lunes, 10 de abril de 2017

vigilante

El plan falló, el ruido del camión chocando contra un poste despertó al vigilante. Los tipos corrieron cuando lo vieron levantarse de la silla. Se escondieron tras el matorral. El vigilante alumbraba por todas partes con su linterna. Los tipos se arrastraron intentando evitar el ruido mientras buscaban salir a la carretera. El vigilante regresó a su silla, cansado de buscar, prendió el radio y buscó el termo con el tinto. Ojalá mañana no le dé a ningún hijueputa por chocarse justo por acá, dijo uno de los tipos. Pensé que sabotear vigilantes era más fácil, respondió el otro. 

domingo, 9 de abril de 2017

Origami

No consiguen ponerse de acuerdo en la separación del único bien común. Una vaca de origami que les regaló su ahijado de bautismo. Carlos dice que Benjamín es el hijo de su mejor amigo y que de no ser por ese lazo ella no hubiera tenido la oportunidad de ser la madrina del niño. Natalia dice que es evidente que Benjamín la quiere más a ella y que lo tiene sin cuidado que su padrino y su papá sean amigos desde niños. Carlos le dice que si ella pudiera tener hijos él no tendría que conformase con los sobrinos y los ahijados para sentirse papá por un rato. Natalia le pregunta que sí aún cree que los abortos fueron involuntarios. Carlos rompe la Vaca de origami. 

viernes, 7 de abril de 2017

Cómo saber en qué momento matar a la mascota del vecino


En el edificio Los eucaliptos cercano al centro el único que duerme hasta tarde es Pablo del apartamento 42ª los demás están antes de las siete de la mañana en el parque con sus perros, todos con bolsa lista para recoger el popo. Cuatro veces le han ofrecido cachorros de distintas razas, un labrador, una salchicha, dos criollos pero Pablo se ha negado a recibirlos argumentando que no tiene tiempo para mascotas y no conoce a nadie que le cuide al animalito cuando viaje y, el trabajo lo obliga a pasar mucho tiempo en terminales y aeropuertos.

Al principio las disculpas de Pablo dejaban satisfechos a sus vecinos pero pasados lo meses viéndolo todas las semana sin salir empezaron a mirarlo con cierto desdén. Pablo trabajaba en su apartamento diseñando y actualizando páginas webs, eso decía él, lo que hacía era mucho más complicado pero lo angustiaba tener que explicarlo.

Cuando notó que sus vecinos ya no lo saludaban le dijo al vigilante que en el edificio le tenían envidia porque no tenía que madrugar. El vigilante le dijo que lo que él había oído era que estaban recogiendo firmas para echarlo del edificio porque su repudio por los perros era una amenaza. Pablo escuchó incrédulo y antes de volver a su apartamento le preguntó al vigilante cuantos de los que vivían en el edificio tenían perro y el vigilante le dijo que todos.

Compartió el ascensor con dos señoras que apenas había visto, ambas sujetaban las correas coloridas de sus perros. Pablo no se fijó en ellas, intentó mantener la mirada fija en sus tenis, las señoras muy serías dejaron de hablar cuando él entró. Pablo sintió que los perros lo miraban, levantó un poco la vista y ahí estaban los dos observándolo sentados quietos como si fueran de porcelana. Sin querer hizo contacto visual con uno de ellos, el más grande, un labrador, parecía tan triste que Pablo no pudo mirarlo más, levantó el rostro para mirar a la señoras y salió fastidiado del ascensor.

Entró al apartamento y se derrumbó en el sofá. En qué momento inventarse un cuento chimbo para evitar un encarte se había convertido en un desprecio desmedido y declarado por los perros. Cuándo sus vecinos se volvieron eso que eran, eso tan feo, cómo no se daban cuenta que los perritos estaban tristes. Eso y más se preguntaba Pablo con las manos inmóviles sobre su redonda panza.

Antes de las seis cuando Pablo volvía a su apartamento después de pasar la noche en un bar hablando con los conocidos de barra vio en el parque a muchos de sus vecinos paseando a sus mascotas. Tenía sueño y las cervezas le habían caído mal pero se quedó en una banca viendo a los perros ir y venir por ese parque, lentos como agotados, ni se olisqueaban el culo con gusto ni se veían colas arriba moviéndose con gracia. En los ojos de cada perro veía la misma tristeza que había visto días antes en el labrador. Pablo no sabía si los perros habían estado siempre así y él no se había dado cuenta porque no le interesaban, si eso era lo natural y él estaba aterrado porque apenas lo descubría, seguro los dueños de los perros ya se habían acostumbrado de tanto verlos.  Pablo le daba vueltas a sus dudas si dejar de mirar a los perros, no entendía cómo ellos no habían hecho nada al notar esa tristeza. Le dolió la cabeza, era el sol que le empezaba quemar la frente. Se encaminó al edificio y no pudo evitar sentir la sospecha con la que lo observaban sus vecinos, eran rostros acusadores.

