les dijo que eso no se quedaba así que el volvía y Eduardo le dijo que volviera cuando quisiera.

Mientras caminaban Ricardo le dijo a Eduardo que él para qué se ponía a buscar peleas viendo que no era sino flojo y Eduardo le dijo que más flojo él que no había querido ni reclamar ni nada y que no se las viniera a dar de berraco que fijo no hubiera ni disparado y Ricardo le dijo que flojo y todo le había salvado el culo.


En la casa Ana los esperaba a los dos con chocolatico caliente y mientras lo tomaban se miraron hasta que terminaron riéndose por su estupidez, por haberse dejado robar. De ese día quedaron de recuerdo la cafetera de Ricardo que todavía rueda por ahí entre tanto chéchere que guarda 

martes, 12 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás- 4


Imagínese está noche cuando lleguemos a la casa con el bebé y estén ahí mis hermanos y mis sobrinos y mis suegros y todos esperándonos para celebrar y conocer al bebé, que emoción tan berraca, decía Ricardo con las manos en el volante apartando la vista de la carretera para mirar a Ana.

Pero cómo van a estar esta noche en la casa si no saben que vamos a ser papás, nadie sabe qué vamos al pueblo por eso, solo lo sabemos nosotros y la doctora, dijo Ana divertida viendo el entusiasmo de su marido.

Pero cómo así Ana, cómo así, no, no, no,  hay que avisarle a mis hermanos ellos tiene que conocer al bebé esta misma noche, y su familia también tiene que saber, no podemos ser tan egoísta con esta noticia Ana por Dios, tenemos que llamarlos. Ricardo paro el carro y le dio reversa, cuando su mujer le preguntó, ¿por qué nos vamos a devolver qué se nos quedó? Pues a avisarle a la familia, o es que no me estaba escuchando, les tenemos que avisar, dijo Ricardo- Ana lo miró y se rió. Claro que lo escuche pero no necesitamos devolvernos hasta la casa, ahora cuando lleguemos al pueblo los llamamos y les avisamos a todos. Dijo la esposa sin parar de reír, Ricardo tenía esos ojos vidriosos que siempre se le ponían así cuando sentía que había hecho el ridículo. Es que la noticia me tiene embobado, claro tiene razón del pueblo los llamamos, dijo Ricardo como disculpándose y siguió concentrado en la carretera.

Después de un silencio prolongando Ricardo preguntó cómo le iban a poner al niño. Ana no supo responder, el impacto de la  noticia había sido tal que ella no había pensado aún en cuál sería el nombre de su hijo. No lo había pensado, no he hecho sino imaginarme al bebé, usted que nombre pensó.  Pues la verdad tampoco he pensado ninguno o al contrario he pesado tantos que ni sé cuál, dijo Ricardo poniendo la misma expresión de fatiga de Ana. Al parecer el hecho de no saber cómo lo llamarían les molestaba y a Ana la molestaba aún más que hubiera sido Ricardo y no ella la primera en hacer esa pregunta, la primera en darse cuenta que en ese momento su hijo no tenía nombre.

¿Se acuerda del niño que casi adoptamos hace dos años? A este bebé deberíamos llamarlo igual, Ana lo dijo convencida de que eso era lo mejor. Los dos se habían hecho mucha ilusión con ese niño que al final había sido entregado a sus abuelos maternos, el niño se llamaban Jesús. Yo estaba pensado lo mismo justo cuando le hice pregunte, a mí también me parece que Jesús es un buen nombre, dijo Ricardo. El carro empezaba a ir más rápido, acababan de dejar la carretera destapada para iniciar la pavimentada, estaban a cinco minutos de llegar a la plaza del pueblo.

