Llevaba
mucho tiempo sin levantarme temprano un domingo hasta hoy que me invitaron a un
bautizo a las nueve de la mañana. Hace unos años no había domingo que no
estuviera en pie antes de las siete de la mañana porque en radio nacional pasaban
un programa que no me perdía. Me sentaba frente a la grabadora que mamá tiene en
la mesa de la cocina con una libreta de papel amarillo y un lápiz de punta
gruesa a tomar notas, también tomaba tinto caliente recién colado y comía
pandebonos uno tras otros mientras la señora del programa radial le hacía
preguntas divertidas a sus invitados y se reía gustosa de sus apuntes y de la
reacción de ellos. No hacía falta que los invitados tuvieran algo de gracia
ella encontraba de que reírse y yo me reía como si no fuera una voz saliendo de
una grabadora sino una charla en una cafetería con una amiga de siempre.
Es
normal que Luisa me invite al cine o a tomar cerveza a veces a comer y otras a
visitar a su mamá pero nunca me había invitado a un bautizo. Una vez me pidió
que la acompañara a un matrimonio pero no pude ir porque ese mismo fin de
semana se murió una vecina de mis papás que era como la abuela de toda la
cuadra y mamá me había pedido que estuviera en el velorio siquiera que no fuera
ingrato.
Luisa
tampoco va a muchos bautizos pero este es importante para ella porque va a ser la
madrina. Qué será lo que hace una madrina me preguntó Luisa la noche que su
amiga le habló del tema. Yo le dije que las madrinas y los padrinos tenía que
ser supuestamente buenos cristianos pero que los más importante era que cada
año se manifestara con un buen regalo aunque si era más seguido mucho mejor.
Los padrinos de bautismo de Luisa fueron sus abuelos pero su doble condición de
cercanía no se reflejó nunca en regalos. Mis padrinos eran unos amigos de mis
papás y me dieron regalo hasta que tuve trece años, eran una pareja sin hijos
que hasta me llevaba de vacaciones, Azucena y Jesús, ambos muy inteligentes me
enseñaron muchas cosas, aún los visito de vez en cuando aunque no vivimos en la
misma ciudad. El último regalo que me hicieron fue el mejor y aún lo tengo, El
nervio de volcán del Caifanes. Con el gusto musical de mis papás hubiera sido
muy difícil que me regalaran algo parecido, ellos seguro me hubieran comprado
algo de Diomedes Díaz o de Camilo Sexto.
Luisa
me dijo que entonces mis padrinos no solo me habían dado regalos sino que
además había sido una buena influencia, ella también quería ser un buen ejemplo
para ese bebé, lo decía emocionada y hasta conmovida. Yo le dije que tampoco
era para tanto, con que este pendiente de los regalos es suficiente, eso de
todos modos es más un requisito que otra cosa y eso del buen ejemplo es
pendejada y Luisa ignorando parte de lo que le había dicho dijo que todos tenían
derecho a tener madrinas como la mía.
Mi
papá dice que el padrino de él se llamaba Elías un señor gordo de cachetes
colorados que era el dueño de una finca en la que su papá había sido el
administrador. Don Elías tenía como tres o cuatro fincas y en navidad les
regalaba medio marrano y un bulto de panela, gracias a ese señor en la casa de
él que era la mata de la pobreza por lo menos no se les embolataba la nochebuena, papá recuerda al señor con cariño. Le pregunté a papá si había vuelto a
ver a don Elías y me dice que no, que demás que ya murió, que ellos se fueron
de Pensilvania a trabajar una finca en Marquetalia y que él no volvió a saber
del señor. Le cuento eso a Luisa como para seguir hablando de padrinos,
madrinas y bautizos. Ella me ofrece café pero me niego porque tengo una acidez
endemoniada que no me deja tranquilo desde la hora del almuerzo. Ella sabe que
solo hay una razón para que me niegue a un café y es esa, entonces se levanta
del sofá y me dice que tomemos aromática.
Luisa
me abre la puerta de su apartamento y cuando la veo lo primero que se me ocurre
es que ella se levantó antes de las cinco de la mañana. Está peinada,
maquillada, tiene un vestido azul que parece japonés, de esos de cuello alto y
manga sisa ceñido al cuerpo. No sé qué pensó luisa cuando me vio pero seguro
que se molestó, vea la hora y usted no está listo, vamos a llegar tarde, me
dijo Luisa. Cómo que no estoy listo le
digo, si es que yo voy a ir así y Luisa me dice que solo a mí se me ocurre ir a
un bautizo con una camiseta de fútbol. Pero es que el Once juega hoy, le digo,
usted se pone a sí porque va a ser la madrina. Luisa no responde nada y camina
apresurada yo la sigo por el pasillo y le digo que ella tenía que haberme dicho
que había que ir elegante ella me dice que elegante no pero que tampoco así
como voy y además no tiene por qué explicarme cosas que son obvias y me pide
las llaves. Vamos directo a mi cuarto y luisa saca del closet una camisa blanca
de manga larga y la extiende sobre la cama para plancharla, tiene las uñas
pintadas a la perfección agarra la plancha como si tuviera miedo de
arruinarlas. Yo no sé para que tiene usted una plancha me dice luisa y yo le
digo que me la regaló mi mamá. Me entrega la camisa caliente y me dice que me la
ponga y que me cambie los zapatos, como si levantarse temprano un domingo no
fuera suficiente ahora también hay que renunciar a los tenis.