Esas señoras y esos señores que no se daban cuenta de lo que pasaban con sus perros eran los mismos que lo querían echar del edificio. Trabajaba mal, equivocaba los códigos, no dejaba de darle vueltas a lo mismo. Sus vecinos habían decidido que él era el tipo que despreciaba a los perros cuando a quien de verdad detestaba era sus vecinos, se había negado a ir a cumpleaños y a matrimonios a reuniones comunales, había evitado navidad y año nuevo en el edificio, había pasado por mal educado a voluntad para no relacionarse con ellos, todo para que no volvieran a invitarlo todo para no estar en sus listas de vecino o amigo. Deseaba pasar inadvertido y nunca aceptó un cachorro porque eso lo hubiera comprometido de una manera familiar con quien se lo regalará y él no quería ser el compadre de ninguno de ellos.

En el escritorio de madera lacada y sin pintar donde estaban los equipos con los que Pablo trabajaba había una gaveta cerrada con llave en la que guardaba la única cosa que le había heredado su papá, un Smith Wesson calibre 38 largo sin funda con la cacha pelada. La primera y única arma que había empuñado en sus manos, con la que le había enseñado a disparar apuntándoles a las ardillas que se comían el maíz en la huerta de la casa donde se crío, con el que su papá mató al pastor alemán que se había vuelto gallinero y estaba dejándolos a ellos y a los vecinos sin huevos. El perro estaba amarrado a un carbonero entre el cafetal donde su papá hizo el hueco para enterrarlo, Pablo vio cuando le disparó, vio los ojos del perro en el último momento, eran ojos brillantes, saltones, felices.

Pablo sintió que tocaban la puerta y corrió abrir con el revólver en la mano, de eso se dio cuenta cuando vio las caras aterradas de sus vecinas. Se metió el revólver en la pretina del pantalón y le preguntó a sus vecinas qué era lo que necesitaban, lo dijo intentando poner un tono de voz intimidatoria, igual lo iban a echar. Las señoras venían acompañadas por sus perros. Ninguna podía ocultar la incomodidad de estar ahí, le entregaron a Pablo unas cuantas hojas y le explicaron lo que ya le había contado el vigilante. Pablo les dijo que de donde habían sacado ellas eso de que él despreciaba los perros y una de las señoras muy segura de sí le dijo que eso se notaba, que era obvio que así era y de eso todos en el edificio estaban convencidos. Pablo miró los perros y no pudo ver nada distinto de lo que ya venía viendo, animales acongojados como si fueran personas. Recibió la carta y no discutió con las señoras, les dio la espalda y cerró la puerta.


Pablo volvió al escritorio y siguió trabajando, cada cierto tiempo miraba las hojas que le entregaron las señoras, luego buscó en el banco de imágenes de google: “perros alegres” y las fotografías disponibles no le gustaron, lo que veía era gente maluca deseando animales y no animales deseando gente maluca. No podían gustarle los dueños de los perros y cuando Pablo dijo eso se asustó, en donde se iba a meter, a donde iba a vivir un tipo como él que estaba iniciando su enemistad con los dizque “propietarios” de los perros y con esa palabra horrible sentía que tenía razón que el equivocado no podía ser él, que los únicos que tenían que perderse del mundo eran los que decían sacando pecho “el perro es mío”.  Volvió a empuñar el revólver, a sentir el peso en la mano, salió del apartamento y entró al ascensor tenía las hojas en el bolsillo de la chaqueta y bajó al quinto piso a buscar el apartamento del primer vecino que aparecía como firmante en las hojas, tomó aire y tocó la puerta con la cacha. 

jueves, 6 de abril de 2017

Un monstruo

Esta semana hablé con un tipo malvado, desalmado y mezquino. Lo vi desde lejos preparándose para acabar con la armonía de la noche, sonriente, incluso se puede decir que le pone amor a lo que hace. El tipo se llama German y trabaja en el parque del barrio Villa Colombia. Hasta hace un año ese era un parque a secas y hoy es un parque biosaludable, o sea que instalaron un montón de fierros bien pintados que están al sol y al agua y que sirven para que la gente haga ejercicio y en efecto muchos gordos y otros no tan gordos pasan ahí la ultima hora de la tarde y la primera de la noche sudando la gota amarga. Ese es el entorno en el cual German se vuelve malo, enciende el horno a las 6.30pm y empieza preparar pizzas y la piña empieza a oler y las personas que se ejercitan no dejan de míralo y él amasa y manipula los ingredientes sonriente sabiendo que es la tentación, la amenaza de la dieta. German me dice que lleva dos semanas en el parque y que nunca había vendido tanto que es el mejor punto en el que ha estado y que espera que siga así. El tipo es un monstruo. 