Cuando Ana y Ricardo comenzaron el proceso de adopción los llevaron a un hogar infantil donde vivían los niños que esperaban ser adoptados. Ricardo creía que un niño de menos de cuatro o cinco años estaría bien y para Ana era necesario que el niño no tuviera más de dos años. En ese hogar conocieron a Jesús y se encariñaron con él.  Iniciaron los trámites de adopción y mientras estos avanzaban ellos iba a visitar al niño una vez por semana. Daban por hecho que ese sería su hijo y Ricardo llamó a sus hermanos a contarles que pronto tendrían un sobrino. Compraron ropa y juguetes y lo prepararon todo para recibir al niño cuando aparecieron los abuelos maternos y se lo llevaron. Después de ese episodio Ricardo perdió todas las esperanzas de ser papá y Ana aunque triste decidió seguir con los procesos pero solo si podían adoptar a un niño recién nacido. Dos años después esa mañana de viernes la llamada de la doctora les había hecho saber que un bebé los esperaba en el hospital.

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Ahora sí vamos a ser papás -3

Nacidos y criados en las montañas del oriente de Caldas un día se aburrieron de lo mismo y les dio por soñar que de pronto su vida estaba en otra parte y una vez cuando llevaban como seis años de casados viajaron a Armenia en compañía de José el otro hermano de Ricardo. Invirtieron el pequeño capital que llevaban en un bar que funcionaba en el centro de la ciudad, el negocio era administrado por los dos hermanos y Ana permanecía en la casa.

Aparte del licor en el bar también se conseguían mujeres. Siempre había entre diez y doce por noche y de esa parte del negocio se encargaba José. Ricardo cada que hablaba con una de ellas terminaba regalándole la plata del realizo del día para que compraran comida o medicamentos para sus hijos. La situación no le gustaba a José que no entendía por qué su hermano se creía hermanita de la caridad, es que guevon ellas no son obligación suya, y no me venga con cuentos de que pobre mujeres como les toca de duro porque duro nos toca a todos y dígame a ver, quién viene acá a regalarnos plata a nosotros, nadie, ningún malparido, decía José. 

Ana que lo conocía como nadie decía, lo que pasa mi querida es que Ricardo cree que todo el mundo es como él, que toda la gente es honesta y honrada, por eso es que a veces pasa por pendejo el pobre marido mío. El no tenia problema en sacar un o dos millones de pesos y prestárselos a un medio conocido, a veces prestaba la plata sin cobrar intereses, cuando eso sucedía Ana no para de regañarlo todos los días hasta que Ricardo tomara las llaves de la camioneta y se fuera a cobrar. Nadie podía llegar a la casa de Ricardo a decirle que no tenía con qué ir al médico porque ahí mismo le prestaba. Don Ricardo es que no tenemos con qué comprar el mercadito de esta semana hay mismo les prestaba. Don Ricardo que es que nos cortaron la energía hay mismo les prestaba. Ricardo cree que está en capacidad de ayudar a todo el mundo como si estuviera comprando el cielo a cuotas como si eso fuera más rentable que el ganado y lo peor es que lo tumban y lo tumban y aun así no aprende a desconfiar, le decía Ana a sus amigas.

Además de prestarles plata a las mujeres que trabajaban en el bar Ricardo las aconsejaban para que se pusieran a trabajar en otra cosa y consiguieran algo mejor. Una noche José llevó a una muchacha de unos 17 años, el éxito fue inmediato, siempre tenía más clientes que las demás, pero cuando Ricardo la vio se enojó tanto que no fue a trabajar en toda una semana. José iba a buscarlo pero Ricardo decía que no volvía si esa niña seguía trabajando en el lugar, es que mejor dicho deberíamos cambiar de negocio. José para no pelear con su hermano y con Ana que respaldaba a su marido decidió decirle a la muchacha que se marchara, pero no dejó de verla, José era uno de sus mejores clientes.

Ana por Dios es que Ricardo es el colmo mija como va a creer que le preste plata a las muchas y que además de eso les esté diciendo todo el tiempo que es mejor que se dediquen a otra cosa, cuñadita el no entiende que si todas esa viejas le hacen caso y dejan de rebuscarse la plata a nosotros nos toca cerrar el bar y volvernos a coger café, le decía José a Ana cuando Ricardo no estaba cerca. No sea exagerado José que si no hubiera mujeres en el bar la gente igual iría a emborracharse con las mocitas que consiga por ahí en la calle, le decía Ana burlona pensando que lo mejor que podrían hacer era volver al caserío porque la ciudad no era pa ella. 