Ni
que yo fuera a ser el padrino le digo a Luisa mientras volvemos a su
apartamento y me mira como si le hubiera dado el número que completa la tabla del bingo. No joda Luisa yo
no voy a ser padrino de nadie y menos de la hija de una vieja que ni sabe cómo
usar una prueba de embarazo. Saco un pocillo de la alacena y me sirvo un tinto,
al lado de la cafetera hay un paquete negro de café que dice “café ron” y le
pregunto a Luisa sí es bueno y me dice que no la ha probado que se lo regaló el
papá de su futura ahijada, me dice que lo ponen en las barricas donde han
añejado ron y lo dejan ahí por tres meses y que luego lo sacan y lo empacan. Si
ese tipo le regala un café así a la madrina yo me le mido a ser padrino le digo
a Luisa, me voy a poner saco y corbata. Luisa me dice con sus ojos que soy un
tonto, no se haga ilusiones que el padrino va ser un amigo del papá y salga
pues que vamos tarde.
En
el taxi le pregunto a Luisa si le va contar a su ahijada cuando sea grande que
su mamá no entendía cómo funcionaban las pruebas de embarazo. Hasta cuándo va a
joder con eso, me dice Luisa con una sonrisa grande, no hace falta que yo le
cuente nada, eso se lo va contar la mamá que vive feliz con esa anécdota.
Fue
Luisa la que se dio cuenta de que su amiga estaba embarazada. Un jueves por la
tarde mientras hacían un trabajo para la universidad Luisa se acercó al
peinador de su amiga buscando un gancho para el pelo. En el peinador había una
chalina que Luisa quiso medirse porque le gustó el color y cuando la levantó
vio que debajo había una prueba de embarazo, la miró curiosa y cuando vio que
era positiva corrió al comedor donde estaba su amiga escribiendo en el
computador y le mostró la prueba que tenía en la mano, le preguntó por qué no
le había dicho nada. La amiga de Luisa le dijo que había sido una falsa alarma
y Luisa miró la prueba otra vez y le dijo que falsa alarma cuándo si ahí
estaban las dos rayitas. La amiga de Luisa le arrebató la prueba y apenas la miró
se puso pálida y corrió al baño a vomitar. Luisa me dijo que su amiga se había
hecho la prueba tres semanas antes y que estaba segura de que había salido
negativa. Yo no sabía que las viejas dejaban las pruebas de embarazo por ahí de
bonitas le dije a Luisa, así como la chalina, le queda bonita y Luisa se mandó
la mano al cuello y me dijo que no se acordaba que la tenía.
Por
esa prueba de embarazo que se demoró tres semanas en dar positivo es que ahora
vamos para un bautizo donde Luisa será la madrina. La mujer que agarra el ramo
en el matrimonio es la próxima en casarse y la mujer que encuentra la prueba
positiva del embarazo de la futura madre será la madrina de bautismo. Le dije a
Luisa que ella estaba inaugurando un nuevo mito y me dijo que el acompañante de
la madrina siempre iba a terminar siendo padrino, se bajó primero del taxi y me
dijo que pagará.
En
la iglesia me senté donde Luisa me indicó, me entregó el celular para que
tomará fotos y como si fuera necesario decírmelo me pidió que no me fuera a
quedar dormido. Llevaba más de dos años sin entrar a una iglesia, desde que mi
hermana se casó. Me acuerdo de ese día porque en mitad de la homilía el cura guardó
silencio y se quedó mirando directamente a donde estaba yo y cuando me di
cuenta no solo me miraba el cura sino el resto de la gente, yo estaba muy
entretenido hablando de Star Wars con un amigo, hasta quedamos en el video
todos colorados de la pena. A mi lado en la banca hay un niño y dudo que con él
vaya a terminar hablando de películas así que Luisa puede estar tranquila por
mí.
La
niña se va llamar Andrea está calva y tiene una balaca blanca con un moño,
Luisa la sostiene en sus brazos emocionada. Intento hacer buenas fotos pero hay
tantos familiares y amigos en las mismas que va ser difícil conseguir alguna
que le guste a Luisa. Afuera de la iglesia le compro un helado de coco a un
señor que tiene puesto un sombrero de ala ancha con que adorna su cabeza así como el de la
canción y espero a Luisa para irnos.
Aparece con la niña y quiere que la cargue le digo que no que muy bonita
y que tan risueña pero que no que además estoy todo emperillado y le muestro el
helado. Luisa sabe que me gustan los bebés pero de lejos, la divierte mi
reacción, me dice que nos vamos para la casa de su amiga a almorzar, la miro
con desgano y le pregunto que si es necesario y me dice que sí que no la voy a
dejar sola, que sea serio que de todos modos ya madrugue un domingo. Le digo
sin ánimo que bueno que vamos y la sigo y me acuerdo del programa de radio y de
la voz de la señora y me siento bobo extrañando un programa de radio en medio
de una gente contenta por un bautismo.