miércoles, 5 de abril de 2017

Dacia 1970

Tengo un amigo que empujaba carros cuando estaba triste y está triste porque cada vez hay menos carros que empujar. En la casa mi amigo tiene enmarcada una foto grande de una camioneta Mazda que había que empujar dos o tres días a la semana, el vecino vendió la camioneta y compró una Chevrolet nueva de última tecnología que ya no se vara, y como tuvo con qué comprar la camioneta también tuvo conque comprar casa en otro barrio. Anoche mi amigo me llamó a mí y a otros tantos para celebrar con nosotros la compra de un Dacia modelo 70 acabado y oxidado que vamos a empujar juntos y que él va a seguir empujando cada que la congoja lo acose. 

martes, 4 de abril de 2017

Atraco

Nunca me había dicho un atracador que trabajáramos juntos, nunca hasta hoy me había tocado un atracador tan simpático, sí hubiera llevado el teléfono me hubiera sacado una selfi con él pero igual la foto se la hubiera llevado él, es que si yo hubiera tenido algo encima que el tipo me pudiera quitar se nos hubiera perdido la posibilidad de conversar, una tristeza porque lo disfrutamos, hablar nos vino bien.  Me paró a las nueve de la noche por la transversal 12 yo venía caminando muy sudoroso con una pinta de perdedor que solo se me quita cuando estoy dormido. 

Y entonces papi qué es lo mío, me dijo el flaco y yo le dije cómo lo suyo pana, pues nada. Entonces me puedo ir me dijo. Claro parce cuando quiera, le dije yo. Pero no estábamos parados en medio de la calle hablando, no. Estábamos caminando, yo seguí, por miedo no me detuve cuando el flaco apareció, él siguió caminando a mi lado y yo recreando en mi cabeza el atraco esperaba que el flaco sacara el cuchillo y el tipo tremendo de esos que no decepcionan saca un chuzo y me dice que no está jugando que le pase lo que tenga. 

Ahí me cague de miedo y tembloroso y tartamudo le dije que no llevaba nada, que salía a caminar no más, que todas las noches caminaba una hora para no ponerme más gordo y cuando le dije eso el tipo bajo el chuzo y se rió. 

Pa eso lo que tiene que hacer es meter vicio, véame a mí ni un gramo de grasa, me dijo el flaco. Seguimos caminando y yo le dije que no podía volverme vicioso porque me echaban de la casa y que yo era mantenido y el flaco me dijo que se me notaba en lo gordo y yo me reí y el tipo se rió también y me dijo que ya había atracado a tres por esa misma calle y que yo era el gallo tapao de la noche, que siempre había uno como yo que estaba igual de vaciado que él pero que estaba bien vestido. Yo le dije que a uno mantenido no se le perdía la comida pero que siempre andaba en limpio y ahí fue donde me dijo el tipo cuando quiera atracamos juntos que usted como es gordo no genera sospecha porque los gamines no son gordos. Yo le dije que no, que era muy torpe para eso y el tipo me dijo que a él le iba bien porque era ágil, más lizo que un jabón. Yo le dije que bacano y él me dijo que sí y ahí me dijo que si me acompañaba y yo le dije que ya casi llegaba y él me dijo que entonces seguía a ver si cuadraba la noche. 

domingo, 2 de abril de 2017

Llaves

Dolores golpea la puerta tres veces y nadie le abre, vuelve a golpear más fuerte y nadie le abre, golpea de nuevo tiene los nudillos colorados y siguen sin abrirle. James ábrame. James. James. James. James abra esa maldita puerta. La luz encendida en el interior se deja ver por la ventana y bajo la puerta. Dolores es la abuela y James es el nieto, viven juntos desde el año pasado. El papá de James existe como referencia y la mamá que es la hija de Dolores trabaja lejos. James quiere llaves de la casa y Dolores le dice que no las necesita porque es un niño, James dice que no es excusa. James. James abra esa puerta James si no quiere que lo acabe a tiestazos. Dolores grita sin dejar de golpear la puerta. Nadie abre. Uno de tantos vecinos mirones le dice que rompa el vidrio de la ventana del segundo piso que seguro la casa está sola o a James le paso algo. Dolores entra por la ventana con la ayuda del vecino que le presta una escalera, le duelen las manos de golpear, le tiemblan los labios, se seca el sudor. Va al cuarto de James y lo ve en la cama bajo las sabanas que ella retira con fuerza dejándolo al descubierto. Dolores le pregunta que por qué no le abrió y James le dice que estaba dormido que seguro no golpeo fuerte. Dolores lo golpea con una sabana enrollada y James intenta protegerse. Le dice que no se haga el pendejo y James le dice que no le pegue que es enserio que estaba dormido. James le pregunta por las llaves y Dolores le dice que las botó, James le dice que si el tuviera llaves no las botaría.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...