No crea Ana, no crea, el éxito de ese lugar son la viejas, eso sin viejas no es nada mi querida, yo no sé, usted tiene que decirle a Ricardo que se concentre en trabajar que entienda que él no es el papá de esa viejas y por más que quiera él no les puede arreglar la vida, si terminaron putiando eso no es problema de él y mio tampoco, a mí lo que me importa es el negocio y eso debería entenderlo Ricardo. 


Fueron necesarios dos meses más para que Ricardo aceptara que ese tipo de trabajo no era para él. El bar daba muy buen resultado y José estaba más contento que nunca. Ana no quería estar más en esa ciudad porque sentía que no hacía nada, se la pasaba todo el día en la casa y no le iba bien buscando trabajo y Ricardo estaba tan aburrido con el malestar que le generaba el bar siempre lleno de borrachos y de mujeres que cuando Ana le dijo que se volviera no la dejó ni terminar de hablar y esa misma noche empacaron las cuatro cosas que tenía y se volvieron. Es que uno como va a administrar un bar de putas sino le gustan ni los borrachos ni las putas, decía josé cuando le preguntaban por su hermano.


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jueves, 7 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás - 2


Qué vamos hacer ahora, preguntó Ricardo. El impacto de la noticia no le permitiría desarrollar sus actividades diarias con normalidad. Uno no se hace papá todos los días, decía; menos él que vivía mortificado por su esterilidad. Para Ricardo lo más parecido a ser papá era se tío. Los hijos de su hermano Pablo los visitaban cada que había vacaciones del colegio y a él le gustaba tenerlos en casa aunque no quisieran hacer otra cosa que ver televisión.

Ana se levantó de la mesa y recogió lo platos,  Ricardo caminó tras ella. Entonces qué vamos hacer, preguntó impaciente. Esperar, la doctora dijo que hay que estar en la oficina de ella por la tarde para que nos explique todo, además debe tener listos algunos papeles, bueno y además de eso no sabemos cuál es la historia de la mamá y de eso también nos tiene que hablar, lo mínimo que puede hacer la doctora es explicarnos porque esa mujer quiere regalar a su bebé. Ricardo la miró con desconcierto. No, Ana no, cómo así que esperar hasta por la tarde Ana, cómo va a creer una cosas de esas, nos vamos ya para el pueblo y antes de visitar a la doctora en su oficina compramos las cosas para el bebé, no podemos traernos al niño para la casa sin tener ropa, pañales, leche. No, no, no, es que mejor dicho afanemos, mire la hora que es, ya no cogió fue la tarde.

Ricardo se quitó la camiseta y entró al baño, Ana escuchó el agua de la ducha caer sobre el cuerpo de su marido que feliz tarareaba una canción, ella lavaba los platos y dejaba impecable la cocina. La asustaba verlo desbordado de emoción, si las cosas ahora tampoco salían bien no se quería imaginar lo difícil que iba a ser levantarle el ánimo a Ricardo.

Pero Ricardo cómo vamos a comprarle la ropa al bebé antes de conocerlo, a mí me parece que usted se está afanando mucho, qué tal que cuando lleguemos al hospital la mamá del niño ya se haya arrepentido de darlo en adopción, mire lo que pasó la ultima vez compró un montón de juguetes y no sé que más cosas sin estar seguro de que nos iba a dar el niño, y si no se acuerda como se puso después de eso yo si me acuerdo.

Ana no quería decir eso, lo que más deseaba era volver por la noche a la casa con el bebé en brazos pero quería ser optimista sin despegar los pies del suelo, no quería hacerse falsas ilusiones, tampoco que se las hiciera Ricardo. Ella estaría feliz solo cuando los documentos de adopción estuvieran firmados.

Por Dios Ana pero a usted quién la entiende, me dice todo el tiempo que soy muy negativo, que debo corregir eso y hoy nos dicen que vamos a ser papas de un niño que recién nació y quiere que no me haga ilusiones. Yo no sé yo creo que está vez sí va ser verdad.

Ella tenía razón cuando decía que Ricardo era negativo. Su vida juntos la habían dedicado al comercio y a los negocios, a comprar ganado, café, cerdos, caballos, eso era lo que hacían. Les iba bien y la plata no era un problema, pero a pesar de eso el marido de Ana estaba pensado todo el tiempo que los negocios se podían ir al piso de un día para otro dejándolo a él y a su esposa sin nada. Y esa mañana era él el que estaba seguro de que todo iba a salir bien.

Ricardo salió del baño, Ana están lista para entrar a ducharse, sabía que no tenía sentido nadar contra la corriente, a su marido ya se le había metido la idea en la cabeza de ir a comprar cosas y ella sabía muy bien que nadie lo convencería de lo contrario.

Será qué me afeito o me quedo así, preguntó Ricardo. Ana se rio estaba adentro del baño y lo hizo con tranquilidad sabiendo que él no la estaba viendo. En veinte años que llevaban de casados aun se reía de la barba de su marido. La barba de Ricardo era como la pelusa de un durazno y él decía que era necesario afeitarse todos los días. Tenia maquinas de afeitar de toda clase,  su marido no tenia barba y ella lo quería así lampiño, pero como él creía que tenia ella le seguía el juego.

No amor yo creo que así está bien, dijo Ana mientras habría la llave. Pues yo no creo, lo mejor es que me afeite, que pena con la doctora que me vea todo barbado como un gamín de esos andariegos degenerados. Se paró frente al espejo del lavamanos y empezó a afeitarse mientras que Ana se lavaba el largo cabello negro bajo el agua tibia y se seguía burlando de la barba de Ricardo.

Ana se terminaba de vestir y Ricardo ya listo con las llaves del carro en la mano tomó el teléfono y llamó a Isabel una hermana de Ana para que se encargara de los cerdos y los cuidara mientras ellos no estaban. Él les lavaba las cocheras de nuevo al medio día y después les picaban caña y les echaba concentrado. Isabel vivía con los papás en una finca a unos veinte minutos de la casa de Ricardo, era una año menor que Ana y no tenía esposo ni novio ni nada parecido, nunca lo había tenido. Ricardo le preguntaba a Ana por qué Isabel no se había casado y no conseguía respuesta porque su esposa evitaba hablar del tema. Cuando Ana no estaba, Ricardo y Eduardo su cuñado hablan de Isabel y Eduardo siempre decía, esa viejita lo que pasa cuñao es que no le gustan los hombre, o ninguno le ha hecho rico, eso sí que no se vaya a dejar coger de mí porque ahí si le cuento una cosa, a esa viejita se le quita esa cara de estar comiendo mierda que mantiene. 


Ricardo colgó el teléfono. Ana estaba lista. Salieron de la casa y se subieron a la camioneta, podían irse a conocer a su hijo. Ambos sabían manejar y por lo regular se rotaban las llaves. Ricardo prefería manejar cuando estaban en verano porque en invierno la carretera se derretía y cada cien metros había dos o tres atascaderos con los que Ana se defendía mucho mejor. Es que ella tiene más paciencia y tiene más mañana, yo no soy capaz de manejar así y siempre termino metido en unos lodazales de los que no salgo solo, decía Ricardo como explicándose lo que no hacía falta. 

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martes, 5 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás - 1

Ana estaba en la cocina fritando el chicharrón y los patacones para desayudar. Ricardo no desayuna nada que no esté inundado en manteca. Mientras ella hacia el desayuno él lavaba las cocheras; tenían cincuenta cerdos de engorde además de diez cerdas de cría. Todas las mañanas a las siete Ricardo estaba con manguera y cepillo en mano ahuyentando el fuerte olor a mierda para que no jodan los vecinos.

Ana corrió a levantar el teléfono un aparato de un verde desteñido grande y viejo de esos que en lugar de teclas tienen disco, Ricardo lo había comprado en un mercado de pulgas cuando estaban recién casados, decía que se enredaba para marcar en esos teléfonos nuevos de teclas apeñuscadas. 

Alo, dijo Ana afanada porque en la cocina se le quemaban los patacones. Habla con Adriana la funcionaria de bienestar familiar ¿cómo amanece doña Ana? dijo la mujer con un dulce tono de voz al otro lado de la línea. Ana olvido los patacones y el chicharrón. Muy bien doctora, muchas gracias, qué pasó por qué llamando tan temprano, Ana habló en plural porque las llamadas de la doctora siempre eran del interés de los dos. Le tengo muy buenas noticias, en el hospital de Marquetalia hay una mujer que tuvo un bebé en la madrugada, un baroncito de seis libras, ella quiere darlo en adopción y teniendo en cuenta el fracaso en el proceso que ustedes venia desarrollando queríamos saber si están interesados en este bebé Ana no contestó, la alegría que sintió como un corrientazo no permitía que las palabras salieran de su boca y pasados unos segundos Ana dijo, claro que si doctora, claro que estamos interesados, dígame qué hacemos, preguntó Ana. Los espero en la tarde en mi oficina, supongo que ustedes quisieran estar aquí ahora mismo pero debemos organizar cierto papeleo que nos va llevar toda la mañana así que los espero en la tarde. Claro doctora se no va hacer eterna la mañana, por la tarde nos vemos entonces, muchas gracias doctora.  Ana no cabía en la ropa de la dicha, colgó el teléfono y caminó de nuevo a la cocina.

Huele a quemado dijo Ricardo cuando entró con los pies descalzos, siempre dejaba las botas de plásticos que se ponía para lavar las cocheras afuera de la casa para no ensuciar el piso de madera pintado con cera roja que Ana mantenía como un espejo.  Le encantaba ver el piso así, lo que odiaba era tener que ayudar a brillarlo los domingos en la mañana cuando Ana se fijaba como meta ver a su esposo haciendo oficio.

No vio el plato puesto en el comedor como sucedía todos los días a esa hora y fue a la cocina donde Ana batía el chocolate. Se le quemaron los patacones amor, dijo Ricardo de nuevo como si ella no lo hubiera escuchado la primera vez. Ella estaba llorando y él se asustó, qué le pasó, qué tiene, se quemó, pregunto él. Ella dejó de batir el chocolate  y se le acercó, vamos a ser papas, mi vida vamos a ser papas, dijo Ana. Ricardo no entendía lo que pasaba, ya había perdido la esperanza de ser papá y ahora su mujer le decía que tendrían un hijo. Se abrazaron con fuerza y permanecieron así, ella en silencio y él lleno de preguntas. Pero cómo así, quién le dijo, cuándo le avisaron, explíqueme bien, está segura que es en serio o es solo por ilusionarnos como la última vez.

Mientras desayunaban Ana le explicaba a Ricardo lo que le había contado la doctora minutos antes por teléfono. No paraban de sonreír. Ricardo siempre había sido de buen apetito pero ese día comía con unas ganas que no tenían referente,.Ana lo miraba comer divertida mientras le pedía que se calmara porque se iba a ahogar. Ana tomaba chocolate porque ella a diferencia de él los nervios le quitaban las ganas de comer. 

Llevaban veinte años de casados y se conocían desde la escuela, fueron novio tres años y después se casaron, ninguno de los dos tuvo otro novio o novia. Después de cuatro años de casados quisieron tener un hijo y no pudieron, el sueño de Ana había sido desde siempre ser mamá, Ricardo no lo había soñado nunca pero estando casado sentía que un niño hacía falta, quería tener un heredero como decían sus amigos.

Se sometieron a exámenes, querían saber por qué Ana no quedaba en embarazo. Confiaban en la posibilidad de que existiera un tratamiento de fertilidad que funcionara para ellos. Después de muchos exámenes y visitar a varios especialistas les dijeron que de los dos el estéril era Ricardo. El médico le explicó las causas pero Ricardo no entendió muy bien, no quiso; estaba muy frustrado el día en que le dieron la noticia pero en pocas palabras el especialista le dijo que los espermatozoides eran insuficientes.


Desde ese día en la casa no se volvió a hablar de bebés. Dejaron de hacerse ilusiones y a ninguno de los dos se le ocurrió adoptar. Para Ana el hecho de criar un niño que no era suyo le parecía normal; Ricardo en cambio pensaba en la adopción y se llenaba de dudas. Habrían podido recurrir a la inseminación artificial pero nadie se los explicó como algo posible y a su alcance. 

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lunes, 6 de noviembre de 2017

Préstamo

Carlos se mira el antebrazo y ve un puntico rojo pequeñito que siente caliente. Se pregunta que lo habrá picado mientras se rasca sin dejar de caminar. Carlos está en el parque de las banderas y su papá lo está esperando en el centro, tiene menos de cuarenta minutos para llegar y camina apresurado. Si no llega a la hora acordada su papá se va, su papá no espera a nadie. Carlos lleva dos meses sin verse con su él y hoy necesita verlo porque le va a prestar una plata que necesita para surtir un negocio de comida para mascotas que le compró barato a un conocido que se va a vivir en otra parte.
Del tiempo que lleva en los rines ya perdió la cuenta, no tiene ni con que pagar el bus y caminar no le molestaría tanto si no fuera porque el calor parece irritarle más la picadura que tiene en el antebrazo. No deja de caminar y cada cierto tiempo mira el punto rojo que siente como si palpitara. Para comprar el negocio tuvo que vender la moto y la bicicleta, el televisor y un reproductor de DVD, una cadena de plata y un reloj. Vendió lo poco que podía vender.  Lleva una semana trabajando en el negocio, haciendo milagros con la plata del realizo diario. Compra lo que va vendiendo para no dejar acabar el surtido pero el surtido es poco y tiene que dejar ir a los clientes porque le faltan más de la mitad de las marcas de comida por las que le preguntan. 
Llamó a su papá y le contó que tenía un negocio y le dijo también que andaba sin un peso y que no tenía como surtir y que para trabajar bien en un negocio de esos hacía falta plata porque todo tocaba comprarlo por bultos. El papá de Carlos le dijo que si sabía que para tener un negocio de esos hacía falta plata entonces para qué lo había comprado. Carlos le dijo que el negocio tenía buena clientela que estaba bien ubicado y que se lo habían dejado muy barato y que él necesitaba ponerse hacer algo.
El papá de Carlos le dijo que él le prestaba la plata para que surtiera el negocio, que le diera unos días hasta que él fuera al pueblo. Carlos abrió el negocio al otro día con una sonrisa de oreja a oreja, iba a tener que seguir remendando el surtido pero por lo menos ya sabía que iba a ser por poco tiempo.
El papá de Carlos vive en una finca cafetera alejada del pueblo. Él siempre dice el pueblo aunque hace rato que los otros hablan de una ciudad pero el papá de Carlos no ve ciudad por ningún lado y dice pueblo como si le hiciera un favor a esas cuatro casas, como si quisiera evitarles la vergüenza de ser lo que no son. La finca la compró después de que murió la mamá de Carlos, al principio iba una vez al mes y con el paso de los meses fue viajando más seguido hasta que se terminó quedando allá.
Carlos va de vez en cuando a la finca pero no se amaña, no le gusta ver que su papá es más fuerte y más verraco que él aunque este más viejo y más cansado. Le incomoda ver como en la finca unos tipos rudos y ásperos cargan bultos y suben y bajan lomas y arrean mulas y caballos ariscos con la facilidad con la que él oprime los botones del control del televisor. A Carlos no le gusta sentirse inútil aunque sabe que lo es y en la finca de su papá y en la de cualquiera lo primero que siente no es el aire limpio sino la impotencia.
La frente de Carlos se cubre de sudor, el calor de la mañana calienta como si fuera el medio día, se limpia con el antebrazo que no le pica y mira el reloj, va bien de tiempo y lo único que le molesta es la picadura que parece estar creciendo y tiene un huequito diminuto en el centro como una boca.
El papá de Carlos trajo de la finca una camioneta llena de café, veinte cargas en total. Cuando llegó a la cafetería del centro su papá aún no había llegado. Se sentó tranquilo y pidió un tinto que se alcanzó a enfriar sin que él le diera el primer sorbo por que no dejaba de mirarse y apretarse la picadura deseando que algo saliera de la boquita como cuando aprietan un barro; una de las meseras lo vio y le dijo que no se apretara eso que se le iba a enconar. El papá de Carlos llegó sudoroso también y enojado porque le había tocado ayudar a descargar la camioneta porque si no esos hijueputas se iban a echar todo el día bregando a cómprarme esas pepas, luego se tocó el bolsillo y miró a Carlos con complicidad y le dijo que fresco que ahí tenía la plata.
Después de las preguntas habituales entre la gente que se encuentra después de un tiempo si verse Carlos le dijo a su papá que si quería ir a conocer el negocio. El papá le dijo que si él estaba ahí a quién había dejado en el negocio, ahora no me vaya a decir que se consiguió otra vieja para que lo vuelvan a dejar en la inmunda. Carlos sonrió pero como sin querer y le dijo a su papá que no, que el negocio estaba cerrado. Pues menos mal porque ya le iba a decir que se consiguiera la plata por otro lado pensando que otra vez estaba por ahí mal enredado. Carlos negaba con la cabeza sin decir nada. Bueno y de esa otra que volvió a saber, se desapareció con la plata y ya ni más. Carlos le dijo que no había vuelto a saber nada y que así estaba mejor, en el tono de su voz se notaba que no quería hablar del tema.
El papá de Carlos sacó la plata del bolsillo, Carlos miró todo esos billetes y no se pudo quedar callado, oiga pa pero a usted le está yendo es muy bien, le dijo. El papá dejó de contar los billetes y le dijo que no creyera que eso no era tanta la cosa que ahí se conseguía uno lo justo que esa plata era del café que acababa de vender y que de ahí tenía que irse a pagar trabajadores, a pagarle al mayordomo de la finca y comprar un abono y va tocar llevar la camioneta al taller porque está como jodiendo, eso a la hora de la verdad no queda un peso. El papá volvió a los billetes y los siguió contando, luego le pasó a Carlos unos cuantos y le dijo que ahí le daba tres millones que más no podía prestarle que se defendiera con eso y Carlos sonriente le dijo que tranquilo que con eso estaba bien que muchas gracias.
Carlos le volvió a decir a su papá que si quería ir al negocio pero el papá le dijo que no, que tenía muchas vueltas que hacer y usted sabe que a mí no me gusta que me agarre la noche por acá en el pueblo. Carlos le fue a dar  un abrazo a su papá y la picadura quedó a la vista del papá que la miró con susto. ¿Qué le pasó en ese brazo? le dijo el papá. Yo no sé, como que me pico un bicho ahora que venía para acá, le dijo Carlos. El papá lo agarró del brazo y detalló la picadura, frunció el ceño como si esa expresión le permitiera ver mejor, oiga eso no es cualquier maricadita le va tocar pegarse una fumigada con de ese veneno que le echamos a la broca, le dijo el papá. ¿Veneno para la broca? Preguntó Carlos extrañado. Si señor veneno pa´ la broca, de eso es esa cosa, ahí le debe tener ese brazo lleno de huevos. No pues no me faltaba sino eso le dijo Carlos mientras salían juntos de la cafetería. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...